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“VERBAL” DE JULIA ERAZO POR CARMEN VASCONES junio 25, 2009

Posted by rogerhollander in artículo, ecuador, ensayo, quito, reseña, samborondon, Verbal de Julia Erazo por Carmen Váscones.
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“Verbal” el primer libro de Julia, deja descubrir  la ruta de una búsqueda  despoblada de realidad y apariencia.  Su travesía es como el agua en todas las formas de ser.  La única que apaga el fuego o lo expande hasta dejar sin sueño a la voz.

 

La reforestación sonora de la lengua crea su espacio bocal.

 

Es un libro de pistas, de acertijos, de miradas, de escenas descamando la imagen de la soberbia.  Y sin embargo se mira en la soledad de la masa.

 

El verbo no se deja encontrar en el acto del sonido que se deletrea.  La palabra se escabulle al sujeto: la mirada, ella, se hace voz de la memoria, del tú referencial, de la sujetación del tiempo.

 

Parece una espectadora del prójimo presente, lejano y ausente.

 

Aproxima el sentir con el sé.  Reduce la nada, al mito, a la certeza para que el yo no se ahogue en el recuerdo  como una “migaja hinchada de agua”.  Para que la vocal naciente se ate a lo que fue tal vez en el vacío del cuerpo.

 

Un hilo el relato del tiempo, como una línea trazada con lápiz de labio que no quiere parecer, notarse y sin embargo aparece provocando la sugestión. Apróximadamente. Posible sombra sin residencia ni estación de abrazos “que no es el espacio donde habito/ fugazmente te encuentro/…una de las nadas que tenemos”.  

 

La línea de una boca  bebe vino rojo.  Empaña con sus labios la carátula del deseo. Las comisuras de la letra bordea el filo de un sentimiento desencontrando el laberinto de seguir viviendo como “una novela de aventura que inventastes”, qué seríamos sin la fantasía de ser o del hubiese sido, o del querer ser.

 

Restos de infancia  prestan en algún rato ropajes y personajes al espejo para jugar en el teatro de las huellas la forma más parecida a uno. Que se es y no es. O esto otro y así hasta ser un escombro. Hasta que   “un día estamos afuera”

 

Y, luego el espectador del yo apaga la función del convivir con la lejanía de la que se fue o no es nunca y cerrar el telón.  ¡Que importa lo que piense! Es su asunto.

 

El escenario de la historia de todo escrito es una hoja en blanco, lo demás un pase, y momentos que no tienen que ver con el mundo del espectáculo. De vez en cuando dejamos entrever algo. 

 

La vida no se parece a lo que pretendemos. 

 

Alguien habla en el escrito. La autora conversa con los detalles que contienen los sentidos. Despeja al silencio, lo descubre con lo que la retina visualiza, con lo que la imaginación permite.

 

Escenas de cuadros  verbales  expuestos al que dirán los otros.

 

La palabra conmueve en su deambular solitario en la rotación  impronunciable del vértigo. La voz está dentro del sonido, dentro de la mancha con forma.

 

Mientras leo estos textos, tomo un café tinto, es la hora en que  el  contenido se afilia y desafilia del  sujeto y del predicado.  Todo es un accidente circuntancial entre prefijos, sufijos.  Nada es fijo. Solo la muerte al cuerpo. 

 

El resto son episodios en la señal del acto.

 

El verbo ser  entra al banquete del hambre y de la migaja.  El ser poético se inmola: “Soy la cena”.  La soledad del tiempo  “se contrae/ esta casi muerto”.   La sombra se achica y se alarga en el vestíbulo del vaivén, de la hiancia de la duda. 

 

Ahí el objeto parece  perecer, parece ser otra cosa, parece parecerse a un sujeto prendiendo y apagando el carbón del recuerdo que se  hace y desahace “en planetas de porcelanas”,  de “ algunos fantasmas –(que)- se esconden detrás de las curvas del rostro”, de “jugamos juntos hasta donde el sol nos permitió alcanzar/vencer”.

 

El verbo inconexo de la continuidad y de lo permanente acierta pronunciar lazos de sospecha, sopesa el verbo visible, el otro, el lector que aparentemente no sospecha ser parte del guión de la nada contenida en la redada de la escritura. 

 

Uno y otro son lo que no son en el espacio de un punto junto a otro en la hora  que se deshabita y queda. “Los dos desde un lado distinto de la vida/ miramos el horizonte”. “Antónimos frente al universo/ juntos en el instante compartido”.

 

Sin omitir, sin sinónimo  “un pedazo de tí y de mí”  para la morada   de un rato sin el sentimiento de haber sido malgastado el momento. Aún la vida en la palabra que nos avienta a la necedad de buscarle un detalle, un ritmo, un trazo, una afirmación sin oposición.

 

A veces verbal  “en el corazón de las arañas teje historias de amor”.

 

El atrapador y la atrapada en la red del ciframiento vence el temor a quedar prisioneros en el tejido sin  espejismo.

 

Todo es uno/ un instante de extraña fusión”.  De la fantasmagoría al principio de realidad. El uno sin el otro y a pesar de eso creer se cuentan.

 

“Hoy seré lo que soy desde que he sido”.

 

Fugazmente la felicidad un peregrinaje del uno sin el otro, sin resurrección ni reencarnación.

 

“En el vacío / en la nada/ aún hilo/ en la rueca que da vueltas”.

 

Despluma  la tinta la sombra,  la mancha seca forma un trazo de existencia: la acuarela se desparrama en el jardin de “tu alma  espantapájaros”.

 

Todo se destroza en la emoción sin gestos sin significado sin destinatario, una parte se despega, otras “se dejan traspasar/ por la melancolía del sol”.

 

Verbal  vestida de  agua    “desdobla el ser en cada aguacero”, amanece con “el agua despierta/ llega a la vida”, se lanza con su “agua travesía”. Está en cada uno, si la desperdicias “se desangra”. Se seca y cuartea   la mente.

 

Invita a refrescar el cuerpo agua sin descanso hasta saciarnos, hasta que la vida exprima la pasión, hasta que  te veas en el reflejo del agua “como un espejo sin imagen, sin soñante. Como el sueño de un moribundo bajo las olas”.

 

La amnesia náufraga deja que la palabra sea un ritmo de rotación y agonía, una estación del peatón sin compañía, una huella de agua atando junturas “de diálogos vacíos bajo un foco cualquiera”.

 

Con tal que no se moje el foco y nadie corra peligro con la descarga…

 

Y al final de todo una posible tentativa sin opacamientos de nada a nadie.  “Que se encienda la mecha del día” porque cada cual “empieza a correr hacia su muerte”, ojalá sin precipitarla en el tiempo que se vacía de mí, de tí, de cada uno. 

 

Sin que te paralices ante el encuentro con la medusa. Solo hacerla a un lado y seguir tejiendo la palabra que transforma  el miedo a encontrarse con uno. Aun soy mi propio invento: la poesía sin represor.

 

Ya de horror estamos hasta la miseria del esplendor.

 

Los engendros del ser van a encontrarse con lo tenebroso: la imaginación sin ser decapitada por lo real no maravilloso de esa realidad que soborna, que aniquila, que invade a cada instante.  Estar dispuesto a no contaminarse es una lucha con los borrones del ocaso y del poniente.

 

Continuar como si nada con la metamorfosis que más te plazca. 

 

Para que tú -yo- con tus “mis palabras de lanas envueltas en el cuello” desenvuelvan  un pronombre como criatura sin atrapador.

 

“Existe tal criatura/ el verbo dice si”.

24/06/09

 

 

 

 

 

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AUGUSTO RODRIGUEZ MIENTRAS ELLA MATA MOSQUITOS mayo 9, 2009

Posted by carmenmvascones in artículo, augusto rodriguez mientras ella mata mosquito, reseña.
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Su primer libro lo engendró y paternizó en Santiago de Chile.  Su encuentro con la lectura  y poesía está marcado por íconos de América, como Neruda, Rojas, Parra, otros. La lista es una aventura al encuentro de su propia voz y letra. 

 

Su otro saber, esa literatura que hace que se escriba diferente, que ubique el sentir y el pensamiento en otro orden de la vida dentro de ella misma. 

 

Ha elegido la palabra que va haciendo y haciéndolo, ésta, “su vida arte a cada paso”.

 

También los poetas de su patria radican en su memoria.

 

Cazón es su estela en la  identidad de una metáfora en las “venas abiertas”  de América.  La emigración de la vida muta su raíz en sueños propios y ajenos.

 

El río de su escritura desborda la soledad de su pasión.  Inventa un circo para no dejarse decapitar por la realidad ni los imaginarios bufonescos.

 

Su porvenir es un presente donde no cabe la muerte. 

 

Y si ésta existe, será un suicidio olvidado en el cuerpo femenino,  acaso en ella dentro del otro o la otra palabra que se rebela y enfrenta a aquella: la poesía, para que las “huellas digitales” retomen  al poema, donde el autor remarca: “este poema que escribo/  nunca acabará de escribirse”.

 

El cauce del yo del poeta es parte y contraparte,  es poder e impotencia, es renuncia y lucha.  Es monotonía y vigilia entre principios y fines. 

 

Es el ocaso de la nada en la grieta del mundo que gira entre un  “yo, moribundo y ciego” y entre “dos emigrantes que se encontraron en un país/ distante que sin saber cómo ni cuándo adoraron al amor/ como a su propio dios”.

 

El poeta pone un bosque en la decadencia del alma, -va metamorfoseándose:-  “paso a paso/ directo a las hojas frías/ que me esperan/ donde me transformo/ poco a poco/ en una oscura letra inadvertida”.

 

Compone y descompone la expresión lúdica del verbo poético. 

 

Trabaja con lo ordinario y aparentemente trivial.  Lo abstracto es un divertimento existencial de libertad y nudos dando un sentido útil al  todo y a la nada en la cuenta de los desaparecidos y perdedores  en la red de la ilusión donde el verso crea y destruye puntos de partidas. 

 

La poesía de Rodríguez, es una nostalgia erótica, es un paraíso que no soporta ni le interesa.  Es “un salto al vacío”. 

 

Es un Edén objeto del deseo  “escapando del purismo”, es un sujeto huyendo de Dios desde  “el principio de la vida”.

 

Contradecir y desdecir lo humano y su tortura mortal: anhelo de inmortalidad, que reconoce, que recuerda mordazmente la atadura de la piel con la memoria: el invento de la llama regodeándose en la escritura en “blanco y negro”. 

 

“Eres el origen del fuego/ y yo tan sólo soy: / el paisaje de tus cenizas/”. 

 

¿Qué queda de la memoria en ese contragolpe de espejos rivalizando la chispa inicial?

 

Nos dice en uno de sus poemas “aún la vida es placentera”, “aún vivo, sueño, amo/ de esto estoy seguro”.  Y tal, es así.

 

 “Hay que llegar a morir/ el mañana es nada”, qué importa si toda antítesis sabe que,  “sé que voy a morir” y quién no está seguro que,  “de eso también estoy seguro”. Luego antes de lo que sea que irrumpa lo hará tesis de salvación para ese “futuro que no existe”. 

 

¿Qué  se propone este joven poeta en el intervalo de la letra y la vida?  La elección es una entre dos opciones. Y  entonces, “vivo, el vivir”. 

 

El cuerpo es una síntesis de la espiral sin hipótesis. 

 

La comprobación de la contradicción parece un ser barajando la existencia  de la materia entre células, sonidos e imágenes.

 

Ha elegido con gusto Augusto no quedarse fuera del tiempo. 

 

Se ha dado un espacio en el hogar del presente.  Cohabita la prisa. La imagen se detiene en la sombra forastera de la gravedad de la mirada. 

 

Residuo en la voz: “deseos sinceros” para transformarse, para vivir sin escrúpulos.

 

Convive la palabra “tiempos inexactos”, allí la cotidianeidad muestra su contrapartida.  Las dudas de la humanidad entre ironías, amores frustrados y humores. 

 

Algo así como vive la vida aunque mañana te mueras. 

 

Y quién no lo dice lo hace verbo sonoro, eco despiadado, reflejo fastidioso, abulia desacralizando la materia, y quien lo dice en ese canto se vive solo una vez y  “esto es todo y es la nada”.

 

Y sin dar mucho la vuelta al mundo, la psique en el ágora de su memoria revisa a la intrusa y no invitada, a esa invasora que de golpe quiere ser la propietaria del guión que está en el camerino del alma. 

 

El espejo la repudia, la engaña, la hace creerse bella, le pone un cascarón, pero hay de quien se mire  en el tocador y se sienta atraído por esa autocomplacencia. 

 

Es inevitable, algún día, “la muerte como un vecino fastidioso/ nos interrumpirá la fiesta”, el sueño, la pesadilla, algo. 

 

Por eso la mudez  de la inercia dentro de lo mortal tiene que expulsar al miedo con música y versos malditos, con metáforas sin dioses, con voces sin edén. 

 

 

Habla. “Hablo: alguien habla por mí”.

 

La revolución de la masa no resuelve el avatar extraño y vecino que acontece en el campo de todo cuerpo orgánico, claro, que para aquel  que usa la palabra  esto se le vuelve “angustia y temblor” cuenta, saldo y deuda. 

 

Silencio y pasos. 

 

Sale el hijo de la “esperanza” a encontrarse con el espectador del bumerán “si tan solo el hombre”/ pudiera”… 

 

Luego, otro rato, descriptible e indescriptible.  Tan solo, tan “a quemarropa sobre la multitud, con absoluta sinceridad. 

 

Toda  razón humana insuficiente de autenticidad escarba en el ombligo de la muerte la  semejanza con la vida.  De eso nadie se escapa.

 

Sobre todo, “buscándose en esa originalidad que  permite una identidad como creador”, así lo dice uno de las grandes voces del territorio ecuatoriano, nuestro poeta Cazón.

 

carmen váscones

14/11/2004

JOSE MANUEL SOLÁ LOS NOMBRES EN LA PIEDRA por carmen vascones abril 29, 2009

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Exterminar al otro también es exterminar algo de mí que no lo hago directamente. 

 

Acaso, un cobarde asesino, un vulgar aprendiz de la muerte, un sicario de la moral.

 

Es quitar la promesa de algo humano.

 

Es acribillar la naturaleza, es despojar al sol de su fuente.

 

Es asfixiar el sollozo de la luna contra alguien. 

 

Es quitar toda defensa posible a la vida.

 

Aunque se sostiene en los andamios de la palabra no se deja atrincherar en el cuerpo perseguido y acorralado.

 

Apuntes y disparos, “sentidos y latidos”. Barro, flauta, y ritmo. 

 

Los sueños de la tierra no se funden con los metales. 

 

Promesa descubriéndose.

 

¿Quién carga la historia?

 

¿En quién descargan las armas?

 

En marcha, listos, fuego.  Silencio.

 

¿Quién puede ponerse de espaldas al crimen del mundo?

 

 

Un anillo en un dedo es una señal de quién es.

 

El universo una fosa común para las semillas y para cualquiera y  otras cosas.

 

Ejecución  y masacre. 

 

–tu principio no es mi principio-

 

“Y todo lo creado tenía su propósito/ pero el gran espíritu/ aun no conocía sus por cuantos..”.

 

La fatiga del peón es tan diferente que la del patrón. 

 

No es igual a nada el cansancio ni la soledad, ni la mirada esperando llegar el mendrugo a la boca. 

 

Ni la mirada del que todo lo tiene sobre la faz de su soberbia a la del que nada espera de tanto esperar.

 

Dónde está el que “fue en busca de la vida”.

 

¿Quién acecha los sueños? ¿Quién los quiere acabar?

 

¿Quién pisotea la raíz?:

 

 “ Allí se escribió el nombre de su raza”

 

A que te sabe humano tanta muerte regada por ahí.

 

Si  “la tierra era de todos” entonces ¿qué?

 

¿Quién mató el arco iris de mis ancestros?

 

¿Quién derribó la aurora de tu vientre madre tierra?

 

¿Qué hago por ti por mí? 

 

¿Qué cae en este momento?

 

Los nombres en la piedra aumentan en el mundo.

 

“Parece que hoy nos vamos a morir”

 

¿Quién quiere morir hoy? –yo no-

 

¿Y tú? 

 

La muerte y la vida no se escogen.

 

Pero eso si hay que defenderla de la tortura, de las balas, de las bombas, de todo golpe.

 

Hasta del mismo deshonor y del desaliento, hay que rescatarla.

 

Cada quién tiene su propia historia, su propia voz.

 

– Me descubro, me dejo ser-

¿Quién no me deja ser? 

 

Mi yo y el del otro. 

 

Nos desarmamos y desamarramos

 

¿frente a frente o lado a lado para no dejarnos morir?

 

Para ir “en busca de la vida”.

 

Carmen váscones

3/2/2003 

CATALINA SOJOS EL RINCÓN DEL TAMBOR abril 29, 2009

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“¡Ay te convoco muerte, ven, ven y llévame contigo!llama la voz que ata los indicios  desencontrados entre el ser  y  ese  yo que no deja pasar la vida como que  nada; no, al contrario, adentra en el vacío del pasado para enfrentarse con la sombra de la escritura y revelarla en la certeza de saberse, aún a sabiendas de sentirse parte de la soledad y del silencio.

 

“Como un fantasma busco recuperar las huellas”  del tiempo ido y que está –la mirada de lo que no se mira y de eso otro haciendo un espacio para decir algo del olvido que no forma parte del cuerpo, tal vez sí,   su resistencia, para embestir con todas las palabras aliadas a la memoria.

 

La voz del relato: la fuerza recobrada, erigida ahí en un pleno marcado de sí mismo, de una nada total en la imagen de lo bello surgiendo   ¿Acaso me engendré a mí misma?”

 

Sí, eso es,  la precisa interpelación de la única intérprete que acepta la creación como la omnisciencia materna de la raza que habla ¿importa esto?

 

La interpeladora tiene la certeza de haber asesinado en algún sitio el corazón de un dédalo que no era  tal, dio al fin con la pista del hechizo

 

La otra cara del sueño donde Cuenca se ahoga en sus sollozos,  y,  ella: la escritura hace un regreso que acerca hacia algún indicio.

 

La casa, el yo y la ciudad traspasan el límite para  nacer en sus presencias.

 

carmen váscones

13/10/2000

Abdón Ubidia sueños de lobo, por carmen váscones abril 22, 2009

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SUEÑOS DE LOBOS

“Tal parece que el cansancio acumulado en tantas noches de insomnio le empujara por detrás de los ojos, muy dentro de su ser. Después de todo, si el insomnio siempre es inoportuno, y esa es su condición ¿por qué razón no ha de serlo también el sueño?”

Abdón Ubidia
El lobo entra al círculo del insomnio, muerde el tiempo, los sueños se desvanecen junto a las manecillas que sostienen el cadáver de Dios.

En el nombre del padre, mi infancia, oración del juego destruido en el sonido metálico del reloj.
La palpitación insoportable libera la locura del que dejó de ser soñante. “Reza para calmar su orgía sin oniraciones, monologa para el silencio, “en algo calman mi angustia del sueño de los demás”.

No sabe qué hacer con el espacio en blanco que digita la desocupación del caos en la matriz de dos ojos pegados a la dilatación de la córnea.

Sale la luz de las tinieblas.

El trasnochador no tiene sueños, los perdió en la celebración de su nacimiento.

El trajín yace agolpado en la negación errante del hombre envuelto en la memoria del proceso donde toca su límite, el desvelado.

“Hora en la que existe”.

La soledad de su existencia troca la vida en su cuerpo sometido a la lucidez del sobrecogimiento del mismo amor cargante del deseo.

El alma gemelo del cero es la muerte naciente en el reflejo que se desliza en la mirada de “un ser como yo”.
Frontalidad de la angustia desamparada del adicto nocturnal que asoma sus retinas en la red del simulacro.
El aullido de la aguja recoge el espasmo bronquial del criminal, el cuerpo atrapado en la rueda del prófugo gotea contra bandas como señal cómplice del resplandor.

“Me he convertido en un hombre de la noche, en un hombre lobo”.

El animal no duerme, la espera del sueño no llega, ni siquiera la fatiga prestada lo noquea. Su cuerpo huye del descanso.

La angustia se instaló en su apetencia, vive un estado de alerta, como de sirena anunciando acechanzas agazapadas en los párpados.

Nada lo detiene al caminante del deber el haber y no pago.

Su fe, un ángel de la guarda que lo deja noche y día solo para probarlo. Su credo, un insomnio pasando por alto los templos y los miedos.

Los confinamientos del pánico y la soledad están detenidos en los encandilamientos desprendidos por un espacio libre en el rompecabezas del tiempo reacio a incorporarse en la graficación de su uso.
Su consumación: un cuerpo, una noche.

Trasnoches. El sueño no reparado, en un hombre que no puede o muy en el fondo ¿se cansó de dormir, de soñar?
El protagonista de la novela se oculta en los sueños de los otros. Él es un merodeador marcado por la manecilla de su rebeldía, por la onda de su radiación cerebral, por los golpes mentales de su inconformidad.

Por su propia muerte no entendida en el género que conlleva su pregunta. ¿Dónde estoy? Su anhelo de no saberse y saberse, lo manipula, lo confunde, lo condena a estar en alguna parte, a ser en el pronombre de su identidad, el tramador del sueño o solo un hombre desesperado en las trincheras del común denominador.

“En la noche sin límites, yo me voy de tumbo en tumbo, a veces enloquecido, errático, por los sitios del pasado que marcaron mi vida o que la configuraron – si es que alguna forma tiene – huyendo inútilmente de las caídas y de los abismos, buscando inútilmente permanecer en los recuerdos felices, en las treguas, en los olvidos”.

En la vigilia empuña la caja fuerte. Ajusta. Se va. Allí se arma y desarma el castillo de naipes, allí se pega la carambola sobre el lienzo verde.

Allí se oprime la jugada de los contrincantes.

Allí donde el tú y el yo se fusionan en la búsqueda agotadora de la salida que se precisa en la imagen que se construye y destruye de la realidad que se pisa y se evade.

Donde ya se verá quién se es.

En el boquete de la mente la frustración roe sueños ajenos, los propios evaden fracasos en los laberintos de la codicia atormentada en las manos vacías del que no tiene nada al despertarse.

O simplemente o peor, haber estado en vela del esqueleto todo un siempre, como un faltante que no cuadró nunca y no se lo detectó, pero que estuvo ahí.

Frente a frente. En silencio y encubierto.

En los malabares de la conjetura de asaltantes hambrientos, soñar no cuesta nada, solo un riesgo pleno, como As bajo la manga, como sucre cayendo en la rokola y tocando la escogida.

Como un corazón rojo en la espalda del hombre que cruza la niebla y dejar brillar algo. El átomo de la razón se desintegra en el escozor de los maniatados.

Los humanantes cierran su vulnerabilidad en la edición de sus anhelos, se contagian contemplando la caricatura del espéculo arrojado desde la inocencia.

El sentimiento parecido al amor se escurre en los andamios del reloj que brota en la boca de la tierra.
La rotación del las palabras choca en los cuerpos.

La existencia, un monosílabo en los silencios y equívocos de la huella nómada en los desprendimientos de la memoria: su fósil, marcado con los señalamientos del propio desgaste.

Bajo la mampara de la interpretación alguien oculto escarba en su pellejo. ¿Quién está en él?

“Jamás supieron nada de mí. Nunca lo sabrán. Qué pudieron saber ustedes del niño que usaba como pretexto el disfraz del hombre lobo para tocar a las niñas b buscarlas, muy dentro de sus vestidos… ”

“Qué pudieron saber ustedes del adolescente que se reunía con oscuros conspiradores que soñaban en gigantes rebeliones que incendiarían el mundo. Qué iban a saber ustedes del hombre que descubrió, con una lucidez extrema, que la vida organizada… no le concernía… ”

Quién puede escuchar la confesión del testigo sometido a su propia pena. ¿Quién condena la anticipación del caso?
El perdón se pierde en los brazos convictos de la culpa, el perdón se encuentra sometido en el sinsabor de las ganas de vivir, el suplicante crucifica su redención en la reiteración de nuevas confesiones a ser ungidas en la confirmación de su dolor y soberbia.

El cabecilla intelectual sabe “que detrás de un autor policial, por ejemplo, hay un asesino que no se decide a asesinar”, el lobo salido de la manada “sabe o recuerda, que cuando se desea a una mujer y no se la posee, entonces se escribe un poema.

Cuando se la posee, el poema ya nos es necesario. Y solo volverá a serlo cuando la mujer huya…

Sabe, además, que lo escrito no es cierto para los individuos en las soledad de su corazón.
Porque se escribe para no ser uno mismo”.

El tiempo se inserta en el acto, demanda a su actuante, lo obliga rendir cuentas, a minutar su posesión. Instiga en el punto tambaleante del instinto, la debilidad del indeciso se doblega a su falta de convicción.

Quiere ser alguien a como de lugar un maleante de la lujuria noctámbula.

Ser impreso en las páginas de la crónica roja. ¡Que más da! Está echada la partida.
Me toca, te toca.

Inventariamos la ruta, en su rumbo el peso de la pasión quemando los rastros. Exclamación. Morir después de vivir al precio que sea. Al paso que llevo. A paso del paso. Al asalto…

“El tiempo de la ansiedad es eso: existencia pura, energía pura, la máxima concentración de nuestro ser en un orden, él de los relojes, que no atrapa y no niega a la vez…”

Cansancio, deseo de dormir para nunca acabar. Deseo de dejar de aullar en el hocico de la realidad. Deseo de no saber nada. De …“No sabe que el peligro está en no saber acercarse al filo de un abismo. Y no en tener el valor de renunciar a él”.

Demasiado tarde, los lobos se dispersan bajo la luna llena del escrito.

El escritor se levanta, se pone su abrigo y sale a recorrer su viernes acostumbrado.

carmen váscones
14/3/95

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SAN JORGE, por carmen váscones febrero 3, 2009

Posted by carmenmvascones in cuento, pintura, reseña, retrato.
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                                                                                                                                                                                        A Jorge Velarde

 

No esperó más, cogió el lápiz de labio rojo de su madre que estaba encima del tocador y empezó las rayas.  El espejo repetía.  Gestos, partes, salidas, entrantes.  De una en una cada imagen iba armando los reflejos del trazador.

 

Pinta boca, coloca un rastro circular  en la pared, en su reflejo deja los ojos, sobre el piso extiende los brazos, los talones los deja en el cubrecama.  Cuando quiere hacer las piernas el color se le acaba.  Vuelve a hurgar entre las cosas de su madre, encuentra lápices negro, azul, verde, café.  Más al primer rasgo se queda a la intemperie, descabeza, tira  el sacapuntas, juega con las cintillas de madera, las coloca y descoloca.   aburrimiento y  nada. 

 

Quiere seguir, toma las cajitas de las sombras, ahora se arrastra en las baldosas, empieza  con sus dedos en  toda la alfombra blanca.  Se restriega  la cara da manotazos al suelo, rasca la cabeza,  estira los brazos, otra vez cara al piso.  Da palmada. Ha concluido.

 

Al mirar su obra parece feliz, gesticula, hace morisquetas, ríe, bosteza, gatea.  De tanto mirar, jugar,  retocar, borrar,  trepar, bajar,  subir, soñar.  Se queda profundamente dormido en la cama.

 

Sus progenitores al llegar ven, no saben qué hacer.  La madre desaprueba, piensa zurra.  Resignación.  Travesura infantil es la conclusión o incógnita completa, acaso tener en casa a un geniecillo dejándonos sus primeras muestras.

 

El padre se acerca al nene, lo besa,  coge sus manitas embadurnadas hasta más no imaginar. 

 

La mujer se sienta al borde de la cama, empieza a sacarse las medias de nylon, pide a su marido baje el cierre del vestido.

 

Él la levanta lentamente, le besa el hombro, la nuca.  Rodea con sus manos la desnudez asida a los dos.  Aprietan piel contra piel, boca a boca, cuerpo a cuerpo.  Se retratan con sus gestos.

 

Atrás queda la insinuación de alguien sin terminar.

 

Caen en la alfombra, el pequeño en el lecho matrimonial.  Sigue la noche su continente entre lunas y tinieblas.

 

Ellos  aman en primera persona la repetición del fuego prendido en la aurora devastada entre sus ingles.