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PACO PARRA VIDA Y MUERTE DEL SOLDADO CHALA POR carmen váscones abril 29, 2009

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“Chala terminó haciendo un orificio…pasada la media noche se introdujo en su agujero y casi inmediatamente se quedó dormido. Por segundo pensó que había regresado al vientre de su madre, a la gruesa matriz protectora, donde se encontraba acurrucado, en posición fetal, nadando en el líquido amniótico:

 

el hombre anfibio estaba en su estadio de pez…”

 

¿Qué significa la vida para la muerte? 

 

En la contravía del cuerpo esta el deseo, la madre, y la patria como emblema. 

 

Iconos, símbolos que pertenecen a un nexo filial, a un lugar, a un paraje de la historia en el ser que se porta.

 

la ley, el padre y el escudo encarnan  el origen. 

 

El reconocimiento y la resistencia a la adversidad para sostener el nombre propio.

 

¿De quién, de qué, para qué, y por qué?

 

Se vive solamente una vez dice el autor. 

 

Hay que aprender a vivir dice la canción, ¿cuándo sucede eso?, y si se da.

 

¿Entonces que significa la guerra contra Dios y contra los hombres, ejecutada por las manos del dominador?

 

El soldado Chalá está entre la frontera y el límite, entre el héroe y el mortal, entre una línea imaginaria y otra. 

 

Entre un cuerpo y otro.

 

Al amor no se le da espacio en el conflicto por e l poder, siempre hay un desencuentro que separa. 

 

Quizás por eso la nostalgia del personaje médico frente a la inocencia, los sueños y los ideales.

“La mejor época de mi vida la de estudiante”.

 

O esta otra expresión que recoge el sentir del enamoramiento inconcluso en la que todos adolecemos como recuerdo titilante.

 

“Ahora que no estás buscarte es encontrar la suave silueta de tu cuerpo en todos los lugares”.

 

Nadie se acuesta con la muerte, se conversa con la memoria y la ausencia. 

 

El narrador pareciera dejar instalada su rebeldía ante todo aquello que atente a la vida.

 

“En la guerra se pierde”, ¿nos concierne a todos? Si y no.

 

Ella nos envuelve en la emboscada de una partida que no  nos pertenece, que nos somete al enemigo de la victoria. 

 

Nos propone un triunfo al precio de las caídas de los que combaten entre minas, miedos espeluznante, y el horror que seduce con combates inmisericordes.

 

El resultado un ganador y un perdedor. 

 

Y en los dos lados, mutilados, lutos, sepulturas y una esperanza descolorida con resto de sangre seca.

 

Paco Parra se pone como testigo de estos enfrentamientos inútiles.  Agudiza su ojo de cóndor.  Protesta. 

 

Y, cual cronista de mi vida, igual la suya y del otro, testimonia lo que se dice y no se dice.

 

Precisa el derecho a desarmar la muerte no deseada.

 

Con la lucidez de saberse en la trinchera de  resistir hasta el final de enfrentar y desafiar.

 

Y casi gozar la vida con libertad y dignidad en este laberinto que se reconstruye de uno en uno.

 

Entre todos lo efímero de la historia.

 

Deja una espina en la razón del humano

 

¿Habrá alguna vez un alto al fuego?,

 

Que sea un alto para que aproxime la vida, sin que atente a la defensa de todo nacido y por nacer.

 

Dejo la vida y la muerte del Soldado Chala en las manos del narrador y de los sucesos de la historia en ese instante en que se enfrenta a la incertidumbre de su destino?

 

“Chala está preocupado, tiene una sensación rara, de angustia, de intranquilidad, nunca antes experimentada, recuerda que hace más de un mes no tiene noticias de su familia. 

 

¿Qué será de mi negra caderota?

 

¿Cuanto tiempo irá a durar esta ausencia?. ¿Saldré vivo? –Se preguntaba- solo Dios lo sabe.

 

Y, por primera vez tuvo miedo”.

 

carmen váscones

22/10/97

 

 

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LOS YO DES-HABITADOS, por carmen váscones abril 27, 2009

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A los asentamientos torcidos del lenguaje, le acompaña el éxodo del sudor, de la frente y del parto con dolor, lugar, donde las palabras labran la mortalidad fecunda de los devenires humanos. 

 

Cada lección es una certeza de las  estaciones  interceptadas entre los horrores de la sintaxis y las inscripciones de los interrogantes que desembocan en las puertas del perpetuo tiempo del amor. 

 

Sitio, donde las conjugaciones del  génesis serán por siempre las transgresiones finitas del signo femenino y masculino en la que no habrá jamás un paraíso perdido, peor aún a encontrarse; ni el tal vez de la mitad perfecta de una costilla, ni el juicio final para descansar el séptimo día cada vez que la obra de lo humano deposite su humor y los ecos de su risa en la historia, allí, donde la polilla estará royendo el tomo número tanto del siglo XX, en la página tal, que habla entre lo que se deja leer…

 

El diluvio de los pares impares del vaivén de los días, en los que nadie se baña dos veces en los mismos cuerpos, porque nuevas caricias corren por ahí; donde los olores de la esperanza revierten su  fatalidad sobre la espalda del alma olvidada en el velador del mundo. 

 

En el sucre que cae en la rokola del atardecer y suelta el disco de los sentimientos oprimidos entre tantas jugarretas y jaquecas vencidas entre prisas de veranos y de interiores acercándose a los veredictos fugaces de su decreciente y creciente  constante.

 

Sobre la pluralidad de los acertijos de tantas circunstancias ceñidas a los detalles que será la coreografía del encanto abandonado a los imprevistos del reloj detenido de la catedral; al abrazo del estero a una canoa que deja apenas ver dos figuras desde el puente; de los que ríen y persiguen las huellas de las enredaderas podadas por los jardineros de cualquier parque.

 

En el hombre que compró un pequeño ataúd para el hijo que no llegó a cumplir un año; en la madre que como flor deshojándose sube al bus que converge en uno de los lados del parque  la Victoria para quebrar su recorrido por Pedro Moncayo y otras calles rectas hasta que pasa por en Centro Cívico, Registro Civil, Hospital del Seguro, otras ciudadelas, La Naval, hasta que gira cerca del Portón del Puerto Marítimo, avanza en su recorrido, marca otra virada en la que roza a distancia el planetario y continúa con su ruta hasta el mismo punto del sur, donde ella da un bostezo, gritará, – en la zanja – Mientras el cobrador  recuerda, – quién más se queda – en la Florida Uno.

 

En el hombre que le comenta al otro hombre que está cansado de salir todos los días a las cinco de la mañana al trabajo para llegar justo.  El que está a su lado da una chupada al cigarrillo y le comenta que el fin de semana va a ser diferente porque se festeja la fundación de la ciudad, fiesta en las que se podrán tener unas horas para embriagar el desaliento de esas mañanas que ya no son mañanas, que habrá que ir a buscar unos amigos que trabajan en la seis de marzo para poder rasgarle con música a la indiferencia.

 

Dar en la llaga del desencuentro y en la nuca de lo vivido. 

 

El límite entre la ausencia  y el combate emprendido en la lumbre de la conquista.

 

Como himno nacional se escucha las nostalgias entonadas en la gravedad de la venganza hecho puño y voz, música y ellos, del “ódiame por piedad yo te lo pido, que si tu me odias quedaré yo convencida/convencido de que me amaste mujer/hombre con insistencia, pero ten presente de que acuerdo a la experiencia tan solo se odia lo querido”…

 

Pero el traje humano insiste, encuentra, busca entre los faros y las sombras del portal agarrado al destello del tragaluz, de un arco iris donde gire la risa sin reservas, donde el presente sea la oportunidad de la travesía, donde nadie se anule en la letanía de la ilusión  del tal vez alguien, algo. 

 

Sólo estás en lo puntual del cuerpo. 

 

A cada cual le toca significar con la metáfora de su nombre el recorrido de las palabras que se re-escenifican en los actos de sus sentidos.  Humanizar al yo, significa, sentirse más dueño de la aurora.

 

Cada intimidad lleva consigo la superación de interpretaciones  y del valor que cada uno le asigna y encuentra.  Cada nueva perspectiva significa creer y crear nuevos crepúsculos que impriman el horizonte en el surco de cada ser.  Por siempre lo  reconocido desconocido y conocido en la oscuridad del  sí mismo: yo-sé, no sé.  Nada de mí.

 

Es el “cansancio de vivir el que ha creado el otro yo” sinónimo de no-vida, del deseo de no-vivir.  El otro espejo con los estigmas de los tributos.  La belleza desaparece cuando se medita en los acontecimientos de la historia. 

 

La ordenación del fin es ya una ilusión; por eso dice Nietzsche, “la verdad es fea”.

 

Cada cual quiere decir algo distinto de lo que dice.  Querer narrar ya sus propias vidas es la expresión de sus deseos, del volver a vivir instante a instante. 

 

La manecilla del retorno donde dejan que el amor se despeñe en el cuerpo y caiga como catarata  entre el marasmo del silencio y la sentencia de la soledad alrededor del azar que hoya sobre  palabras póstumas y los reciclajes de las evidencias. 

 

Los deseos humanos no decaerán, huyen a las tentativas de la calma, su rito es insaciable, Estás más allá y más acá de la poesía, de los ritmos del atractivo sexual, de las filiaciones de las particularidades.  Su  presencia son símbolos anclados en los sonidos del lenguaje regodeándose en la pleamar de la invención.

 

Entre el humor de hacer nuevos recuerdos y el imperativo de crear nuevos mandamientos para decirse entre los otros dejen de someterse los unos a los otros. 

 

Para poder hablar desnudo sin la hoja de parra que cubra los rostros, para dejar de ser la presa de los dientes escondidos en la felicidad armada de  la defensa.

 

Para dejar de pisotear las desemejanzas. 

 

Para dejar de ser un adicto embotellado en la moral embriagada de un señorío sobre sí misma, donde la hacen ejecutar como tirana agazapada en la razón, el saber, la conciencia, los  llamados valores. 

 

En dejar de ser los esclavos de la decadencia.

 

Los hechos jamás podrán ser deshechos en las tablas  rotas y estrelladas entre los espejos de los adversarios habrá una tachadura que se encargará  de las reincidencias, insistencias, de las fallas, de las huellas fallidas de todos los días. ..

 

El prójimo no soy yo ni los otros.  

 

Siempre serán unos extraños próximos, diferidos en las transferencias del sentir conjugado en la palabra y su efecto, el acto, semblante de la nada vestida de pasado mañana.

 

Cada cual atraviesa la muerte y la vida simultáneamente, y si no se reconoce este movimiento a la vez, se está destinado a ser el asesino del acto, del verbo, del amor. 

 

A ser el cadáver habitando a los yo de ficción  comandados por el amo de la mortandad.

 

Lo único que escapa al humano, es que no existe prueba de amor para el deseo.  Su hipótesis se convierte en diálogos entrañables e interminables de resonancias en “confieso que he vivido”.

 

Quién está dispuesto a soportar,  acompañar la levedad de la palabra que transita las viejas verdades con ruta hacia la des-dicha, en donde la emboscada del mundo desata su tormenta en la soledad de un útero desierto. 

 

Mientras, asómate, o abre la puerta y  mira ve qué haces.

 

La luna declina su propio desencanto en una pareja de ancianos que cierran las persianas de su habitación.

 

carmen váscones

1988