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EROTANATISMO, Néstor A. Braunstein\ http://psicoanalisisycultura.com/2011/12/15/erotanatismo/ diciembre 14, 2011

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http://psicoanalisisycultura.com/2011/12/15/erotanatismo/

EROTANATISMO

He propuesto que el psicoanálisis no es esa erotología que algunos postulan sino una gozología. En ese sentido, como decía Lacan al hablar del goce, también el arte es “una pura instancia negativa”, algo pulsional, “que no sirve para nada”: ni para la reproducción de los cuerpos, ni para aumentar el saber, ni para satisfacer necesidades ni para incrementar la riqueza. ¿Entonces, cuál es el móvil de la actividad artística? Evocar, llamar al goce, al goce de los cuerpos en una pura dilapidación de energías individuales y sociales. “Desperdicio”. Waste. Sensualidad. Juego con el cálculo de las convulsiones incalculables.

Es a la funciòn gozológica – algo zo(o)lógica – pero muy antropológica, en su sentido más estricto, que se opone la barrera erigida por la religión monoteísta cuyos dos primeros mandamientos son el de no tener otro dios y el de no forjar imágenes. La sumisión a una autoridad absoluta requiere ese complemento que es la prohibición de la sensualidad. El cuerpo gozante se opone a los deberes del hombre para con la polis y conduce al olvido de la divinidad. Hay que interponer barreras al goce… aun a costa ¾o con el beneficio añadido, es decir, la plusvalía¾ de incrementarlo en la transgresión.

¿Qué hay en el arte que no sea erotismo? ¡El tanatismo! Así sucede hasta en la menos representativa de las artes, la música… ¿A qué nos llaman los sonidos sino a provocar, convocar, evocar e invocar (y desbocar) mociones sensuales tanto por medio de la armonía como de las disonancias, de los acordes bien temperados como de las efusiones dionisiacas y la irritación que producen las estridencias o el estallido de lo inesperado, culminando en el tritono del diabolus in musica? ¿Dónde está más polarizado el combate entre lo apolíneo y lo dionisíaco que cuando se enfrentan motetes y bacanales, variaciones para dormir al Goldberg y sacudidas estocásticas en el live electronics y el heavy metal?

El erotismo es la transgresión excitante del principio del placer en la búsqueda del goce, hurgando en los entresijos del displacer y la realidad, también de la vida y la muerte, de lo masculino y lo femenino, de lo humano y lo animal, de la paz y el sobresalto, del bien y el mal. El goce requiere de las fronteras para nacer en el momento de atravesarlas. Brota a raudales cuando el sentido se disuelve en el sinsentido. Véase el ejemplo supremo en los chistes y su relación con el inconsciente.

El llamado al despeño de las pulsiones se orienta tanto hacia las de vida como a las de muerte; por eso prefiero no hablar de erotología sino de gozología, pues el goce es lo que resulta de la mezcla de las pulsiones eróticas, que tienden a la construcción de unidades cada vez mayores, con las tanáticas, aspirantes sempiternas a la destrucción de las cosas, de la vida, de los vínculos entre los integrantes de la cultura. No hay erotología sin tanatología.

La obra de arte, por su mera existencia, por estar dirigida a alguien, es en esencia un llamado, una se-ducción. Esa regla se confirma por sus excepciones, por la existencia de objetos inútiles que no buscan un público como la de esos artistas autistas y esos productores de “cosas” bizarras que se dio en llamar art brut y que tienen en Lausana su museo, espléndido, manifestación del deseo de Jean Dubuffet. Atravesar las fronteras del mercado del arte es también gozógeno, pregustación de una posible libertad a conquistar.

Podría hacerse un catálogo de las obras gozológicas según el sentido al que llaman, según cuál de los cinco sentidos es convocado por el objeto creado por el artista: artes culinarias, perfumísticas, hápticas, visuales y auditivas tienen su público y su mercado, su historia, su presente y su porvenir. También las artes propioceptivas del movimiento corporal. Son manifestaciones del espíritu pero, por la vía de la imaginación (fantasía, en griego), claman por el cuerpo. Apelan a la vida mediante la mortificación y la irritación de los sentidos. Se manifiestan como desafíos al sentido por la abolición de la finalidad, la comunicativa en especial.

La obra de arte es creación, invención de lo novedoso, llamado a la superación y violación de fronteras, inconformidad con la naturaleza y con la convención, recurso al lenguaje para forzar sus límites. Es, por esa razón misma, perversa. Esencialmente, no por accidente. “Vierte” de otra manera de la esperada, por otro cauce, y así subvierte a la naturaleza y a la convención. Llama a los remanentes de la perversión polimorfa infantil que subsisten en todos y cada una.

El artista es, en tanto que tal, independientemente de lo anecdótico de su vida o de sus fantasmas, un escenificador de mundos alternativos. Eso se aprecia en el contenido manifiesto de ciertas obras, digamos, la literatura de Sade, la pintura de Picasso o el cine de Fassbinder o Catherine Breillat. También en contenidos latentes; por ejemplo, en lo que parece más alejado del erotismo, en la pintura de Malevich, la poesía de T. S. Eliot, el cine “lento” de Bela Tarr, ese portentoso realizador húngaro. Más aun, en la música pura, ese arte sin contenidos.

R. Barthes y el placer del texto. “Ni la cultura ni su destrucción son eróticas: es la fisura entre una y otra la que se vuelve erótica”. El aburrimiento colindando con el goce, el desplazamiento de las sensaciones por canales alejados de la convención. La perversión se disfruta como “contenido latente” en las películas de un Douglas Sirk, esas que parecen ajustarse a los códigos de Holywood en el momento de burlarlos o en la difuminación de los límites de la realidad como en el cine de David Lynch.

El “naturalismo” da fuego a lo grotesco que ilumina a lo “natural”. La patología, presentada como “antinatural”, revela el débil anclaje de la normalidad. La obra de arte es gozógena porque es el antónimo de lo social en medio de la “comunicación”. Es un agujero en ese barco de pasajeros que es la vida del orden y el trabajo, de la producción y el consumo.

¿Qué sería del arte sin la perversión y la descripción de aquello que no debe verse ni oírse? Los amores de Aquiles y Patroclo, las aventuras de Ulises con Circe, las sirenas o el Cíclope, las grandes tragedias impregnadas de amores ilícitos y contranaturales (la zoofilia en Creta, el matricidio en Micenas, el parricidio y el incesto en Tebas), las comedias de Plauto, los vasos griegos y la estatuaria griega u oriental, por no hablar sino de lo milenario.

¿Qué sería del arte occidental sin la exploración permanente y la impugnación de los modos de la representación yendo en contra de las leyes y de las instituciones? El arte de los trovadores o el de Miguel Angel y Leonardo hasta llegar a la Ilustración y el gran vidente que fue Sade, capaz de provocar ese aburrimiento que es “goce del texto”? ¿Qué sin ese trabajo político y antipolítico ¾erótico y tanático¾ en los bordes de la censura de los poderes terrenales y celestiales? ¿Qué sin el desafío órfico a los poderes del averno?

El objeto de arte es erótico porque viene a ocupar el lugar dejado por un hueco, por una falta en el sujeto. En ese sentido los modelos son el fetiche o su prototipo, el objeto transicional de Winnicott, objeto inútil como el osito de peluche, que cumple para el infante, sujeto en ciernes, la función esencial de sustituir al objeto ausente, a la madre, de quien el cuerpo del niño fue originariamente el fetiche, el objeto @, la cosa salida del cuerpo que ella tuvo que aceptar como perdido, imposible de re-in-corporar.

El objeto artístico es sexual y no genital según la concepción ensanchada de la sexualidad que todos compartimos a partir de Freud. De allí surge la noción misma de sublimación: la sexualidad decantada por la imaginación, la puesta en acto de fantasías que desencadenan en el espectador otras fantasías. Como formas del objeto @ las obras de arte se definen según las dos características de estos objetos: plus de gozar y causa del deseo.

¿De cuál deseo? Del propio de cada uno, de lo que en sus sentidos precipita respuestas de goce. El deseo es lo que falta al ser; el goce es otra cosa: lo que viene al lugar de esa falta, sea para recordarla, y entonces es dolor, sea para ofrecerle un sustituto, y entonces es placer. Las más de las veces para combinar ambas en la vidamuerte que se duplica en el arte, tanto en el representativo cargado de imágenes como en el abstracto que pretende renunciar a ellas.

Debería ahora volver sobre la tesis de los tres goces sucesivos (N. A. Braunstein, Goce, 1990, capítulo 2). En primer lugar, goce del ser, de la vida desnuda, anterior y exterior a la ley, a la ley del lenguaje que procede del Otro. Sobre-viene en segundo el goce fálico, regulado y regulador, resultado de la imposición de la renuncia pulsional que obliga a tramitar la satisfacción de las necesidades hablando y pidiendo. Se domestica, por el camino de la palabra, al “perverso polimorfo” que es el niño. Tras esta eros-ión se abre el campo para el tercero de los goces. Como para la pulsión es imposible regresar, recorrer el camino en sentido inverso deslenguando a los sentidos, se vuelve imperiosa la obligación de marchar hacia adelante traslenguándolos. El resultado de la travesía por el lenguaje no es el olvido sino la nostalgia de los goces perdidos, el del propio cuerpo y el del Otro cuando se era el falo materno. Sobrevienen intentos de recuperar ese goce a través de la invención de lo imprevisto, de lo que falta en el Otro. Se perfilan el goce del Otro y Otro goce, más allá del falo. De ese manantial de goce más allá del falo emana la obra de arte, ese objeto tan valorado precisamente porque no sirve para nada.

La esencia de la perversión (en el sentido clínico) se condensa en una postura subjetiva: no hay otro goce más que el goce fálico, ligado al lenguaje ¾ sobra decir que esta posición se encuentra más que nada en hombres, sometidos a la angustia de castración. Otras veces, no tantas, en mujeres, aunque ellas no son el sexo débil ante la perversión. El fantasma perverso es el de sabergozar, el de hacerse dueño del goce a través del discurso, de la manipulación y de los efectos de goce y angustia provocados en el otro. Así, queriendo adueñarse de él, el llamado perverso desmiente su goce y lo traslada sobre el partenaire, comúnmente el neurótico.

En el irresistible ascenso del goce Otro, el tercero, más allá del fálico, se comprometen los místicos, los inundados por un goce que trasciende a los sentidos. Por lo común esa invasión del goce los acalla. A veces, más a menudo de lo que se cree o se cuenta, alcanzan a expresar un vislumbre de nuevos mundos: Artaud, van Gogh, los pintores insanos en los manicomios, los condenados a quedar sin nombre después de ser atravesados por la luz enceguecedora del desastre, los Nietzsche que nunca llegan a publicar sus escrituras iluminadas.

Mucho se ha debatido la presunta debilidad de las mujeres en cuanto a la creación artística. Por la injusta distribución de los roles en la sociedad (en la cultura), sí, sin duda, pero también por una razón más fundamental que es otro nombre de eso mismo, la sumisión a la razón fálica, la negación de un goce suplementario, el estrechamiento del campo de las satisfacciones pulsionales con la promesa fantasmática de restitución a través de la maternidad y del hijo como objeto @ prometido a su carencia. (Cf. Goce, cit., cap. 5: “La perversión, desmentida del goce”.

Se impone cuestionar un lugar común respecto del erotismo en el arte. El artista, en tanto que creador, no es perverso. Él puede serlo o no, manifestar fantasías perversas o despertarlas en el espectador. Pero su trabajo es una propuesta dirigida al otro a través de la obra, no una expresión del mencionado fantasma de “sabergozar”. Por no saber el artista explora las fronteras del goce y se mueve en los campos minados del amor y la muerte. A través del objeto artístico se formula una pregunta al espectador: ¿Quién eres tú que así me miras? ¿Qué debería mostrar para que te permitas atravesar las barreras de la belleza, del placer, del desagrado, del asco, del pudor y del dolor?

El artista opera seduciendo con el desafío, llamando hacia sí, mostrando ese aspecto insólito de las cosas que puede residir, como en el mingitorio de Duchamp, en el hecho de estar instalado en un museo. El contexto, la persona que está al lado, el hecho de ver una crucifixión de van der Weyden en un enorme salón donde uno está completamente solo como sucede en El Escorial o en el Museo de Filadelfia o de ver el techo de la Capilla Sixtina apretujado por multitudes y oliendo los sudores planetarios que inundan el ambiente.

Erotismo de lo excitante y erotismo de lo repugnante, de lo macabro, de la crueldad, de lo incomprensible como el Finnegans Wake, de lo rebuscado como la poesía de Ezra Pound o como el cine de Godard o Sokúrov. También el más comprensible erotismo de la simpatía, del humor, de la comedia, de la exhibición amena y amable de las debilidades humanas, del reconocimiento imaginario en el atravesamiento de la barrera interpuesta por el espejo entre el yo y el yo del semejante.

¿Qué es lo representable y qué lo obsceno? Depende de los códigos y éstos son históricos. Es sabido que la censura y la represión son incitantes y que una pantorrilla a comienzos del siglo XX era más directamente erotogénica y seductora que un desnudo completo a comienzos del nuestro. ¿Ha disminuido la represión? ¡No! Cuando todo está permitido es que verdaderamente todo está prohibido. La eliminación de los carteles que dicen no trespassing hace monótonos a los recorridos.

¿Significa ese levantamiento de los tabúes que la función del arte para hacer que el público vislumbre lo erótanático ha caducado? No; tampoco. El creador se ve obligado a forjar nuevas formas artísticas, nuevos modos de representación aunque ¾Lacan no dejaba de lamentarse por ello¾ el psicoanálisis no ha permitido la invención de ninguna nueva perversión “un poco menos pendeja y estereotipada que las precedentes” (1960). Pero subsiste la posibilidad de moverse en los límites, como se muestra en esa joya del cine que es la obra entera de Svankmajer, particularmente en Los conspiradores del placer, que liliputiza a la palabra y a eso que se da en llamar “surrealismo”.

Muchas veces se ha condenado al puritanismo pero es solo gracias al puritanismo que la provocación es posible. Unas gracias que no nos hacen gracia alguna. El pudor y el impudor se engendran y fecundan recíprocamente. El goce surge por las fricciones del roce y el choque entre ambos. El capitalismo y la ética protestante encuentran su complemento y su culminación erótica, no su enemigo, en los libros del divino marqués. Hay un goce originario que se pierde al entrar en el mundo del lenguaje y de las convenciones. Para recuperarlo no hay caminos regresivos: hay que engendrar nuevos goces. Se requiere de osadía en la forma y en el contenido. Es la función más destacada del arte, su razón de ser.

El enfrentamiento de la llamada perversión con la ley es inevitable: se censura al desnudo infantil y se persigue a los fotógrafos y cineastas que violan el tabú. Se instaura una búsqueda paranoica de pedófilos y la sospecha recae hoy sobre todos los maestros y sacerdotes que están en contacto con los pequeños inocentes. Los vecinos son invitados a denunciar y proliferan las agencias de asistencia a las víctimas del abuso. Ese puritanismo es el otro lado de la parte oscura de nosotros mismos. El polimorfo perverso de Freud sobrevive en cada uno pero se pretende acallarlo con el mito del niño candoroso.

El asco: Freud habló de él a fines del siglo XIX y Lacan lo retomó con el objeto @. ¿Una experiencia contraria al erotismo, una barrera contra él? Resistimos por ahora a la tentación de abordarlo. Otra vez será. Pero un discurso sobre el erotismo no puede dejarlo de lado. Las funciones digestivas son las que mejor se prestan para representarlo. Hasta la náusea.

¿Cómo no tener en cuenta a lo que fue parte del cuerpo viviente y se apartó de él, a la placenta, al cadáver, a los excrementos, a lo que recuerda a las más íntimas viscosidades? La garganta de Irma, los goceros condenados en los infiernos del Bosco, la mutilación que suscita el espanto y la piedad (Aristóteles). Una obra del Caravaggio nos permite descubrir que todo cuadro es una cabeza de medusa. Cada pintor es un Perseo. La atracción se genera con lo horrible, espantoso, unheimliche que muchas veces se oculta en la monótona belleza de las olas, en el tranquilo rumiar de las vacas holandesas. Hay que cuidarse de mirar porque viene el arenero a extirpar el órgano pecador. ¡Ese ojo! Mirar lo que debe quedar oculto es jugar, jugar con la angustia de castración.

Nuestra época se empeña en la ocultación de la muerte; son los tiempos de “la muerte seca” (Allouch). Se prohíbe publicar las fotografías de cadáveres y de los torturados en Irak. La prohibición da pie a una atroz pornografía de la muerte. Pensemos en los cadáveres de Khadafy, de Hussein, del Cristo en Grünewald. Representar la muerte es un g/r/oce con lo prohibido: ¿Cómo presentar a la virgen muerta? No; ella no murió. Se durmió y su cuerpo y su alma ascendieron juntos, sin separarse, al cielo, según el dogma proclamado ¡en 1950!

El goce, a diferencia del placer, guarda un íntimo vínculo con el aburrimiento. La afirmación, tan fácil de respaldar con ejemplos, es sostenida por Barthes en El placer del texto. El relato del libertinaje acaba en la monotonía: Sade, multiplicando sus jornadas por 120 y después por cinco en cada una, Casanova, un compulsivo sacerdote frustrado, Don Juan, el obseso por la contabilidad. Hay narraciones en que parece que pasa mucho y no pasa nada. Y viceversa.

En los libertinos destaca el gusto por la provocación y por la profanación, formas de arrodillarse ante lo sagrado pretendiendo rebelarse. También destaca el goce de la blasfemia: Dios ha muerto y me cago en Dios: fetidez sobre putrefacción cadavérica. Para Lacan el arte es intrínsecamente obsceno, beaubsceno. El arte es, en sus momentos culminantes, la exhibición de lo que debe permanecer oculto. Lo siniestro es un anzuelo para enganchar el deseo insinuando la presencia de lo descompuesto con los atavíos de la belleza.

El perverso accede al goce haciéndose el objeto del fantasma del otro que es su partenaire, el neurótico. Revela la angustia fundamental que se esconde detrás de ese fantasma. El deseo se expresa mediante un fantasma degenerado. Va más allá del placer en su búsqueda de lo prohibido. El arte y lo obsceno coinciden en su objetivo de hacer gozar al espectador. La perversión es consustancial con el lenguaje. El lenguaje (sustitución) es en sí perversión con respecto al instinto. Es por el lenguaje que se pasa del sexo, función vital, al erotismo. Al cruzar el lindero irrumpen los goces: los evocados por el artista en el espectador.

Baudelaire, Fusées III: “La voluptuosidad única y suprema del amor consiste en la certidumbre de hacer el mal. ¾ Y el hombre y la mujer saben desde su nacimiento que toda voluptuosidad se encuentra en el mal”. Los códigos que prescriben el bien, enseñados también desde el nacimiento, son un aguijón para la explosión del deseo.

Los paraísos son siempre artificiales, producciones de la inteligencia, efectos de la prohibición (Bataille). La transgresión no es un retorno a la naturaleza, a lo animal, sino un levantamiento de la prohibición que la deja incólume… para que siga siendo gozógena.

San Pablo. Rom. VII, 7-8. En la carne no mora el bien; el mal está en mí. El santo puede superar esa limitación y transitar el camino de la salvación; para el artista (¿evocador de la  perversión y de lo abominable?) es la ocasión de una perdición deliciosa. La autoridad del Otro, la potencia de la Ley, es la fuente de la que mana el goce del sujeto. Si no fuese por la Ley no habría conocido el pecado.

Cicerón: nunca en los epitafios se destaca la capacidad amatoria y gozante. Montaigne: se habla con facilidad de todas las acciones criminales pero hay vergüenza para referirse al erotismo. Desde La Ilíada en adelante la literatura bélica no inquieta a nadie y nunca se censuró a la épica. La escena lasciva, en cambio, se actúa después de cerrar la puerta. El fantasma (de la escena primaria) se alimenta por el ojo de la cerradura por donde se puede hacer pasar la cámara cinematográfica y se entrega luego al deleite del voyerista, del peeping tom.

El cachondeo no deja detrás de él nada “constructivo”. Solo el deseo de reincidir. El sexo es saludable, higiénico; nunca nadie probó que fuese dañino o que haya enfermedades por excesos en el coger. Las continuas advertencias y las incesantes amenazas se expresan en la ideología de los patriarcales adversarios de la masturbación y de las prácticas irregulares o libertinas.

Don Juan y Casanova asumen con lucidez la ligazón entre muerte y sexualidad. Bataille: el erotismo es la aceptación del sexo hasta la muerte. Es la ligazón sensual del cuerpo con el entendimiento. No hay oposición sino solidaridad y alimentación recíproca entre la carne y el espíritu. Cabe desautorizar, sí, a la contabilidad como medida del goce: ni Edison ni Steve Jobs podrán patentar un gozómetro. Tampoco servirán para el caso los dosajes de dopamina.

¿Quién daría la medida de los goces de la privación, de la negación, de la histeria, de la frigidez? La inteligencia dice ¡presente! en la obscenidad pero no en la pornografía. Erotismo es el nombre de la conjunción de Apolo y Dionisio en la sexualidad. ¿Y qué con Tanatos?

Bataille solo hace dos citas de Freud en las muchas páginas de El erotismo (¡1957!). Eso sí, consta su agradecimiento a Lacan en el prólogo (¿impulsados ambos por una misma Diotima? ¾ es un secreto: algo que nadie sabe). El psicoanálisis parecería ¾para Bataille al menos¾ nada tener que decir sobre su tema. El goce, reconoce, es el de un cuerpo trabajado por el lenguaje, sometido a él y empeñado en vulnerarlo, en ir más allá. En eso radica para el psicoanalista la diferencia entre la sexualidad y la pornografía.

Para Octavio Paz el erotismo es poesía; la sexualidad es prosa. Ambas son formas del lenguaje. El erotismo es leído como una poética del cuerpo. La poesía como una erótica verbal. Oposición complementaria. El lenguaje da nombre a lo más fugitivo y evanescente que es la sensación. La palabra fija y guarda lo que pasó por los sentidos. El erotismo no es “acción genital”; es ceremonia, representación. Es sexualidad transfigurada; metáfora. El agente que mueve al acto erótico y al acto poético es el mismo: la imaginación.

El sexo se transfigura en ceremonia y rito (como sucede con la danza). El lenguaje en ritmo y metáfora. La poesía erotiza al mundo y al lenguaje por ser en sí misma una danza de versátiles palabras que copulan desvergonzadamente unas con otras. Veamos: ¿Es en la mesa de disección o en el renglón donde se juntan el paraguas y la máquina de coser?

El erotismo se apoya en la prosaica sexualidad y la sustituye por otra realidad: es metamorfosis y metempsicosis. Inventa algo nuevo en su lugar. Es el intercourse de la realidad y el lenguaje por medio de la fantasía, contrabandista del goce. No una intervención pura del lenguaje tal como se presenta en el contrato de prostitución sino la apertura a otro mundo: más allá de la superficie del espejo, del basto lienzo y de las pantallas con las que usualmente se choca.

Es la desligazón subrepticia de la pulsión autónoma assez phale, acéphale y el instinto que yace en el otro extremo, ligado a la reproducción. Pero eso no basta, como lo demuestra el contrato de prostitución mismo, donde la función reproductiva no juega un papel y donde normalmente tampoco el erotismo está incluido. Contrato firmado por la necesidad, no de sumar algo sino de liberarse, de cumplir una función excretoria, justificada por objetivos higiénicos. En el erotismo hay también, de otra manera, liberación de tendencias agresivas. Y sublimación de la pulsión, la destructiva.

Por la gracia del fantasma y de la Ley se pasa de la sexualidad al erotismo y a éste se lo infiltra con la pulsión de muerte. Se inventan así posiciones y formas de encarar el cuerpo del otro, de vulnerarlo y humillarlo. En ese otro se pretende que brote la angustia, se le amenaza con peligros y se le recomiendan acciones de profilaxis. Dice Paz que el sexo es siempre el mismo y dice lo mismo. Él pretende establecer una separación absoluta entre sexo y erotismo.

¿Pero quién es el partenaire (del amor, del erotismo, del sexo) en el hablente? La perversión erotiza al sexo. Los ejemplos más radicales son la zoofilia y el fetichismo, esos ejercicios en que se prescinde del otro como hablente. El fantasma se escenifica en tales casos con prescindencia del diálogo y del contrato.

El asceta sexual y el libertino son figuras emblemáticas y complementarias. En nuestro tiempo asistimos a un atravesamiento salvaje del fantasma y un llamado al libertinaje. No quedando nada por transgredir, el sexo se ve amenazado por la intrascendencia y la banalidad. Asistimos a una pérdida de la función ritual y de la ceremonia en favor de la contabilidad, esa tarea de Leporello(s).

Se pasa del imperio siempre burlado de la castidad y de la regulación, incluso monetaria, a la intrascendencia de encuentros que no dejan huellas en la memoria. Catherine Millet es el paradigma de la desvergüenza transformada en best-seller.

La vergüenza ¾no la culpa¾ es la salvaguarda del erotismo; es una llamada a la imaginación. La eliminación de los siete velos banaliza el cuerpo de Salomé. Lo carnifica (léase lo que “carnificar” quiere decir).

Presenciamos también la eliminación del juez y de la función del otro: la confidencialidad ha sido suplantada por la difusión en face-book. ¿Es más “real” la sexualidad cuando los padres son llamados a cerrar el pico y cuando se acallan las ideas de honor, vergüenza, etc. que fundaban las inhibiciones, los síntomas y la angustia?

¿Celebrar o festejar? Sin duda las dos cosas: lo ganado y lo perdido, el descorrimiento del neurotizante velo de misterio, la revelación de la vulgaridad de lo que se escondía.

Los niños de doce años han visto ya pornografía hasta aburrirse. Muchas veces acceden al conocimiento de la sexualidad automáticamente, cliqueando en el botón “favoritos” de las computadoras de sus padres. Otras veces asistimos al intento del amo (esos mismos padres) para impedir la contemplación pornográfica “de” los niños. El resultado está escrito por adelantado: es la ampliación del mercado.

El erotismo es una combinatoria de tabúes que permite infinitas permutaciones: disociación entre la madre y la prostituta, tabú de la virginidad, ambigüedad de los dos sexos y sus modalidades de encuentro, entrelazamientos calculados de las zonas erógenas y de los estados de estimulación y de saturación en lo psíquico. Juego con la fantasía del otro sexo, el que no se tiene. Entrada en función de los fetiches más variados y de los objetos transicionales que representan a la madre sin serla.

Hay una historia de los fenómenos del erotismo que se van transformando junto con las sociedades. El amor cortés y la idealización a partir de la prohibición son hoy anacrónicos pero fueron el dernier cri en su momento. Los seres sexuados reciben la consigna generalizada de amar según los usos de la época. En otros casos, cada vez menos frecuentes, se buscan los paraísos perdidos de una sexualidad desenfrenada en el norte de África, la India, el Oriente. El exotismo y el turismo sexual están hoy restringidos por la globalización y el internet. También por el “derecho internacional”.

Es decisiva la modificación de la ideología sobre la mujer. Ella, tradicionalmente, era el objeto pero no el sujeto de su sexualidad. El goce en el siglo XX y hasta la llegada de la enseñanza de Lacan es casi exclusivamente el fálico (místicas aparte) y si ella goza es en la medida en que se carga de atributos fálicos. La perversión es esencialmente masculina. Las diferentes culturas tienden a cuestionar la idea de un goce distinto, femenino. La hembra, desde Eurípides y la patrística, es la pradera o la jungla donde los machos se reproducen. El modelo de la actividad-pasividad, tan difundido, es un estereotipo machista. Nadie lamenta que pase al archivo de las supersticiones.

La infidelidad recíproca y consentida es un modo de apaciguar y relativizar la fuerza del amor en un pacto de complicidad. Swingers, etc. El amor es riguroso: es una variedad del ascetismo. Una apuesta sobre la libertad… del otro (O. Paz). “El amor único, aunque pocas veces se realice íntegramente, es la condición del amor”… qui jamais a connu de loi.

Art is never chaste. It ought to be forbidden to ignorant innocents,
never allowed into contact with those not sufficiently prepared.
Yes, art is dangerous. Where it is chaste,it is not art
. (Pablo Picasso)

 

Pensar en el sexo es erotismo, erotización del pensamiento, goce. Allí convergen los ejes del ascetismo y de la voluptuosidad. La historia del erotismo no es la historia de la sexualidad. Es lo que se escribe al margen de ésta. El erotismo es inaccesible al método y a la actitud científica. Es consustancial con los intentos de regularlo, de codificarlo.

En mi visión del mundo contemporáneo he planteado que hay dos esferas opuestas e inconciliables: el cálculo (que se puede incorporar a las computadoras) y el pensamiento (rebelde a la cibernética). En realidad, es un trípode pues hay que agregar el tercer término que es inalcanzable por ellos dos: la voluptuosidad, el goce, la poesía. El erotanatismo.

Néstor A. Braunstein

diciembre de 2011

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