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el rey midas julio 20, 2011

Posted by carmenmvascones in Uncategorized.
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EL REY MIDAS

“Había una vez un rey muy bueno que se llamaba Midas. Sólo que tenía un defecto: que quería tener para él todo el oro del mundo. Un día el rey midas le hizo un favor a un dios.

El dios le dijo:

-Lo que me pidas te concederé.

-Quiero que se convierta en oro todo lo que toque – dijo Midas.

-¡Qué deseo más tanto, Midas! Eso puede traerte problemas, Piénsalo, Midas, piénsalo.

-Eso es lo único que quiero.

-Así sea, pues – dijo el dios.

Y fueron convirtiéndose en oro los vestidos que llevaba Midas, una rama que tocó, las puertas de su casa. Hasta el perro que salió a saludarlo se convirtió en una estatua de oro.

Y Midas comenzó a preocuparse. Lo más grave fue que cuando quiso comer, todos los alimentos se volvieron de oro.

Entonces Midas no aguantó más. Salió corriendo espantado en busca de dios.

-Te lo dije, Midas – dijo el dios-, te lo dije, Pero ahora no puedo librarte del don que te di. Ve al río y métete al agua. Si al salir del río no eres libre, ya no tendrás remedio.

Midas corrió hasta el río y se hundió en sus aguas.

Así estuvo un buen rato. Luego salió con bastante miedo. Las ramas del árbol que tocó adrede, siguieron verdes y frescas. ¡Midas era libre!

Desde entonces el rey vivió en una choza que él mismo construyó en el bosque. Y ahí murió tranquilo como el campesino más humilde”.

Cuento mitológico

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El Rey Midas

Fernando Marín
Son muchos los personajes de ficción que son considerados en nuestra cultura prototipos de virtud o defecto humanos. Sirvan de ejemplo Ulises encarnación del engaño, Aquiles de la cólera, Pluto de la riqueza, Edipo del amor desordenado hacia su madre, don Quijote del idealismo del hombre, Tarzán de la fuerza y defensa de los animales, Pepe Gotera y Otilio de las chapuzas en la construcción, etc…

Viene esto a cuento de Midas, rey de Frigia, región de Macedonia, que, llevado por su codicia, convertía todo lo que tocaba en oro. Hijo de la diosa Cibeles y discípulo de Orfeo, se le representa lleno de riquezas y provisto de orejas de asno. Esta leyenda ha llegado hasta nosotros; se ha convertido en un cuento conocido universalmente; sin embargo pocos conocen que ya hace dos mil años fue escrito por un poeta latino del siglo I a. C., Ovidio, en sus Metamorfosis, aunque su origen proviene de muchos siglos anteriores.

El dios Baco, dios del vino y de las fiestas en que este licor suele consumirse, llegó en su vejez a la región de Frigia con sus habituales acompañantes, los sátiros y las bacantes. No había acudido, sin embargo, su educador, Sileno, a quien los antiguos le presentan como un borracho montado en un asno. El exceso de vino y los años hicieron al dios tambalearse en el suelo, de donde fue recogido por unos habitantes de la región; estos le condujeron junto a su rey, Midas, iniciado anteriormente en sus cultos. Durante diez días se celebraron en la rgión fiestas en su honor.

Para congraciarse más todavía con el dios, Midas trae de Lidia, región vecina a Tracia, a Sileno. Baco le dijo: “Pídeme el favor que tú prefieras, yo te lo concederé”. Midas respondió insensatamente: “Haz que todo lo que yo toque con mi cuerpo se convierta en resplandeciente oro”. El dios se lo concedió, aunque lamentó que no fuera la mejor elección por parte del rey.

Gozoso, el rey probó el don otorgado por Baco con una verde rama de una encina; al instante ésta se convirtió en oro; mientras caminaba, repitió lo mismo con una piedra, un pedazo de tierra, unas espigas del camino, la fruta de unos árboles, el agua de un riachuelo cercano al camino; obtuvo el mismo resultado: todo adquiría el color dorado. Su alegría era cada vez mayor, era el más rico del mundo.

Su alegría, no obstante, no duró mucho; tan pronto como intentaba comer manjares o fruta de los árboles, éstos se convertían en oro; lo mismo sucedía con el agua cuando quería beber para calmar su sed. Espantado por las consecuencias de su elección, quiso escapar de sus riquezas; lo que antes había anhelado ahora lo odiaba. Rogó al dios Baco que le quitase el poder concedido. Este le ordenó: “Ve a Sardes, ciudad de Asia Menor, sube hasta el lugar de nacimiento del río Pactolo, sumerge tu cabeza en el manantial y lava su cuerpo con su agua”. El rey penetró en el agua, conforme a lo ordenado por el dios y su poder desapareció; desde entonces el río tiene color dorado por la existencia de arenas auríferas. De este modo Midas se vio privado del antiguo privilegio, que le había hecho tan desgraciado.


El rey Midas traspasó su residencia a las selvas en donde habitaba el dios Pan, dios protector del ganado, frecuentando las cuevas de los montes cercanos. En estos lugares Pan hacía ostentación de sus cantos ante las tiernas ninfas que allí se hallaban; su orgullo llegó a tal extremo que se atrevió a retar al mismísimo Apolo, dios olímpico de la música.

En este certamen musical, el dios Pan fue el primero en tocar su rústica flauta y con sus rudos cantos encantó a Midas, que se encontraba ocasionalmente allí. Después le tocó el turno a Apolo, que hizo sonar perfectamente su hermosa lira. El juez, Tmolo, dio la victoria al dios olímpico; lo mismo hicieron los demás jueces. Únicamente el necio rey Midas se atrevió a censurar su decisión y se inclinó por la victoria del dios Pan.

Apolo no toleró la afrenta del rey Midas; su venganza consistió en cambiar las orejas humanas del rey por las propias de un asno, llenas de pelo blanco, para que fuesen bien visibles a todos. Avergonzado por esta anomalía física, cubrió sus orejas con un gorro frigio.

Solamente su barbero conocía este defecto; como era normal en las relaciones entre un rey y su vasallo, el rey le obligó a mantenerlo en secreto, amenazándole, en caso contrario, con darle muerte. El barbero se debatía en un dilema: el temor a incurrir en la indignación del rey le impedía revelar el secreto, pero tampoco su ánimo estaba dispuesto a ocultarlo durante mucho tiempo públicamente. Así pues, cavó un agujero en el suelo y le dijo en voz baja lo que había visto, las orejas de asno del rey; al instante lo cubrió con tierra y se alejó del lugar. Un espeso bosque de cañas comenzó a crecer allí; cada vez que estas eran zarandeadas por el viento, producían un zumbido que repetía: “el rey Midas tiene orejas de asno”. Se dice que, avergonzado de que se le conociese su deformidad, se quitó la vida bebiendo sangre de toro.




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El Rey Midas

El Rey Midas

Midas fue un rey de gran fortuna que gobernaba en el país de Frigia. Tenía todo lo que un rey podía desear. Vivía en un hermoso castillo rodeado de grandes jardines y bellísimas rosas. Era poseedor de todo tipo de objetos lujosos. Compartía su vida de abundancia con su hermosa hija Zoe.
Aún repleto de riquezas, Midas pensaba que la mayor felicidad le era proporcionada por todo su oro. Comenzaba sus días contando monedas de oro… se reía… se reía y tiraba las monedas hacia arriba para que les cayeran encima en forma de lluvia! De vez en cuando se cubría con objetos de oro, como queriéndose bañar en ellos, riendo feliz como un bebé.

Cierto día, el dios de la celebración, Dionisio, pasaba por las tierras de Frigia. Uno de sus acompañantes, de nombre Sileno, se quedó retrasado por el camino. Sileno, cansado, decide dormir un rato en los famosos jardines de rosas. Allí lo encuentra Midas, quién lo reconoce al instante y lo invita a pasar unos días en su palacio. Luego de esto lo llevó junto a Dionisio. El dios de la celebración muy agradecido por la gentileza de Midas, le dijo:

“Me has dado tal placer al haber cuidado de mi amigo que quiero hacer realidad cualquier deseo que tengas”. Midas respondió inmediatamente: “Deseo que todo lo que toque se convierta en oro”. Dionisio frunció el entrecejo y le dijo: “Seguro que deseas eso?”. A lo que Midas respondió: “Seguro, el oro me hace tan feliz!” Finalmente, Dionisio contesta reacio: “Muy bien, a partir de mañana todo lo que toques se transformará en oro”.

Al siguiente día, Midas, se despertó ansioso por comprobar lo que Dionisio le había prometido. Extendió sus brazos tocando una mesita que de inmediato se transformó en oro. Midas, saltaba de felicidad! Y continuó comprobando… tocó una silla, la alfombra, la puerta, la bañadera, un cuadro y siguió corriendo como un loco por todo su palacio hasta quedar exhausto y al mismo tiempo contentísimo!

Se sentó a desayunar y tomó una rosa entre sus manos para respirar su fragancia. Pero… al tocarla se había convertido en un frío metal. “Tendré que absorber el perfume sin tocarlas, supongo”, pensó desilusionado. Sin reflexionar, se le ocurrió comer un granito de uva, pero casi se quebró una muela por morder la pelotita de oro que cayó en su boca. Con mucho cuidado quiso comer un pedacito de pan, sin embargo estaba tan duro lo que antes había sido blandito y delicioso! Un traguito de vino, quizás… pero al llevar el vaso a la boca se ahogó tragando el oro líquido!

De repente, toda su alegría se transformó en miedo. Justo en ese momento, su querida gatita saltó para sentarse con él, pero al querer acariciarla, quedó como una estatua dura y fría. Midas se puso a llorar: “Sentiré solamente cosas frías el resto de mi vida?”, gritaba entre lágrimas. Al sentir el llanto de su padre, Zoe se apresuró para reconfortarlo. Midas quiso detenerla pero al instante una estatua de oro había quedado a su lado. El rey lloraba desconsoladamente.

Finalmente levantó los brazos y suplicó a Dionisio: “Oh, Dionisio, no quiero el oro! Ya tenía todo lo que quería! Solo quiero abrazar a mi hija, sentirla reir, tocar y sentir el perfume de mis rosas, acariciar a mi gata y compartir la comida con mis seres queridos! Por favor, quítame esta maldición dorada!” El amable dios Dionisio le susurró al corazón: “Puedes deshacer el toque de oro y devolverle la vida a las estatuas, pero te costará todo el oro de tu reino” y Midas exclamó: “Lo que sea! Quiero a la vida no al oro!” Dionisio entonces le recomendó: “Busca la fuente del río Pactulo y lava tus manos. Este agua y el cambio en tu corazón devolverán la vida a las cosas que con tu codicia transformaste en oro”.

Midas corrió al río y se lavó las manos en la fuente, agradecido por esta oportunidad. Se asombró al ver el oro que fluía de sus manos para depositarse en la arena del fondo de la fuente. Rápidamente, llevó una jarra de agua para volcar sobre Zoe y rociar a la gata. Al instante, sonaba en el silencio la risa y la voz musical de Zoe y el ronroneo de la gata.

Muy contento y agradecido salió Midas con su hija para buscar más agua del río Pactulo y así poder rociar rápidamente todo lo que brillaba de oro en el palacio.

Gran alegría le proporcionó a Midas el observar que la vitalidad había retornado a su jardín y a su corazón. Aprendió a amar el brillo de la vida en lugar del lustre del oro. Esto lo celebró regalando todas sus posesiones y se fue a vivir al bosque junto con su hija en una cabaña. A partir de lo ocurrido, jamás dejó de disfrutar de la auténtica y verdadera felicidad.


EN BUSQUEDA DE SIGNIFICADOS

Diseño de Michel Koiter

La leyenda del Rey Midas es un mito clásico sobre la tragedia inevitable cuando la verdadera felicidad no se es reconocida.
La vieja historia del rey Midas,(la codicia que lo dominaba), es aleccionadora y nos invita a pensar, reflexionar y darnos cuenta de las consecuencias que podemos atraernos siendo esclavos de nuestros propios deseos. Por suerte, el rey Midas reconoció su error a tiempo y pudo revertir semejante situación.

En tiempos actuales, ese oro de la leyenda, se halla sustituído por el afán desmedido de poseer dinero, excesos de bienes, riquezas, comodidades, lujos, apariencias, poder, etc. En definitiva: MATERIALISMO.

Cuando concentramos nuestra vida exclusivamente en lo material, comienza el desasosiego, la intranquilidad, que incita al consumo, al deseo de acaparar más y más, egoístamente todo para sí. Un individuo en estas condiciones puede llegar al extremo de cometer graves injusticias, mentir, robar, matar, delinquir, someter a su familia y toda una sociedad a las nefastas consecuencias que el mundo ya ha experimentado en su larga historia.
Se trata del deseo que nunca se calma: más se tiene, más se quiere. Se forma un vacío que no puede llenarse con nada. Comienza, entonces, una perturbación psicofísica que aleja al individuo del verdadero sentido y propósito de la Vida.

Ilustramos el tema con un óleo realizado por MK, en Noviembre de 2003, titulado:

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