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E. M. CIORAN, ESE MALDITO YO, 1911-1995 o la imposibilidad de la risa en el dolor del vacío, sòlo queda la nada desafiando a dios, esta experiencia rebota en el cuerpo, como un torturador sin poder escapar del grito… La compañía de la soledad una materia sin esperanza. Un desdecir del verbo. Una calamidad doméstica sin poder limpiar la muerte. La vida: recipiente del vacío. El cuerpo: ausencia que se aleja de uno. La presencia huele a sospecha. El dolor no acepta razón, se excluye del pensamiento, se inserta en la carne. Ineludible si y no. ¿Y/O?: escindido el pronombre en el cuerpo. julio 8, 2011

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FRAGMENTOS DE “ESE MALDITO YO”

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“OPINIONES, SI, CONVICCIONES, NO.  ESE ES EL PUNTO DEL ORGULLO INTELECTUAL”

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“DESPUÈS DE TODO, YO TAMPOCO HE PERDIDO EL TIEMPO, YO TAMBIÉN ME HE ZANGOLOTEADO COMO TODO HIJO DE VECINO EN ESTE UNIVERSO DESCABELLADO”.

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“A MENOS DE CAMBIAR TOTALMENTE, COSA QUE NO SUCEDE JAMÀS, NADIE PUEDE LIQUIDAR SUS CONTRADICCIONES.  sÓLO LA MUERTE NOS AYUDA A LOGRARLO, DEMOSTRANDO ASÍ QUE ES MÁS SAGAZ QUE LA VIDA”.

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“LA CANTIDAD DE VACÍO, QUE HE ACUMULADO, CONSERVANDO AL MISMO TIEMPO MI ESTATUTO DE INDIVIDUO! !EL MILAGRO DE NO HABER REVENTADO BAJO  EL PESO DE TANTA INEXISTENCIA!

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CONTAR EN VANO CON LA VENTAJA DE ESTAR SOLO. !SIEMPRE ESCOLTADO POR UNO MISMO!

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“SE ACOMODA UNO MÀS O MENOS BIEN A CUALQUIER FIASCO, EXCEPTO A LA MUERTE, EL FIASCO MISMO”.

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“EL CONOCIMIENTO  O EL CRIMEN DE INDISCRECIÓN”.

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“TODAS LAS ANOMALÍAS NOS SEDUCEN, Y EN PRIMER LUGAR LA VIDA, ANOMALÍA POR EXCELENCIA”

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“LA MEJOR PRUEBA DE QUE LA ENVIDIA ES UNIVERSAL ES QUE SE MANIFIESTA HASTA EN LOS PROPIOS ALIENADOS, EN SUS BREVES INTERVÁLOS DE LUCIDEZ”

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“EMITIR, SOBRE CCUALQUIER COSA, INCLUSO SOBRE LA MUERTE, JUICIOS IRRECONCILIABLES, ES LA ÚNICA MANERA DE NO JUGAR SUCIO”

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“SOLO LA PLANTA SE ACERCA A LA “SABIDURÍA¨; EL ANIMAL ES INCAPAZ DE ALCANZARLA.  EN CUANTO AL NOMBRE… LA NATURALEZA DEBERÍA HABERSE LIMITADO AL VEGETAL, EN LUGAR DE DESCALIFICARSE POR GUSTO DE LO INSÓLITO”.

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“LO PROPIO DEL DOLOR ES NO TENER VERGUENZA DE REPETIRSE”.

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“CUALQUIER GUSANO QUE SE CONSIDERASE EL PRIMERO ENTRE SUS SEMEJANTES ALCANZARÍA INMEDIATAMENTE EL ESTATUTO DE HOMBRE”.

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“SER O NO SER.

                             … NI LO UNO NI LO OTRO”

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“PUBLICAR UN LIBRO IMPLICA EL MISMO GÉNERO DE CONTRARIEDADES QUE UNA BODA O UN ENTIERRO”.

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“LA VIRTUDA EMINENTE DE LA CALUMNIA ES QUE HACE EL VACÍO A NUESTRO ALREDEDOR SIN QUE NOSOTROS TENGAMOS QUE ABRIR LA BOCA”.

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“LA VIDA SEGREGADA, ANTIVIDA, Y ESTA COMEDIA QUIMICA, EN LUGAR DE INCITARNOS A SONREIR, NOS CONSUME Y TRANSTORNA”.

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“TODO DESEO SUSCITA EN MÍ UN CONTRA-DESEO, DE MANERA QUE, HAGA LO QUE HAGA, SOLO CUENTA PARA MÍ LO QUE NO HE HECHO.”

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“NO SE HABITA UN PAÍS, SE HABITA UNA LENGUA.  UNA PATRIA ES ESO Y NADA MÁS”

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“LA LUCIDEZ: MARTIRIO PERMANENTE, INIMAGINABLE PROEZA”

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“UNA PALABRA DISECADA YA NO SIGNIFICA NADA, YA NO ES NADA.  COMO UN CUERPO, QUE TRAS LA AUPTOSIA ES MENOS QUE UN CADÁVER.”

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“lO QUE ARRUINA LO QUE DESEO”

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“LA GRAN, LA ÚNICA ORIGINALIDAD DEL AMOR ES QUE HACE LA DICHA INDISTINTA DE LA DESDICHA”.

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Cioran nació en la localidad de Răşinari (Städterdorf en alemán, Resinár en húngaro) en el condado transilvano de Sibiu, actual Rumanía, y que en ese entonces era parte del Reino de Hungría (Imperio austrohúngaro). Fue hijo de un sacerdote ortodoxo de etnia rumana. Asistió a la Universidad de Bucarest, donde en 1928 conoció a Eugène Ionesco y a Mircea Eliade. Según algunos historiadores formó parte de la Guardia de Hierro[cita requerida], organización fascista, hasta los primeros años de la Segunda Guerra Mundial, pero según otros su vinculación durante su primera juventud con los movimientos de derecha fue teórica. Más tarde, en diversas entrevistas, expresará con virulencia su pesar y arrepentimiento por esta penosa colaboración, a la que también vinculan a otros dos escritores rumanos: Eugène Ionesco y Mircea Eliade.

Otro hecho que le pudo haber marcado es que en 1935 su madre le dijo que si hubiera sabido que iba a ser tan infeliz hubiera abortado. “Soy sólo un accidente. ¿Por qué debo tomarme en serio?”[cita requerida]

De todas formas, el pesimismo de Cioran es más complejo. Es un sentimiento presente en aquellos que observan el abismo y tienen que seguir existiendo con el trágico conocimiento que han descubierto. Por ello no es fácilmente explicable por estos hechos simples.[cita requerida]

En 1937 continuaba sus estudios en el Instituto Francés en París, donde vivió la mayor parte del resto de su vida. “No tengo nacionalidad, el mejor estatus posible para un intelectual”.

Sus primeros trabajos se publicaron en rumano, pero posteriormente escribiría exclusivamente en francés. Su estilo se basa en afirmaciones cortas y aforismos, fuertemente influidos por Nietzsche y el pesimismo de Schopenhauer o Philipp Mainländer.

William H. Gass definió el trabajo de Cioran como “un romance filosófico en temas modernos como la alienación, el absurdo, el aburrimiento, la futilidad, la decadencia, la tiranía de la historia, la vulgaridad del cambio, la conciencia como agonía, la razón como enfermedad“.[cita requerida]

Definido en ocasiones como un “filósofo sin sistema”, aunque sus planteamientos entran dentro de la llamada filosofía del absurdo, sus obras fueron ampliamente criticadas. Su respuesta era de confrontación respecto a los filósofos preocupados por crear un sistema lo suficientemente complejo y estable para que no pudiera ser derribado. Ante esto, Cioran se adentra en la contradicción como forma de pensamiento, siendo sus afirmaciones contradictorias incluso en el mismo texto[cita requerida]. Afirma la falsedad de toda doctrina filosófica, basándose en la incapacidad humana de crear ideas libres[cita requerida].

Sentía una fuerte frustración por el hecho de existir, lo cual le llevaba a un fuerte enfrentamiento consigo mismo: “La gente me produce asco, tengo asco hasta de mí mismo. Deseo una destrucción completa de todo lo humano, incluidos ellos e incluido yo, ya que no soy especial ni mejor que ellos”[cita requerida].

En sus escritos remarcó su especial predilección por dos pueblos, el ruso y el español, en su virtud de “pueblos derrotados”.

En España marcó profundamente a Fernando Savater; éste último escribió un ensayo (Ensayo sobre Cioran, Espasa-Calpe, 1992) sobre él, tradujo y prologó algunas de sus obras.[cita requerida]. En México fue traducido por María Esther Seligson. En Venezuela al ser publicado los Silogismos de la amargura, en la década del setenta, Cioran gozó de un vasto conocimiento.

Cioran encontraba especialmente sugerente el suicidio como forma de vida[cita requerida]. Consideraba la muerte como la única existencia real, siendo la vida, a la que llamaría la “gran desconocida”, fuente de todo dolor por la imposibilidad de asegurar la existencia. A pesar de ello, murió por causas naturales a avanzada edad[cita requerida].

Se le relaciona comúnmente con otros autores rumanos como Tristan Tzara.

[editar] Pensamiento

E.M. Cioran no se consideraba un filósofo en el sentido ortodoxo del término, ni siquiera escritor[cita requerida]. Provocador a ultranza, este pensador rumano animó durante su vida innumerables controversias contra lo establecido, contra las ideas constituidas en norma o dogmatismo. Fascinado por instaurar un pensamiento a contracorriente, en el cual el cinismo tiene un lugar preponderante, escribió su obra aforística sin concesión alguna. Entre Diógenes El Cínico y Epicuro de Samos, funda una filosofía en el siglo XX, afín a la de esos filósofos helenísticos, donde la amargura era sublimada por la ironía.

Criado desde su nacimiento en Rasinari (1911), pueblo olvidado de las profundidades de Transilvania, Cioran vive con horror el traslado a Bucarest para asistir al Liceo. Separado tan tempranamente de lo que él consideraba un “paraíso”, perdería para siempre la alegría de vivir, pues fueron estos sus únicos años felices. A pesar de lo que muchos creen, nunca formó parte de la Guardia de Hierro,[1] y dedicó los días de sus primeros cuarenta años a leer y a estar casi inútilmente matriculado en la Sorbona[cita requerida] (gracias a una beca no conseguida por una tesis que nunca llegó a escribir, sino por dedicar varios años a recorrer Francia en bicicleta[cita requerida]).

Pero el exilio no marca su obra, ni siquiera su vida[cita requerida]. Aunque recuerda su pueblo natal con vivas imágenes casi como recientes, y siente gran apego por la cultura búlgara y por los pueblos del Este en general, no se siente perteneciente a ninguna patria[cita requerida]. Tal es este desapego, que decide cambiar su lengua madre por el francés. Incluso cuando Stalin murió y Rumanía se vio libre de la ocupación soviética, su único sentimiento fue el de pesadumbre.

Durante esa época lee vorazmente, la única ocupación que le satisface. Confesó su adoración por grandes obras de Dostoievski o Proust), ya que ésa es la única manera de conocer verdaderamente lo que el autor nos quiere transmitir. Estuvo marcado intensamente en su juventud por la lectura de autores como León Chestov, Georg Simmel, Dilthey, Kierkegaard… En definitiva, lo que siempre ha suscitado interés en él es la filosofía-confesión, los “casos”, aquellos autores de quienes se puede decir que son “casos” casi en el sentido clínico de la expresión[cita requerida]. Todos aquellos que van a la catástrofe y que pueden situarse también más allá de ella (no puede admirar más que a aquel que ha estado a punto de derrumbarse)[cita requerida]. Por eso no está marcado por aquellos escritores que han sido simplemente una experiencia intelectual, como Husserl, Heidegger o Sartre, del cual incluso ha escrito varios textos contra su obra. Pero sobre todo se interesa por los ensayos y biografías, independientemente del autor[cita requerida].

Para E.M. Cioran escribir es la única forma que encuentra de hacer la vida un poco más soportable. Pero odia escribir, y no sólo eso, sino que publicar lo escrito supone una aberración… aún así es la única forma de vida que concibe, de manera que se convierte en un hombre atado a hábitos que le resultan insoportables[cita requerida].

Con un gran aliento poético, donde rinde un secreto homenaje al poeta francés Saint-John Perse quien animara su obra y escribiera comentarios sobre ella, en ocasiones hace recordar la escritura de aquellos filósofos como Nietzsche donde la factura formal y la delicia de la prosa emparenta el pensamiento con lo poético.

En su juventud, escribe en rumano, pero traduciendo a Mallarmé a su lengua madre tuvo una revelación: es absurdo escribir en una lengua que nadie conoce; además, escribir en un idioma desconocido se convierte en una experiencia asombrosa. Al escribir en francés, uno reflexiona sobre lo escrito, piensa en las palabras, lo que éstas quieren decir y por qué precisamente usar esa palabra en concreto y no otra parecida[cita requerida]. En Rumania, escribía por escribir apenas sin pensar. Francia le enseñó que la escritura y ¡el comer! son hechos culturales, pero al llegar a París se dio cuenta de que también se puede juzgar el sabor de la comida y opinar sobre ella en amplios debates[cita requerida]).

Esta incapacidad para dedicar su tiempo a una actividad seria y productiva, proviene de esa sensación de tedio que ha inundado toda su vida[cita requerida]. A pesar de haber vivido intensamente, no ha podido integrarse en la existencia[cita requerida]. Podemos pensar que tienen algo que ver las palabras que en cierta ocasión le dijo su madre: “si supiese que ibas a sufrir tanto, habría abortado”[cita requerida]. El saber que su existencia fue sólo un accidente, y que su nacimiento debería haber sido evitado hacen que pierda el interés por cualquier cosa, que no encuentre sentido a la vida. Cualquier acción es una “idiotez” en todo su sentido, si al final del camino no queda más que una fría sepultura[cita requerida]. Caminar por cierto cementerio fue lo que le llevó a pensar que tanto los hombres lúcidos como los ignorantes llegan a la misma meta y reciben el mismo premio, de manera que vio ratificadas sus inquietudes respecto a emplear la vida para cualquier fin[cita requerida].

Pero es asombrosa, sin embargo, la vitalidad con que plasma sus palabras en los libros, como una extraña alegría que destella inexplicablemente. Las hojas que escribe están llenas de fuerza, de pasión, para activar a sus lectores, para en definitiva “hacer despertar”. Sus libros son como látigos que ironizan la existencia, descritos con una fuerza que nos hace darnos cuenta de que realmente estamos vivos.

Esta viveza y esta pesadumbre serán los elementos principales que encontramos en su obra, Ese maldito yo, libro de aforismos publicado en 1987. ¿Por qué escribir en forma de fragmento? Porque, según el propio autor, es un hombre perezoso, y para escribir de forma continuada un texto con sentido, se necesita ser un hombre activo.

La arquitectura aforística de su prosa es fiel al tiempo roto que él y otros pensadores previos a la postmodernidad denunciaron con lucidez, donde el concepto del hombre comienza a variar y fomentar lo ambiguo y lo indeterminado. Desarrollar algo extensamente es una frivolidad. Recomienda el autor que no leamos su libro de un tirón, sino poco a poco, de noche preferiblemente, y sobre todo en momentos de pena o hastío. Porque es en esa situación cuando necesitamos que un simple pensamiento nos libere. Al fin y al cabo, un aforismo es algo discontinuo, un pensamiento instantáneo, que si bien no encierra mucho de verdad, si puede contener algo de futuro[cita requerida]. Podemos encontrar un aforismo que afirme un acontecimiento y en la página siguiente otro que niegue eso mismo; y en realidad ninguno vale más que otro, sino que pertenecen a momentos distintos. Cioran no pretende ofrecer verdades absolutas, sino que nos lanza sus aforismos como si fuesen bofetadas[cita requerida].

Así, el libro se articula en torno a cinco capítulos dónde se expresan casi todas las ideas que más perturban al autor (que son básicamente las mismas a lo largo de toda su obra[cita requerida]). Los aforismos no están ordenados según las cinco partes, sino que cada capítulo es una amalgama de muchos temas distintos, y que como acabamos de decir, se contradicen muchas veces entre ellos.

Una de las ideas que prevalece es la de la religión. Fuertemente marcado por una sociedad altamente religiosa (incluido un padre sacerdote), Cioran se considera agnóstico desde su más tierna infancia[cita requerida], aunque se siente bastante cercano a los pensamientos hindú y budista; sobre todo porque son los únicos en entender realmente el concepto de “vacío”, siendo éste el único que puede eliminar nuestro temor a la muerte. Tampoco quiere ser filósofo, porque le parece que la mayoría de los filósofos observan los acontecimientos desde lejos, y para poder hablar de las cosas ha de implicarse uno, conocerlas desde dentro (Nietzsche y Sartre en ese aspecto eran bastante ingenuos, según él[cita requerida]). Se puede tener un mayor conocimiento sobre la vida siendo por ejemplo, barrendero, que dedicándose a los estudios filosóficos (de ahí que aborrezca su encasillamiento como filósofo).

Habitante de un planeta donde lo inhumano es la norma Cioran antepone el alto humor de su palabra, el fluir de un pensamiento que fusiona los contrarios y los sublima, para sumergirnos en un universo filosófico donde todas las verdades están heridas y todos los dogmas tambalean.

Odia fervientemente la Historia: a pesar de confesarse apátrida desde la infancia[cita requerida], queda algo en él de apego a su patria[cita requerida], y más que a Rumanía, a los países del Este en general. ¿Y por qué este odio? Porque los países del Este han estado siempre dominados o invadidos por la Historia, lo que la convierte consecuentemente en algo demoníaco (ya que tanto él como sus compatriotas han sido siempre los objetos de Ella). La Historia es la negación de la moral, es el mayor pesimismo, el mayor cinismo. Es “la obra del diablo”[cita requerida].

Ama la música y la amistad (aunque confiesa que un amigo es el peor ejemplo del que podemos aprender, pero debemos conservarlos). Dice en uno de sus aforismos más conocidos: “si dios le debe todo a alguien es a Bach. Aunque muchas veces abogue por la nulidad de la vida, lo que cree es que los caminos que el hombre toma son casi siempre equivocados. Su palabra favorita: perecer. Su arma de destrucción masiva: la palabra, que es también la curación de todos los males. “Los charlatanes no frecuentan farmacias”[cita requerida].

Desprecia trabajar, tomar posicionamiento, tener que explicarse cuando se contradice y conceder entrevistas. No le gusta hacer planes (ya que todos son inútiles), desprecia a la mayoría de la gente (“¡el hombre debe desaparecer!”)[cita requerida], y sobre todo a aquellos que son incapaces de apreciar un buen libro o una gran composición musical. Odia la idea de haber tenido que vivir, y declara abiertamente todo lo que le deben en gratitud sus hijos no-natos. Para Cioran, morir es simplemente cambiar de género, pero sin embargo el suicidio no supone ninguna opción para él, porque “es la existencia del suicidio la que hace la vida posible”.

Incluso a pesar de que sus aforismos sean contradictorios, si tuviésemos que definir todo su trabajo en unas pocas líneas, qué mejor que recurrir a uno de sus aforismos:

“Si se me pidiese que resumiera lo más brevemente posible mi visión de las cosas, que la redujese a su mínima expresión, en lugar de palabras escribiría un signo de exclamación, un ! definitivo”.[cita requerida]

El pensamiento de Cioran, infestado de amargura e ironía lo sitúa entre los pensadores más provocadores y destellantes de las últimas décadas.

Su devoción por el escritor argentino Jorge Luis Borges lo llevaría a escribir su ensayo “El último delicado”, donde dibuja un retrato filosófico de este personaje con su característico humor.

En su libro “De lágrimas y santos”, E.M. Cioran llega muy lejos en la reflexión sobre el misticismo y la religión y con su acidez inquisidora nos depara extraordinarios aforismos de gran belleza, donde su cinismo pareciera no tener límites. Allí lanza esta sentencia: “En el juicio final sólo se pesarán las lágrimas”.

Durante las últimas décadas su reconocimiento se tornó planetario. Cioran ha escrito en absoluta febrilidad su vertiginosa obra. No ha creado ninguna ideología, ni su pensamiento ha dado lugar a ningún tipo de movimiento filosófico. No ha dado clases, no ha escrito tesis ni doctorados, no ha firmado manifiestos, ni dado conferencias y no ha sido recordado (ni en vida, ni tras su muerte) más que por un puñado de amigos: (Mircea Eliade y Eugène Ionesco fueron algunos de ellos) y algún que otro estudioso que en un momento determinado se interesó por su obra. Sin embargo, fue un hombre que durante su larga vida no dejó de pensar, y sobre todo, que hizo y hace pensar a la gente[cita requerida].

“Recuerde: mis libros pueden hacer despertar”[cita requerida].

[editar] Algunas obras

[editar] Referencias

  1. Conversaciones, Emil Michel Cioran, p. 14, Tusquets, Barcelona, 1996

[editar] Enlaces externos

Obtenido de «http://es.wikipedia.org/wiki/Emil_Michel_Cioran»

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Émile Cioran

(Émile Michel Cioran; Rasinari, 1911 – París, 1995) Filósofo francés de origen rumano cuyo pensamiento se caracteriza por su extremo pesimismo y nihilismo. Hijo de un pope rural, estudió filosofía en Bucarest, tras lo que escribió una tesis sobre Bergson. Viajó a Alemania y fue por breve tiempo profesor de filosofía en Brasov. Logró en 1937 una beca del Instituto Francés de Bucarest y marchó a París, donde, con alguna ausencia, residió hasta su muerte.


Émile Cioran

Comenzó escribiendo en lengua rumana, en su país y en Francia, en la que produjo libros, anticipatorios algunos de su marcada actitud pesimista y retadora de las ideologías y las convenciones sociales, como En las cimas de la desesperación (1934), El libro de las quimeras (1936), De lágrimas y de santos (1937), El ocaso del pensamiento (1940) y Breviario de los vencidos (escrito durante la ocupación nazi de París). El primero tuvo una gran acogida, pero el tercero provocó un fuerte escándalo, que consolidó su decisión de quedarse en París.

En 1946 renunció a su nacionalidad y se declaró apátrida. En 1947, mientras traducía al rumano a S. Mallarmé, decidió adoptar el francés como lengua de expresión. Breviario de podredumbre (1949) será su primer texto escrito en francés, a modo de desafío a sus raíces y a la afectividad que se vincula con ellas y con el idioma.

Su producción ensayística es inmensa, resuelta en numerosos casos por medio del aforismo y la paradoja, que le proporcionaron la libertad de polemizar sin necesitar de un sistema para hacerlo, fustigar y exponer sus opiniones y análisis. Entre sus numerosos libros figuran Silogismos de la amargura (1952), La tentación de existir (1956), La caída en el tiempo (1964), Del inconveniente de haber nacido (1973). Cada uno de ellos es un ataque furibundo a las ideologías, religiones y filosofías creadas por los seres humanos para justificar su comportamiento.

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Su vida y su obra, indisociables, se sitúan en la periferia de lo establecido, al margen de cualquier convencionalismo. Así, renunció al termino “filósofo”, adoptando el de “pensador orgánico”, según el cual, todo acontecimiento vivido, físico o intelectual, es aprovechado para moldear un cuerpo conceptual. Su estilo escapa del usual rigor formal de los filósofos, adquiriendo maneras más libres y literariamente ricas, poéticas incluso.

Su obra surge de un impulso interior negativo, fruto de una conciencia del sinsentido de la existencia y de una voluntad de oponerse a éste mediante el ejercicio terapéutico de la escritura. En sus textos, Cioran se muestra convencido de la naturaleza intrínsecamente maligna de la humanidad, y se complace en la recreación de la cara oscura de ésta, para extraer conclusiones en absoluto tranquilizadoras. En sus últimos tiempos abrazó el budismo

Libro a libro, Cioran fue afirmando su personalidad nihilista y marginal que, sin embargo, fue creciendo en popularidad. Con su radical libertad de pensamiento (que regía también su vida personal, al igual que el ascetismo y la actitud burlona hacia todo lo que le rodeaba), Cioran es uno de los pensadores más creativos y originales del siglo XX, por mucho que para su desprecio y diversión fuera a menudo calificado de hereje, provocador, “esteta de la desesperación” o “cortesano del vacío”, a causa de su amargura y su visión corrosiva. Por otra parte, él se calificaba a sí mismo de “hombre sin biografía” y se aplicaba otras consideraciones igualmente burlonas. Otras obras suyas son Ejercicios de admiración (1986) y El crepúsculo del pensamiento (1991).

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