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La injuria, el insulto, la palabra poética, la realidad: Lacan y vuelta a la metáfora Iris M. Zavala junio 18, 2011

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 La injuria, el insulto, la palabra poética, la realidad: Lacan y      vuelta a la metáfora

  Iris M. Zavala

 

basta con escuchar la poesía, como era sin duda el caso de F. de Saussure, para que se haga escuchar en ella una polifonía y para que todo discurso muestre alinearse sobre los varios pentagramas de una partitura. Lacan

 

 

Poesía / creación

Comienzo por trazar las líneas de fuga que persigo. Si la poesía es creación de un sujeto que asume un nuevo orden de relación simbólica con el mundo, hemos de repensar en la función del arte en nuestra contemporaneidad. El arte, lo único que nos permite es sublimar y nos conduce, a través del lenguaje, a domesticar al depredador que todos llevamos dentro. La sublimación, el resplandor de la belleza de Antígona; la sublimación es una modalidad de recubrir y, a la vez, de hacer surgir lo real al que el sujeto se confronta. Comienzo citando a Lacan en El deseo y su interpretación  (Sem. 6 1958): “el uso de la palabra deseo, la transmisión del término y de la función del deseo en la poesía, es algo que, diría, reencontraremos “après-coup” si llevamos bastante lejos nuestra investigación”. Lo esencial del psicoanálisis lacaniano es recordarnos que el ser procede del lenguaje, de lo simbólico pero de diferentes maneras; el amor inventa el ser, y el odio lo petrifica produciendo silencio. Y, en La psicosis (Sem. 3 1955-56),  afirma: Hay poesía cada vez que un escrito nos introduce en un mundo diferente al nuestro y dándonos la presencia de un ser, de determinada relación fundamental, lo hace nuestro también. La poesía hace que no podamos dudar de la autenticidad de la experiencia de San Juan de la Cruz, ni de Proust, ni de Gerard de Nerval.” Soy consciente de que  remitir a Lacan es quedar expuesto al embate de un entrecruzamiento de temas y de jergas que obligan al lector a un trabajo de descifre -como escribió  Oscar Masotta-. Continúo.

¿Queda lugar hoy para la metáfora, en esta época del capitalismo tardío, cuando la palabra no es fides, y navegamos sin ética, por un mar de letras petrificadas y comercializadas por el marketing, y lo que es peor, cuando las tendencias que dominan la época se encuentran en la realidad virtual de la televisión? ¿Qué hacer hoy con la palabra poética, con las metáforas? Palabra poética entendida como escritura desatada, en prosa o en verso. La poesía no es ni hablar en rima, ni  decir cosas bellas. Se recordará que poesía es poiêsis, creación. En la orientación lacaniana la poesía está más cerca del Witz -el chiste- que del alejandrino. La potencia de provocar dolor, de enfermar, de matar, de curar, es inherente a la palabra. Sin olvidar que el silencio, la injuria, la humillación son formas de violencia, las que asume el malestar en nuestra civilización occidental en nuestra actualidad. Vivimos en la civilización del odio, la competencia, y la agresión, un mundo donde la palabra es insulto, violencia, y una desmetaforización de la palabra que solo apunta a lo real, ¿cómo, pues,  restablecer la palabra poética? Si la escritura es la creación de un sujeto que asume un nuevo orden de relación simbólica con el mundo, es imperioso retomarla… Pero, ¿cómo hacerlo en un mundo despoetizado que va a lo real, a aquel fantasma anterior a las imágenes y las palabras con las cuales pretendemos  capturarlo? Lo real nos trasciende y nos antecede a la vez, y a partir de aquí ya estamos instalados en los dominios de la paradoja.

No sólo en las artes, también en el cine y la televisión -añado- se puede encontrar la ideología en su máxima pureza, con su universo extremadamente agresivo, horrible, la lucha por la supervivencia y, en cierto modo, son mucho más realistas que lo que se percibe a diario en la realidad precisamente porque son fruto de la imaginación, sostiene Slavoj Zizek. La televisión, más popularizada, se ha convertido, además, en  instrumento de intromisión en la vida del otro, disolviendo las diferencias entre lo privado y lo público. Y algo más, la implosión de los sentidos produce una evaporación de los significados.  Inspirándome en Walter Benjamín, podríamos decir que la historia es un cementerio de significantes vacíos…. Hoy, la libertad -término paradójico- tiene su  envés: la libertad de expresión que refrenda el insulto, el agravio y la mentira. Pero la democracia conlleva un compromiso ético, y éste posee una dimensión estética; aunque, hoy en día, la libertad se confunde con el libre cambio y con la libertad de precios; la economía de mercado, el ¡sálvese quien pueda! del neoliberalismo actual. Perdón por el zigzagueo; lo sentí necesario para vertebrar mi discurso.

Poesía en tiempos de cólera

          Conviene describir el nuevo malestar en la cultura. Nuestra época se caracteriza por las guerras lejanas, las invasiones, la amenaza islamista, la explotación más cruenta, y la esclavitud de millones de seres que malviven en el tercer mundo y el primero, el del progreso y la empresa privada. La creciente concentración de la riqueza y la indiscriminada explotación de los recursos naturales dejan en abandono a los “condenados de la tierra”, que decía Frantz Fannon. Y, por si fuera poco, una realidad construida con los medios de comunicación, piercings (lo que se clava en el cuerpo para tener algo), libros que no se leen, la acumulación, el individualismo a ultranza como rechazo de lo colectivo, y, además, la inseguridad, la violencia… Y, ante todo esto, ¿qué hacemos?; o tomamos una posición crítica, o dejamos que se infiltre en nuestras vidas. En efecto (sigo a Zizek), somos objetos sacudidos por la civilización del odio. El odio que no tomamos en cuenta más que en momentos puntuales, y otro más cercano, con diversas formas de violencia contra el semejante, como el maltrato, las amenazas, la persecución, y fenómenos de nueva aparición, como el mobbing y el buylling. Sin dejar de lado los fundamentalismos del tercer mundo, o los fundamentalismos de la moderna mayoría norteamericana. Y, ante todo, la judicialización de la vida cotidiana, la desaparición del respeto y de la distancia simbólica. El tuteo generalizado es una de sus formas, la gerontofobia que se percibe en algunas de nuestras instituciones, en las prejubilaciones que dejan al sujeto a la deriva, y un culto a la juventud que asoma su rostro en todos los ámbitos de la cultura y lo social. La eterna juventud es la meta, y la medicina pone al servicio de todos, la cirugía estética, que se ofrece como panacea, desde la manera de cambiar el sexo, a transformaciones en el propio cuerpo, que se presentan como espectáculo televisivo.

¿No hay aquí algo muy significativo que nos permitiría dar un paso más en la función  del insulto, que repercute en la escritura de nuestra contemporaneidad?  En El rechazo de la metáfora y la destrucción del otro, Paula Hochman nos recuerda que la violencia en la sociedad actual se origina en que es una sociedad científica, cuyos lazos sociales están estructurados por el discurso de la ciencia y en los términos del capitalismo. Pero la ciencia es un discurso que necesita rechazar al sujeto, rechazar lo que en psicoanálisis se denomina el Nombre del Padre, es decir, el rechazo de la metáfora. La ciencia no se dirige al equívoco (topos del sujeto), sino a la explicación incuestionable del objeto. La ciencia necesita excluir lo equívoco, lo paradójico, lo enigmático, lo particular… La injuria y el insulto son además actos de habla poderosísimos, toda la obra teatral de Shakespeare se apoya en el insulto -la injuria-, que, como cualquier juicio se dirige al sujeto y tiene la función de afirmar su existencia mediante atributos. En Hamlet,  encontramos este tipo de palabra ofensiva: una vez que Ofelia ha muerto, en tanto objeto de amor,  “I did you love once” -“Te he amado antes”-, le dice Hamlet. Las relaciones con Ofelia tienen un regusto de cruel agresión, de sarcasmo llevado demasiado lejos, que crean las escenas más extrañas de toda la literatura clásica (Lacan El deseo y su interpretación Sem. 6 1959).

Rebobino. Prosigamos con una lectura del “malestar en la civilización” repensándolo a partir de los efectos del lenguaje normativo sobre el sujeto. En todos estos fenómenos se puede decir que prima el silencio sobre las expresiones culturales, en particular la escritura, aunque se digan muchas cosas, ante todo, banalidades. Surgen así distintas maneras de hablar sin hablar, de hablar sin decir nada, hecho evidente en la vida diaria. Hoy se vive al día, y todo el mundo dice que ¡goza!… Un goce obsceno que diría Lacan, el que no civiliza… Este superávit de goce complica el problema de la responsabilidad con el otro. Sin embargo el sujeto es enteramente responsable del goce que siente en su arranque agresivo. El lenguaje se emplea para agredir, amenazar, desafiar, retar, pero ya sabemos en nuestra propia carne que algunas palabras dejan huella, tienen capacidad de marca, porque las palabras tienen poder. Son aquellas marcas del significante de un significado reprimido de la conciencia del sujeto. Símbolo escrito sobre la carne,  participa del lenguaje por la ambigüedad semántica en su propia constitución. Si fuera una palabra de ejercicio pleno, incluiría el discurso del otro en el secreto de su cifra. Esa mediación simbólica que realiza una sustitución del flechazo por la injuria, tiene un nombre que viene del campo de la retórica: Metáfora (nos recuerda acertadamente Paula Hochman).

El insulto aparece como sustitución de la acción ofensiva, pasa a ser el arma de los que no tienen armas, de los que no tienen poder y se contentan mancillando la lengua; contra la creación mediática de nuevas -falsas reales- identidades. No he de perseguir estas vías, pero en esta lógica del simulacro, con tanta seducción, tanta escena mediática, un goce obsceno obtura el lazo social; en definitiva, una circunstancia histórica que propicia el optimismo, creando lo que Lacan llamaría una semblantización -ilusoria- del mundo, el exceso propio de una cultura que quiere a toda costa recuperar el tiempo perdido…. En suma, à la recherche al precio que sea (aunque sea la propia destrucción).

Y añado un plus, mi plus de goce. Este mundo sin pasado, de carpe diem, es expresión, además, de un nuevo momento de dominación militar y económica en todo el mundo; una cultura cuyo reverso es “la sangre, la tortura, la muerte y el horror” (escribe Jameson, en Ensayos sobre el posmodernismo). Justamente se evita, así, el ejercicio de la política de la memoria histórica; aun contando con la improbabilidad, en las actuales condiciones, de la memoria misma (como, por ejemplo, en la construcción de Proust), y proponiendo, en su lugar, una problematización de la misma, en la medida en que ya no contaríamos ni con un campo referencial ni con las estrategias discursivas capaces de hacerse cargo de la experiencia. Las disciplinas que pretenden abordarla han sido disueltas por la ideología, en tanto ésta es constitutiva de cada uno de los momentos del objeto.

Estoy de acuerdo con Fredric Jameson, cuando sostiene que si se ha disuelto la memoria, parece improbable articular esa experiencia, la de hoy y la de ayer. Las disciplinas -en su fragmentación- tendrían que crear nuevos instrumentos; la estrategia misma, como posibilidad, ingresa en el territorio de la reconsideración y de la duda, y a la memoria -en sus múltiples formas- sólo llegan rastros, huellas, como entidades mínimamente reconocibles, puesto que han sido narradas e impuestas en lo social, en un movimiento que llaman las “ruinas del proyecto moderno”. De tal forma que la historia reciente se vuelve inenarrable, más allá de los “hechos”, que han sido modelados por los diversos dispositivos de poder que organizan el capital y la ideología -lo virtual-, y el pasado, cercano o lejano, se vuelve imposible de articular en lo que es hoy un vago remedo de experiencia. Y así, en la medida en que la pregunta por el “origen” se reviste de toda la gravedad -de la ideología-, toda narración del pasado, en consecuencia, adquiere un rango sagrado, esto, es, ideológico.

Y no se trata de eso. Desacralizar por una parte, y “poetizar”. Si lo que caracteriza a la poesía es la tonalidad, en tanto esta abre la posibilidad a una conmoción estética que tiene efecto en el cuerpo, es decir, si la poesía es resonancia en el cuerpo, aparece entonces, como claro que si hay poesía, hay acotamiento de goce… Una palabra por otra, tal es la fórmula de la metáfora, y “si sois poeta, produciríais, como por juego, un surtidor continuo, incluso un tejido deslumbrante de metáforas”, dice Lacan en La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud (1957, Escritos 1).

Rebobino, una vez más. Es decir, se pretende imponer un discurso unívoco, “transparente”, y se concibe el insulto como un intento de máxima comunicación donde se entiende todo (hasta en el desamor se recurre a un resto de insultos para reducir al otro, la significación  proviene del odio; y si el amor, como nos recuerda Lacan en La metáfora del sujeto, se nutre de equívocos y malentendidos, deja como desecho el silencio, donde el amor se ahoga).

Si, en efecto, la lengua -de aquí toma su punto de partida Saussure- es el fruto de una maduración, de una madurez, que se cristaliza en el uso; la poesía resulta de una violencia hecha a este uso, pero -me pregunto con Heidegger- ¿para qué poetas en tiempos de penuria? Hoy apenas si entendemos la pregunta. ¿Cómo podríamos entonces comprender la respuesta de Hölderlin? Para el filósofo, forma parte de la esencia del poeta que en semejante era es verdaderamente poeta el que, a partir de la penuria de los tiempos, la poesía y el oficio y vocación del poeta se conviertan en cuestiones poéticas. Es por eso por lo que los “poetas en tiempos de penuria” deben decir expresa y poéticamente la esencia de la poesía. Donde esto ocurre se puede presumir una poesía que se acomoda al destino de la época. Nosotros, añade el filósofo, debemos aprender a escuchar el decir de estos poetas, suponiendo que no nos engañemos al pasar de largo por delante de ese tiempo que -cobijándolo- oculta al ser, desde el momento en que calculamos el tiempo únicamente a partir de “lo que existe”; desde el momento en que lo desmembramos. Heidegger no podría ser más claro: decir poéticamente la esencia de la poesía. Y si la palabra constituye al sujeto, el lenguaje es instrumento privilegiado de la cultura. “Ahora bien, toda palabra llama a una respuesta. Mostraremos que no hay palabra sin respuesta -escribe Lacan-, incluso si no encuentra más que el silencio, con tal de que tenga un oyente, y que éste es el meollo de su función en el análisis” (Escritos 1, 237). Se percibe la voz de Bajtin: “Toda palabra tendrá su fiesta de resurrección”.

Realismo hoy

¿Retomar el realismo? Este consiste en la identificación de la representación con el referente, de tal forma que el signo queda conceptualizado como el nombre de la cosa. Se aspira a la transparencia de la representación, privilegiando lo que resulte de su relación con los objetos. Es fundamental el concepto de realidad; Lacan mantiene que nuestra percepción de la realidad está condicionada por la fantasía, de tal forma que la fantasía decide lo que es la realidad, pero no en un sentido idealista de que la realidad no existe, y que soñamos. La realidad para Lacan, no es lo que está afuera, sino lo que no se acepta como realidad, y, para volver aceptable tal realidad, es necesario incluir algunas coordenadas fantasmáticas.

Intentando “despegar” la escritura poética de su herramienta retórica por excelencia, la metáfora, un grupo de poetas argentinos de los noventa pretendía sortear tanto lo simbólico como lo imaginario, con el fin de acercarse lo más posible a lo que justamente la retórica falla siempre en representar: lo real -escribe Tamara Kamenzain en Testimoniar sin metáfora. La poesía argentina de los 90-. Y continúa, si las cámaras de los reality shows vienen a apaciguar, con la tecnología de su maquinaria realista, el vacío que abre esa imposibilidad de representar lo real, estos poetas parecen buscar todo lo contrario usando una metodología aparentemente idéntica. El supuesto efecto de show de la realidad intenta promover un encuentro, justo donde la “literatura” había ejercido una separación: habla y escritura, literatura y vida, forma y contenido, significante y significado… De esta manera, emprenden un trabajo profanatorio que implica el empezar siempre de cero, como si no hubiera tradición literaria, o como si los datos de esa tradición pasaran, descarnadamente, a tener otra función. No sé si esos poetas han logrado su objetivo, que se parece a una visión descontructivista de la poesía.

Si la escritura es una huella donde se lee un efecto de lenguaje, como quiere Lacan, el nubarrón del lenguaje hace escritura. Lacan sitúa así el significante del lado de lo simbólico y la escritura del lado de lo real; “es el surco del torrente del significado…”, es decir, de lo imaginario; la letra es una precipitación del significante. Ese nubarrón de lenguaje, me arrastra hacia lo metafórico. La metáfora supone -y me amparo, de nuevo, en Lacan (Las psicosis, Sem 3)- que una significación es el dato que domina y desvía, rige, el uso del significante, de tal manera que todo tipo de conexión preestablecida, diría lexical, queda desanudada, ya que la significación arranca el significante de sus conexiones lexicales.

Mi propuesta de una vuelta a la metáfora parte de dos premisas, si el realismo supone una fidelidad al modo en que las cosas “realmente” son, se mantiene vivo lo que las vincula. Pero el realismo es metonímico, no metáforico. Nos inspira en parte la concepción lacaniana de lo Real: aquello que se resiste a ser formulado (simbolizado) y a ser representado (imaginado). No pone el acento en la realidad “tal cual es”, sino en la falta, en el vacío de lo irrepresentable. En Arte y multitud, Toni Negri concibe lo real en el arte como un encuentro, un acontecimiento que irrumpe en el desierto de la abstracción posmoderna. “Cuando se arrebata la realidad a la verdad no se le puede seguir llamando verdad. Es lo real lo que se ha vuelto verdadero”. Deleuze, en Diálogos, llama a la unidad real mínima “agenciamiento”, y un escritor sería quien inventa “agenciamientos” a partir de otros ya inventados. Así, pues, el escritor, a diferencia del “autor”, es el que escribe con el mundo, no en nombre de él. Ya Foucault sostiene en Arqueología del saber que “…un enunciado es siempre un acontecimiento que ni la lengua ni el sentido pueden agotar por completo”.

Pero -y repito-, si la percepción de la realidad está condicionada por la fantasía, ésta decide lo que es la realidad. Parto entonces de dos estatutos de la metáfora, el efecto de sentido y el efecto de agujero, uno trata de generar sentido para que nada cambie, y, el otro, que trabajando con el sentido se orienta hacia lo real. “Y es que el sentido, es quizá la orientación. Pero la orientación no es un sentido”, aclara Lacan en El synthome (Sem. 23 1976). Podría ser, por tanto, una definición del estilo poético decir que éste comienza con la metáfora, y que allí donde no hay metáfora, tampoco hay poesía.

La metáfora abre el sentido crítico del pensamiento hacia el futuro, y se requiere del uso de la metáfora como forma de expresión clave para asumir la responsabilidad ética y mantener la racionalidad comunicativa. Dado que la metáfora abre el sentido crítico del pensamiento hacia el futuro, ética y alteridad forman un nudo indisoluble. Si vinculamos la metáfora con la verdad, ésta nos somete al vértigo de no tener “verdades acabadas” (Bajtin), y esto nuevamente nos confronta con la visión “positivista”, que aspira a lo acabado, a lo completo.

Finalmente, la metáfora es un recurso de mediación semiótico que genera las condiciones de posibilidad de apertura a la infinitud del Otro. En este sentido, Lacan insiste en que el lenguaje, en tanto “vehiculiza” en su enunciado al sujeto de la enunciación, no puede reducirse a un código donde un signo tiene una correspondencia unívoca con una cosa. Y ahí nos deslizamos, claro está, hacia el inconsciente. El problema es complejo. Con la metáfora nos abrimos al futuro y a la necesidad de “transformar” el tiempo presente. Además, está el efecto retroactivo, lo que Freud llamó nachträglich, el après coup lacaniano, necesario para seguir los movimientos de las posiciones de sujeto. Código y Mensaje son términos contaminados de una ideología comunacionalista, y muchas veces la comunicación es fallida, porque se trata de significante y no de signo.

La metáfora ejerce una “trasgresión” sobre la estructura significativa del lenguaje. Su papel no sólo sustituye una palabra, sino con “lo no-dicho” (Bajtin), o “lo que está oculto para el espíritu de una época”, la metáfora no sólo es un recurso retórico que enriquece la pobreza del vocabulario al uso, también da consistencia al componente discursivo para no producir un sentido unívoco. Si se vincula a la metáfora con la teoría de la verdad, ésta nos somete al vértigo de no tener “verdades acabadas”; pero la metáfora representa una de las principales condiciones semióticas para la “generación de crítica”, por lo que tiene una importancia clave en el desarrollo de la “responsabilidad hacia la vida”, sobre todo, si consideramos que los tiempos de radicalización de la racionalidad instrumental están impidiendo los espacios de la crítica -tal como apunta Víctor Mendoza en su Metáfora: Racionalidad comunicactiva y responsabilidad ética.

La metáfora no destruye el significado original, sino que lo reconstruye desde el otro,  entendiendo por el Otro, el lugar de enunciación. El Otro es alteridad radical, quien sanciona el mensaje; pero, no se trata de alguien; es una alteridad no personal. Es el lugar donde el decir es leído y sancionado como dicho. Otra vez Bajtin y Lacan se dan la mano. Es por esto -y para intentar “unir a nuestro horizonte la subjetividad de nuestra época”- por lo que considero necesario repensar la Modernidad, para rescatar de ella las ideas que nos parezcan reivindicables; como, por ejemplo, la “actitud crítica”, tan ligada a la constitución de lo moderno (me parece fundamental). Asimismo, hacer de la metonimia una metáfora, camino de Joyce, por ejemplo.

En un mundo “desmetaforizado”, se hace necesario retomar la metáfora, la transfiguración de un lugar común, y el enigma, sin olvidar que el enigma es el colmo del sentido. Es un arte de entre las líneas, y la escritura lo es en tanto que el autor descifra su propio enigma. Una obra de arte es un enigma, similar al que la Esfinge confronta a Edipo, que constituye el primer paso en la búsqueda progresiva y mortificante de una verdad, dicho de otra manera, es una enunciación para la cual no se encuentra el enunciado.

El enigma, con la certeza de significación que implica, produce una ruptura, un corte en el espacio semántico, sostiene Lacan. Edipo, Antígona, Hamlet son modelos privilegiados para capturar lo esencial de la estructura, lo que hace pregunta, lo que insiste, el enigma. Podemos ver la cercanía entre el efecto de certeza de la significación en la psicosis y lo que surge como angustia en el campo del Otro, específicamente en el deseo del Otro. El Otro desea algo pero no sabe qué es. Si el lenguaje es evocación, las palabras danzan como en un baile de sonámbulos. Subrayo que el enigma no equivale a jugar con el equívoco. El enigma con la certeza de significación que implica, produce una ruptura, un corte en el espacio semántico. Mi propuesta sugiere organizar un texto alrededor de un centro ausente, así se multiplican los centros, los ejes, combinados con la explosión de los sentidos. Se trata de buscar un sentido múltiple, polisémico. El deslizamiento incesante, la producción de sentidos que explotan y florecen en cada frase. Mis vacilaciones son aquí significativas. Ellas manifiestan la torpeza con la cual necesariamente lo que es enigma se manifiesta.

En mi propia literatura -prosa y poesía- armo juegos de palabras en múltiples lenguas, dialectos, referencias históricas, a descifrar. El texto que persigue el enigma se apoya en postura ética. Intenta mostrar que estamos de alguna manera condenados a vivir en el mundo pensando el desorden como un caos del orden simbólico. La escritura -sistema de citas, discurso entretejido con rasgos autobiográficos- invita a resolver, como la Esfinge con Edipo, el enigma de “lo real”. Se amonedan las palabras, para que las proezas no pierdan su lustre; se toma conciencia de que no existe ni una sola página, ni una sola palabra, que no postule el universo como atributo de la complejidad.

Iris ZAVALA

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