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GABRIELA ALEMAN, REVISTA ARCADIA mayo 10, 2011

Posted by carmenmvascones in Uncategorized.
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REVISTA  ARCADIA

La mirada fija de Gabriela

La escritora ecuatoriana Gabriela Alemán. Foto: Iván Garcés.

Libros (Impresa)

Nació en Río, fue jugadora profesional de baloncesto, es doctora en Literatura y, tras formar parte de los narradores de Bogotá 39, vuelve al país a presentar en la Feria su cuarto libro de relatos, Álbum de familia.

Por: Ricardo Silva Romero

Escribe como si mirara al lector a los ojos. Recrea atmósferas inquietantes, con la precisión de las cámaras de antes, en sus relatos realistas cargados de giros fantásticos, pero tiene claro que hay alguien afuera: que alguien está leyéndola en este preciso momento. Publicó, hace cuatro años, una irónica novela de horror titulada Poso Wells. Sin embargo, su obra se compone, sobretodo, de libros de cuentos: Maldito corazón (1996), Zoom (1997) y Fuga permanente (2001) que le otorgaron un lugar en aquella selección de 39 escritores latinoamericanos llamado Bogotá 39. Su nuevo volumen de relatos, el estupendo Álbum de familia, se toma la historia de su país, de Ecuador, como un relato fantástico.

Su nuevo libro tiene, claro, estructura de álbum de familia, ¿la persiguió desde el principio?

Fue cambiando con el tiempo. Hace tres años descubrí a un cronista extraordinario, Miguel Ángel Cabodevila, cuyos textos me guiaron por la historia de la Amazonia ecuatoriana. Encontré ahí suficiente material para escribir una novela, pero, antes de sentarme a abordarla, tuve que hacer una investigación para una publicación periodística. Y entonces comenzaron a aparecérseme pequeñas historias: las fotos del campeonato de biddy básquet, de 1968, cuando Ecuador quedó vicecampeón mundial; el libro de un diplomático inglés, historiador de Oxford, donde se liga al pirata Alexander Selkrik con Robinson Crusoe; fotos de familias, de finales del siglo XIX y principios del XX, con los rostros tachados para que no se pudieran ver los rasgos y fuera imposible reconocerlos. Ahí encontré el título de mi libro: Álbum de familia. Y mi motivación: traer de vuelta a estos familiares borrados. La familia, pensé, sería la familia ecuatoriana. Y con ello en mente me llegaron los misioneros que buscan convertir a los huao, el Ecuador donde se filma una de las películas de El Santo y John Wayne Bobbit rememorando su historia con una anciana en Buenos Aires.

Álbum de familia prueba, cuento a cuento, que Ecuador queda en el mundo, pero al tiempo se ríe de la aspiración de ser cosmopolita.

Se dice que Ecuador es solo una línea imaginaria, que nunca ha tenido un peso cultural y que una de las maneras de obtenerlo es siendo cosmopolitas. Me pregunto: ¿Qué es ser cosmopolita en el siglo XXI, cuando los otrora centros culturales de importancia viven una redefinición por cuenta de la migración? Y antes, ¿Ecuador estaba fuera de la historia? ¿Es claro hoy el límite que separa el centro de la periferia? Comencé a escribir los cuentos con eso en mente. Pero tenía muy claro que no quería que Ecuador fuera el protagonista. Quería que estuviera ahí, sí, pero rondándolos. No quería reavivar la llama de la tan mentada identidad ecuatoriana. No quería entrar en ese terreno empantanado donde aún se buscan esencias. La literatura es un lugar de preguntas y no de respuestas.

En sus libros acude a las diferentes formas de lucha, de las notas de prensa a los diálogos, para no perder al lector.

Me fascina la conversación en la literatura: puede seguir un mismo cauce o explotar con una respuesta o conducir a un terreno completamente distinto. Es algo que le debo a una de mis escritoras favoritas: Grace Paley. Pocas veces dejo de sorprenderme cuando releo sus cuentos en forma de conversaciones. Unido a eso está mi alianza con los lectores. No existe la literatura si alguien no la lee. Y la estructura de conversación, de cuentos dentro de cuentos, crea una mayor complicidad con el lector: es el lector, así, el que determina si puede fiarse del narrador, como una persona en la mesa de al lado, en un café, que escucha lo que otros dicen.

Hoy, gracias a las redes sociales, el lector no solo está en la mesa de al lado, sino en la mesa del escritor, ¿tiene, en este mundo nuevo, algún lector en mente?  

Antes lo tenía más claro: era lector de todo lo que hay entre los griegos y Octavia Butler, le gustaba The Wire y el cine, conocía la colección de Marvel, Crumb, Maus y Neil Gainman, y podía deducir el soundtrack que yo escuchaba mientras escribía. Ahora, porque me molesta la falsa intimidad y distorsión de tiempo y espacio que producen las redes sociales, es alguien que prefiere dejar la computadora en casa e ir a un café a leer un libro y, si la conversación de la mesa de al lado está buena, dejar el libro y meterse.

Hay mucha literatura fuera de los libros. ¿Estaría de acuerdo, pensando en The Wire, en que los mejores escritores de hoy están en la televisión?

Sí, muy de acuerdo. Son los Dickens o Dostoievskys del siglo XXI. En DVD puedes ver sus trabajos como si los leyeras. Pararlos, regresar, adelantarte, ver cómo lograron que la pista que sembraron en el cuarto capítulo de la primera temporada comience a desarrollarse como tema al inicio de la quinta temporada, cuatro años después. Los arcos de las historias son brutales. Y, encima, tienes los comentarios de los guionistas o directores explicándote por qué tomaron tal o cual decisión.

¿Cómo sentir, rodeados de tantas ficciones, que un libro de cuentos sigue siendo relevante?

Tengo evidencia concreta a su favor. Con todos los lenguajes que existen y que mi sobrino de nueve años disfruta —videojuegos, películas, Internet— no hay una sola noche, por más cansado que esté o tarde que sea, que no lea antes de dormir. Cuando le pregunto por qué le gustan los libros, su respuesta me desarma y me hace sonreír: me dice que ve las historias en su cabeza. Mientras la imaginación exista, los libros van a seguir siendo relevantes.

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