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¿CUANDO HABLAMOS DE UN NIÑO? Por carmen váscones 1999 mayo 3, 2011

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¿CUANDO HABLAMOS DE UN NIÑO? Por carmen váscones 1999

 

El placer de simbolizar, privilegio de cada ser humano.  El nido de la creación está sostenido por la experiencia vital y propia, propiciada sólo en el cuerpo. No hay masa gris autónoma. Solo hay acceso a la realidad por ser sujeto consecuencia de saber y a saberse en ese saber gozar sin temor a fallar en la falla de lo fallido, cada ser humano: una fallida existencia a reponerse de la frustración a confrontar en el reconocimiento mutante de un placer sin ápice de reembolso.  Lo gratificante colma no calma.  Aclama el ser…

 

No hay obra maestra.  Lo perfecto es un defecto con estilo.  La perfecta acción: falla y error reparado en la infancia con “paciencia y amor” ¿ocurre eso? ¿qué seríamos sin las ocurrencias? Hay que  facilitar en el niño la confianza, la enmienda, la posibilidad de reparar y caer en cuenta de su proceso, de su procesamiento y de su procedimiento como proceder en la secuencia de su recorrido. La consecuencia de lo conseguido transforma al con/seguidor paulatinamente. Acto y pensamiento puntualizándose.  Al niño hay que darle la oportunidad y la capacidad de poder discernir entre su ser pensante y actuante. Consecuentemente o inconsecuentemente algo ocurre inesperado…

 

Su nudo estructural para ser, saber y crear se lo da –su lugar de deseante- en el habla humana.  El pensamiento funda un vacío, un espacio, una obertura, una hendidura para la construcción del conocimiento que sólo lo da la experiencia,  la misma que determina y marca la estructura movible e inimitable, la imagen y el esquema de un modo de ser, hacer e intervenir en lo sublime del acto y de las relaciones con el otro, en ese sujetarse en el vínculo con los demás sin el estallido del desconocimiento.  ¿Quién soy? ¿Soy quién? ¿Quién es soy? Es quien soy.

 

Cada ser humano tiene su tesoro, su significante a significarlo, a relacionarlo con otro.  No es lo mismo ser significante que ser insignificante frente al otro.  Ahora bien, ¿cómo significar algo para alguien? ESo es posible a través de la representación y de la huella que nos impregnan, según sea con la que nos sujeta el sujeto que portamos o rechazamos y que a la vez no quiere dejarse borrar, ni extinguir, peor apabullar.  “Estamos representados por el ser y no por el pensamiento”.  Según Lacan, “hay un compromiso de ser y no de saber”.

 

Aprender a convivir y soportar el deseo es lo que fundamenta el soy y el creo. ¿Quién soporta y cumple el deseo sin estafarlo? Poder sobrellevar la frustración, el equívoco es poder reconocer la vulnerabilidad y la inconsistencia humana. 

 

La tachadura de la letra como creación, como herramienta para abordar la escritura que habla, que se escribe, que se vuelve arte, obra sublime, obra propia vivida y hecha con riesgo y aprendizaje y reelaboraciones sin juicios finales ni sentenciosas de la pena máxima: no vale, no sirve o el cero de la anulación y negación. O lo peor, ni menos ni más.

 

El adulto somete al niño a su “poder de adulto”, lo deja sin libertad espacial, sin elección pasa de la cuna, al corral, al banco  a los deberes y derechos hecho por los adultos, a la libreta, calificación y tareas.  Obligaciones llamadas responsabilidad.  Este someter conductual o condicionamiento bloquea “la inventiva libre de la infancia”.

 

El deseo del niño es un saber a producir permanentemente, él n o es consciente, peor aún el adulto.  Según Doltó, “se pueden filmar las reacciones de sujetos cuyas necesidades están manifiestamente insospechadas, pero lo que concierne a los deseos no se pueden filmar”.

 

Un niño es un niño, ¿se comprende esto? ¿Qué es escuchar, interpretar al niño?  ¿Qué es ayudar a expresar con el cuerpo al niño para que no se sienta prisionero en su piel, osamenta, ni en su psique?

 

Es un importante crear un espacio de diálogo, donde el adulto interviene sin intervenir  o protagoniza sin protagonizar, esto es sin quitarle lugar al niño, ya que si lo dirige sin opción lo apresa en el discurso armado y amoldado por el adulto. Lo aplasta en un saber armado de palabras vacías o llenas de “almas muertas”.

 

El niño proyecta sobre el otro, persona, libro, juguete su propia vida, su imaginación, imitación,  su ser, su jugársela, su inventarse su lugar; se hace un amigo imaginario amigable, se hace un ser humano en ese intercambiarse de objetos reales e imaginados, que luego serán palabras, textos escritos, producciones propias válidas para el reconocimiento.

 

Esto es, la afirmación y el estar en el enlace social como autoridad humana sujeta al lenguaje.   La clave es el entorno familiar, el vínculo deseante que le da la madre a la ilusión de por/venir, de crear y fundamentar  la vida propia.

 

El verbo encarnado sosteniendo un deseo singular que habita el tiempo y el espacio de cada humano: la psique matriz de toda huella apropiada, eslabón de lo propio y diferente con respecto al otro.

El niño sólo puede recibir esta seguridad de alguien que suscite en él un progreso cotidiano, que le hable de sus deseos y de que le hable de lo que le interesa… no sabe cómo (el niño) pero su madre se lo ha enseñado con palabras… hacer el acto de la imitación que simboliza una acción, el niño, él sabe que es dueño de una percepción…” ”sabrá que ha existido una mediación humana para hacerlo, en lugar de creer en la magia o en omnipotencia materna”  Doltó me alumbra con su sapiencia y simpleza de exponer ese otro lenguaje que nos despoja del temor a lo desconocido. Descubro a la madre de la  palabra en falta…

 

¿Los adultos tienen miedo a ellos mismos o a los niños.  De no saber qué hacer con ellos?

 

Me apropio de las palabras de la psicoanalista Doltó, “la humanidad infantil aporta la certeza de la muerte a los adultos… para no morir es preciso no  estancarse: la vida no conoce el estancamiento”.  Los adultos resisten.  “Tienen miedo a la vida, que es imprevisible, piensan que todo debe estar programado”.

 

Continua esta pensadora “la vida se define, pues por la muerte, y tenemos miedo de aquello que define nuestro estar vivo”.  “El miedo de morir es, finalmente miedo de vivir”. Y sigo escarbando en los escritos de esta mujer que hace de la palabra una pala en el lenguaje, nos dice “la enfermedad es una expresión.  Cuando algo no puede decirse con palabras, con sentimientos, es el cuerpo el que habla”.

 

¿Cambia al hombre el saber de la muerte, en qué consiste esto? Consiste en preguntar a cada uno y una ¿cuál es tu deseo propio? ¡Háblanos de tu deseo! O ¿háblame de tu muerte que te concierne o tocará un día?  La muerte biológica empantana a la ausencia.  La muerte es el acertijo del ser.  No soy la muerte pero lo seré algún día. Sólo un cadáver.  La muerte pasa siempre…

 

Doltó dice “del niño se habla mucho, pero a él no se le habla”, y agrego, no se lo escucha. Lacan nos dice, “el propio cuerpo del ser humano está afectado por la estructura del lenguaje donde habita y toma posesión (y es desposeído) de su cuerpo”  continúo con este hombre psicoanalista, dice, “el efecto se produce en un cuerpo que sufre la incidencia del lenguaje, un cuerpo que padece, -en el sentido de pasión- el significante”. 

 

Apuntalo a este sujeto, le hurto sus palabras, las devuelvo, el psicoanalista, dice, “los distintos modos de presencia del cuerpo se mantienen  unidos solo en la medida en que el sujeto se construye una idea del cuerpo: la imagen corporal… a través de esta idea del cuerpo es como puede hacerse un vínculo entre el afecto y las pasiones del alma”.  ¿Acaso, la pasión del ser frente al no ser para ser? Lacan, afirma, “el sujeto del inconsciente solo alcanza el alma a través del cuerpo, introduciendo en él al pensamiento…introducir el pensamiento en el cuerpo provoca la construcción de esa forma del cuerpo que es el alma o” i(a)

Es importante conocer el deseo de autenticidad de lo que expresa el niño.  El no es un sujeto robotizado ni mecanizado para adaptar, modelar o adecuar su conducta o peor neutralizarle su deseo y sensibilidad y mantenerlo en el desconocimiento y anonimato de su  ser, pensamiento y acciones.  Cada niño tiene algo que decir que le concierne.  Si no, pregúntaselo a su propia infancia, callada o silenciada con la que conviven…

 

Aunque se supone consabido,  no está demás recalcar, que el niño no es un adulto en miniatura, ni una proyección del papá, de la mamá, ni del profesor, ni del ciudadano ideal.  Eso no existe.

 

1999

 

 

 

 

 

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