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LA ESCRITURA: LO ESCRITO DE UN HOMBRE Y UNA MUJER EN FALTA PERMANENTE, por carmen váscones abril 14, 2011

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LA ESCRITURA: LO ESCRITO DE UN HOMBRE Y UNA MUJER EN FALTA PERMANENTE

 

La falta: lo que falta, qué es, no es ni faldas ni pantalones,  qué mismo digo,  ni el mazo del primate, ni la sonrisa del héroe o de la heroína mutilada, ni la sherezada suspendiendo la muerte en el cuento, ni las llaves que cada él o ella suponen un dominio sobre la posesión y la posición que conviene.

Acaso, algo que escondemos,  nada que ver, ¿para mirar?, ¿para descubrir? Tampoco es eso que imaginamos o suponemos, quieren escucharlo, ¿un falo, un órgano, un…? Lo tengo, pero… ni te lo creas tanto.  En fin.  La lucha de lo “ingenuo” generativo de la libertad en el libre arbitrio del cuerpo y sus desmanes exigiendo límites y fomentando por otro lado desconocerlos o saltarlos.  La lucha del amo con la ama sobre la soberanía del cuerpo y de los espacios sociales en todos los estados embarazosos que quieren desembarazarse del toque de queda o de huida que produce esos contactos humanos de la sexualidad. ¿Infraganti el tacto, el acto? Alto ahí.

La vida no es un poema, ni un chiste, ni un discurso, ni una historia larga o corta que viste y calza del así fue, o no es así.  Ni siquiera cabe en el fantasma, ni en la imagen ni en la desemejanza ni en la palabra que disimula eso que digo para… ¿quién? ¿Quién lo dice? -Apresura en el interlocutor entre la pregunta y respuesta de una X y una Y-.

Somos seres de lenguaje en el cuerpo de la existencia, tejido de palabras en la vida,  Nos teje la lengua no indiferente a mí ni al otro.  La memoria nos deviene. La invocación al deseo nos despierta, nos desarma, nos da una oportunidad, una situación; nos exige situarnos.  Lo malentendemos, sitiamos al otro como una guerra, lo queremos desarmar de sus razones.

Es necesario reconocer la angustia que me liga a un TU sin miedo a morir, sin temor a desaparecer en tu gozo inexplicable del placer del ser en la existencia de una vida que se impone y se imprime en la materia o masa humana designando su triunfo o derrota de ser.

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Serás en la certeza o en la incertidumbre un “sexo definido psíquicamente”, pero,  si ni lo uno ni lo otro soy, y no puedo adivinar, sino descifrarme, en lo intrincado del espejo sin yo.  Tampoco así, tu cuerpo designa uno y tu mente te crea otro.

El saco germinal y el útero intervinieron a través de dos.  Esto quiere decir, que nadie se escapa de haber sido procreado. Creado, criado… La cría del grito, del sonido y de la palabra. Criados del cuerpo en la servidumbre para la vida única.

Pasamos del debe al  haber, somos salidos aún de un ser humano acogido  en el vientre, allí  y ahí, el espacio para el mundo del “útero: órgano matricial en hueco que contiene el encuentro real en el cuerpo que se genera la vida”. Allí el germen de la fusión de la conjunción y sustracción, la fecundación y gestación o la metamorfosis del espermatozoide (células masculinas) y del ovulo (células femeninas) donde hay los cromosomas de estos dos gametos para dar paso al huevo zigoto luego al embrión más tarde  feto, y al fin la  salida  del  neonato o nuevo ser de lo que es y será de una vida humana.

Entrar y salir otro sin repudio, sin exclusión, sin oclusión al ser para dar lugar al nombre propio, eso que me autorizo. A decir no todo soy tuyo al padre y a la madre.  Todos llevamos una cicatriz en el lenguaje del nacimiento. O si no, mírese en el centro puntual del ombligo la señal de la escisión y dependencia con la angustia, con la ley, con el deseo, con el agujero sellado que separa la vida de la muerte.  Con el amparo y desamparo de ser acogido o no.

Y en este paso transitorio el narcicismo y su enlace con el principio de realidad y placer en su conexión con el otro que sostiene mi deseo y la primera mirada con el espejo, la madre y un padre sin reflejo, con existencia que inaugura la bienvenida o desdicha del ser.  Aquello puntual  da pauta al lazo social y a las consecuencias de nuestros actos sin la sombra del eco o de la mudez. O esto de ahogarnos en el femenino y masculino que nos habla desde el límite de un sujeto que no reniega  del sí o del otro o de la otra vida que desea.

La repulsión del dominador sobre la dominada o la dominadora sobre el dominado.  Y sin embargo la codicia de un puesto falocentrico  nos extravía en eso de algo vanidoso,

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algo envidioso, algo odioso, algo apetecible, algo repugnante, algo espantoso, algo codiciable, algo dúctil y maleable.  Maldición del ser y su puesto en lo supuesto de lo bien o malogrado en los actos y mal dicción del hablante.

Lo abominable del poder supuesto, es convertirlo en célula terminal  de que el fin justifica los medios por el que te vales de todo…  Otra cosa es transitar en lo transitorio y llegar a la terminal y enlazar el punto de partida con la inicial que designa tu identidad, tu nombrarte en ese tú cuerpo, lugar y término donde partes y arribas a tu psique. Desde allí, la proyección de tu punto de vista o de tu atravesar o cruzar, paso crucial de ese momento donde el singular que nos designa al ser incluye una verdad que se reconcilia con el avatar o conflicto de mi angustia y erotismo.  ¿En qué lado del dado el enrevesamiento de la angustia me complica o modifica mi propia identidad sexuada? ¿Atravesarla significa ser atravesado por ella?  Ella habla en mí. Siento la angustia. Le presto mis palabras…

“Tenemos” que sostener un deseo en intensión, sé que nos cuesta, a veces hasta nos deja seca la garganta, o nos pone en situación de riesgo, o nos embarca en el  sin descanso de buscarme hasta no encontrarme  quieto ni en el propio pellejo, ¿cómo  no repudiar ni avergonzarnos de él? ¿Y cuál es ese deseo?

Lo sexual un afectar la condición de toda vida que se humaniza entre los yo, los otros y un tú que me ancla a mi ser.  ¿Qué papel juega el deseo cuando rebota entre la ley y las interdicciones?

¿El sexo nos iguala o desiguala ante la ley quieras o no cumplirla o si no…? El deseo incestuoso un principio de muerte, no crea, destruye.  Y esta tesis es un punto a tocarse sin tapus en esta definición o construcción de una identidad para la vida y el común social. En definitiva, hay que someter al uno a la única ley que nos ampara, esto es, no todo está permitido.  No todo soy.

El psicoanalista Juan David Nasio en su libro el dolor de la histeria, dice, “Aceptar su parte femenina para un hombre es aceptar que su ser sexuado quede como un enigma que reaviva y anima su deseo.  Solo nos queda, “asumir la ausencia de una identidad sexual establecida de una vez para siempre y la imposibilidad de definirla con certeza

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la naturaleza del ser hombre y del ser sexual de la mujer”.  Además, este hombre dice que “el hombre que admitió su feminidad será mejor padre”.

Acaso, esto será decirnos a no tener miedo a compartir las tareas asignadas a la mujer, y en eso estamos en estos tiempos, en la inclusión de los géneros y no en la división de poderes, la igualdad es una utopía para el macho y la hembra.  Y sin embargo la desigualdad de los géneros es el único camino de la convivencia en el espacio dentro y fuera del hogar.  A dejarnos contagiar sin temor a la peste de los géneros.

Hay que traducir la violencia entre los humanos y los desajustes de los sistemas sociales voraces en detrimento de la especie global.  ¿Acaso lo humano está en extinción por ese capital mental que expulsa al lenguaje a una hecatombe de incomunicación y de falsa civilización? ¿El eros y el amor pudriéndose en la represión del autoritarismo?

Me pregunto ¿a quién gozamos en ese arte del escrito donde fundamentamos o  plasmamos lo femenino y masculino en esa estética sublime del decir? ¿Yo la célula madre de mi creación? ¿Y el padre de mi escritura? ¿Soy la hija de mi imaginación?

Me alegra que la metáfora, la literatura y la vida misma no sean uniformes.  Que sean ese lugar, que nos deja sentir, nos deja ser, que nos deja desatar la piola de la creación sin duda ni prohibición. Se mata al personaje sin sangrar la realidad.  Claro, la resurrección es el don del escritor y del lector.  Arte de ahondar en la parábola de la célula.

Mientras la realidad en conflicto desaparece o limita los espacios para habitarlos, la fantasía y la imaginación abren trocitos o pedacitos de palabras para dejar un hilo conductor  que conlleva el meollo de la aflicción del ser a destaparse, verbo que errabunda entre el sí y el no.

El temor a fallar a decir a crear a ser a creer nos hace caer en el accidente de la culpa del castigo de la “ingenua perversión” o acto creador.  La moral baila con las rejas de la seducción y las llaves del infierno, el síntoma de la conciencia se cita con dios y Satanás patina en la duda de soy o quién fue en mí.  Bienaventurado sea el arte de imaginar. Bienvenida sea la aventura del ser con el caos

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Sin condena eterna.  A pesar de mí creo, avanzo y confronto el fantasma o monstruo que cohabita mi posición o indisposición a la vida.

Suelto el enigma de mi palabra, esta me compromete a desvestir lo falso en mí para no dar un pie al vacío y no sucumbir en la melancolía del espejo: la nostalgia y la indiferencia que son el escondite del espanto.

Elegí el deseo. Y, eso es mi tratado poético. La vida misma.

Acojo el caos para transfigurarlo, nada fácil esto porque tiene una despiadada belleza.  Y abordarla es traducir la muerte que aliena y enajena, que desespera y elimina.  La voluntad soberana es la muerte en el cuerpo y la vida la combate día a día.

No dejes que la culpa te aprese en el ataúd del dogma. Tienes que salir de la ceguera y dejar salir el “espíritu del cuerpo” sin aniquilar.  Este encuentro con la palabra es lo vivificante, la plenitud de la voz en la dicha. Algo dicho para alguien es un efecto deliberador.  ¿A veces hay que hacerse el muerto para que el otro no te mate es la prudencia que le tapa la boca a la angustia para que no traicione el miedo ante el contrincante que  no se sacia ni con el cadáver .

Entre el silencio y la palabra solo nos queda aparecer o desaparecer que parezco y comparezco.  Aparezco sin aparecer. Desaparezco sin desaparecer.

La revelación está al descubierto ¿Aguantable? ¿Inaguantable? ¿Quién pide discreción? ¿Quién atestigua? Déjate ser. Déjame  ser. Te dejo ser.

Alivio. Confía en mí. La muerte de uno no es la muerte de todos. Todos no soy.  Apenas uno, quizás en ti.  La vida no se domestica al cuerpo.

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La poesía me concede un momento arbitrario sin dejarme plantada ni inmovilizada.  Me da la ilusión de originalidad.  Tengo que trabajar con cuidado con mi combustible mental para no inmolar a mí ni a los otros.

Anudo este ensayo en una voz.  Mi ausente y presente que participa de esta mujer impía de la lengua madre.  Mi escritura me desmadró.  Intersticialmente la indagación me desanida del caos.  ¿La poesía es un juego?  ¿Es un juego? Un juego con el caos para crear misterios. Soy una: incompleta/mente. Alguien dijo que apañar la vida sin la muerte no es posible.  Cuidado con el paño y el empañamiento.

Sólo nos queda la vida como un asunto a tomarse en cuenta para traducir lo abominable y repugnante: el poder o la pasión inaguantable que no se deja cuestionar ni cambiar por el mismísimo poder de la palabra y su presencia.

carmen váscones

26/02/2011

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