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PABLO PALACIO POR rodolfo perez pimentel y EL ESTADO Y LA LEY EN VIDA DEL AHORCADO DE PABLO PALACIO [por Manuel de J. Jiménez] abril 13, 2011

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POR RODOLFO PEREZ PIMENTEL

PABLO PALACIO
ESCRITOR.- Nació en Loja el 25 de enero de 1.906. Hijo del hacendado Agustín Costa y de Clementina Palacio Suárez, costurera de 22 años, de familias antiguas aunque empobrecidas y fue inscrito como hijo de padre desconocido. Años después, cuando su padre quiso darle el apellido no lo aceptó ni tampoco alternó con sus medios hermanos más que una sola vez durante un viaje a Loja en 1.934, cuando le invitó su hermana Julia Costa de Chalela a su casa y se tomaron una copa de vino en su honor, aunque la reunión fue en extremo formal y protocolaria (1).

A los tres años de edad su niñera lo llevó consigo a lavar ropa a un torrente cercano a la colina de la Virgen, llamada la chorrera del pedestal. Allí comenzaba el canal de la planta eléctrica de Loja y en un descuido cayó a las aguas, que lo arrastraron casi medio kilómetro. Finalmente fue localizado con fractura del cráneo y numerosos magullones y después de varias semanas de curación sanó, pero le quedó para siempre un hueco en su cráneo por donde le cabía la falange de un dedo. Era un niño de rostro afilado “cutis blanco, constelado de pecas y su cabello rojizo”.

En 1.912 ingresó a la escuela de los Hermanos Cristianos “ganó premios de aprovechamiento, de aplicación y de piedad”. En las horas libres iba al taller interior y obscuro de platería del maestro Gerónimo Cuadrado y aprendió ese oficio. Para entonces había fallecido su madre y vivía en casa de un tío solterón y beato llamado José Angel Palacio Suárez, que a fuerza de trabajos llegó a tener una regular fortuna y ocupó la presidencia de la Municipalidad de Loja, aunque era un hombre inculto, conservador y fanatizado. Allí lo terminó de criar su tía Hortensia Palacio Suárez, quien casó después con Agustín Palacio Riofrío.

(1) La visita fue posible por la intervención amigable del entonces joven Jorge Hugo Rengel Valdivieso, quien me la ha referido hasta en sus últimos detalles.
En 1.918 ingresó al Colegio “Bernardo Valdivieso” y descolló como excelente alumno “obteniendo distinciones en Algebra y Química y en Lenguas Vivas y con el tiempo llegó a dominar el francés, al punto de hacer traducciones de ese idioma”.

Delgado, siempre fue larguirucho, ágil de cuerpo, esbelto y musculoso. Su cabello castaño y ondulado, los ojos vivaces y una risa de potrillo tierno le hacían simpático. Además, gustaba practicar deportes. Nadaba y boxeaba y leía muchas novelas Francesas y de costumbres (Eca de Queiroz, Pirandelo y Flaubert) pero no le agradaban las conflictivas ni las sentimentales.

En 1.921 Benjamín Carrión llevó a Loja la amable costumbre de los Juegos Florales, “se eligió una hermosa reina, se inventó un ceremonial y se convocó un Concurso literario de poemas y cuentos”. Intervinieron numerosos universitarios. Palacio fue el único colegial, presentó su cuento autobiográfico “El Huerfanito” y mereció un Accésit, pero llegado el momento de ir a recoger unas rosas de la reina y de leerlo, no quiso arrodillarse como era de rigor, frente a ella, armándose un alboroto. “Alguien penetró al escenario y poniendo las manos sobre los hombros del muchacho intentó hacerlo arrodillar. El chico se sacudió violentamente y abandonó el escenario sin recibir el premio”.

Dicho cuento es una valiosísima confesión de su autor y aunque el personaje muere al pie de la tumba de su madre sin aparente razón “así murió el tierno huerfanito, porque amaba a la pobrecita muerta” -no sin antes haber envejecido o madurado, dicha muerte debe ser tomada como una despedida simbólica de la juventud y como fin de una etapa, más no como desaparición física. Entonces dejó de firmarse Pablo Arturo Palacio por insinuación de Benjamín Carrión y siguió escribiendo y firmando simplemente como Pablo Palacio.

En 1.923 aparecieron en la revista “Inquietud”, sus cuentos “El Frío” y “Los Aldeanos”. Años después Hugo Alemán contaba que había leído un cuento sin nombre de Pablo Palacio, fechado en 1.923 en Loja, al que le faltaban algunas páginas cerca del final.

En 1.925 terminó la secundaria, se graduó de Bachiller y pasó a residir en Quito mantenido por su tío, para iniciar estudios de Medicina; una vez en la capital cambió de idea y entre hacerse pintor o abogado, optó por lo segundo y se matriculó en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Central, donde estudió hasta 1.931 que se graduó.

Por esos días ingresó a la “Sociedad de Amigos de Montalvo” pero su espíritu inquieto y sarcástico lo hizo retirar con una renuncia de fino contenido humorístico; sin embargo, siguió formando parte de la Comisión Directiva de la revista “América”, órgano mensual de esa sociedad, donde apareció en Diciembre su cuento “Un nuevo caso de marriage en trois” que debió ser uno de los capítulos de la novela “Ojeras de Virgen” que “obtuvo un primer premio en un Concurso literario de provincia” y cuyos originales parece que se han perdido definitivamente. Alejandro Carrión ha escrito: Esa novela tuvo mala suerte. Pablo, ignoro por qué, se desanimó de publicarla. Era tan buena como las que publicó enseguida. Cuando muchos años después perdió la razón. Carmita, su mujer, encontró en su biblioteca el manuscrito en un solo ejemplar y aficionada con pasión al teatro, concibió la idea de adaptar la novela a la escena y con tal fin se la dio a leer al actor Marco Barahona. Este artista la perdió una noche y jamás se la pudo recobrar.

En 1.926 publicó en la revista mensual de arte y literatura “Esfinge”, que dirigía Mario Alemán, su cuento “Comedia inmortal”, escrito como farsa para teatro en dos escenas. En la revista “América” salió “Gente de provincia” y en una revista que dirigían Gonzalo Escudero y Camilo Egas el cuento “Un hombre muerto a puntapiés” que daría el nombre a su primer libro. También hacía poemas como “As de Diamantes” escrito en honor de una reina de belleza y publicado en la revista “Claridad” del Tte. Alfaro Augusto del Pozo.

En enero del 27 apareció en la imprenta de la U. Central su libro de cuentos “Un hombre muerto a puntapiés” conteniendo también los siguientes textos: “El Antropófago”, “Brujerías”, “Las Mujeres miran las estrellas”, “Luz Lateral”, “La doble y única mujer”, “El Cuento”, “Señora” y “Relato de la muy sensible desgracia acaecida en la persona del joven Z.”

El libro fue calificado de antiromántico por sus ironías y desesperanzas y porque sus personajes son seres comunes con anodinas y vulgares pasiones que sólo despiertan asco, vergüenza y pena y le conquistó fama en medio del escándalo de las gentes, que se sintieron heridas por las absurdas situaciones narradas. Su tío, al conocer el título, “tuvo la espantosa impresión de que su sobrino había cometido un crimen atroz y desde esa época se iniciaron las serias divergencias de criterio que terminaría por distanciarlos definitivamente.

En octubre apareció “Devora” con carátula y ex libris de los dibujantes Latorre y Kanela respectivamente. La novelita había sido anunciada meses atrás con el título de “Devora es la magnolia del libro” y cuenta cómo su protagonista Devora, arroja fuera de sí al Teniente, “para que seas la befa de los unos y la melancolía de los otros”. El Teniente es el personaje central, burgués con pujos de arribismo, digno más bien de pena que de admiración. Devora es una novela subjetiva y casi sin acción, empero tiene una gran riqueza interior y la descripción que hace Palacio de estados de ánimo no ha sido igualada. “Devora permitióle calar en la vida humana con singular hondura, bien que con una hondura desgarradora” al decir de Angel Felicísimo Rojas.

Esos dos libros salieron en ediciones limitadísimas pero fueron suficientes para convertirlo “en el más comentado, en el más discutido, en el más admirado de los escritores jóvenes” dentro del reducido marco de la intelectualidad del Quito de entonces sin que su fama trascendiera de allí. Por eso, cuando Benjamín Carrión arribó de Europa y escribió en 1.932 su “Mapa de América” le dedicó todo un ensayo, augurándole un brillante porvenir como escritor. Posteriormente se ha dicho que “Devora” y “Un hombre muerto a puntapiés” sembraron el derrotero de una literatura urbana, autocrítica y experimental, fueron hitos introductores de la modernidad en el Ecuador.

Otra de sus facetas importantes fue la política. “Llegó al socialismo por eliminación y fue de sus primeros admiradores”. Con Jorge Reyes, Jaime Chávez Granja y Alfonso Moscoso Cárdenas fundaron “Cartel” “semanario de teoría de interpretación doctrinaria que hizo mucho por librar al nuevo partido de seguir manteniendo la tesis de establecer en el Ecuador el soviet de obreros, soldados y campesinos, que parecía la única solución”. Al saberlo, su tío dejó de enviarle dinero y decidió olvidarlo. Por entonces, con sus amigos poetas Jorge Fernández, Ignacio Lasso, José Llerena, Jorge Reyes, Atanasio Viteri, Raúl Andrade, Mario Suárez y Francisco Borja formó el grupo “Elan”, Palacio escribió muy pocas poesías, sólo se le conocen 4 ó 5.

En 1.932 comenzó a trabajar como profesor de Lógica. Era “impecable, tranquilo y correctísimo” y de aldehala pobre y meticuloso en sus gastos porque su tío sólo le mandaba sumas exiguas. Habitaba con su amigo Jorge Reyes en el tercer piso de una casa del Dr. Catón Cárdenas ubicada en la carera Guayaquil y vivía la bohemia de una juventud pródiga en experiencias galantes. Su porte agradaba al bello sexo, “las mujeres se sentían intensamente atraídas por él. Hermosas mujeres quiteñas pasaron por su vida”.

En septiembre ocurrió la Guerra de los Cuatro Días y Alberto Guerrero Martínez asumió interinamente el poder, designando a Benjamín Carrión para la cartera de Educación. Palacio fue el Subsecretario; ya tenía escrita su novela “Vida del ahorcado”, posiblemente la misma que anunciaba desde hacia cinco años atrás con el título de “Rumiantes a la sombra” y que no había podido editar a pesar de los esfuerzos de su amigo Carlos Manuel Espinosa en varias editoriales de España. Palacio relata la muerte de su vecino de cuarto, el estudiante tuberculoso César Alberto Bermeo, que próximo a graduarse murió repentinamente una noche, asfixiado por un vomito de sangre. Así pues, ya de Subsecretario, aprovechó los Talleres Nacionales y publicó su obra en noviembre, pero al mes siguiente recibió la crítica adversa de Joaquín Gallegos Lara, quien no aceptaba la existencia de una literatura simplemente expositiva, no comprometida con la militancia combativa.

“Vida del ahorcado” fue un testimonio muy personal, que buscaba el descrédito de las realidades presentes, a medias admirativo a medias repelente, que invitaba a sentir asco por la verdad de entonces. Este relato constituyó su último libro, pues de allí en adelante únicamente se dedicó a la profesión y a la cátedra, (2) escribiendo esporádicamente para el Diario El Día”.

En 1.933 salió Carrión del Ministerio y su reemplazo Leopoldo Inquieta Pérez le solicitó a Palacio que continúe en la Subsecretaría. Por entonces también hacía periodismo en el diario socialista “la Tierra”

(2) La polémica entre Gallegos Lara y Palacio ha sido recogida y hoy constituye un importante testimonio del devenir de las ideas izquierdistas en el Ecuador. Palacio se conectó a través de su obra con cierto público lector, interesado como él en la modernización del Ecuador. Su compromiso con la realidad se manifestó en forma muy diferente a como lo hicieron los seguidores del realismo social, pero no por ello su obra dejó de ser menos comprometida .Su adhesión al movimiento de renovación de la Vanguardia que se gestó en Europa y la actitud contestataria de sus propulsores, le sitúa entre los máximos exponentes de la modernidad en el Ecuador. Palacio escribió a su amigo Jorge Hugo Rengel que su literatura servía para despertar el asco de la gente, siendo paralela a la de denuncia y crítica social de los escritores del grupo de Guayaquil, pues ambas desembocaban hacia un mismo punto, conseguir la transformación de las estructuras socioeconómicas del país.
fundado por Carlos Zambrano Orejuela y dirigido por Néstor Mogollón. Allí replicó varias apreciaciones que sobre la poesía había formulado Jorge Carrera Andrade e intervino en la formación del “Sindicato de Escritores y Artistas”.

En 1.934 la Editorial Ercilla de Santiago de Chile publicó su traducción del francés de “Doctrinas Filosóficas de Heráclito de Efeso” que apareció con varias notas suyas. En agosto regresó a Loja tras nueve años de ausencia. Era famoso, había triunfado en la capital como escritor, político y sujeto de influencias! Sus amigos lo recibieron y agasajaron con un paseo a la parroquia el Valle a corta distancia de Loja. (3)

Por esos días aparecieron en la revista “Bloque” de Loja sus ensayos sobre las palabras “Verdad” y “Realidad” que impresionaron favorablemente a su padre, que hasta quiso reconocerlo judicialmente, pero el escritor no demostró interés alguno, pues había roto con el pasado.

En 1.935 peleó con su amigo Gallegos Lara que siendo invalido quería casarse. Palacio le dio muchas razones válidas que no fueron escuchadas.

En 1.936 fue nombrado profesor de la Facultad de Filosofía de la U. Central y publicó su cuento “Sierra”. El 37, tras un largo enamoramiento de

(3) Al agasajo concurrieron los hermanos José Miguel y Alfredo Mora Reyes, Angel Felicísimo Rojas, Pedro Víctor Falconí, Manuel Agustín Aguirre, Eduardo Mora Moreno, etc. aunque no estuvo Carlos Manuel Espinosa, su amigo y confidente, con quien se escribía casi de continuo, usando ese humorismo urtipicante que tanto le distinguía, posiblemente tomado de Buster Keaton famoso actor de Hollywood o de los artículos de Gómez de la Serna o Pirandello. Corriente de humorismo puro que tuvo su mayor eclosión en los años veinte, “quien quería podía entenderlo, podía acceder a ello e incorporarlo a su obra, lo cual era muy pertinente dentro de la cosmovisión palaciana”. La utilización de fórmulas nuevas como la novela policial por parte de Palacio era una protesta contra el realismo decimonónico que imperaba en el Ecuador de 1.920 al 30 aún cuando todavía no era un realismo de tendencia social.
5 años, contrajo matrimonio con Carmita Palacios Cevallos, “la reina del Mundo intelectual capitalino, escultora y escultura como la describió su amigo el escritor José de la Cuadra y construyeron una hermosa casa en el norte de la ciudad, que llenaron de libros, de obras de arte, de cosas bellas. Al poco tiempo vendrían dos hijos hombre y mujer, ésta nació con retraso mental.

En 1.938 asistió al mitin celebrado en la plaza Arenas para expresar su adhesión y simpatía a la República española en lucha contra el prepotente fascismo internacional y pronunció un importante discurso. Casi enseguida fue designado segundo Secretario de la Asamblea Nacional Constituyente y cuando los Diputados en abierta pugna con el gobierno de Aurelio Mosquera Narváez, se reunieron en el local de la antigua Cervecería alemana a conspirar al amparo de un batallón, mostró su gran valentía atravesando las barreras impuestas por los soldados leales al régimen. Fue su mejor época, escribía para el diario “El Socialismo” y fundó con varios amigos la editorial Atahualpa.

En 1.939 empezó a quejarse “de trastornos estomacales”. Se hizo una cura milagrosa que terminó con intoxicación. Fue a Salinas a una temporada de reposo. Volvió bronceado y aparentemente rebosando salud, pero le ocurrían cosas raras que asombraban a sus amigos: fugas, amnesias repentinas, desaparición de palabras que le cortaban las frases, distracciones prolongadas, ausencias en las que la realidad circundante se le escamoteaba y nerviosidad, irritabilidad inmotivada, mucha intranquilidad, todo lo que él jamás había sido”. “En casa de la familia Kingman hacía sus comidas pero ya la locura había omnubilado parte de su razón y todo por culpa del maldito treponema pálido según se decía… Su esposa tomó las riendas del hogar y para curarlo fue vendiendo los bienes que habían logrado adquirir.

Por último, con sus facultades mentales alteradas, pasó algunos meses en la clínica psiquiátrica del Dr. Julio Endara hasta que su esposa, buscando mejor clima y la atención del Dr. Carlos Ayala Cabanilla, lo trasladó en 1.940 a Guayaquil y habitaron una pobre casita de caña en 9 de Octubre y Carchi, y las veces que salía lo dejaba encerrado con llave o bajo la vigilancia de alguna amiga de confianza. El Dr. Angel Felicísimo Rojas hacía colectas entre los amigos para ayudar en los gastos. Después empezó a sufrir de largos periodos de abulia seguidos de otros de violencia y se volvió peligroso. En 1.945 su esposa tuvo que internarlo en la clínica Psiquiátrica del Dr. Carlos Ayala Cabanilla, donde prestó sus servicios como enfermera para cubrir el costo de un tratamiento que duró más de un año (4).

Alejandro Carrión ha escrito: Alguien que lo visitó me dijo que su rostro, más afilado que nunca, se hallaba enmarcado por una barba rojiza y descuidada y que en sus ojos brillaba un fuego insano que ya no era de este mundo. Apenas conocía a sus viejos amigos. Sufría frecuentes arrebatos alternados por grandes ráfagas de abulia total, de ausencia de alma. Finalmente le llegó la parálisis final el día 7 de enero de 1.947 casi a los cuarenta y un años de edad en el hospital general de Guayaquil.

Su amigo Augusto Sacoto Arias, Director de la Gaceta Judicial, tuvo el acierto de publicarle varios alegatos lúcidos y profundos, donde con sutil lógica e imbatibles conocimientos jurídicos y a través de un terso

(4) Parece que fue una bailarina argentina de paso por Quito la que en noches de bohemia contagió a un grupo de lojanos distinguidos, entre los cuales se encuentran Pablo Palacios, Juventino Arias, médico que dementó y cometió suicidio al volver a la normalidad, aterrorizado de su drama, Juan José Samaniego que regreso a Loja escribió mucho y falleció del mal y Pío Jaramillo Alvarado, quien se dio cuenta a tiempo, se trató en Guayaquil y curó sin consecuencias negativas entre el 38 y el 43.

La casita y el terreno fueron vendidos en 1.942 a María Cucalón Concha de Orces que no le cobraba arriendos a Camilta Palacios en razón del parentesco que las unía. Después de la muerte de Pablo Palacio su viuda e hijos regresaron a Quito y el predio fue vendido a Julia Costa de Chalela, media hermana de Pablo, que construyó una elegante villa de cemento. Años después la adquirieron los González Rubio Domenech que daban hermosas fiestas.
castellano, defiende los derechos de sus clientes. Particularmente hermosa es su Exposición a favor de la Nueva Cervecería del Azuay, propiedad de su colega y amigo el Dr. Rodrigo Puig – Mir y Bonín.

Por eso se ha dicho que al tiempo de su retiro daba poca importancia a la Literatura por considerarla un simple divertimento. Su mayor crítica, la española Mary Carmen Fernández, en su libro “El realismo abierto de Pablo Palacio en la encrucijada de los años 30″, aclara que fue un escritor de su tiempo -la década de los años 20 al 30- llamada en el Ecuador década de la introducción de la modernidad en literatura, a través de las obras de Hugo Mayo, Escudero en poesía, Pablo Palacio y Humberto Salvador en novela, José de la Cuadra en cuento, etc. Igualmente, en la obra palaciana halla un humorismo puro, una crítica urticante, una forma de expresión nueva en el país aunque ya impuesta en el exterior, la novela policial, así como el uso de símbolos o proyección metaliteraria para enriquecer sus textos.

El poeta Cesar Dávila Andrade escribió “Palabras para el silencio de Pablo Palacio” /Pablo Palacio, fijo ya en lo oscuro. / Pablo Palacio, inmóvil en el luto / ¿Quien mirará el combate del patio en la cebada/ con su ángel de diez alas contra el viento? / ¿Quien oirá el delirio de aquel bosque/ estremecido por tu inteligencia? // Te han puesto un quitasol de piedra, inmenso, / para que hable en paz con tu cadena. / Más, yo te llamo. Pablo Palacio muerto: / meditabas puñales y sonrisas / cantándote las blancas manos firmes. // El grupo de los días te hizo triste / y te dio un perfil amargo y nítido / para amar con cordura la ironía. // Cristo, de espaldas, llega navegando / sobre su ósea madera y le contempla / dialogando de amor con tus heridas, crucificado en tu viviente arcilla. // Un día te quedaste meditando / como un frío diamante sumergido. / Empezaron allí tus funerales / y hoy terminan. // Ya hundieron tus rodillas su esperanza, / y tus manos, sus brújulas sin pluma. / Ya tu mirada derramó su vino. / Ya fu fiel tímpano depositó su abeja. // Ya conversas con Heráclito, tu amigo, / de ese inconstante río siempre el mismo, / que el ágil nadador que lo divide, / en la otra orilla ya, otro es el río. / Ya ves los esqueletos del diamante / con sus claras esquinas sucesivas. / Ya el esqueleto en el que el hombre habita/ pira amar, doblegarse y maldecirse. / Y sobre todo, Pablo, / ya ves cuan justa era tu sonrisa! // El trigo de los campos ya se inclina / para beber la hiel de tus mejillas / y en el perfil del pan nace una mano / para ocultarle y para bendecirte. //.

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Pablo Palacio
Un hombre muerto a puntapiés (fragmento)

Casi en el mismo instante, y a pocos metros de distancia, se abrió bruscamente una claridad sobre la calle. Apareció un hombre de alta estatura. Era el obrero que había pasado antes por Escobedo. Al ver a Ramírez se arrojó sobre él. Nuestro pobre hombre se quedó mirándolo, con ojos tan grandes y fijos como platos, tembloroso y mudo.
-¿Qué quiere usted, só, sucio?
Y le asestó un furioso puntapié en el estómago. Octavio Ramírez se desplomó, con un largo hipo doloroso. Epaminondas, así debió llamarse el obrero, al ver en tierra a aquel pícaro, consideró que era muy poco castigo un puntapié, y le propinó dos más, espléndidos y maravillosos en el género, sobre la larga nariz que le provocaba como una salchicha. ¡Cómo debieron sonar esos maravillosos puntapiés! Como el aplastarse de una naranja, arrojada vigorosamente sobre un muro; como el caer de un paraguas cuyas varillas chocan estremeciéndose; como el romperse de una nuez entre los dedos; ¡o mejor como el encuentro de otra recia suela de zapato contra otra nariz!
Así: ¡Chaj! ¡Chaj! con un gran espacio sabroso.
Y después: ¡cómo se encarnizaría Epaminondas, agitado por el instinto de perversidad que hace que los asesinos acribillen sus víctimas a puñaladas! ¡Ese instinto que presiona algunos dedos inocentes cada vez más, por puro juego, sobre los cuellos de los amigos hasta que queden amoratados y con los ojos encendidos!
¡Cómo batiría la suela del zapato de Epaminondas sobre la nariz de Octavio Ramírez!
¡Chaj! ¡Chaj! í vertiginosamente, ¡Chaj! en tanto que mil lucesitas, como agujas, cosían las tinieblas.

El Poder de la Palabra
http://www.epdlp.com

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EL ESTADO Y LA LEY EN VIDA DEL AHORCADO DE PABLO PALACIO [por Manuel de J. Jiménez]

Enviado por Cinosargo el 02/03/2011 a las 15:55
Cinosargo
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EL ESTADO Y LA LEY EN VIDA DEL AHORCADO DE PABLO PALACIO

La novela subjetiva Vida del Ahorcado, como Pablo Palacio (1906-1947) nombró a su intrigante texto, es una pieza que despunta de las vanguardias hechas en América Latina durante la primera mitad del siglo XX. Una técnica cercana al collage y a una segmentación “abrupta” crea un ambiente que sacude al lector a lo largo de los 32 apartados que la constituyen. A pesar de esto, nada se fractura en los textos de Palacio, sino que parece que la propia literatura del ecuatoriano se va descomponiendo en el momento de su asimilación. Pablo Palacio, con esta novela, hace mofa de la literatura que pretende describir la realidad estableciendo un orden y una lógica en el desarrollo del texto. Lo anterior impone, a su parecer, una visión del mundo y de las cosas que impide el acceso del hombre al conocimiento de sí mismo. El no debe coaptar estos accesos y caminos a través de la predeterminación en los ejes narrativos, sino al contrario, debe de perturbar lo más posible la interpretación del lector. Éste es el motivo por el que encontramos en Vida del Ahorcado un capítulo que es un poema, otro que es un diálogo abierto y otro más que es una estampa.

Cada de estos “capítulos”, valiéndonos de una licencia para nombrar las secuencias que crea el autor, parece un rompecabezas que no siempre embona. De acuerdo con la francesa Pierre Lopez, el lector, desorientado por este rompecabezas y la pérdida progresiva de los anclajes temporales en la novela, “ha de adoptar una lectura libre de cualquier rigidez convencional para poder adentrarse en lo que Palacio define como <>”. En este sentido, resulta como consecuencia que el lector, en un primer momento, intente reconstruir el inmenso rompecabezas que el texto presenta. Sin embargo, paulatinamente comprende los vacíos en la temporalidad de la novela, entiende que las elipsis prolongadas son imposibles de sanear sin su ayuda. Así que este espacio queda al final en manos del lector: la elaboración simultanea autor-lector para pensar la novela subjetiva. Quien lee la novela subjetiva es libre de componer esas lagunas que deja el texto, ex profeso, para activar su voz en esos espacios. No existen en la narración huecos, sino silencios. Vida del ahorcado pasa de un lado a otro en el panorama de su protagonista Andrés Farinango, más todo lo que ello implica: los burgueses/proletarios, Ana, los árboles, etc.

Respecto al papel que da Palacio al lector, pareciera que el ecuatoriano es un “narrador anarquista”, ya que cree más en la participación satisfactoria de quien lo lee en vez de dominarlo o normarlo bajo leyes narrativas. El autor espera que el lector se libere de las ataduras que tradicionalmente le han venido describiendo los demás escritores que ha leído. El anarquismo narrativo es una manera de proclamar: “Esta novela espera todo de ti”.

En relación con el contexto histórico y personal de la novela, Vida del ahorcado es publicada en 1932 en los Talleres Gráficos de Quito. El primer título pensado para la novela fue “Rumiantes a la sombra” que había sido anunciado al final de su novela anterior: Débora. Un año antes, ya se empiezan a publicar algunos fragmentos de la novela subjetiva en revistas literarias de Loja y Quito. En noviembre del mismo año, Palacio se gradúa como Doctor en Jurisprudencia y Ciencias Sociales en la Universidad Central del Ecuador. 1931 es un año ajetreado para la vida pública ecuatoriana: el mandatario Larrea Alba cae ante presiones populares y levantamientos militares, se impone como presidente a Neptalí Bonifaz. En noviembre de 1932 se publica íntegramente la novela y Palacio es nombrado Subsecretario de Educación por un período breve. Ese mismo año se da la “Guerra de los cuatro días”, cuando se subleva una guarnición de Quito que más tarde es sofocada por el gobierno. Es preciso notar que ésta sería la última obra ficticia que publica Pablo Palacio, aunque posteriormente salen a la luz textos académicos y ensayos, Vida del ahorcado significaría el rescoldo final de la mente indomable del autor. Para 1940, se acentúan las crisis mentales del escritor a la par del nacimiento de su hijo, que más tarde desembocarían en locura. Pablo Palacio es atendido por especialistas y por su propia esposa: la artista Carmita Palacios. No lograron contrarrestar su exquisita demencia. Existe el testimonio de un amigo que visita a Pablo en sus últimos días, afirmando que “se hallaba enmarcado por una barba rojiza y descuidada, y que en sus ojos brillaba un fuego insano, que ya no era de este mundo”. Finalmente muere en un hospital de Guayaquil en 1947.

No se sabe realmente cuál fue el motivo de las enfermedades mentales de Palacio, existen versiones que las atribuyen a la sífilis, otros piensan que el escritor nunca estuvo cuerdo. Más allá de esta especulación, su obra es, en última instancia, lo que nos ocupa. Wilfrido H. Corral, especialista en la literatura palaciana, nos advierte de un “fantasma” que recorre los cuentos y las novelas de Pablo Palacio: el discurso jurídico. Se sabe por documentos, referencias y varias biografías, que el autor de Vida del ahorcado, fue un abogado de gran profesionalismo y cierto éxito. Existe de manera tácita en muchos sus relatos, una relación con la ley y el Estado, entendidos estos como el status quo que se materializa con un tablero (Estado) y las reglas del juego (leyes). Esta metáfora del “juego” es la que desarrolla H. Corral para situar el entorno en el que se desarrollan los personajes de Palacio, quienes “tratan de quebrantar la ley, de saber cómo hacer trampas y subvertir el sistema; condición agravada al no saber cuál o cómo es el sistema que produce esas leyes”. Andrés Farinango, en Vida del ahorcado, no conoce ampliamente el significado de la antijuridicidad, de las consecuencias de la conducta delictiva. Sin embargo, busca a través del sueño y la alucinación romper las cadenas de lo real y lo hipotético en el discurso jurídico, a fin de cambiar las interpretaciones lineales. El ejemplo que da Andrés en la historia no es apologético de los convencionalismos sociales y el apego a las jurisprudencias (entendidas éstas como la interpretación oficial de las leyes que hacen los tribunales). Los personajes en la literatura palaciana son seres que por su forma y voz buscan retorcer lo cimientos de la moralidad y la juridicidad, además de destronar los dogmas políticos. Lo correcto, el sentido más hondo del deber ser, es puesto en duda una y otra vez por Pablo Palacio. En este sentido se acerca y concilia con Franz Kafka, cuando el también escritor y abogado checo, dice: “Lo bueno es en cierto sentido desesperante” y añade en otro aforismo “A partir de determinado punto ya no hay regreso. Es preciso alcanzar este punto”. No por nada a Pablo Palacio se le reconoce como el “Kafka latinoamericano”, la referencia al autor europeo es, a mi juicio, sobrada, porque más allá de ajustar un molde kafkiano, Palacio construye uno aparte y encaminado a aspectos más mórbidos. Empero, se puede reconocer entre ellos coincidencia y afinidad como algo maravilloso. Recordemos que la obra de Kafka, que quizás guarda más puntos de contacto con Vida del Ahorcado, es El Proceso, conocida póstumamente por Max Brod, quien la publica en 1925. Parece improbable que Palacio haya leído previamente El Proceso a la escritura de Vida del ahorcado. Al igual que por su lado lo hace Franz Kafka, el ecuatoriano deforma su literatura con lo jurídico/absurdo, pero los ejes aunque parecidos, no son idénticos.

Para adentrarnos en el aparato jurídico-político que dispone Pablo Palacio en su novela, es necesario partir desde un concepto base: el Estado. A través de esta idea particularizada, se despliegan una serie de mecanismos de dominación y coerción, que son importantísimos para comprender los alcances de cualquier ley o norma. El Estado moderno es el ente más fantástico que ha creado la genialidad política, es por esto, que en Vida del ahorcado, Palacio lleva la morfología estatal hacia una figura geométrica: el cubo. Lo cuadrado implica terroríficamente la figura perfecta, el equilibrio, la igualdad de las fuerzas, los ángulos y las puntas vivas. Al repetir seis veces el cuadrado, el hexaedro contiene la plenitud de una estructura tridimensional que encierran y obligan a los hombres a vivir en él. El Estado o el organismo que Pablo Palacio identifica con un cubo es también el lugar donde las personas sueñan. La habitación-cubo que en el inicio del relato se muestra como ad hoc para que las mentalidades duerman, se desnuden, se aíslen. La figura del cubo se multiplica en todo la atmósfera en la medida que avanza la novela, prolifera en todas las estructuras sociales e íntimas de los personajes.

No haced miedo de no tener sitio. Más bien venid a admirar la capacidad de este cubo de grandes muros lisos y desnudos, en donde todo lo que entra se alarga y se achica, se hincha o se estrecha, para adaptarse y colocarse en su justo sitio como obra de goma.

La elasticidad del cubo es donde las cosas adquieren propiedades distintas a las originales y terminan por resignificarse. Al entrar al discurso estatal, los objetos, los humanos y la moral pasan a ser bienes, sujetos imputables y leyes respectivamente. El Estado es lo que se mantiene maleable para poseer la perpetua habilidad del cambio. El Estado que no se trasforma, perece irremediablemente. A pesar de que los grandes engranes persisten en el fondo, la forma estatal alcanza diversas mutaciones para abarcar en lo más posible la cotidianidad del sujeto. El Estado se sitúa en cada uno de los aspectos de la vida. La consistencia del organismo, que para Palacio, es cuadrada, se sedimenta en las calles, en las plantas, en los animales, en la arquitectura, en las habitaciones. Dice Andrés Farinango: “Junto a este cubo mío, el otro, sólo un delgado tabique de por medio. En ese cubo vivía mi amigo y éste era el más dulce amigo”. El cubo es asimismo la conciencia normada, la hipérbole de que el hexaedro estatal mantiene una secuencia que se repite casi hasta el infinito. Es por eso que el Estado-Cubo no sólo se encuentra en la oficina y en el hogar, sino en todas las instituciones reguladoras de los cánones sociales. La escuela, el trasporte, los centros de diversión, los medios de comunicación forman parte de ese cubo, de lo que más tarde Michel Foucault llamaría “la sociedad disciplinaria”. Debido a esto, resulta heroico el apartado donde todos los alumnos de un profesor sabio y majadero se suicidan simultáneamente como “auténticos hombres” a mitad de la clase. Los estudiantes escapan de la vida para evadir al Estado con la muerte. Palacio lleva al límite las consecuencias del Estado en la facha de sus personajes, cercano en ello a Orwell por lo trágico que conlleva la fuerza pública, el ecuatoriano deforma la fisonomía de los sujetos con el cubo:

Auténticamente he sabido yo de un camarada, Bienatendino Traumanó, que tenía la cara cuadrada, la nariz cuadrada, las manos cuadradas y la facha, en fin, cuadrada.

Y que este camarada Bienatendido tenía una mujer cuya cara también era cuadrada, cuya nariz también era cuadrada, y cuya facha en fin, era también cuadrada.

Otro de los momentos más elocuentes y fantásticos de la novela se da cuando se lleva a cabo la rebelión del bosque, que nunca llega a consumarse. Se trata de una conspiración de árboles, arbustos y plantas menores. También en la botánica, sugiere Palacio, las jerarquías y alturas crean estratos e inconformidad. No se trata del bosque encantado de los cuentos de hadas. Aquí los árboles son seres hostiles, querellantes, ávidos de sangre y venganza. El “coro de cerezos relamidos” busca una batalla a sangre y fuego contra los hombres, los causantes de los grandes males en su ecosistema; los “cipreses enanos” titubean y saben anticipadamente de la desventaja armamentista para luchar contra el hombre. Estos últimos, por su falta de valor y coraje, son llamados cobardes por una voz anónima que aguarda en las yerbas. Más adelante, son las palmeras quienes redirigen las opiniones de las voces revolucionarias contra el verdadero enemigo del bosque: el árbol. “Los elementos están locos” dice Pablo Palacio como narrador omnisciente. El bosque se retuerce entre la pasión y la sed de batalla. La crítica a la teoría revolucionaria es cruda e irónica en este episodio, parece que la contrarrevolución es un efecto casi inmediato en el grupo iniciador, además de que la incertidumbre como debilidad en los conspiradores nunca desaparece. La avidez de fuerza y poder impiden el desarrollo de una ideología cabal, o por lo menos, ejecutar la práctica de cualquier afán legítimo: el devenir de la ecuación política donde la clase revolucionaria una vez en el poder se afianza para formar una nueva clase gobernante con los mismos vicios que la que fue derrocada. Palacio dedica todo un apartado en Vida del ahorcado para estampar de forma puntual la imagen de la revolución:

R e v o l u c i ó n

Pesas, pesas tanto.

Pues salta sobre un platillo de la balanza para ver si nos das el gusto de elevar a los monigotes del otro platillo. Les placería volar.

Ya vez cómo hablan, cómo bracean, cómo juran, cómo se hurgan las narices.

El Juicio del ahorcado

El caudal que traspasa la novela subjetiva Vida de ahorcado es el juicio del que es objeto Andrés Farinango en la parte final de la obra: la culminación de su degradación personal. El acontecimiento se describe como un acto ultra-legal donde las características de la imputación, es decir, los hechos y causas por los que se aprende a Farinango, se descomponen sobre una deformación institucional. Resultan conmovedores y asombrosos los paralelismos en este punto con El Proceso de Kafka: son también dos agentes del orden los que detienen a Farinango, y existe un desconcierto kafkiano por parte de éste al ver a los servidores públicos por primera vez. Sin embargo, a diferencia de la visita que experimenta Joseph K., en la diligencia de Vida del ahorcado, Andrés Farinango sabe de antemano de su suerte trágica y presiente el momento de su detención. A él sólo le queda arrastrarse por las puertas y los corredores de la burocracia, para alucinar geometrías hermosas que mantengan alerta sus sentidos.

La Audiencia se levanta para juzgar al protagonista, a quien todavía no se le imputa delito alguno y sólo se pueden inferir rumores de un sueño criminal. A éste se le conduce a una bóveda repleta de ciudadanos y zumbidos. Andrés Farinango sufre un juicio colectivo y sumario. El estrado se compone de cinco grandes hombres, que disertan sobre las formalidades y los valores en el procedimiento. “La muchedumbre bambolea. Tiene misteriosos escozores; se rasca en masa, se agita. Tose. Mira fijamente con sus 8.458 ojos congelados”. ¿Se tratan estos quizás de los ojos de los querubines y los círculos divinos en el Apocalipsis? ¿Será quizás la responsabilidad sobre el Juicio Final la acusación que se le formula a Farinango? No hay manera de comprobar que el “ahorcado” está ante una presencia divina, pero parece que esta descripción remite a pasajes bíblicos, donde la muchedumbre se unifica y adquiere una personalidad indisoluble. Otra lectura podría ser que en la sala se encuentran 4,229 personas juzgando al inculpado, tomando en cuenta los ojos de la muchedumbre. En conclusión no existe número posible para esta especie de jurado volátil y transfigurado. Lo único que se entiende a cabalidad, es que aquel es un cúmulo de hombres escandalizados que buscan un castigo ejemplar contra el “culpable”. Hay que notar que Farinango asiste a la Audiencia con la calidad previa de culpable y debe de probar su inocencia a la manera inversa: no hay presunción de inocencia sino de culpabilidad, a través de los alegatos y pruebas que brinden Andrés y su abogado, el primero podrá revertir su calidad a priori de culpable.

El abogado de Farinango, que podría tratarse de un alter ego de Pablo Palacio, defiende hasta la médula a su cliente. Se basa en aportaciones técnicas y doctrinarias, en la sólida letra de la ley para sacar a cuesta a Andrés del juicio. Empero, el pueblo reclama su derecho soberano y de autogobierno, se materializa la voluntad soberana de la comunidad. Paulatinamente se libera una locura roussoniana: el pueblo relampaguea y exige institucionalmente su autoridad perpetua e inalienable. “?La Justicia es nuestra: ustedes son simples administradores. El pueblo ha venido aquí para hablar: ¡que se conceda la palabra al pueblo!” La muchedumbre, que simboliza la ausencia de personalidad en una comunidad, se desborda con su fuerza, coraje y resentimiento. “?¡EL PUEBLO! ¡EL PUEBLO! / ?¡Abajo el Tribunal! / ?Un momento señores: un momento”. La Universidad, esa tierna alma mater, es quien finalmente hunde cualquier posibilidad de inocencia para Andrés Farinango, pues éste “guarda en su repertorio de crímenes hechos monstruosos y cobardes que escapan a la clasificación legal y que en justicia debieran valerse su eliminación social”. Estos son los argumentos y razonamientos que el vocero de la Universidad esgrima contra el “culpable”, una vez pedida la palabra al Sr. Presidente del Tribunal:

En efecto, aun los neófitos de las ciencias públicas y sociales saben ya que el mecanismo político descansa sólidamente en un sistema de mutuas contraprestaciones, en el que el ciudadano es un elemento respetuoso y afecto al organismo total y la sociedad (…) Pero suprimamos por un momento la prestación lógica de respeto y adhesión por parte del ciudadano al organismo, coloquémoslo en un punto antagónico al final social, y este ciudadano habrá perdido todo derecho al reclamo de garantía, se habrá colocado fuera de la ley. La sociedad sólo protege a los suyos (…) No nos guiamos ya, señor Presidente, por el criterio absurdo de la responsabilidad, a la cual el señor abogado quiere referirse; ahora existe un nuevo y maravilloso guía del penalista moderno, y éste, a todos títulos infalible, es la temibilidad. ¡Cuidado con el hombre temible, aunque nunca haya puesto sus manos en el vecino! Echadle pronto el guante.

He aquí los antecedentes de la cultura moderna y los rieles de la posmodernidad que ya veía Pablo Palacio en 1932. La sociedad, bajo su concepción, se rige por una serie de contraprestaciones donde las transacciones se dan en una obligación correlativa, perfectamente legal y ausente de fraternidad. Nada se da sin un beneficio previo, presente o futuro. La sociedad mantiene a sus integrantes restringidos en un catálogo de deberes, prerrogativas y salvedades que producen consecuencias únicamente cuando el individuo se encuentra enrolado con el organismo: ésta es la lealtad al cubo en términos palacianos. Ese “final social” antagónico y ese margen que señala lo “fuera de la ley” se registran con el salvaje, con el individuo que sacude el equilibrio de la mentalidad social. En este territorio indómito se encontraban los bárbaros de la Roma clásica, de allí la desconfianza en las formas extranjeras; se encuentra también en los locos, dementes, furiosos, todos aquellos que el Estado declara en modalidad de interdicción. Allá podemos situar asimismo a los auténticos genios y a los místicos. Una consecuencia de colocarse o ser colocado por el sistema en este umbral de indeterminación y de negación humana, es perder la universalidad de derechos y garantías gozadas por la mayoría de los individuos. No se puede exigir tutela, seguridad y reconocimiento por parte del Estado, el hombre pierde su calidad real de humano para ser un ente sin juridicidad propia. El hombre solamente lo es respecto al Estado y en mayor medida respecto a los lazos sociales.

A decir de la sensación de “temibilidad”, ésta contiene el factor clave del poder desbordado, del estigma social que implanta el Estado para señalar a sus enemigos. La idea del criminal es, en resumen, aquel sujeto que daña los tejidos sociales, aquel que defrauda las relaciones establecidas previamente por los hombres. Todo esto perturba a la sociedad en sus entrañas morales. De allí el juicio de reproche, que es elemento vivo en la teoría del delincuente, para encarar al agente criminal. El delincuente es el enemigo social por antonomasia. Palacio parece acercarse a la noción de Michel Foucault sobre el panoptismo. Para el filósofo francés, “la noción de peligrosidad significa que el individuo debe ser considerado por la sociedad según sus virtualidades y no sus actos”. La “temibilidad” de Palacio se presenta en hacer sancionable una virtualidad, es decir, la probabilidad de que una persona pueda hacer daño a otra sin que ésta haya ejecutado algún agravio o menoscabo. Sólo basta el miedo colectivo hacia una persona para que sea delincuente y se actualicen cada uno de los supuestos antijurídicos. En el sistema Panóptico, nos dice Foucault, se produce un acontecimiento de examen y vigilancia, ya no existe la indagación por parte de las autoridades, se intenta normar y controlar la totalidad de las relaciones humanas. “No se trata de reconstruir un acontecimiento, sino de vigilar sin interrupción y totalmente”.

La geometría estatal de Pablo Palacio es panóptica. El cubo se reproduce desde el exterior del organismo coercitivo hasta los dormitorios y las caras de los habitantes que viven dentro de él, probablemente en sus palabras y en sus sentimientos se encuentre también la figura: la humanidad cúbica en vida y muerte de Andrés Farinango. La temibilidad y la situación ininterrumpida de ahorcado que vive el protagonista de la novela simbolizan el drama del sujeto en las sociedades actuales. La vida de Andrés es un procedimiento judicial, cruel y perpetuo, del que se escapa quizás con la muerte. No sabemos si el protagonista es juzgado desde una atmósfera onírica, real o ultraterrenal. Las posibilidades imaginarias nunca concluyen. Pablo Palacio nos cuenta la historia sobre un hombre, como cualquiera de nosotros, que vive ahorcado por su sociedad y nunca sabe cuándo terminará su juicio.

Bibliografía consultada

-       Foucault, Michel. La verdad y las formas jurídicas. Gedisa editorial, Argentina, 2007, 191 pp.

-       Hoffmann, Werner. Los aforismos de Kafka. FCE, México, 2001, 165 pp.

-       Palacio, Pablo. Obras completas. Asociación de Archivos de Literatura latinoamericana, del Caribe y África-FCE, Francia, 2000, 620 pp.

Manuel de J. Jiménez (D.F., 1986) Se graduó en Derecho y actualmente estudia Letras Hispánicas, ambas carreras en la UNAM. Es director de la revista literaria Trifulca y tiene publicado el libro Los autos perdidos (Red de los Poetas Salvajes, 2009) y Trámites del muerto y el ausente (Honda Nómada, 2011). Ha participado en varias lecturas y mesas de poesía en México, Chile y Bolivia.



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