jump to navigation

psicoanalisis y discapacidades…. abril 4, 2011

Posted by carmenmvascones in Uncategorized.
Tags:
trackback


//

Buenos Aires – Lunes, 04 de Abril de 2011
21 usuarios on-line

 

//

PSICOANÁLISIS Y DISCAPACIDAD

Lic. Carolina A. Villegas

En los inicios, cuando un bebé nace, muchas cosas pueden suceder; y de estas muchas cosas que sucederán podrá o no devenir un Sujeto.

Lacan conceptualiza la constitución del Sujeto. Debemos, entonces, pensar que el Sujeto no está dado, sino que es algo a construirse y constituirse como tal. Esta constitución está sujeta al encuentro con un Otro. Un Otro materno, un Otro de la Ley, un Otro de la cultura.

Las marcas que estos encuentros y desencuentros inscriban, más lo singular que este niño porte, posibilitarán que allí advenga o no un Sujeto deseante. Cada una de estas marcas se imprimirá en este cuerpo y en las vivencias infantiles ya que sobre ellas se edificarán las siguientes huellas que comandarán la vida de ese Sujeto en particular.

Sabemos que un hijo viene a ocupar “un lugar” que lo estaba esperando, que lo antecedía, un lugar que su mamá fue creando desde niña, cuando mecía una muñeca o jugaba a alimentarla, un lugar que tendrá que ver con la historia singular de cada uno de sus padres.

Ese niño que llega podrá ser “el niño de mamá y papá”, “la alegría de la casa”, “su majestad el bebé”, “una molestia”, “una enfermedad”…

Cuando un niño nace con cierta discapacidad muchas veces confronta a sus progenitores con ese “amargo sabor ” de lo que no pudo ser. Ese que nació no es el que se parecería a papá o tendría el humor de mamá. Muchas veces este niño es puesto en el lugar del intruso que les robó a su bebé. Intruso que no posibilita la proyección de la vida sino que confronta con la muerte. La muerte en lo Real, la muerte del Ideal. Quiebre narcisista…

Las “culpas”, los “reproches”, la “desesperación”, las “fantasías de muerte” se encuentran  a la orden del día.

Es muy importante tener estas cuestiones en cuenta en la dirección de un tratamiento.

Muchas veces estos niños llegan al consultorio años más tarde, derivados por algún otro profesional y muchas veces los papás no saben el motivo por el cual este niño debe asistir al encuentro con un psicoanalista.

Recuerdo una ocasión en la que el papá de una hermosa niña de 3 meses de edad llegó a mi consultorio. Al preguntarles por el motivo de la consulta el papá señaló a la niña y con un movimiento de cabeza dijo: “Síndrome de Down”. Esa niña hermosa, con ojos chispeantes y sonrisa alegre no era portadora de un nombre, de Su nombre, ella era: “Síndrome de Down”. En otra ocasión, los papás de un niño de 4 años que tenía un diagnostico médico de espina bífida se sorprendieron al verlo jugar en la alfombra del consultorio con juguetes que él había tomado muy selectivamente ya que no sabían que le gustara jugar y por ello nunca le habían comprado juguete alguno, ni habían intentado jugar con él. “Había sido que le gustaba jugar”, dijo en esa ocasión el papá con asombro. Otra mamá adolescente ante la inminente operación cardíaca con la que debía ser intervenido su hijo de 9 meses de edad, con un diagnóstico médico de Síndrome de Down y una importante cardiopatía congénita, lloraba y aseguraba que “habría sido mejor que muriera al nacer así no tendrían que haber atravesado momentos tan difíciles y llegar a una operación con la que los médicos no eran muy optimistas en relación a la continuidad de la vida de Nico”.

Si bien el encuentro con los hijos no es sencillo, este encuentro se ve mayormente obstaculizado en los padres que han tenido hijos con algún tipo de discapacidad. Se ven confrontados a atravesar un duelo por “lo que no pudo ser y lo que posiblemente creen que no será…”

Es por ello que nuestra intervención es tan importante en estos primeros momentos. Este duelo que estos papás deberán atravesar les dará la posibilidad de descubrir a ese niño que ha nacido como su propio fruto, de engancharlo y atravesarlo por el deseo de sus progenitores, de verlo como un sujeto que con su singularidad podrá realizar incluso cosas que ni ellos habían imaginado. Le darán la posibilidad de sujetarlo a un Otro y que allí, donde sólo había “carne” advenga un Sujeto del Deseo.

Por estas cuestiones es importante tener en cuenta que el tratamiento de un niño no es sin los padres del mismo. Los papás juegan un rol fundamental en la vida de todo infante, y ayudarlos a transitar este momento de duelo posibilitará que puedan tomar a ese niño y convertirlo en propio.

Considero, a su vez, importante desmitificar las “fórmulas” que algunos profesionales suelen ofrecer o sugerir a los papás en relación a sus hijos.

Debemos centrarnos en la idea de que cada niño es único y singular y lo que posiblemente sea útil para uno no lo sea para el otro. Muchas veces suele pensarse que los niños que sufren discapacidades necesitan de un tratamiento psicológico, y esto no es así. Discapacidad no es igual a enfermedad. Hay niños con discapacidades que se encuentran atravesando un buen desarrollo subjetivo, que pudieron ser atravesados y sujetados por un Otro que posibilitó que ese niñito comenzara a transitar el recorrido de su deseo, que advenga como un sujeto deseante.

Claro está que un niño que presente cierta discapacidad deberá tener cuidados médicos según lo amerite su caso en singular.

Desde la clínica debemos pensar al niño y no al discapacitado. ¿Cómo podemos ayudar en la subjetivación de ese niño que se llama “Nicolás” si sustituimos su nombre con otros términos como “el discapacitado” o “estos chicos”?

Nuestro nombre es lo que nos engancha al deseo de un Otro, es lo que nos sitúa en determinada novela familiar, es lo que nos posibilita una historia, un pasado y por consiguiente un futuro, es lo que nos hace portador de este Deseo singular y no de otro.

El Deseo es de lo más particular, de lo más singular. Al posicionarnos en el recorrido del mismo no podemos pensar en la pluralidad, no podemos pensar al Deseo en relación a “grupos”, o en relación a la discapacidad. Si lo hiciéramos estaríamos recortando todo lo Singular que ese niño tiene, estaríamos recortando o aglutinando su “Ser”, su “esencia” a la de otros.

Como seres sociales que somos desde luego  hay cosas, gustos, preferencias, etc., que compartiremos con otros. Pero esto no implica que deban establecerse “Fórmulas” asociadas a la escolaridad, a los lugares de socialización que cada niño debe atravesar, a los juegos que deben jugar, a las cosas “convenientes para esos pequeños”.

Como psicoanalistas debemos vérnoslas con la falta del Otro y con la propia, y desde esta “Nada” poder generar un nuevo “Sentido”. Un Sentido que pueda reinscribir una historia, dar un Nombre y posicionar a “Síndrome de Down” (así la señalaba su padre) como Magali

—————————————————

 

Cómo comunicar un diagnóstico difícil

En los casos de síndrome de Down, una forma inadecuada asusta a los padres y demora la estimulación. “Mamita, los médicos quieren hablar con vos”, le dijo una enfermera al pasar a Fernanda, a los quince días de haber dado a luz a su cuarto hijo. Después de los 45 minutos de espera más inciertos de su vida, dos médicos dieron vueltas alrededor de lo que nunca imaginó escuchar.

Por Fabiola Czubaj
Enviar por mailImprimir

“Lo último que pensé era que tenía síndrome de Down. Me hacían preguntas y me hablaban como si trataran de que yo diera el diagnóstico”, recordó Fernanda Tillet, que hoy, 11 años después, coordina el Grupo de Papás Nuevitos -con bebés de 0 a 1,5 años- de la Asociación Síndrome de Down de la República Argentina (Asdra). Sin embargo, lo primero que figuraba en la historia clínica de su bebe era el diagnóstico comunicado dos semanas más tarde.

Según la fonoaudióloga Beatriz Heredia, especialista en estimulación precoz y consultora de Asdra, la forma como los médicos les dan a los padres la noticia de que su hijo nació con una alteración genética con la que convivirá toda su vida reemplaza la alegría familiar del nacimiento por dolor, culpabilidad, miles de dudas y una profunda incertidumbre.

“Hay que comprender que, cuando la noticia se da incorrectamente, lo primero que recibe una familia es el golpe del diagnóstico, y ni hablar si el bebe tiene complicaciones asociadas al síndrome, como los problemas cardíacos, auditivos, intestinales… En ese momento -explicó Heredia-, los padres se ven obligados a dejar ese golpe emocional y psicológico «en espera» por un tiempo porque tienen que concentrarse en la vida del bebe.”

Frases tan crudas como: “Su hijo es síndrome de Down”, “lamentablemente, tuvieron un bebe Down”, “este chico tienen problemas” o “señora, ¿pero cómo no se hizo el estudio genético?”, son las que paralizan a los padres e impiden que comiencen justo a tiempo la estimulación temprana del bebe.

“Se dice que el diagnóstico es el primer acto terapéutico y, en este caso, es la primera idea que se empieza a construir después de que algo no ocurrió como pensábamos. Y como los primeros estimuladores son los padres, al darlo mal se genera un problema psicológico difícil de superar”, dijo Tillet.

Según la Organización Mundial de la Salud, el procedimiento adecuado para dar diagnóstico de un trastorno genético o una discapacidad comienza por comunicar el nacimiento. Esto evita privar a los padres de la felicidad que produce la llegada de un bebe.

“La noticia, en lo posible, hay que darla con el bebe en brazos del médico o de alguno de los padres, refiriéndose al pequeño por su nombre”, dijo Heredia. El lugar elegido, continuó Tillet, debe ser “un ambiente de intimidad, no en el ascensor, el pasillo de neonatología o frente a las enfermeras. Debe ser un momento dedicado a un síndrome, cuyo nombre se debe decir con todas las letras: «Su hijo tiene síndrome de Down», sin demoras innecesarias y con información acotada, positiva y actualizada”.

Esto último incluye, mínimamente, la mención de la estimulación precoz y la necesidad de comenzar a realizar un conjunto de pesquisas para refinar el alcance del diagnóstico. “Es esencial no tratar de maximizar las dificultades y explicar que el síndrome provocará discapacidad intelectual, pero que con algunas indicaciones profesionales podrán criarlo como pensaban hacerlo antes del parto o como al resto de sus hijos”, agregó Tillet.

Cumplir con estos pasos garantiza una buena relación entre padres e hijo, una mejor calidad de vida del bebe y mayor prevención de otros trastornos, como la obesidad y los problemas visuales, auditivos y dentales.

Para lograrlo, la previsión es fundamental. “No conozco a un solo médico al que lo hayan preparado para dar el diagnóstico de síndrome de Down. Y así lo reconocen los propios médicos al hablar con ellos. Pero lo mejor es buscar a un integrante que guarde un estilo y una forma para decirlo. Hay que reconocer que es una noticia que a los médicos les produce mucha frustración porque no la pueden revertir”, indicó Tillet.

Lo cierto es que cuando las cosas se hacen bien, las recompensas son muchas. “Las familias vuelven al equipo y les agradecen -dijo-. Pero cuando se improvisa, los familiares pasan lo más lejos posible. Si uno se siente bien tratado y quiere preguntar, puede. De lo contrario, se pierde la capacidad de reacción para organizarse.”

Según Heredia, “son contadas las familias que reciben la noticia correctamente y son esos chicos los que progresan muchísimo mejor. Se percibe en los padres cómo la forma de darles el diagnóstico modifica cómo la familia encara la crianza y la integración social del niño”.

En la casa…

Tras la salida del hospital, la llegada a la casa demanda la reorganización del funcionamiento familiar, pero también es cuando muchas parejas retoman el dolor, la culpa y la impotencia ante una enfermedad que habían dejado de lado durante la batería de pruebas clínicas.

“Por ningún motivo, los familiares o los especialistas que trabajen con los padres deben criticar, juzgar o entender negativamente las reacciones o los dichos de los padres durante los primeros meses”, agregó la fonoaudióloga, que explicó que esas manifestaciones son parte de un duelo normal que incluye la ruptura de la idea del bebe que la pareja esperaba. “Hay que considerar que a veces los padres no tienen siquiera la red de apoyo familiar y social que los sostenga.”

Las vías para acelerar ese proceso y la reorganización familiar para comenzar a dedicarse a los cuidados que necesita el bebe, que en los primeros años son los de todos los bebes, es el desahogo y los llamados “papás escucha”, un recurso disponible también al confirmar el diagnóstico.

Pero a partir de los 6 meses de vida del bebe, “es necesario que los padres desahoguen sus angustias en otro lugar. Es frecuente que en los primeros meses los papás estén confundidos y altamente sensibles, pero también lloran mucho de alegría ante cada logro de sus bebes -señaló Heredia-. Es que les dieron una noticia tan mala, que no pueden creer que el bebe se sonría y haga muecas al mes y medio porque desconfían de todo…”

Para notas relacionadas, ver aqui

Más información:
www.lanacion.com.ar/907907

——————————-

 

 

Psicoanálisis y discapacidad
Por Elsa Coriat
La primera vez que me invitaron a dar una conferencia sobre Psicoanálisis y Discapacidad, fue en 1994. Sintiéndome un poco ajena a semejante título, comencé diciendo lo siguiente: “Lo mejor será que empecemos por ponernos de acuerdo acerca de qué es lo que la palabra discapacidad significa. Lo propongo porque, al no ser un concepto ni definido ni utilizado por ninguna teoría científica, se presta a ser soporte de todos los malentendidos de la lengua. Esta vez tampoco nos puede ayudar mucho el diccionario: en él no figura, lo cual quiere decir que es un vocablo acuñado en las últimas décadas, de muy reciente aparición, a pesar de que en la actualidad todo el mundo lo utilice. Lo que el diccionario sí dice es que dis es un ‘prefijo que denota negación o contrariedad’ y que una de las acepciones de capacidad es ‘aptitud o suficiencia para alguna cosa’. El uso cotidiano de discapacidad coincide plenamente con este sentido, refiriéndose a que algo falla en la capacidad de funcionamiento de una persona, ya sea en el nivel motriz, sensorial o mental”1.

Ha pasado poco más de una década y ya hay toda una generación que ni sabe que el significante discapacidad, tan extendido hoy día en nuestro medio, es así de nuevito en nuestra lengua.
Sin embargo –y a pesar de su novedad– tantos han sido los cambios culturales al respecto que la manera de definirlo ya está desactualizada. ¿Por qué digo esto? Porque el diccionario dice “discapacidad: f. Cualidad de discapacitado” y “discapacitado, da: adj. Dicho de una persona: Que tiene impedida o entorpecida alguna de las actividades cotidianas consideradas normales, por alteración de sus funciones intelectuales o físicas” –o sea que la significación reposa sobre “discapacitado”–, mientras que en el momento actual se está comenzando a utilizar “persona con discapacidad” como preferible a “discapacitado”.
Las modificaciones en la lengua provienen de los esfuerzos realizados por distintos organismos e instituciones que buscan apartar los prejuicios que nos habitan frente a los individuos con determinados problemas. Los cambios de nomenclatura, por un lado, acompañan y contribuyen a las profundas transformaciones sociales y culturales que se han producido en el campo de lo que ahora se llama discapacidad y, por otro, se convierten en los nuevos odres que transportan el vino ya agriado de los viejos prejuicios.

De todas formas, se avanza: no es lo mismo relacionarse con una persona con discapacidad que con un discapacitado o, previamente, con un minusválido, o con un incapacitado o un pobrecito o… sin nombre.
El significante “discapacidad” le es tan ajeno al psicoanálisis como el significante “normalidad”; incluso un poco más, ya que cuando necesitamos recurrir a este último podemos relacionarlo con la norma, en tanto hermana menor de la Ley, (aunque no siempre funcione así). Pero al significante “discapacidad” no tenemos manera de integrarlo más que… analizándolo y, aún así, tiene fallas intrínsecas: es una bolsa de gatos que reúne contenidos demasiado disímiles.
Formo parte de un equipo interdisciplinario que trabaja en la clínica de niños con problemas del desarrollo. Cada tanto pasa algún estudiante o profesional por nuestra institución que nos pregunta: “Ustedes trabajan con síndrome de Down ¿no?”, también pueden preguntarnos si trabajamos con parálisis cerebral, o con lo que sea; en todos los casos respondemos “No. Nosotros trabajamos con niños, niños que pueden tener distintos diagnósticos o todo tipo de problemas”. Es completamente diferente tomar como paciente a un niño que a un síndrome de Down.

El primer paso de la operatoria clínica pasa por ubicar, de la manera más precisa posible, el diagnóstico médico, pero con esto viene entrelazado el escuchar qué lugar ocupa este niño para sus padres y la situación actual de su armado psíquico. El segundo paso será devolver a los padres aquello que pudo ser ubicado y escuchado, cuáles son los problemas detectados y qué caminos podemos proponer para su tratamiento; pero en esta devolución se hace presente que, antes que nada, estamos hablando de un niño, que un niño no es (ni se hace) sin sus padres, y que lo que este niño llegue a ser y a hacer dependerá más del lugar que se le dé que de las limitaciones que pueda imponerle su problema orgánico.

En uno de mis párrafos favoritos, dice Freud: “Porque hacemos resaltar la importan­cia de las impresiones infantiles, se nos acusa de negar la que corresponde a los factores congénitos. Este reproche tiene su origen en la limitación de la necesidad causal de los hombres, que, en abierta contradicción con la estructura general de la realidad, quisiera darse por satisfecha con un único factor causal. Rehusamos establecer una oposición fundamental entre ambas series de factores etiológicos. […] El destino de un hombre está comandado por dos poderes, daimon y tyche.1

El concurso de distintas disciplinas para dar cuenta de los distintos “factores etiológicos” que arman la combinatoria del “destino” me parece imprescindible para el trabajo clínico a efectuarse con niños con problemas de desarrollo –me refiero a pediatría, kinesiología, psicomotricidad, fonoaudiología, psicopedagogía, estimulación temprana, etc.– pero entre ellas, por ahora, el psicoanálisis necesariamente ocupa un lugar clave. ¿Por qué? Porque la clínica de niños necesita tener en cuenta que, a diferencia de un adulto, los pasos de su constitución como sujeto del deseo no están concluidos, y que esto implica una transformación ética y operacional en la práctica de toda disciplina que trabaje con niños. En el seno del equipo en que trabajo denominamos “ejes centrales para la clínica de niños” a los siguientes conceptos, pertenecientes todos ellos, excepto el último, a la teoría psicoanalítica: constitución del sujeto, juego, transferencia, dirección de la cura e interdisciplina.

El psicoanálisis puede dar cuenta de cómo la materialidad de la letra se imbrica con la materialidad de lo orgánico en el surgimiento del deseo y la constitución del sujeto que lo implica. Las leyes que rigen esta imbricación –y léase aquí, privilegiadamente, la ley de prohibición del incesto–, cuando el material orgánico viene con alguna falla más o menos importante, no son diferentes a las habituales.
Por otro lado, además de transformar la práctica de otras disciplinas, el psicoanálisis se hace necesario también –en tantos casos, no en todos– como tratamiento específico, a cargo de un psicoanalista.

Un niño con problemas del desarrollo, hoy, forma parte del gran conjunto de lo que se está llamando “personas con discapacidad” pero, como decía, no nos dirigimos a la discapacidad, nos dirigimos al niño.
Vale la pena subrayar que el campo de la discapacidad incluye no sólo a los adultos que, desde niños (ya sea desde su nacimiento o desde muy temprano), tuvieron problemas en su desarrollo y que, en tanto tales, complicaron su constitución como sujeto; incluye también a los jóvenes y adultos que, ya constituidos (si se puede decir así), pasaron por algún accidente que dejó lesiones irreversibles. La problemática psíquica planteada es, sobre todo al comienzo, bien diferente; después, si el análisis avanza, como en todos los casos, de lo que se trata es de ver cómo se las arregla cada uno con la falta que nos hace humanos.
Resumiendo: tanto para niños como para adultos la “discapacidad” en sí sólo podría impedir un análisis desde las posibilidades del analista.
[Antes de escribir “las posibilidades” (del analista) había escrito “los prejuicios o las resistencias” (del analista), pero preferí atemperarlo para subrayar que me parece más ético y menos prejuicioso aquél que se da cuenta de sus propias limitaciones que aquél que dice, de palabra: “Para mí es igual a cualquier otro paciente”, mientras que lo trata como si fuera… discapacitado].
Si el psicoanálisis contribuyó a correr la línea que separaba “lo normal” de “lo patológico” tal vez pueda contribuir a que en algún momento de nuestro recorrido cultural la imagen que la palabra “discapacitado” transporta sea plenamente absorbida por la de “persona” (a secas) con tal problema o tal otro, es decir, sin desconocer el problema, pero no suponiéndole la determinación del ser.

1. Dinámica de la transferencia.
2. “Psicoanálisis y discapacidad mental”, en El psicoanálisis en la clínica de bebés y niños pequeños de Elsa Coriat, Capítulo XVI, De la Campana, La Plata, 1996.



 

Comentarios»

No comments yet — be the first.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: