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Cola de Gallo, Poemas de Álvaro Ruiz, Chile febrero 22, 2011

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Cola de Gallo Poemas

Álvaro Ruiz

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Poema de la gruta


Heme aquí en la gélida gruta

donde el sol es la puerta

que alumbra los primeros escalones

que descienden a este suelo de piedra

donde el primer hombre bendice al último

en la oscuridad que antecede a la luz.

Me alimento de filtraciones y musgos incoloros

y recorro el universo palpando los muros

que llevan a otras situaciones primeras

como el de la mujer deseando subir

los peldaños que llevan al horizonte

curvo de la vida y la recolección.

Yo he querido guarecerme abajo

grabando las primeras escenas del hombre

sobre las rocas de este altar

con tintes de sangre y sacrificios violentos

de hombres que alzaron el vaho

hacia el cielo de una noche sin astros.

De una noche en los oscuros bosques

donde los troncos del alma suben al cielo

mucho antes de que Prometeo nos diese el fuego

que iluminó los rostros y alejó las sombras

de nuestra auténtica superstición que era

un dios oculto y vengador.

Encendí antorchas en cada cueva

y en la original enfermedad de seguir a la mujer

subí a la pradera y depredé a mi alrededor

de todos los metales fabriqué distintos cuchillos

los que utilicé en el degüello de animales

con cuyas pieles me cubrí.

Todo lo restante lo dice el entierro del pasado

voces de otros hombres que vieron el sol

que sumaron, adoraron y murieron

largándose en una barca aritméticamente abstracta

hacia el centro de la memoria

en un régimen axiomático gobernado por las dudas.

Que por antonomasia son exactas

Ya que la regla elude la confirmación

Y el universo que es trastorno continuo

Alumbra indistintamente los dos hemisferios

En la idea de una deducción a la velocidad de la luz

Ausente en los prados inmediatos del color.

Nunca más seremos los mismos.

Al pintor Bruno Tardito

Nunca más seremos los mismos

Que ayer bostezaban bajo los árboles de la vía dolorosa

Boquiabiertos ante el sol que se marchaba a alumbrar el

Oriente de los sueños dorados

Los golpes crueles del destino

Bajo la sombra de un ombú

En el bosque de los encantos

Encantos como el de la flor de lis deshojada por los silfos

O la luz arriba atravesando el follaje oro verde

De las copas vacías de bacanales fiestas y alegrías

Con una carga de delirio original

En el revertido bosque de los espantos

En una tela que es una ventana abierta

A los hechos simbólicos de estar vivos

Con ojos que se abren y se vuelven paisajes

De la tierra que secretamente nos vio nacer

Allá en las antípodas del buen año 1953.

Paul Celan

La leche negra, las calles, el río

En la dolorosa y trastornada ciudad de las luces

De ciegos golpeando contra el suelo

Metálicos bastones de grasa fría

París fue la ribera alcanzada desde la inconsolable orilla del este

Miseria, y vitrinas abarrotadas de porquerías

El aire silba y penetra a los pulmones

Mientras el ojo abierto de los días duerme

Muy cerca de la negra cabellera.

No fuimos capaces de incendiar la casa

A Jorge Teillier

No fuimos capaces de incendiar la casa

Reducirla a cenizas

E irnos a los bosques

Sin miedo

Tarareando viejas canciones irlandesas

Como aquella del marinero borracho

Shanties extraídos de viejos cancioneros celtas

Por los caminos polvorientos del estío

Por alamedas que llevaban a la plaza del pueblo

Donde las muchachas pretendían tu corazón de alondra

Ahora cubierto por un frío bolsillo depositario

De estampas y angelicales medallas protectoras

En un bar en el centro de Santiago

Con la misma canción aquella en el oído

¡Qué vamos a hacer con el marinero borracho!

Cruzando los brazos sobre la mesa de un otoño en la ventana

Con toda la oblicuidad de la luz en el rostro.

Canción del marinero borracho

Hacia la izquierda salió el sol entonces:

Del mismo mar surgía.

Y brilló con luz viva y luego, hacia la diestra,

En el mar volvió a hundirse.

Coleridge

De la vieja chabola irlandesa ¡Qué vamos a hacer con el marinero borracho!

Este es el último barco en cruzar la quieta bahía

Sin niebla

Cuando la cárdena luz que alumbra la cordillera

Se marcha más allá del horizonte

En un barco a vapor sin lista de tripulación

Con el marinero capitán  de pie sobre la cubierta

Comprobando a simple oteo si aún existen las sirenas que vio Ulises

¡Nada, nada! sólo las olas esmeraldas mi capitán

Grita el más sobrio de los marineros

Que tenía los ojos propios

De un náufrago a la deriva

Aferrado a un mástil lleno de sal

Y algas que comían con los peces pescados

Que atravesaban con el arpón del hambre

Y del mar inmenso e ingobernable.

¡Qué vamos a hacer con el marinero borracho!

Cantaba la tripulación entre sorbos de destilado

Resueltos, con la proa enfrentando las olas del west

Sobre las aguas donde las corrientes se unen y salta la albacora

Frente a Chile, mar adentro, en el Pacífico sur,

Albacoras espadas en ristre frente al arpón

Que de roja sangre tiñen el agua y la embarcación

Desechando ellos, los marineros, la espada que queda

Con el sello de la quiebra y la mala fortuna

En una lucha de códigos de navegación

Que en la sangre de sus venas corre con soñada muerte de alcohol

Regresando a puerto inquietos y salvajes de otra sed

Con mujeres hermoseadas que esperan y mienten

Apenas ellos los marineros regresan a la mar

Tal cual en otros puertos otros ojos

Ven al mundo por primera vez.

¡Qué vamos a hacer con el marinero borracho!

Que otra vez zarpa sin autorización

De la Gobernación Marítima de este Estado hacia la línea

Distante ocho kilómetros del ojo al horizonte

Donde los hijos de la puesta de sol mueren de amor

Y crecidos ya cuales arbustos salinos

Bajo el sol espléndido y oblicuo de su luz al atardecer

Miran hacia las cavernas de los zorros

En las praderas ocres a espaldas del mar

Y juran a la eternidad de las olas

Un amor como el de Dafnis y Cloe

Pastoreando sus voluntades de hierba nueva

Lejos de la rompiente y de los muelles del puerto

Como sueña el vigía de esta nave que atraviesa

El golfo de sus propias penas marinas

Siempre pensando en la bebida y en la tempestuosa furia de las aguas

En su inolvidable travesía por el convulso Estrecho de Magallanes.

¡Qué vamos a hacer con el marinero borracho!

¡Los Andes, Los Andes! gritan los desembarcados mientras recogen

A orillas de la gran madre oceánica

Moluscos desde antes depositados por la marea

En los cerros fósiles que fueron una vez bajo el mar

Metros arriba del nivel que hoy ocupa

Donde bebíamos todo el día y moríamos

Con el plexo hacia el sol

Heredando a las descendencias todo aquello

Que insiste en quimeras, navegaciones y mares que no existen

La leyenda, mientras respiro en un puerto subtropical

Donde los que llegan ya se van

Hacia los cerros de la infamia

Para desde lo alto observar los barcos y oír la voz que dice

¡Qué vamos a hacer con el marinero borracho!

Aquel que cantaba canciones irlandesas

Sin movernos de nuestras mesas en el mar.

¡Qué haremos con él!

Ahora en su barca cruzando Gibraltar

Recordando que la tierra fue plana

Que las aguas no caen al Hades

Vociferando ¡no teman caballeros andantes!

Que todo es más justo allá

Con una mirada curva puesta en el norte del Brasil

Donde el sol diviniza a la selva

Y el hombre se rige con la sabiduría cosmogónica

Del bien morir, como estrellas que se apagan

Plenas de vida y luz hacia el interior

Alumbrando la memoria de quien navegó

Y circunnavegó las bucaneras islas de la caña y el ron

Con la voluntad y valentía propia

De este hombre de mar en sus últimos instantes

Que en silencio murmura aquella vieja canción que dice

¡Qué vamos a hacer con el marinero borracho!

¡Qué haremos con él!

Anciano delirante que oteas el horizonte

Desde las rocas lisas frente al mar

Todo es mentira o imaginación

Viejo, solo, pobre y enfermo

Con una rama de cochayuyo en sus manos temblorosas

Preparando el espinel inmediato de los días

Triste, solitario y final

Elevando plegarias de susurros a alguien que no vemos

Y que de muy cerca habláis en medio de la niebla

De la vaguada costera lejos del sol

Que sintetiza el fenómeno neurológico

De ser una pestaña en el ojo del horizonte

Que trae barcos y especias de otros continentes

Con la nostalgia y el recuerdo nítido

De un amor en las sombras del corazón

Una línea negra que lo parte en dos.

¡Qué vamos a hacer con el marinero borracho!

Aquel trastornado que se fue con un pañuelo blanco en el alma

Hacia un cielo que sí existe

En el agnosticismo de la voluntad

Un lugar señalado y varias veces antes señalado

En la historia simple de los hechos

La luz del relámpago o de la luciérnaga

Contra la evidencia de ser

Un petroglifo en la memoria original

Que recuerda elementos que existieron

Y que volverán a existir mediante el ojo y el buen corazón.

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