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Natalie Portman o la inmolación de la belleza, Fabián Darío Mosquera enero 31, 2011

Posted by carmenmvascones in Uncategorized.
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cultura / Cinefilia
Tomada de la edición impresa del 30 de enero del 2011 

Natalie Portman o la inmolación de la belleza

Natalie Portman hace uno de los mejores papeles de su carrera en Cisne negro. Por dicho rol ha sido nominada en la categoría de Mejor Actriz Principal para los Oscar de este año.  | FOTO: INTERNET

FOTO: INTERNET

Natalie Portman hace uno de los mejores papeles de su carrera en Cisne negro. Por dicho rol ha sido nominada en la categoría de Mejor Actriz Principal para los Oscar de este año.

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Datos

Ficha técnica

Película: Black Swan (Cisne negro)
Director:  Darren Aranofsky
Año:  2010
Reparto: Natalie Portman, Mila Kunis, Barbara Hershey, Vincent Casell, Winona Ryder.

La actriz ha asegurado que con su rol en Cisne negro busca la “adultez” definitiva de su carrera.

Darren Aranofsky ha sido tildado varias veces por sus detractores como un realizador demasiado efectista, y esto quizás sea cierto. Sin embargo, es necesario decir que esos mismos críticos (quienes, desde luego, encuentran en el estilo del director una personalidad pretenciosa y seudoartística) representan las subjetividades donde se afinca, como diría el argentino Fabián Casas, una idea aristocrática del arte; en la medida en que dicen lo que dicen, muchos, porque les inspira desconfianza el hecho de que los cuidados filmes del norteamericano terminen siendo tan exitosos. Habría apenas que revisar la carrera de Aranofsky para darse cuenta de que, más allá de los baches o los desniveles cualitativos -que los tiene, como cualquiera-, su  énfasis en el embalaje formal  (que, la verdad sea dicha, en sus malos ratos llevó a excesos estridentes) rara vez le ha impedido entrar en contacto con aspectos escabrosamente poéticos de la condición humana, con cuya puesta en pantalla el espectador medio se espeluzna al mismo tiempo que se identifica. Eso pasa con su última entrega, Cisne negro, quizás su trabajo más maduro. 

Se sabe que, en un primer momento, no había productor en la industria que quisiera arriesgarse con la película de Aranofsky, argumentando que estas no eran épocas para un filme de ballet… Le tomó algún tiempo al director convencer a los inversionistas de que la naturaleza de la historia era otra… La entrega terminó siendo producida por Scott Franklin, Mike Medavoy, Arnold Messer y Brian Oliver, y basándose en un guión afinado por Mark Heyman, Andreas Heinz y John J. McLaughlin.

Tomando El lago de los cisnes, sin duda la referencia más conocida del ballet (música de Tchaikovsky, adaptación de un perturbador y hermosísimo cuento popular de raíz germana) Aranofsky logra un thriller psicológico in crescendo muy –como ha dicho, acertadamente, un sector de la crítica- al estilo Polanski (aunque con ciertos tramos puestos allí para producir miedo y que resultan un tanto atildados y fuera de foco), en el que Natalie Portman hace las delicias de todo el mundo… cosa que también molesta a los  antiaranofskianos: se quejan de que el tratamiento que el director brinda a sus actrices femeninas es previsible… ¡Claro, siempre sabemos que, a punta de “tortura introspectiva”, les sacará lo mejor! (pero qué quisquillosos se han vuelto los cinéfilos; ¡esa era una de las cosas que les celebraban a los maestros del cine arte europeo de mediados del XX!)… Hay algo de la demencia de la Ellen Burnstyn de Requiem for a dream en esta Portman delicadísima, vulnerabilísima y, al mismo tiempo, dueña de un erotismo deliciosamente enrarecido. Porque valga decirlo, las escenas eróticas que registra en solitario y en compañía de la hermosa ucraniana Mila Kunis -forjada en la TV en series como That 70’s show o Family Guy- deberán inscribirse en la lista de grandes momentos sexuales del cine, codeándose con los de cintas como Juegos salvajes, de McNaughton; Una historia de violencia, de Cronenberg;  o ciertas escenas rodadas por Bigas Luna,  Bertolucci y Almodóvar.

Cisne negro es, además, y fundamentalmente, una mirada al tema -preocupación permanente entre los creadores genuinos- de la inmolación del artista en el núcleo incandescente de su propia obra; un planteamiento respecto de la consagración únicamente lograda a través del clímax disolutorio de la belleza y el sufrimiento. De allí que el de Aranofsky sea, una vez más, un cine muy físico: nótese la escena hilvanada a partir de planos detalle de las zapatillas de ballet, y el registro de todo lo que se hace con ellas, y con los pies, antes de los ensayos: las bailarinas se vendan los dedos, tallan las suelas de su escuálido calzado con estiletes como imprimiéndole carácter, como preparándose para una exigencia física más cercana a la dimensión atlética o deportiva que a la pulcritud de los tablados y los palcos suntuosos. Aparte de eso hallamos, por supuesto, la truculenta relación del personaje de Portman con su propio cuerpo, que recuerda, en versión desde luego más atenuada, el cine -lo mencionamos una vez más- de Cronenberg, todo ese asunto de las escarificaciones anatómicas que sintomatizan una psiquis y un espíritu astillados.

Aranofsky vuelve a trabajar con el compositor Clint Mansell, quien aún tiene a toda una generación incipiente de cinéfilos tarareando la tonadita martilleante de Requiem for a dream (tan adictiva como todo el “combo sustancioso” que aparecía en aquella obra), y ahora es responsable de los arreglos de la gran partitura de Tchaikovsky, que se ciñe bien  a la interpretación de Portman.

El resto del reparto responde a un inteligente trabajo de casting: Vincent Cassell cumple, zigzagueando en lo posible las asperezas del arquetipo de maduro artista francés dandy  e hipersexualizado, y, al mismo tiempo, representándolo bien cuando dicha imagen debe volverse funcional a la trama; Barbara Hershey, como la madre de Nina (Portman), está excelente; tiene algo del tremendo aire oscuro de angustia y locura de Geraldine Chaplin en las películas de Carlos Saura. Winona Ryder cumple una suerte de papel/encarnación: el de la bailarina que ve su carrera apagarse frente al surgimiento de la nueva “reina de los cisnes…” (y no es que insinuemos que Winona está acabada como actriz, ni mucho menos, sino que sus años de mimada ya pasaron; la Winona que en los noventa llevaba a la pantalla personajes de Arthur Miller es la Natalie Portman de hoy…).

La trama desemboca en una resolución estética muy al estilo aranofskiano: absorbente e intensa, de verdadero espesor formal y emocional. Quepa entonces una recomendación: evite la tentación de comprar el disco, espere el estreno en sala… verá que la experiencia de ir a verla es de aquellas que el cine de hoy casi no ofrece,  ya que cada vez se encuentra más domesticado  por el hábito de consumo mecánico… Porque todos hemos dicho: “vamos al cine a ver cualquier cosita”… Esta vez usted saldrá como quien acaba de escuchar una confidencia inquietante, y se debate entre la fascinación y el dolor.

Fabián Darío Mosquera

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