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Georges Perec VIAJE DE INVIERNO Seuil, París, 1993 Trad.: Néstor A. Braunstein, diciembre de 2005 diciembre 27, 2010

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Georges Perec

VIAJE DE INVIERNO

Seuil, París, 1993

Trad.: Néstor A. Braunstein, diciembre de 2005

En la última semana de agosto de 1939, mientras los rumores de la guerra invadían París, un joven profesor de literatura, Vincent Degraël, fue invitado a pasar unos días en una villa de los alrededores de Le Havre que pertenecía a los padres de un colega, Denis Borrade. Antes de irse, cuando exploraba la biblioteca de sus anfitriones buscando alguno de esos libros que siempre nos prometemos leer pero para el cual solo nos alcanza el tiempo para hojearlo con descuido junto a la chimenea antes de ser llamado como el cuarto para una partida de bridge, Degraël tropezó con un pequeño volumen titulado Viaje de invierno, cuyo autor, Hugo Vernier, le era totalmente desconocido, pero cuyas primeras páginas le produjeron tan fuerte impresión que tuvo apenas tiempo para excusarse ante Denis y sus padres antes de subir a leerlo en su recámara.

Viaje de invierno era una especie de relato escrito en primera persona y situado en una comarca semiimaginaria cuyos cielos plomizos, los bosques sombríos, las suaves colinas y los canales cortados por esclusas verdosas evocaban, con insidiosa insistencia, paisajes de Flandes o de las Ardenas. El libro estaba dividido en dos partes. La primera, más breve, relataba en términos sibilinos un viaje de aspecto iniciático, en el que parecía que cada etapa estaba signada por un fracaso y, al término del cual, el héroe anónimo, del que todo hacía suponer que era joven, llegaba al borde de un lago sumergido en una niebla espesa; un barquero lo esperaba allí y lo conducía a un islote agreste en medio del cual se elevaba una casona destartalada, alta y sombría. Ni bien el joven había posado su pie en el estrecho pontón que a ella llevaba y que era su único acceso, apareció una extraña pareja: una mujer y un hombre ancianos, envueltos ambos en largas capas negras, que parecían surgir de la bruma y que venían a colocarse a cada lado de él, tomándolo por los codos y apretándose lo más posible contra sus flancos. Casi soldados entre sí, subieron por un ruinoso sendero, treparon por una escalera de madera y llegaron a una habitación. Allí, tan inexplicablemente como se habían presentado, los viejos desaparecieron dejando al joven solo en medio del cuarto. El mobiliario era escaso: una cama cubierta por una colcha de cretona con flores, una mesa, una silla. El fuego flameaba en la chimenea. Sobre la mesa se había servido una comida: sopa de habas y carne asada. Por la alta ventana veía el joven a la luna llena colándose entre las nubes. Se sentó a la mesa y empezó a comer. Con esta cena solitaria acaba la primera parte.

La segunda parte por sí sola ocupaba casi las cuatro quintas partes del libro y quedaba claro que el breve relato inicial no era más que un pretexto anecdótico. Era una larga confesión de lirismo exacerbado, entreverado con poemas, máximas enigmáticas, conjuraciones blasfemas. Apenas comenzó a leerlo, Vincent Degraël experimentó una sensación de malestar que le fue imposible definir con precisión pero que se fue acentuando a medida que volteaba las páginas del volumen con una mano cada vez más temblorosa: era como si las frases que tenía ante los ojos se le hiciesen de pronto familiares, se pusiesen irrefrenablemente a recordarle algo, como si al leer cada una de ellas se impusiese o, más bien, se superpusiese, el recuerdo, a un tiempo preciso y brumoso de una frase que hubiese sido casi idéntica y que él ya hubiese leído en otra parte; como si estas palabras, más tiernas que caricias o más pérfidas que venenos, estas palabras, ora límpidas, ora herméticas, obscenas o cálidas, deslumbrantes, laberínticas y que oscilaban sin pausa entre una alucinada violencia y una serenidad fabulosa, como la aguja enloquecida de una brújula, diseñasen una configuración confusa en donde se creía encontrar mezclados a Germain Nouveau y Tristán Corbière, Villiers y Banville, Rimbaud y Verhaeren, Charles Cros y León Bloy.

Vincent Degraël, especializado precisamente en estos autores, ―él preparaba desde hacía unos años su tesis sobre “la evolución de la poesía francesa desde los parnasianos hasta los simbolistas”― creyó en un principio que quizás ya había leído este libro por casualidad en una de sus búsquedas y, después, más verosímilmente, que era víctima de una ilusión de dèjà vu o, como cuando el simple gusto de un trago de té lo remite a uno de golpe a treinta años antes en Inglaterra, que hubiese bastado con una nimiedad, un sonido, un olor, un gesto –quizás ese instante de vacilación que observó antes de sacar el libro del estante donde estaba ubicado entre Verhaeren y Vielé-Griffin, o bien la avidez con la que había recorrido las primeras páginas ―para que el recuerdo falaz de una lectura anterior viniese a sobreimprimirse perturbándolo al punto de hacer imposible la lectura que estaba realizando. Mas pronto ya no fue posible la duda y Degraël debió rendirse ante la evidencia: puede que su memoria a veces fallase, puede que fuese un puro azar que Vernier pareciese tomar de Catulle Méndes su “chacal solitario que asedia los sepulcros de piedra”, puede que hubiese que tomar en cuenta los hallazgos fortuitos, las influencias exhibidas, los homenajes voluntarios, los plagios inconscientes, la voluntad de pastiche, el gusto por las citas, las coincidencias afortunadas, puede que cupiese considerar que expresiones tales como “el robo del tiempo”, “brumas de invierno”, “horizonte oscuro”, “fuentes vaporosas”, “luces inciertas en salvajes claros del bosque” perteneciesen con pleno derecho a todos los poetas y que fuese por lo tanto completamente normal encontrarlas en un párrafo de Hugo Vernier como en estrofas de Jean Moréas, pero era absolutamente imposible no reconocer, casi palabra por palabra, en el simple azar de la lectura, aquí un fragmento de Rimbaud (“Veía claramente una mezquita en el lugar de una fábrica, un grupo de tambores hecho por ángeles”) o de Mallarmé (“el lúcido invierno, estación del arte sereno”), allí de Lautréamont (“Miraba en un espejo esta boca ajada por mi propia voluntad”), de Gustavo Kahn (“Deja que la canción expire… llora mi corazón / Una hiedra oscura trepa en torno de las luces. Solemne / ascendió lentamente el silencio, dando miedo” o, apenas modificado, de Verlaine (“en la interminable monotonía de la llanura, la nieve resplandecía como arena. El cielo era de color cobre. El tren se deslizaba sin susurrar…”, etc.

Fue a las cuatro de la mañana cuando Degraël terminó la lectura del Viaje de invierno. Había descubierto una treintena de tales apropiaciones. Seguramente había más. El libro de Hugo Vernier parecía no ser sino una prodigiosa recopilación de los poetas de fines del siglo XIX, un centón descomunal, un mosaico en donde cada fragmento era la obra de algún otro. Pero en el momento mismo en que se esforzaba por imaginar a ese autor desconocido que había querido extraer de los libros de otros la sustancia misma de su texto, en que intentaba figurarse hasta el fondo este proyecto admirable e insensato, Degraël sintió que nacía en él una sospecha enloquecedora: acababa de recordar que, al tomar el libro del estante, había observado mecánicamente la fecha, movido por ese reflejo de joven investigador que nunca consulta una obra sin tomar nota de los datos bibliográficos. Quizás se había equivocado, pero creyó que había leído bien: 1864. Lo verificó, con el corazón palpitante. Sí; leyó bien: ¡esto significaría que Vernier había “citado” un verso de Mallarmé dos años antes, plagiado a Verlaine diez años antes de sus “Arietas olvidadas”, escrito lo de Gustavo Kahn un cuarto de siglo antes que él! ¡significaría que Lautréamont, Germain Nouveau, Rimbaud, Corbière y muchos otros no eran sino los copistas de un poeta genial y desconocido que, en una obra única, había sabido reunir la sustancia misma de la que iban a nutrirse, después de él, tres o cuatro generaciones de autores!

A menos, claro está, que la fecha de impresión que figuraba en la obra fuese errónea. Pero Degraël rehusaba considerar esa hipótesis: su descubrimiento era demasiado hermoso, demasiado evidente, demasiado necesario para no ser verdadero, y él ya imaginaba las vertiginosas consecuencias que traería, el escándalo mayúsculo que produciría la revelación pública de esta “antología premonitoria”, la amplitud de sus repercusiones, el enorme cuestionamiento de todo cuanto habían profesado imperturbablemente los críticos y los historiadores de la literatura desde hacía décadas. Era tal su impaciencia que, renunciando definitivamente al sueño, se precipitó a la biblioteca para llegar a saber algo más de este Vernier y de su obra.

No encontró nada. Los pocos diccionarios y antologías de la biblioteca de los Borrade ignoraban la existencia de Hugo Vernier. Ni Denis ni sus padres pudieron ilustrarlo mejor: el libro había sido comprado en una subasta, diez años atrás, en Honfleur; lo habían hojeado sin prestarle mayor atención.

Durante todo el día, con la ayuda de Denis, Degraël procedió a un examen sistemático de la obra, yendo a buscar los fragmentos dispersos en decenas de antologías y recopilaciones: encontraron alrededor de trescientos cincuenta, repartidos en una treintena de autores, tanto los poetas más célebres como los más oscuros del fin del siglo y también algunos prosistas (León Bloy, Ernesto Hello) que parecían haber hecho del Viaje de invierno la biblia de la que habían sacado lo mejor de ellos mismos: Banville, Richepin, Huysmans, Charles Cros, León Valade, codeándose allí Mallarmé y Verlaine con otros hoy olvidados que se llamaban Carlos de Pomairols, Hipólito Vaillant, Mauricio Rollinat (ahijado de George Sand), Laprade, Alberto Mérat, Carlos Morice o Anthony Valabrègue.

Degraël anotó cuidadosamente en un cuaderno la lista de los autores y la referencia de sus apropiaciones y regresó a París, decidido a proseguir en la mañana siguiente sus investigaciones en la Biblioteca Nacional. Pero los acontecimientos se lo impidieron. En París lo esperaba su itinerario. Movilizado en Compiègne, se encontró, sin saber bien cómo ni por qué, en Saint Jean de Luz, pasó a España y de allí a Inglaterra y sólo pudo volver a Francia a fines de 1945. Llevó consigo el cuaderno durante toda la guerra sin perderlo en ningún momento. Lógicamente, sus investigaciones no progresaron mucho pero había hecho un descubrimiento que para él era capital: en el British Museum había podido consultar el Catálogo general de los libros franceses y la Bibliografía de Francia donde pudo confirmar su hipótesis: Viaje de invierno, de Vernier (Hugo), había sido en efecto editado en 1864, en Valenciennes, por Hervé Frères Impresores y Libreros, y sometido al resguardo legal como las demás obras publicadas en Francia y había sido depositado en la Biblioteca Nacional donde se le asignó el código Z 87912.

Designado profesor en Beauvais, Vincent Degraël consagró de ahí en más todo su tiempo libre al Viaje de invierno.

La investigación en profundidad de los diarios íntimos y de los epistolarios de la mayoría de los poetas de fines del XIX lo persuadieron rápidamente de que Hugo Vernier tuvo, en su tiempo, la celebridad que merecía: notas tales como “Hoy recibí una carta de Hugo”, o “escribí una larga carta a Hugo”, o “leí toda la noche a Hugo” de Valentín Havercamp, no se referían en absoluto a “Víctor” Hugo, sino a este poeta maldito cuya obra breve había aparentemente inflamado a todos aquellos que la tuvieron en sus manos. Flagrantes contradicciones que la crítica y la historia literarias nunca pudieron explicar encontraban así su única solución lógica, y es evidente que fue pensando en Hugo Vernier y en lo que ellos debían a su Viaje de invierno, que Rimbaud había escrito “Yo es otro” y Lautréamont “La poesía debe ser hecha por todos y no por uno”.

Pero, mientras más destacaba el lugar preponderante que Hugo Vernier debía ocupar en la historia literaria de Francia a fines del siglo pasado, menos estaba Degraël en condiciones de aportar pruebas tangibles, pues nunca pudo volver a poner sus manos sobre un ejemplar de Viaje de Invierno. El que había consultado había sido destruido –al mismo tiempo que la villa – en el bombardeo de Le Havre; el ejemplar depositado en la Biblioteca Nacional no estaba en su lugar cuando lo pidió y sólo después de largos trámites pudo enterarse de que ese libro había sido enviado en 1926 a un encuadernador que nunca lo recibió. Todas las búsquedas que ordenó a decenas y centenas de bibliotecarios, archivistas y libreros resultaron inútiles y Degraël pronto se convenció de que los quinientos ejemplares de la edición habían sido destruidos adrede por aquellos mismos que tan directamente se habían inspirado en ella.

Vincent Degraël no consiguió enterarse de nada o casi nada sobre la vida de Hugo Vernier. Una pequeña nota, descolgada de una oscura Biografía de los hombres notables del norte de Francia y de Bélgica (Verviers, 1882), le enseñó que había nacido en Vimy (Paso de Calais) el 3 de septiembre de 1836. Pero las actas del registro civil de la municipalidad de Vimy habían ardido en 1916, al mismo tiempo que sus copias depositadas en la prefectura de Arras. Al parecer nunca se levantó un acta de defunción.

Durante casi treinta años Vincent Degraël se esforzó en vano por reunir las pruebas de la existencia de este poeta y de su obra. Cuando murió, en el hospital psiquiátrico de Verrières, algunos de sus ex alumnos se pusieron a la tarea de clasificar el inmenso montón de documentos y manuscritos que él dejó: entre ellos figuraba un grueso volumen encuadernado en tela negra en cuya etiqueta estaba escrito, cuidadosamente caligrafiado, Viaje de invierno: las ocho primeras páginas relataban la historia de sus vanas investigaciones, las trescientas noventa y dos restantes estaban en blanco.

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