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“… LIZMENTE”, DIJO MICHEL LEIRIS … lizmente! (reusement!) traducción de NÉSTOR BRAUNSTEIN diciembre 27, 2010

Posted by carmenmvascones in Uncategorized.
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“… LIZMENTE”, DIJO MICHEL LEIRIS

… lizmente! (reusement!)

Sobre el suelo inclemente de la habitación (¿estancia? ¿comedor? ¿alfombra clavada con enramados desteñidos o bien alfombra móvil con algún decorado en el que yo grababa palacios, parajes, continentes, verdadero calidoscopio en el cual jugaba mi infancia, armando allí construcciones feéricas, como un lienzo para las mil y una noches que entonces no me abrían las páginas de ningún libro? tabla desnuda, madera encerada con vetas más oscuras, cortadas a pico por la rígida negrura de las grietas en las cuales yo me deleitaba, a veces, en extraer copos de polvo, cuando había tenido la buena fortuna de atrapar algún alfiler caído de las manos de la costurera) sobre el suelo irrecusable — y sin alma — de la habitación (aterciopelada o leñosa, engalanada o sencilla, propicia a las carreras de la imaginación o a juegos más mecánicos) en la estancia o en el comedor, en la penumbra o en la luz (según se tratase o no de esta parte de la casa en donde los muebles están normalmente protegidos por fundas y todas las modestas riquezas han sido sustraídas a menudo, por la valla de los postigos, a los embates del sol), en este recinto privilegiado casi sólo accesible a los adultos — y gruta tranquila para la somnolencia del piano — o en este espacio más compartido que encerraba la pesada mesa extensible en torno a la cual toda la familia o parte de ella se reunía para el rito de las comidas cotidianas, se cayó el soldado.

Un soldado. De plomo o de cartón piedra. Un figurín delicadamente moldeado y coloreado o uno de esos fulanitos mal pulidos, pintarrajeados de azul, de rojo, de negro, de blanco, cuyo cuerpo muestra que son, cuando se rompen, de una materia tosca e indigente, blancuzca o de color terroso.

Un soldado nuevo o viejo. Antes estaba ubicado con sus compañeros — o con otros de distintos modelos ¡ejército heteróclito! — sobre una mesa muy estable o sobre un liviano taburete, puede que adornado con motivos chinos, o con figuras animales, por ejemplo, potros rampantes si ese taburete no fuese sino uno de los componentes de esas mesas empotradas que (como su nombre lo indica) sólo podrían estar decoradas con potros.

Verosímilmente, un soldado francés. Y que se cayó. Escapándose de mis manos torpes, incapaces aún de dibujar ni siquiera vulgares palotes en un cuaderno.

Lo importante no era que se hubiese caído un soldado, que fuese un militar — y no cualquier otra criatura — la víctima de esa caída. No creo que, en esa época, la palabra “soldado” significase algo preciso para mí. Apenas si sabía que al soldado francés se lo reconocía por el pantalón rojo. Quizás ya me había extasiado en la calle Auteuil en la que vivíamos, a la entrada del almacén de Meurdrefroy, con un cartel publicitario en el que se veía — representado por personajes en relieve, de cartón cortado — una escena de refectorio o de cantina en la que los protagonistas eran hombres vestidos con amplias blusas o que usaban túnicas azules y pantalones rojos. Quizás yo ya había fijado mis ojos sobre ese grotesco cuadro animado, un cromo chillón, al recorrer la calle Auteuil un día en que me llevaron a pasear por el Bosque. Pero, ciertamente, yo no tenía un interés particular por los “soldados”; de ningún modo me preocupaba documentarme sobre la variedad de los uniformes y no poseía más que una magra idea de los soldados, en lugar de la nutrida colección de la que más tarde sería el dueño, que incluía soldados azules de estaño (comprados poco a poco, en cajas ovaladas de madera delgada que, de acuerdo al tamaño, costaban respectivamente 13, 19, 28 y 32 centavos) y en donde la joya más preciada era una tropa de guerreros del medioevo — caballeros con armaduras, doradas para unos, plateadas para los demás — enfrentándose en una liza, con sus lanzas puntiagudas y sus caballos al galope.

Lo esencial no era que se hubiese caído un soldado: el soldado no despertaba en mí ninguna resonancia definida. Lo esencial era que algo que me pertenecía se hubiese caído y que ese algo que me pertenecía fuese un juguete; que esta cosa caída fuese un objeto salido del mundo cerrado de los juguetes —a los que uno mete en cajas una vez que terminó de divertirse —, a ese mundo prestigioso y apartado cuyos componentes, por su forma, por su color, chocan con el mundo real, a la vez que lo representan en lo que él tiene de más preciso. Mundo aparte, sobrepuesto a lo cotidiano como las iniciales grabadas se agregan a los vasos y los dijes a las cadenas de los relojes; mundo intenso, análogo a todo cuanto, en la naturaleza, figura como cosa de gala: mariposas, amapolas en el trigal, conchillas, estrellas del cielo, y hasta los musgos y líquenes, con los cuales parecen adornarse las rocas y los troncos.

Uno de mis juguetes — y poco importaba lo que fuese: bastaba con que fuese un juguete —, uno de mis juguetes se había caído. Con grave riesgo de haberse roto, pues la caída había sido directa y la altura — tomada a partir del nivel del suelo — desde una mesa, aun desde un simple taburete, dista de ser desdeñable, puesto que se trata de la caída de un juguete.

Uno de mis juguetes, por mi falta de destreza, — causa inicial de la caída — estaba a punto de haberse roto. Uno de mis juguetes, es decir, uno de los elementos del mundo a los cuales yo estaba más intensamente apegado en esa época.

Rápidamente me agaché, recogí al soldado caído, lo toqué y lo examiné. No se había roto, y grande fue mi alegría. La expresé exclamando “¡… Lizmente!”

En esta habitación mal definida — estancia o comedor, habitación de gala o cuarto común —, en este lugar que no era entonces nada más que el de mi diversión, alguien con más años (madre, hermana o hermano mayor) se encontraba cerca de mí. Alguien más conocedor, menos ignorante que yo, me hizo notar, al escuchar mi exclamación, que se debía decir “felizmente” y no, como yo lo había hecho:  “¡… lizmente!”.

La observación frenó en seco mi alegría o, más bien — dejándome desconcertado por un breve instante — remplazó prontamente a la alegría, que se había apoderado por completo de mi pensamiento, por un curioso sentimiento del que apenas alcanzo, hoy en día, a concebir la extrañeza.

No se dice “lizmente”, sino “felizmente”. Esta palabra, empleada por mí hasta entonces sin ninguna conciencia de su sentido real, como una pura interjección, se liga a “feliz” y, por la mágica virtud de tal aproximación, se encuentra de repente inserta en una amplia secuencia de significaciones precisas. Atrapar en su integridad, de golpe, esta palabra que hasta entonces yo había descuartizado, toma un aire de descubrimiento, como el brusco desgarrarse de un velo o el estallido de una verdad.  De repente ese vago vocablo — que hasta entonces había sido para mí completamente personal y quedaba como cerrado — es, por un azar, promovido al rol de eslabón de todo un ciclo semántico. Deja de ser algo mío: participa de esta realidad que es el lenguaje de mis hermanos, de mi hermana y de mis padres. De cosa propia pasa a ser cosa común y abierta. En un instante, como un relámpago, llega a ser algo compartido y — si se quiere — socializado. Ahora ya no es la exclamación confusa que se escapa de mis labios — muy próxima aún a mis vísceras, como la risa o el grito —, es entre otros mil, uno de los elementos participantes del lenguaje, ese vasto instrumento de comunicación del que una observación fortuita, emanada de un niño mayor o de un adulto, a propósito de mi exclamación consecutiva a la caída del soldado sobre el piso del comedor o sobre la alfombra de la estancia, me permitió vislumbrar la existencia exterior a mí mismo y la carga de extrañeza.

Sobre el suelo del comedor o de la estancia, el soldado, de plomo o de cartón piedra, acaba de caer. Yo exclamé “¡… Lizmente!”. Me corrigieron. Y, por un instante, quedé confundido, presa de un cierto vértigo. Pues esa palabra mal pronunciada, de la que llego a descubrir que no es en realidad lo que yo había creído hasta entonces, me lanzó a la condición de sentir oscuramente — gracias a una suerte de desviación, de desfase que de tal modo se imprimió en mi pensamiento — en qué el lenguaje articulado, tejido aracnoide de mis relaciones con los demás, me rebasa, empujando desde todas partes sus misteriosas antenas.

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