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LA CIUDAD EN LA POESÍA DOMINICANA Soledad Alvarez Santo Domingo es una y es muchas. noviembre 16, 2010

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LA CIUDAD EN LA POESÍA DOMINICANA
Soledad Alvarez
Santo Domingo es una y es muchas. Ciudad antigua y nueva, ilustre en su blasón de Primada de América y plebeya en el desorden urbano y la chamuchina de sus instituciones. Pretenciosa en los edificios y casas magnificentes; en la falsa modernidad de torres, elevados y túneles rodeados de callejones y patios mugrientos, de barrios que agonizan de pobreza, sin agua y sin infraestructura sanitaria. Santo Domingo es un entramado de opulencia y hambre, universo en expansión contenido sólo por el mar, cuerpo abotargado, acuchillado una y otra vez por la mano artera de la desidia estatal y la voracidad de los políticos. Pero redivivo y bullente de humanidad, de luz y color, de olores y ruidos.
Recorrer la ciudad es recorrer los diferentes momentos de la historia dominicana. Desde Las Atarazanas hasta los lejanos suburbios de construcciones recientes, Santo Domingo es un objeto estético susceptible de lectura, un sistema de significación, un discurso –como diría Barthes- que habla a sus habitantes, un texto en el que podemos leer lo que fuimos y lo que somos (1): En monumentos y piedras coloniales la prosperidad efímera y la decadencia de la Colonia; la lucha por la independencia simbolizada en la Puerta de El Conde; y extramuros, hacia el Oeste, inscritas en la estructura urbana, en el trazado de las calles, en la arquitectura y en los múltiples lugares icònicos, las vicisitudes de la República, la accidentada formación de la nacionalidad, el surgimiento del capitalismo, la injerencia norteamericana y la dictadura trujillista, que marcó la ciudad hasta el hueso y la hizo suya en la inmisericorde cruzada totalitaria que permitió al dictador rebautizarla con su nombre y convertirla en “metáfora espacial” de su régimen (2). La transformación y la instrumentalización de la ciudad adquirió nuevos visos en los períodos presidenciales de Joaquín Balaguer, el heredero de la dictadura, exaltado como el gran constructor y redentor de la herencia colonial hispánica, y quien transformó la fisonomía de la ciudad desde una visión monumentalista y jerárquica de los espacios urbanos.
Pero Santo Domingo no es sólo la ciudad trazada por el poder, y como territorio de la memoria colectiva no se agota en la épica de lo vencedores ni en la historia oficial. Otras ciudades, superpuestas a la ciudad colonial, a la ciudad trujillista y a la ciudad moderna con su valor de cambio, nos hablan del negro que preservó sus dioses vistiéndolos con el ropaje de los dioses blancos, de la huella de los inmigrantes en la cultura dominicana, de la resistencia a las intervenciones extranjeras, del 30 de mayo y de sus héroes en el recorrido trágico por las calles de Gazcue, de los estudiantes asesinados en la calle Espaillat, de la gesta constitucionalista y de Francisco Alberto Caamaño en la Torre del Homenaje devolviéndole al pueblo el poder que el pueblo le había otorgado, de las luchas populares y del sentimiento de pertenencia de sus habitantes.
Ciudad hecha a imagen y semejanza nuestra: Santo Domingo no es sólo la ciudad real y la ciudad histórica. Existe también esa ciudad invisible – tan bellamente descrita por Italo Calvino – a la que, para verla, no basta con tener los ojos abiertos. Ciudad como los sueños, construida “de deseos y de temores, aunque el hilo de su discurrir sea secreto, sus normas absurdas, sus perspectivas engañosas” (3) Es la ciudad que imaginamos, la que recorremos
con los ojos cerrados y el corazón abierto en busca de desentrañar sus más recónditos secretos; ciudad interior, ciudad verbal recreada por sus escritores: viajeros, novelistas, poeta, y en la que se revela el espíritu de la ciudad. Lo dijo el indispensable PedroComo dijera Henríquez Ureña:
“ Cada ciudad tiene su espíritu, decimos siempre; cada ciudad tiene su aire. “su sello propio”. Pero hay más: el espíritu de la ciudad está en el paisaje que la rodea, y en el trazo de sus calles, y en sus edificios, y en sus jardines, y en las costumbres de su gente; y va aún más lejos: está en la pintura y en la literatura que produce, en la música que canta y toca. Así, de cada ciudad española pudiera hacerse una antología, demostrando la unidad de carácter en el paisaje, en la arquitectura, en la poesía.” (4)
Esta es la ciudad que caminaremos esta tarde, en un recorrido tras su poética particular que de ninguna manera pretendemos exhaustivo ni abarcador, a la manera que propone el ensayista dominicano, pero que al menos nos conducirá por sus calles y registros más significativos.
Nuestro punto de partida es el momento en el que la ciudad hace su entrada a la poesía dominicana como espacio discursivo del proyecto de modernidad; cuando los nuevos modos del pensar-vivir y los metarrelatos de civilización y progreso generan una tensión entre la concepción rural y la emergente realidad urbana, entre el presente y el pasado. Esta es la contradicción que por diferentes caminos anima la imagen de la ciudad en José Joaquín Pérez, Salomé Ureña de Henríquez y Gastón Fernando Deligne.
Como romántico que fue, José Joaquín Pérez se acerca a la ciudad desde las cumbres del sentimiento patriótico, con una mirada de exaltación de lo nacional y de la naturaleza como prolongación de la subjetividad. En el poema “La vuelta al hogar”- escrito en 1874, a su regreso al país después de seis años de exilio en Venezuela, el sujeto poético es el desterrado que regresa jubiloso a la patria idealizada, al lugar paradisíaco de los orígenes, y ante la visión del “dulce Ozama” deja atrás “lejanos climas y humilde historia” para reafirmar su identidad: “!todo cuanto su ser le diera!”. La nostalgia y la idealización del pasado, que veremos más adelante en Salomé Ureña de Henríquez, no refieren en Pérez a las glorias perdidas de la ciudad, sino a la infancia, a la vida personal y emotiva del poeta. El reencuentro alborozado con el lar nativo disuelve “El antagonismo entre lo íntimo (el yo) y lo ajeno (los otros)”, constante en los inicios de la poesía urbana, según Dionisio Cañas.(5)
José Joaquín Pérez y Salomé Ureña de Henríquez fundan la imagen de la ciudad desde una visión nostálgica del pasado, por lo demás recurrente hasta los primeros años del siglo XX. En el conocido poema “Ruinas”, escrito en 1876, Salomé recupera la ciudad ilustre de la Colonia, centro de conocimiento y de cultura en América durante los primeros cincuenta años del dominio español, oponiéndola al presente –realidad siempre estigmatizada, rechazada en su especificidad histórica de barbarie y de ignorancia por la élite dominante del país, que hizo suya la dicotomía ”civilización contra barbarie” puesta en circulación en toda América Latina por el Facundo (1837) de Domingo Antonio Sarmiento:
Memorias venerandas de otros días,
soberbios monumentos,
del pasado esplendor reliquias frías,
donde el arte vertió sus fantasías,
donde el alma expresó sus pensamientos
En la antinomia ciudad real – ciudad utópica, que habrá de caracterizar una buena parte de nuestra poesía, Salomé retoma el mito de la “Atenas del Nuevo Mundo” y profetiza el triunfo del progreso y la civilización, acorde con el positivismo hostosiano asumido por la poetisa en el discurso poético y en su proyecto pedagógico. Esta es también la estrategia de José Joaquín Pérez en el poema “Ciudad Nueva”, cuando celebra el nacimiento del barrio extra-muro como un signo del progreso, clarinada que despertará al “Campo inculto” y que le hace exclamar: “¡Oh, ciudad de los sueños de la idea / creación de los delirios del progreso”.
La recuperación de la ciudad del pasado la encontramos también en Víctor Garrido, en el poema “Pax”, a las Ruinas de San Francisco; en la “Estampa Colonial” de Ligio Vizardi, y en “Never More”, de Enrique Henríquez, que dice:
Por las interminables avenidas,
en busca de pretéritos mesones,
veo plazas desiertas,
luces emustiecidas,
graníticos balcones,
ventanas ojivales
y monásticas puertas
que, vistas a través de sus cristales,.
fingen estar de par en par abiertas.
Pero ya en Henríquez advertimos una sensibilidad diferente a la de sus predecesores, en tanto el hombre que busca por avenidas interminables esos “pretéritos mesones” es un sujeto interiorizado, que monologa en la noche, frente “de una casa vetusta que es la mía” y no encuentra respuesta a sus preguntas existenciales. Antes, percibe la ciudad como un espacio engañoso, separado de sí mismo. Como vemos, muy pronto, el optimismo progresista de Salomé y de José Joaquín Pérez entra en conflicto con la complejidad de la sensibilidad moderna, a lo que se agrega la lógica perturbadora de la realidad política y social, con sus ciclos de violencia y la invencible pobreza. Así, en el poema “Incendio” (1883), de Gastón Fernando Deligne, no encontramos la imagen idílica de la ciudad de José Joaquín Pérez y Salomé sino la irrupción del caos y la destrucción, simbolizados en el incendio que atestigua la presencia del mal en ciudad. Una ciudad dormida, nos dice, “bajo los limpios reflejos/ de una luna sin mancilla/ en un nacarado cielo”, pero en la que “Todo, hasta el aire, es marasmo,/ todo, hasta la luz, es sueño;/ todo, hasta el duelo, es quimera:/ ¡sólo el mal està despierto!”. Visión terrible, aunque el poeta, asustado ante la figuración apocalíptica de sus versos, termine aclarando la transitoriedad del mal, ya “que el bien es el solo eterno”. En el poema de Deligne, afortunadamente recuperado por Manuel Rueda en su antología Dos siglos de literatura dominicana (6) vislumbramos algunos elementos que encontraremos mucho más tarde en la que podríamos llamar lectura maldita de la ciudad.
En el ensayo “Santo Domingo en la literatura” Andrés L. Mateo señala, con acierto, que “El río Ozama es el primer personaje literario de la ciudad de Santo Domingo” (7). Y ciertamente, como él demuestra, desde José Joaquín Pérez hasta José Mármol, pasando por
Domingo Moreno Jimenes y Abelardo Vicioso, el Ozama ha sido metáfora, símbolo y sobre-significante de la relación ciudad -historia. A lo que yo agregaría, en diálogo con que el excelente ensayo de Mateo, que el barrio es el segundo personaje literario de la ciudad, espacio emblemático y significante de la modernidad y la expansión urbana. Y es que la ciudad, que permaneció amurallada por más de 400 años, desde los últimos años de la dictadura de Ulises Hereaux se multiplica en barrios que son un hervidero de vivencias y significados disímiles: Ciudad Nueva, San Carlos, Gazcue, Villa Francisca. Entrado el siglo XX, los poetas vuelcan la mirada hacia estos barrios extra-muros, populares y heterogéneos, que libres del peso de la herencia colonial se convierten en cantera feraz para la ficción literaria. San Carlos ha sido uno de los temas de esta poesía. En 1903 Enrique Henríquez registra el incendio de la Villa en el poema “Miserere”, pero es Vigil Díaz en el poema “Rapsodia”, quien con gesto vanguardista y referencias clásicas y multiculturales, reelabora el barrio como lugar donde converge el universo, especie del Aleph que descubriera el personaje de Borges en el sótano de la casa de Beatriz Viterbo, en la calle Garay, donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe. Utilizando el procedimiento de enumeración totalizante que después sería tan característico en Borges, el poeta nos dice que en los árboles de la villa blanca de San Carlos ha sentido
las arengas de Matatías, el guerrero bíblico
las quejas de Leopardi
las lágrimas de Kosciusco;
los siete sellos de Emerson y las crueldades de Marte;
Árboles de la villa blanca de San Carlos;
en la armonía pitagórica de la alta noche,
he sentido los festines de Nínive y Babilonia;
he visto los estercoleros de Job y los círculos candentes de Dante;
a Mercurio u Shylock pesando oro;
a Moloch y Nemrod bebiendo sangre:
a Ariel y el Marqués de Lafayette estribando el pegaso alado…
No puedo evitar la tentación de señalar el estupendo poema de Vigil Díaz como prefiguración de ese momento cenital en la mitificación del barrio que encontramos en la novela Materia Prima, de Marcio Veloz Maggiolo, cuando Papiro expresa la certidumbre radical que impulsa la magnífica saga de Villa Francisca del escritor dominicano: “Mi querido Papiro, como ves, la historia del mundo es la de Villa Francisca. Todo el pasado de la humanidad se entremezcla con el pasado de nuestro barrio” (8).
Décadas después, San Carlos reaparece como barrio emblemático de nuestra ciudad textual en Lupo Hernández Rueda, uno de los poetas dominicanos que más ha trabajado el tema citadino: en algunos textos de sus primeros libros, en Santo Domingo Vertical (1962), en La ciudad y el amor, escrita en conjunto con Marcio Veloz Maggiolo, Tony Raful y Tomás Castro; y en el poemario Con el pecho alumbrado, de 1998. En este último, el poeta regresa
al barrio para reconstruir la historia de esa comunidad y la de la ciudad, buscando en la memoria asideros que le salven de la angustia de la muerte. Pero el barrio ha cambiado, sus casas y sus parques han sido derribados por el empellón indetenible del progreso, y con ellos, han sido destruidos formas de relación y valores esenciales al ser humano. Si Marcio Veloz Maggiolo es el arqueólogo y el cronista de la vida y la muerte de Villa Francisca y sus habitantes, Lupo Hernández Rueda recupera en la figuración poética la memoria de un San Carlos perdido para siempre, y lo hace con tono elegíaco y desde esa nostalgia que hemos advertido como una de las características de la poesía urbana dominicana: “San Carlos no es San Carlos,/ es la urbe voraz,/ que desbordada,/destruye los ángeles del sueño, la techumbre que cobija la infancia.”
Podría parecer curiosa, cuando no inexplicable, la escasa presencia de la ciudad en la poesía dominicana durante el período de las vanguardias literarias, que se inicia en toda América Latina con el trasfondo de los grandes cambios en la década de 1910-1920: Revolución mexicana, revolución rusa y Primera Guerra Mundial. El sonido de las locomotoras, del teléfono y los aeroplanos en los futuristas, la angustia de Vallejo, el Buenos Aires mitificado Borges, y el cansancio del hombre nerudiano que deambula por la selva inhóspita de la ciudad en “Walking around” nacen de la conciencia de enajenación de la vida urbana, vivida sin la mediatización del tiempo ni de la nostalgia. Y es lo que no encontramos en Domingo Moreno Jimenes y los postumistas, ni en los primeros textos de la Poesía Sorprendida, ni en Tomás Hernández Franco ni en Incháustegui Cabral, que en su “Canto triste a la patria bien amada”, desde un auto veloz apenas avizora “dos o tres casi ciudades” y luego el paisaje movedizo y eminentemente rural. En el caso de Moreno Jimenes y los postumistas, la proclamada renovación temática frente al modernismo significó la vuelta hacia la tierra y el paisaje dominicanos, hacia el pueblo y la aldea donde buscaban las raíces de la dominicanidad. Personajes humildes, de gran intensidad humana como La Niña Pola y como “El haitiano”, o paisajes rurales como el de la “Campiña poblada” y “Atardecer campestre” expresan una implícita toma de posición con respecto a la modernidad, en su identificación con las cosas más humildes y en su conciencia social, pero no hay un espíritu urbano ni una lectura de la ciudad en los textos postumistas. Y si hay un registro en Moreno Jimenes de lugares populares urbanos, como el mercado de Santiago, la intención no es reflejar la vida de la ciudad, sino fijar, a través de vegetales, frutos, y creencias populares ese color criollo al que se refirió el crítico Ramón Francisco en su análisis sobre el postumismo. En Moreno encontramos flores, pájaros, ríos, los nombres de pequeños pueblos y un trazado definido de la geografía nacional. Pero no encontraremos ni en él ni en los demás la tematización explícita de la ciudad.
Tampoco el “hombre universal” de la Poesía Sorprendida necesitó de los contextos para emprender su aventura creativa-espiritual. Antes, en su manifiesto rechazo a “lo circunstancial”, y en la asunción de la cultura universal y del mundo helénico como paradigma de su búsqueda de la trascendencia, establece una concepción de la poesía como abstracción y del hombre como un ser genérico, exiliado de la historia. Poesía de la crisis, sí, pero como explica Alberto Baeza Flores (9)por la “perdida del sentido verdadero del mundo a causa de la de la caída del hombre que le ha dado la espalda a Dios”. En la obra de Franklyn Mieses Burgos, por ejemplo, hay un despliegue barroco de la naturaleza tropical, elementos de la flora y la fauna, “principalmente marinas, abundosas, peculiarísimas”, señala Pedro René Contín Aybar, pero es un trópico íntimo – como el titulo de su antologado poema- “en el que ritmo y paisaje proceden de un particular estado de alma”
(10) en una especie de subjetividad romántica resucitada. Y hasta podemos encontrar en Franklyn esa espléndida reflexión de nuestro devenir histórico que es “Paisaje con un merengue al fondo”, pero es el campesino y no el hombre de la ciudad el sujeto referencial, y es en los campos de caña y en los conucos donde se baila, a ritmo de merengue, nuestro destino.
¿Hasta dónde la ausencia de la ciudad en los postumistas y en los sorprendidos implica la negación de la ciudad trujillista, significante y significado del régimen y coto cerrado de su discurso mitificador? ¿Hásta dónde era imposible obviar las coordenadas trazadas por la dictadur y hasta dónde esa ausencia expresa la ruptura del proceso de modernidad y la pérdida dramática de la naturaleza esencial de la ciudad como forma de vida y espacio desde el cual sus habitantes y escritores cuestionan el mundo y construyen sus utopías? De la ciudad trujillista sólo nos quedan, en unos cuantos poemas lastimosos (11), la imagen de una ciudad fantasma, sembrada por los símbolos del poder, como en el poema “El obelisco de Ciudad Trujillo” de Víctor Garrido, en el que el monumento trujillista vela, atemorizante y despiadado “el sueño secular de la Primada”
Bajo el dombo eternal de las esferas,
titán de piedra que la mar trasunta,
levanta al cielo su acerada punta
oteando la extensión de las riberas.
(…)
Y cuando herido por la muerte el día
el mundo se adormece en armonía
que fluye de la bóveda estrellada,
es el altivo y mudo centinela
que en el silencio de la noche vela
el sueño secular de la Primada.
No es sino en los años finales de la dictadura, y después, en la vorágine de los profundos cambios sociales y políticos que se producen en el país a raíz de la muerte del dictador, cuando los integrantes de la poesía sorprendida se descubren habitantes de la ciudad, ciudadanos, y nos dejan representaciones críticas de alto nivel formal, y visiones enriquecedoras de la cotidianidad, como la de Freddy Gatón Arce en el poemario “Estos días de tíbar” y “La mella, poema de denuncia social de gran fuerza descriptiva. Me detengo en dos ejemplos sobresalientes: “Ciudad de los escribas”, de Antonio Fernández Spencer, y “Santo Domingo es esto” de Manuel Rueda.
El poema de Spencer es la puesta en página del drama interior del hombre de la ciudad, un ser anònimo que se reconoce en su soledad y que atribuye al abandono de Dios el origen de sus desventuras y el fracaso de la humanidad. Para Spencer, en el desierto sin alma de la ciudad, quizás exista una posibilidad de salvación en el amor y en el reencuentro con lo sagrado.
Nadie me conoce cuando subo por la calda de los ríos
Ahora que el amor se quiebra sobre los almenares deslumbrantes,
No te siento acoger al hombre
O a las estrellas que ocultaron sus paso en la noche
Manuel Rueda es poeta de la provincia, de su tantas veces evocado Montecristi natal, y también poeta de la ciudad, de un Santo Domingo con el que establece una relación apasionada de pertenencia, articulada a su visión integradora del mundo y la poesía, en la que experiencias y situaciones concretas alimentan la reflexión y el pensamiento crítico. Santo Domingo es tema y escenario en una gran zona de la producción literaria de Rueda. En sus ensayos y cuentos, en sus obras de teatro y en su poesía, incluyendo una especie de guía sobre la ciudad, un texto al que no dio mucho valor pero que es testimonio de su profundo conocimiento sobre la historia y la arquitectura de Santo Domingo. La percepción literaria de la ciudad en Rueda, en contraposición a su imagen de la provincia podría ser el tema de un estudio amplio; por ahora bástenos con señalar la materialidad de sus imágenes y su avidez por asimilar la complejidad lacerante de la experiencia urbana, con su violencia y artificios, con esos juegos de máscaras en los que se revelan las duplicidades del ser y de la moral establecida.
Santo Domingo es esto: un millòn de habitantes que te miran
Un millòn de moribundos que se esfuerzan
Bajo el sol
Que hacen ruido y te miran
te gritan
te esquivan a sabiendas
te persiguen
te violan
te agarran la solapa
te sacuden los hombros
te interrogan
te besan
te preguntan
te comprimen
te arreglan la corbata
-te ha costado dos horas de labor frente al espejo ese nudo que ahora
te aplastan de un solo manotazo-
te metan la mano en los bolsillos
-no sabes qué te pasa-
te aconsejan. (9)
La década del 60 marca la gran eclosión de la ciudad en la poesía dominicana. La noche del 31 de mayo de 1961 la ciudad encarcelada, cerrada a cal y canto a los vientos del cambio y de las ideologías en circulación, abre de par en par sus muros y sus ventanas, y un remolino desde las profundidades de la sociedad reprimida echó por tierra no sólo los símbolos de la Era, sino también los modos de relación social y la concepción del arte y la literatura. De repente, un mundo nuevo, el más nuevo y beligerante de todos se abre ante los ojos de los escritores dominicanos. Y en las maletas de los exiliados, y por el contacto con autores y países antes vedados, surgen en la literatura dominicana nuevas formas de expresión, nuevos temas y preocupaciones, entre ellos la ciudad, protagonista de la narrativa y la poesía europea y latinoamericana de esos años.
Pero más decisivo y definitorio fue el cambio de la ciudad misma. Las movilizaciones populares, el despertar político y el estallido de contradicciones subyacentes en el entramado económico-social cambiaron para siempre la vida de la ciudad, con fuerza tal que los escritores no pudieron más que sumergirse en la vorágine de los acontecimientos que se sucedían en las calles. La ciudad se convierte entonces en testigo, personaje, escenario, metáfora y símbolo de los nuevos tiempos, y con la argamasa de la historia comienza a construir sus mitos.
La revolución del 65 catapultó las contradicciones y también la gesta de la ciudad. La ciudad sitiada, en pie de guerra por la defensa de la dignidad nacional, la ciudad intramuros heroica y libertaria, territorio de la muerte transfigurada en el amor y en el encuentro con los otros, es la de Miguel Alfonseca en “El mar de abril”, la de Jacques Viau en “Canto sin tregua”, la de Luis Alfredo Torres en “Canción del pueblo”, y de Rafael Valera Benítez en “Cantata número cinco”. Es el “Santo Domingo vertical” de Abelardo Vicioso, y desde otra orilla, es la que interpreta Héctor Incháustegui Cabral en su Diario de la guerra – Los dioses ametrallados. Pero la ciudad mitificada de abril es también la ciudad derrotada de Máximo Avilés Blonda en “Cuadernos de la infancia”, y la ciudad del viento frío de René del Risco Bermúdez, el poeta-ícono que en su poesía y en su muerte en el malecón de Santo Domingo simboliza el desgarramiento de una generación que transitó desde el compromiso político a la frustración, de las cárceles trujillistas a la desesperanza de los bares y a la futilidad de las tertulias. Los poemas del Viento frío son estaciones agónicas del combatiente derrotado que regresa a la ciudad indiferente y a la alienación consumista, ésta última expresada en la proliferación de letreros, tiendas perfumes, corbatas, tecnologías:
Belicia, mi amiga
Tú y yo debemos comprender
Que estamos en el mundo nuevamente
(…)
Atrás quedaron humaredas y zapatos vacíos,
Y cabellos flotando tristemente…
Ya no son tan importantes los demás
Ni siquiera tú eres tan importante;
Podemos marcharnos, separarnos
Y nadie lo reprocharà por mucho tiempo
Ni siquiera tú, Belicia.
La utopía redentorista y las luchas por la ciudad de la justicia atraviesan la poesía de la post-guerra hasta bien entrados los años 70. La ciudad textual se ideologiza y las protesta y los reclamos de justicia y libertad se alzan en sus páginas frente a la pobreza y las profunda desigualdad que caracterizan a la sociedad dominicana. Esa rebelión contra la ciudad enemiga de los sueños, es la que anima el poema “Los techos” de Ramón Francisco y la poètica de Juan Sánchez Lamouth en su “·Romance al río Ozama”, tendencia social que dècadas antes había sido pulsada por Pedro Mir en su antologado “Poema del llanto trigueño”, (…….)
Es la calle del Conde asomada a las vidrieras,
aquí las camisas,
allá las camisas negras,
¡y dondequiera un sudor emocionante en mi tierra!
¡Què hermosa camisa blanca
Pero detrás:
la tragedia.
Más fructífera que esta lectura ideologizada de la ciudad, es la poesía que se escribe desde la negación y la rabia, desde esa “mirada (alegórica) del alienado” a la que se refiere Walter Benjamín cuando analiza la obra de Baudelaire. La ciudad vilipendiada en la desesperación del amor, oscuro objeto del deseo, es la que asoma, aunque todavía tímidamente, en el libro La ciudad y nosotros, de Rafael Añez Bergés, publicado en 1965, y que junto a El viento frío de René del Risco, es referencia obligada de la poesía citadina de post-guerra. “Sé que tanto tú como yo/ hemos odiado esta ciudad/ y que del odio ha nacido el amor inevitable/ hacia las cosas/ porque la ciudad es como una puta festiva/ que se vende.”
Pero la más singular y notable poesía de la ciudad en esta vertiente existencial y desgarrada, y a mi juicio una de las más perdurables, es la que produce Luis Alfredo Torres, que en 1974 publica el poemario La ciudad cerrada. Torres es el más atormentado de los poetas de la ciudad, el que expresa con mayor violencia las encrucijadas del hombre urbano. La ciudad es una maldición, pero el poeta se sumerge en ella, delirante de pasión y de un rechazo enamorado.
Recógeme en tu arcilla,
Ciudad perdida,
Ciudad infame,
Ciudad de los malvados;
Vengo de lejos, errante,
Cansado como tú, hostigado como tú,
Y lleno de hechizo que te envuelve.
Eres tú la que ama mi corazón
Y en tus inmundicias soy feliz,
En tus cuencos de sangre soy feliz,
En tus desvaríos y errores soy feliz,
Ciudad maldita
como arcos destruidos en la noche
ciudad tierra
como ojos de lesbiana
y llena de cintas y de lazos y fetiches.
La crítica corrosiva de Luis Alfredo Torres la reencontramos en la poesía de la ciudad de Jeannette Miller, en particular en los poemas “Los ángeles son propicios a las cuatro”, y “Jeannette”. En este último, la ruptura con las convenciones funciona desde la titulación del texto con el nombre de la poetisa, que al reafirmar con orgullo la naturaleza biográfica del poema, rechaza la doblez y la falta de autenticidad de la vida citadina. En el recorrido por calles y lugares de Santo Domingo – registro topográfico de calles y lugares identificables que encontraremos después en Enriquillo Sánchez y Martha Rivera – Jeannette reafirma su identidad de mujer contestataria en “este país de comemierdas” al que opone su aspiración de “un país sin modas,/ sin competencia,/ sin tener que temer por la comida, /sin que me utilizaran para el sexo, /sin creer que soy libre porque disputo a un pendejo su fama de poeta o de pintor. Como vemos, una ciudad y un país negados, pero en los que la poetisa dice que aspira a morir “debajo de una mata inmensa de anacahuita/ escribiendo mis versos.”
Tiene razón Andrés L. Mateo cuando señala que la “ciudad como espacio existencial que alberga contradicciones ínfinitas, se plasma en la literatura dominicana tardíamente”. Pero desde la década del 60-70, la poetas establecen una relación íntima, indisoluble con la ciudad, convirtiéndola no en sólo en tema y motivo literario sino también en estado de ánimo, en perspectiva determinante de su visión del mundo y de la literatura. Los poetas de las últimas jornadas no convocan la ciudad con la nostalgia del paraíso perdido. Tampoco prefiguran un futuro idealizado. Son todos o casi todos poetas urbanos, ciudadanos del presente que viven la ciudad y sencillamente la nombran, la describen en su complejidad inabarcable. Punto de convergencia de vivencias concretas y metafísicas en Tony Raful y su “Ritual onírico de la ciudad”, plural en José Enrique García, cuando dice “Hay una ciudad, su nombre no lo guardo, donde todos los caminos del mundo convergen. Allí los múltiples caminantes se encuentran y en las tabernas se intercambian las historias.” Como podemos intuir en la figuración, la historia como absoluto ha sido relegada por la multiplicidad enriquecedora de las microhistorias individuales.
Las últimas generaciones han potencializado la ciudad literaria privilegiando el lenguaje y el entrecruzamiento semántico de la realidad real y la realidad imaginada. Así, la ciudad de Alexis Gómez Rosa, sonora, lùdica, construida gozosamente con elementos del lenguaje y
la cultura popular, es una conceptualización crítica de la contemporaneidad, pero también es vivencia plena experiencias circunstanciales y nimias.
Oigo a diario aparatos respirar.
Salir de su cuerpos a la calles
bajo el tumulto de letreros carnívoros,
esgrimen su chinchín químico de miedo
Silencio diesel ahogado en la mecánica del aire.
Árbol de luz, factorías, autopistas, desdoblo
de metáfora
(Hábito plural)
Como Alexis, y más cercano a Luis Alfredo Torres y a Manuel Rueda en la tensión emocional, José Mármol piensa la ciudad en desgarradora contradicción, desde sus disyunciones y desde la más radical materialidad. Como ninguno en su generación, con poderío verbal y alucinada imaginería Mármol ausculta la ciudad, la violenta, la desnuda para hacer salir de sus entrañas los demonios, el mal que la consume pero que asume, reivindica esa criatura desamparada pero indócil que es el habitante de la ciudad. Es el mal de la ciudad – “boca de sarcoma” – la define, en las calles y en los barrios, y fluyendo por su río, el Ozama, que “suda leche de luna y baba” y “empieza a mostrar sus ahogados. Sus ángeles suicidas. Sus dioses imperfectos. Sus luases orinados. Sus vírgenes violadas por murciélagos y sapos.” La visión atormentada y perturbadora de la ciudad, en una especie de expresionismo baconiano, intensifica hasta la deformación los contornos de las cosas para que esta muestre su verdadera esencia.
La ciudad textual no se agota en estos registros Si Basilio Belliard fija en la palabra una imagen fotográfica, instantánea de la ciudad, la “Presencia del instante”, como la define en “La ciudad en prosa”, también Martha Rivera capta en el poema “No”, con recurso gráfico y lenguaje referencial, experiencias instantáneas que se despliegan como fragmentos en la página para delinear los nuevos rostros de la realidad urbana, en su relación intricada con la intimidad, con la cotidianidad personal, estrategia que también encontramos en Miguel D. Mena.
Hemos llegado al final de nuestro recorrido, ya largo, quizás demasiado largo, por nuestra ciudad literaria. Quedaría por reseñar la lectura de los más jóvenes de la ciudad esceptica e indiferenciada de la globalización. Poesía de la violencia, la nocturnidad y las drogas, en la que el sujeto lírico busca, sin encontrarlo, un espacio propio.
Santo Domingo es una y es muchas. Como dirá Italo Calvino, bajo un mismo nombre de ciudad, ciudades distintas se suceden y se superponen, pero hay un elemento de continuidad que la ciudad ha perpetuado, el que le da sentido y debe reencontrar. “Toda ciudad debe reencontrar a sus dioses”, concluye. Y dónde buscarlos sino en la poesía, dónde sino en las visiones de esa ciudad invisible que hemos construido a golpe de rabia y esperanza a lo largo de nuestro decurso trágico; dónde sino en esa ciudad del hombre para el hombre, reclamada una y otra vez, talismán en este presente cambiante y fragmentado, cementerio de ideales que ya nadie recuerda.
(1) 2, Yolanda Izquierdo recoge diversas interpretaciones de la ciudad como texto: “La ciudad es un texto, “form as a receptacle of meaning,” un objeto estético generado por condiciones económicas, sociales y culturales, susceptible de lectura: en él se manifiestan formas y estructuras mentales y sociales.” Acoso y ocaso de una ciudad. La habana de Alejo Carpentier y Guillermo Cabrera Infante, San Juan, Puerto Rico, Ed. Isla Negra, 2002 ,pág.19
(2) Andrés L. Mateo: Mito y cultura en la era de Trujillo, Santo Domingo, 1993; y Santo Domingo, elogio y memoria de la ciudad, Codetel, Santo Domingo, 1998.
(3) Italo Calvino: “Los dioses de la ciudad” en Punto y aparte, Barcelona, Tusquets, España, y Las ciudades invisibles, Madrid, Ediciones Siruela, 2002
(4) Pedro Henríquez Ureña: “La antología de la ciudad”, en Obra crìtica, Mexico, Fondo de Cultura Económica, 1981, pag. 200
(5) Dionisio Caña: El poeta y la ciudad,
(6) Manuel Rueda: Dos siglos de Literatura Dominicana, Poesía (1) Santo Domingo, Editora Corripio Col.Sesquicentenario de la Independencia Nacional., 1996
(7) En Santo Domingo, elogio y memoria de la ciudad, Santo Domingo, Codetel, 1998
(8)Marcio Veloz Maggiolo, Materia Prima, Santo Domingo, pag. 119
(9) Alberto Baeza Flores:
(10) En Dos siglos de literatura dominicana, pag. 46
(11) Andrés L. Mateo recoge poema de Héctor Incháustegui Cabral, de Juan Bautista Lamarche y de …..en ob.cit. pags.

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