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La biblioteca del psicoanalista y su escritorio Gabriel Meraz A./ Envidia La envidia en los hombres muestra cuán desdichados se sienten, y su constante atención a lo que hacen o dejan de hacer los demás, muestra cuánto se aburren. EL ESTADIO DEL ESPEJO noviembre 8, 2010

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La biblioteca del psicoanalista y su escritorio

Gabriel Meraz A.

Gabriel Meraz Arriola practica el psicoanálisis en la ciudad de México, publica artículos en

libros y revistas y participa en actividades relacionadas con la transmisión del psicoanálisis

. Es miembro de la École Lacanienne de Psychanalyse.


El próximo 17 de noviembre de 2010, se presentará públicamente el sitio web de e-diciones de la École lacanienne de psychanalyse.
El sitio propondrá descargas gratuitas de libros digitales, documentos multimedia y fuentes textuales, pero sobre todo versiones
críticas, históricas y documentales en castellano de los seminarios de Lacan.Cuando Lacan visitó México en 1966, vio el mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, de Diego Rivera, y luego

lo comentó en París durante su seminario El objeto del psicoanálisis. Este mural se encontraba en el Hotel Del Prado, que quedó
irreversiblemente dañado por el temblor de 1985; hoy día se encuentra en el Museo Mural Diego Rivera, junto a la Alameda.
Como corresponde a un sueño, la censura lo afectó: tras su inauguración, la frase “Dios no existe” fue borrada por un grupo
de choque católico y luego Rivera la sustituyó por una metonimia.La presentación del sitio de e-diciones tendrá lugar ahí y será el motivo de una jornada de trabajo, cuya temática será:

 Presentación del sitio de e-diciones de la École lacanienne de psychanalyse.

 Lectura digital y Copyleft en su modalidad Creative Commons.

 Situación de la publicación de los seminarios de Jacques Lacan, en particular en castellano, y específicamente del seminario R.S.I.

 Análisis del comentario que hizo Lacan del mural, en la sesión del 23 de marzo de 1966 en El objeto del psicoanálisis.

La cita es a las 6 pm, para realizar a las 6:15 una visita guiada al mural. A continuación tendrá lugar la jornada de trabajo.

Al finalizar habrá mezcal y vino, brindis al que usted está cordialmente invitad@.La entrada es libre, el cupo está limitado a 70 personas.

La jornada de trabajo será transmitida en vivo por internet a través del sitio http://www.ustream.tv

Comité editorial de e-diciones de la École lacanienne de psychanalyse:

Mélanie Berthaud

Publicado por Gabriel Meraz en 00:45 2 comentarios Etiquetas: , , , ,
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Además de divertido, el siguiente video es ilustrativo de la entrada de un niño al estadio del espejo.
Freud, como se sabe, planteó en sus escritos que el yo no existe desde el nacimiento; para formarse, decía, requiere de una “nueva operación psíquica
” del sujeto, cuya naturaleza no precisó. Fue Jacques Lacan quien resolvió el asunto al plantear el estadio del espejo, su primera aportación original al saber psicoanalítico.
Apoyado en estudios de psicólogos como Wallon o Bühler, además de en la etología y la embriología de Bolk, por ejemplo, decía Lacan que dado el carácter neoténico
del “cachorro humano”(*), éste anticipa en la identificación con su imagen especular una unidad virtual inexistente para él en el ámbito propioceptivo.
La discordancia entre la vivencia real del cuerpo (corps morcelé) y su imagen (invertida, no se olvide) en el espejo introduce al infans en un ámbito de ficción,
pero también en un desconocimiento básico. De ahora en más va a reconocerse justo ahí, donde no está.
La asunción jubilatoria (signo de la libidinización de la imago corporal), los movimientos lúdicos de reconocimiento y la búsqueda de la mirada confirmativa
del Otro (que aquí brilla por su ausencia y hay que ir a llamar) son evidentes en el video, en la fascinación del niño que por primera vez se identifica con su reflejo.
¿Habrá leido el niño a Lacan? Lo dudo. Más bien parece que el estadio del espejo, a veces, funciona tal y como Lacan lo describió.
Pobre niño, se ve tan feliz. Ignora que -alienado en el espacio especular- quedará cautivo desde ahora en las redes de lo imaginario, preso de una multitud de
identificaciones secundarias en cuya dialéctica los celos, la rivalidad, la envidia y la agresividad narcisistas nunca más le serán ajenos. Incluso de adulto
-con suerte y en el mejor de los casos- al rasurarse cada mañana frente al espejo será gobernado por la ilusión que éste le devuelve bajo la consigna del inapelable
“tú eres eso”. Oculto, para sí mismo y sus semejantes, tras esa máscara que es el yo (Valéry, Pessoa, etc.) mantendrá una relación de desconocimiento con el mundo humano (Lacan).
Ay, Lacan, el origen del yo…Ciertamente el hombre, como escribió Umberto Eco, es un “animal catóptico”. Que lo disfruten, pues.

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Karl Marx, precursor del estadio del espejo

¿Marx precursor del estadio del espejo? ¿Marx Marx, el mismísimo autor de “El Capital”?
Sí sí; al menos así lo admitía Lacan (lo que no ocurría siempre, digamos de paso, en lo que toca a sus precursores). Hacia el final de la lección del 27 de noviembre de 1957,
del seminario Las formaciones del inconsciente, Lacan incitaba a sus alumnos a leer “El Capital,” en especial ese “prodigioso primer libro”, les decía, donde, entre otras cosas
(más importantes, como la naturaleza esencialmente metonímica del lenguaje opuesta a la dimensión del sentido, del valor, decía también) anotaba que, en una nota a pie de página,
Marx revelaba ser un “precursor del estadio del espejo”. Aquí la sorprendente nota:
“Al hombre le ocurre en cierto modo lo mismo que a las mercancías. Como no viene al mundo provisto de un espejo ni proclamando filosóficamente, como Fichte: “yo soy yo”,
sólo se refleja, de primera intención, en un semejante. Para referirse a sí mismo como hombre, el hombre Pedro tiene que empezar refiriéndose al hombre Pablo como a su igual.
Y al hacerlo así, el tal Pablo es para él, con pelos y señales, en su corporeidad paulina, la forma o manifestación que reviste el género hombre”.(De: Karl Marx, EL CAPITAL)

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Jacques Lacan, un psicoanalista, de Erik Porge

No soy amigo de los libros que se ofrecen como introducción a la obra de Lacan. En primer lugar, porque no creo que Lacan construyera una “obra” (palabra que designa,
según el diccionario, un edificio incompleto, “en obra”, o un producto artístico, literario o de pensamiento completo, acabado y cerrado, lo que en ningún caso aplica,
me parece, a lo que hizo Lacan) sino más bien una enseñanza. Y no es que piense en Lacan como un pedagogo o un maestro espiritual, si bien su seminario, como se recordará,
abre con una alusión al acto del maestro Zen. En segundo lugar, no soy amigo de esa clase de libros porque desde que decidí acometer la imposible tarea de leer
a Lacan no hacían más que confundirme más. Algunos por hallarlos más alambicados y plenos de hermetismo que los textos lacanianos (el de Joel Dor, por ejemplo,
o el de Mikkel Borch-Jacobsen, de quien luego leí artículos buenísimos, de antes de que cambiase de bando, claro, si bien ya algo demasiado coquetos con la filosofía)
y otros porque, en su aparente sencillez y su espíritu didáctico, me resultaban sospechosos de engaño, esquematismo y reduccionismo (como el de Jean-Baptiste Fages,
cuyo enojoso título “Para comprender a Lacan” (Comprendre Lacan) anuncia en portada el timo de su contenido. Como si Lacan, más allá de definirse como
“un traumatizado del malentendido”, hubiera pretendido ser comprendido;  ¡mon Dieu!)
Pero un día encontré un libro del que podía decir vaya, he aquí una estupenda introducción a la lectura de Lacan. No sé si es porque, cuando lo leí, ya llevaba yo
varios años dándome de topes -comme il faut- con los textos de Lacan; pero tuve la sensación de que alguien entraba ahí a las cosas de un modo en que la claridad no
escamoteaba la complejidad y - lo más importante- donde el rigor del abordaje teórico no estaba desprovisto del sentido clínico que caracterizó la enseñanza de Lacan.
Es decir que alguien ahí rizaba el rizo convenientemente y a su estilo, como lo hizo el mismo Lacan de manera inigualable. Por eso, siempre que alguien me pregunta
al respecto (y ya sé que aquí nadie lo hace, pero hice este blog para algo) no dudo en decir que quien quiera leer una buena introducción a las elaboraciones
conceptuales de Lacan se remita a Jacques Lacan, un psicoanalista, este libro de Erik Porge.Sólo le falta, en mi opinión, haber dado más lugar a la topología. Habrá que conformarse aquí también, ni modo, con aproximarse a un consabido no-todo.

O mejor: habrá que seguir haciéndose nudos… Habrá que seguir cortando superficies hasta hacerlas rizos de papel…

Y por favor (aprovecho la entrada para decirlo de una vez), ¡que nadie empiece por los libros de Žižek!

E. Porge, Jacques Lacan, un psicoanalista, Síntesis, Barcelona, 2001, 352 pp.

Publicado por Gabriel Meraz en 09:33 5 comentarios Etiquetas: , ,
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28/01/2010

J. D. Salinger (1919-2010)

El día de ayer, a la edad de 91 años, murió el escritor Jerome David Salinger. Murió, según parece, de la causa que deseó como destino a unos primerizos
cuentos suyos, robados y publicados clandestinamente en 1974: “Los escribí hace un tiempo ya, y no tenía ninguna intención de publicarlos. Quisiera
que murieran de muerte natural“, declaró en relación a ellos, en una de las rarísimas entrevistas que concedió en su vida. Después del gran éxito de su novela
“El guardián entre el centeno” (The Catcher in the Rye), Salinger decidió apartarse de la vida pública en 1951, rehuía de la celebridad, evitaba a toda costa ser entrevistado y
retratado (una de sus últimas fotografías lo muestra a punto de golpear al fotógrafo, o bien, a punto de hacerle una seña obscena) y, si decía escribir mucho -para sí mismo
y por puro placer- publicaba más bien poco, casi nada. “Considero bastante subversivo el hecho de que el sentimiento de anonimato-oscuridad es la segunda propiedad de
más valor que un escritor pueda tener en sus años de trabajo”, llegó a escribir. Ignoro si especificó cuál sería la primera, lo cierto es que todo ello no hizo sino rodear sus
libros de un halo de misterio que contribuyó a afincar su fama de escritor secreto, de autor de culto (en tiempos en los que -a diferencia de ahora- no todo era objeto de culto).
Dado el perfil que tienen los protagonistas de sus historias: jóvenes viviendo “al límite”, de la sociedad y sus márgenes, del mundo adulto y la infancia, de la cordura y
la locura, su obra no escapó a la tri(s)tura-ción de las  fauces del “psicoanálisis aplicado” (los curiosos, echen un ojo aquí, los morbosos aquí). Más interesante es señalar,
por ejemplo, que  “El guardián entre el centeno” no dejó indiferente a una lectora como Anna Freud, y que la presencia del psicoanálisis
(o lo que él entendía por eso) dejó una huella no desdeñable, incluso una impronta importante (como el propio J. D. Salinger lo dejó en claro) en las
obras de este escritor norteamericano. De su novela Franny & Zooey copio la siguiente cita:
-No sé -dijo [Zooey]-. Me parece que debe de haber un psicoanalista escondido en alguna parte que podría ayudar a Franny…, lo pensé anoche -hizo una ligera mueca-.
Pero yo no conozco a ninguno. Para que un psicoanalista le sirviera de algo a Franny, tendría que ser un tipo muy especial. No sé. Tendría que creer que si tuvo
la inspiración de estudiar psicoanálisis fue por la gracia de Dios. Tendría que creer que si no le atropelló un maldito camión antes de que obtuviera su licencia
para ejercer, fue por la gracia de Dios. Tendría que creer que si posee la inteligencia natural que le permite ayudar en algo a sus malditos pacientes es por la gracia de Dios.
No conozco a ningún buen analista que piense nada parecido. Pero ése es el único tipo de psicoanalista que podría servirle a Franny. Si da con alguien terriblemente freudiano,
o terriblemente ecléctico, o sólo terriblemente mediocre, alguien que ni siquiera sienta una absurda y misteriosa gratitud por poseer intuición e inteligencia…,
saldrá del análisis en peor estado que Seymour. Me preocupa horrores pensar en eso…

R.I.P.J.D.S.

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Pantallas y pantallas (ciberespacio, arte y psicoanálisis)

Alejandro Varela

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autores@psyche-navegante.com

Cuando en agosto de 1994, Monika Liston -ejecutiva de una empresa informática- y Hugh Jo celebraron su “ciberboda” en San Francisco, se produjo una de las experiencias más publicitadas de la realidad virtual compartida.

Se argumentó que con este procedimiento los novios podían elegir, sin salir de su ciudad, casarse en la Basílica de San Pedro de Roma o en una isla tropical representada virtualmente en su ciberespacio a través de sus cascos y monitores.

La ciberboda de San Francisco costó cerca de 100.000 dólares, pero además tuvo sus servidumbres: el novio y la novia debieron mantenerse separados más de tres metros y medio para no interferirse y además hubo que recurrir al beso

y al anillo virtual. Tal vez sea en estas experiencias de universo virtual de convivencia en que se trata de combatir el aislamiento robinsónico del operador de realidad virtual, donde se verifica nuestro malestar en la cultura. Aunque la realidad

virtual se nos aparezca como tan novedosa y llamativa, en realidad no hace más que culminar un prolongado desarrollo histórico de la imagen-escena tradicional, acompañada por la vieja aspiración del ser humano de duplicar la realidad, que tantas implicaciones mágicas ha tenido.

Cuando Rodin finalizó su estatua universalmente conocida como El pensador la bautizó El poeta, demostrándose lo certero del diagnóstico de Paul Valéry que sentenciaba que una imagen es a veces “mucho más que la cosa de la cual ella es la imagen”:

a la estatua de Rodin se la conoce universalmente como El pensador.

El mundo de la imagen, tanto si se la considera como doble ostensivo, como simulacro, como invitación realista, como símbolo intelectual, como laberinto, desde una tradición hermética cultivada por el simbolismo del arte paleocristiano, o como

imagen-escena en la cultura de masas, no diciendo lo que muestra o acrecentándolo, constituye un universo ligado al placer estético y a un acto definitivamente humano.

Plinio el viejo, en su Historia natural, relata la famosa anécdota acerca de los pájaros que iban a picotear las uvas cortadas por Zeuxis, engañados por su perfección mimética, y la del posterior desquite de Parrhasios contra Zeuxis,

al ofrecerle un cuadro oculto a una cortina: cuando Zeuxis fue a retirarla, descubrió que estaba pintada.

La fábula de las uvas prosigue con el reproche de que los pájaros no fueron ahuyentados por la imagen pintada del niño que las transportaba, lo que delataría su fracaso mimético ; esto lleva a Lessing en su Lacoonte a afirmar que la pintura “nos agrada engañándonos”.

La ambigüedad esencial de la imagen es consustancial al arte y fundamento del apetito de ver inherente a la pulsión escópica. Es a través de la función del señuelo, del trampantojo, etc., desde donde Lacan construirá sus conceptos alrededor del tema de la mirada.

Freud declara que el objetivo primero y más cercano de la prueba de realidad no es encontrar en la percepción real un objeto que corresponda a lo que el sujeto se representa en ese momento, sino volver a encontrarlo.

Este objeto estará allí, comenta Lacan, cuando todas las condiciones estén cumplidas. Obviamente, es claro que lo que se trata de encontrar no puede ser encontrado. El objeto está perdido como tal por naturaleza; nunca será vuelto a encontrar: es “La Cosa”.

El mundo freudiano, es decir el de nuestra experiencia psicoanalítica, entraña que ese objeto, “Das Ding”, en tanto que Otro absoluto del sujeto, es lo que se trata de volver a encontrar. Esta experiencia es inaugural en el campo freudiano

y caracteriza al sujeto, al objeto y a su deseo. Este objeto no ha sido nunca perdido, aunque se trate de reencontrarlo.

Este objeto tampoco ha sido dicho, se desliza entre las palabras y las cosas, en la ilusión que cree que las palabras corresponden a las cosas, ilusión desmentida sin cesar por el malentendido y que sin embargo renace siempre.

La cosa se situará pues entre lo real y el significante.

Dice Lacan: “esta cosa estará siempre representada por un vacío, precisamente en tanto que ella no puede ser representada por otra cosa –o con más exactitud, ella sólo puede ser representada por otra cosa”. Esa representación

por otra cosa es lo que hace que estemos del lado del arte: el arte es organización en torno al vacío, donde la religión lo evita y lo respeta, y la ciencia lo forcluye.

Partir del vacío o de “La Cosa”, nos preguntamos con Françoise Regnault: ¿qué autoridad le da al psicoanálisis para hablar del arte?

Freud, en el análisis de Leonardo, sostuvo que el psicoanálisis no llegaría al fondo del misterio de las obras de arte, sin embargo creía que puede penetrar un poco en los procesos de creación y mucho en la psicología del artista.

Por el contrario, Lacan afirma “que el psicoanálisis sólo se aplica en el sentido propio como tratamiento y por lo tanto a un sujeto que habla y oye”. A propósito de un texto de Marguerite Duras aclara: “un psicoanalista sólo tiene derecho a

sacar una ventaja de su posición, aunque ésta por tanto le sea reconocida como tal: la de recordar con Freud que en su materia el artista siempre le lleva la delantera, y que no tiene por qué hacer de psicólogo donde el artista le desbroza el camino…”.

No aplicará el psicoanálisis al arte ni al artista, sino que aplicará el arte al psicoanálisis, pensando que el artista precede al psicólogo, su arte permite avanzar a la teoría psicoanalítica.

Lacan está en la posición cortés del homenaje, del sentimiento de admiración a Becket, a Shakespeare, a Claudel, a Genet, a Sófocles, a Racine etc. “Si el arte organiza la obra en torno al agujero, procediendo mediante la represión, podemos

concebir que el psicoanálisis aplicado, según Freud, intenta hacer sobresalir un entorno de lo reprimido en la obra o en el artista: eso es lo que intentó con respecto a Leonardo Da Vinci,

del que es preciso estudiar sus mecanismos de sublimación para descubrir en el fondo, detrás de la sonrisa enigmática de la Gioconda, no sólo una clave de los recuerdos de la infancia que relata, sino también algo de la homosexualidad masculina,

de la perversión, del sadomasoquismo, de la oralidad, etc. En ese caso todo lo que constituye un rasgo singular del artista puede devenir a su vez desarrollo teórico de un concepto analítico, permitiendo hacer virar los resultados de

un psicoanálisis aplicado en términos de psicoanálisis teórico”. “No parece que haya en Lacan el propósito de percibir lo que el artista o la obra reprimen sino más bien, que la obra y el artista interpretados hacen percibir lo que la teoría

desconocía. El teórico del análisis recibe de la obra de arte su mensaje en forma invertida”. Vemos cómo, entonces, el arte no se contenta con adornar, con ilustrar, realmente organiza. Podríamos señalar a los Embajadores de Holbein

con la anamorfosis del cráneo, enseñando qué son el falo y la mirada; a la Antígona de Sófocles revelando qué es el “entre-dos” muertes; a Hamlet lo que concierne al falo, a Claudel lo concerniente al deseo, etc.

Me voy a detener en cómo la teoría de los conceptos fundamentales del psicoanálisis, especialmente el de la pulsión, no puede prescindir de saber qué es un cuadro y su relación con el fantasma, en el mismo sentido en que la ética del

psicoanálisis no puede prescindir de lo trágico. En el Seminario El acto analítico Lacan afirma que “cuando el analista se interroga en un caso, cuando hace en ello la anamnesis, cuando la prepara, cuando comienza a aproximarla y una

vez que entra allí con el análisis que él busca en el caso, en la historia del sujeto, de la misma manera que Velázquez está en el cuadro de Las Meninas, él, el analista, estaba ya en tal momento y en tal punto de la historia del sujeto”.

Alrededor de esta idea, en lo tocante al cuadro y su relación con el cuadro clínico avanzaré en un momento. Recuerdo que el complemento de esta frase es otra donde Lacan diferencia este posicionamiento del analista a la manera de Velázquez,

de cualquier enfoque psiquiátrico. Hagamos una elipsis: es en Los 4 conceptos… y luego en el Seminario El objeto del psicoanálisis, al hablar de Las Meninas, donde Lacan va a desarrollar esto, destacando fundamentalmente la función de la mancha y la pantalla.

La mirada es previa, primitivamente me constituyó, soy mirando y por consiguiente soy cuadro. Lo que determina el campo de lo visible es la mirada que está por fuera, pero el sujeto no está completamente captado en la captura imaginaria,

está la mediación de la pantalla entre la mirada por fuera y el cuadro que constituye el sujeto.

El cuadro, la pintura, va a jugar esta función de pantalla. El cuadro, la pintura, tiene un rol apaciguador y a la vez que da a ver, oculta. Es por lo tanto mirada, una trampa a la mirada en relación con la captura imaginaria y, más especialmente,

a la voracidad del ojo que mira, el ‘malde ojo’, la envidia que contiene el verbo videre: ver.

Como en el mimetismo, el sujeto aísla la función de la pantalla y juega. Sabe jugar con la máscara como siendo aquello con lo que ‘más allá de’ está la mirada y la pantalla es el lugar de esa mediación. Se mira porque esa mirada más allá es de alguna manera original.

A partir de que Lacan introduce la mirada como objeto a, la realidad de la imagen debe su efecto a la falla de representación, al vacío de ese objeto que no se proyecta, que no es especularizable; por el contrario,

es la falta de especularización lo que hace existir la imagen del otro como tal, como imagen.

Como subraya Porge, la mirada se sustituye a la Gestalt de la imagen, y hace entrar a ésta en la dialéctica del sujeto y la subjetivación de la pulsión, es decir el fantasma. Por este hecho, la mirada adquiere entre los objetos a un lugar privilegiado.

En relación a la sobredeterminación para el sujeto por parte de ese objeto a no especularizable, Lacan llama la atención acerca de la función de la ventana o más precisamente del marco, indispensable para la constitución del fantasma.

Para introducir la función del fantasma, alude al cuadro de Magritte La condición humana como algo que se pinta en la tela para ocultar la visión que ofrece la ventana y que hace soportable y posible esa condición humana.

La función de la tela en el cuadro -que Lacan designa como la función de la pantalla- es inherente a la estructura del fantasma, pues éste no existe sin ese ‘yo me veo en el fantasma’. Ese ‘yo me veo’ que se dibuja en la pantalla

tapa lo que puedo ver detrás de ella. ¿Qué hay detrás de la pantalla? La ventana se abre al deseo del Otro, ella misma es hiancia de ese deseo, allí donde el sujeto encuentra su lugar de causa, su lugar como objeto que encaja en el marco.

En el Seminario Los 4 conceptos… , hablará del deseo del analista como pura diferencia. El deseo del analista es definido allí como puro intervalo, como pura ventana, como pura marca que hiende S1 y S2. A lo largo de un análisis,

el analista alojará, en ese campo del Otro donde la estructura le sitúa, esa forma de la falta que es el a, hasta que en su caída quede al descubierto la hiancia en el Otro que el espejismo del sujeto-supuesto-saber encubría.

Caída del a, pero si algo cae es porque debía estar; en el Seminario El acto… , Lacan habla del sujeto-supuesto-saber del lado de la visión, como un verlo todo, y de la posición del analista del lado de la mirada. Esto nos pone de lleno en lo que quiero

exponer alrededor de esa frase enigmática que anunciaba al principio: “el analista en la historia del sujeto como Velázquez en las Meninas”. Lo enfatizable en este cuadro es su carácter lúdico: originalmente este cuadro no tenía marco; desde cierta posición invita a entrar al espectador.

El cuadro se anula en su plano estrictamente visual y parece que nos tragara. Se produce una ilusión entre los límites del cuadro y los del espacio real que aparece desrealizado, desobjetivado. Un estudioso español llamado Campo y

Frances comenta cómo, lejos de ser el espejo del fondo del cuadro un espejo que reflejase a un espectador ideal, no era más que el resultado de un artilugio inventado por Velázquez para que la Infanta se divirtiera, donde lo importante

es el cuadro dado vuelta que cumple así su función de pantalla. Lacan subraya la importancia de esta pantalla organizando el espacio y equipara al espejo con la pantalla de TV, señalando su función de objeto y

no de espejo del espectador ideal. El espejo tiene un valor altamente simbólico: no es un Otro sino a título vacío, reflejo de reflejo de un cuadro.

El otro aspecto lúdico, la continuidad entre el cuadro y el mundo real habla de una sutura entre el suelo físico y la línea de la tierra. Llama la atención el hecho de que el cuadro no es una ventana como en el Renacimiento clásico,

sino una puerta que se abre, donde las figuras -dice- no representan nada, sino que están en representación: como naturaleza muerta, muerta como naturaleza, son un cuadro vivo que nos invita a entrar.

Lacan enfatiza al cuadro dado vuelta como lo que presentifica algo del deseo de Velázquez, si no, no aparecería ; además señala que fascina porque proyecta un espacio que como tal nos atrapa y lo ubica muy claramente entre

el plano de visión y el del cuadro. Es en esa distancia donde quedamos atrapados y donde se proyecta la ilusión de continuidad del espacio en el cuadro.

A la pregunta de qué quiso hacer Velázquez no tenemos respuesta, puesto que no se trata de un análisis; lo que importa es que hay un deseo de ver, ver ahí del lado de ese cuadro y ese querer ver es lo que anuda la representación

para que todos los personajes devengan en representación. “El psicoanalista no se centra en la luz, sino en un fenómeno de pantalla”.

La pantalla oculta y revela lo real, no la realidad, y por lo tanto es imprescindible entender la trama, la tela de esa pantalla, y allí es donde podemos remitirnos no sólo al recuerdo-pantalla de Freud, sino al fantasma. Se podría plantear

la diferencia entre la psiquiatría que toma metafóricamente al cuadro clínico donde el mirar es todo ver, y esta función de la pantalla, soportada por el analista que por ello entra en el cuadro y no metafóricamente, donde

el cuadro ya no es solamente superficie de proyección del enfermo. No es ni el cuadro de un enfermo ni un analista solamente como superficie de proyección de la historia del paciente sino más bien la proyección que realiza el analista,

haciendo pantalla a la realidad del enfermo, para que éste, encontrando la universalidad de algo estructural, de esa función de la pantalla, pueda acceder a una singularidad de su decir.

No me voy a detener en las diferencias técnicas y psicológicas que pudieran deducirse de la comparación entre la imagen analógica clásica o la infográfica computarizada; simplemente voy a decir que si se examina a la luz de

la evolución de las artes plásticas, la realidad virtual culmina el ideal ilusionista de la perspectiva geométrica introducida en el Renacimiento y, como aquélla, se asienta también en una vocación cientificista que añade a la matemática,

la geometría y la óptica renacentista, la aportación decisiva de la microelectrónica y de la informática. Pero en la medida en que sus imágenes son infográficas, incorpora también en su proyecto la herencia del puntillismo cromático

de Seurat. No obstante, aunque la realidad virtual culmina el ilusionismo espacial de la perspectiva geométrica del Renacimiento, y la integra a su proyecto visual, suprime en cambio una de las convenciones centrales del racionalismo

de aquella cultura pictórica, a saber, la del encuadre delimitador de la imagen, al igual que Las Meninas de Velázquez.

Cuando Lacan cifraba el porvenir del psicoanálisis en relación a lo que se hiciera con los “gadgets” de la ciencia, tales como ese aparatito de TV, me parece que era un precursor: desde un Otro vacío que no reflejara a un espectador

ideal y su reemplazo por la pantalla de TV, a la realidad virtual, hay un proceso de acrecentamiento de la hipnosis colectiva, ya que ésta no se verifica como en el campo freudiano por el ideal de Psicología de las masas… ,

sino por ese punto de real que el consumo constante asegura.

El problema de la videoética, de la red, es la conexión continua: “prohibido desligaros en la vida social activa, interactiva, informática. También en vuestro lecho de muerte, prohibición de arrancar los tubos.

El escándalo está en la desobediencia a la red: prohibido permanecer desconectado” (Baudrillard).

Creo que el control actual ya no se verifica por la alineación en el Otro, sino por el control que el propio sujeto tiene sobre el mundo externo. El interfaz video sustituye toda presencia, toda palabra, todo contacto, solamente

a favor de una comunicación pantalla, cerebro-visual, acentuando por tanto la involución en un microuniverso dotado de todas las informaciones, del cual ya no hay ninguna necesidad de salir. Nicho carcelario con sus paredes video.

Podríamos hacer equivaler esto con la realización del fantasma, frente a lo cual el psicoanálisis propone la escansión de un tiempo de comprender para su decantación. Marguerite Yourcenar nos cuenta sobre ese pintor chino que tuvo

que zambullirse en su propio cuadro para evitar la pena capital, pero también de su dolor por no seguir pintando.

BIBLIOGRAFÍA

Baudrillard, D.: “Videoesfera y sujeto fractal”, en Videoculturas de fin de siglo. Editorial Cátedra.

Freud, S.: “Un recuerdo infantil de Leonardo Da Vinci”, en Obras Completas. Editorial Amorrortu.

Gubern, R.: Del bisonte a la realidad virtual. Editorial Anagrama.

Lacan, J.:

Seminario 7: La ética del Psicoanálisis. Editorial Paidós.

Seminario 10: La Angustia. Inédito.

Seminario 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Barral editores.

Seminario 13: El objeto del psicoanálisis. Inédito.

Seminario 15: El acto psicoanalítico. Inédito.

Porge, E.: Clínica del psicoanalista. Editorial El Mono de Tinta

Rabinovich, D.: Curso: “Historicidad y Subjetividad”. Inédito.

Regnault, F.: El arte según Lacan. Editorial Atuel.

EL VIENTO DE LAS PALABRAS
(Obra Poética)
LA ANIMACIÓN DE LO VIVIENTE (Conferencias sobre autismo)
RODOLFO IUORNO
wpe1C.jpg (8386 bytes)
Psicoanalista y escritor. Coordinador del Htal. De día del Hospital Alvear, desde 1983 a 1994.Director del Centro de investigaciones sobre autismo, psicosis infantil y estructura familiar de la Fundación Stilos,al momento de las conferencias que se presentan en éste texto. Esta publicación es la primera de una serie de trabajos (textos, ensayos, clases, conferencias) que acompañaron como producción a ms de veinte años de ininterrumpida práctica hospitalaria, clínica y docente, desarrollada por parte del autor.Para información o compra de ejemplares: e-mail iuorno@usa.net
Correo: L.N. de Iuorno. Sanchez de Bustamante 1765 , 3° B. Cap.(1425 ) Bs.As. Argentina.

EDITORIAL CATÄLOGOS

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Psicoanálisis en el envejecimiento, el morir y la muerte

Publicado en la revista nº024

Autor: Gil, Guillermo


Roy Baty          – He visto cosas que vosotros, las personas, no creeríais.
Atacar naves en llamas más allá de Orión.
He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhauser.
Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.
Es tiempo de morir.
Rick Deckard – No sé porqué me salvó la vida.
Quizá, en esos últimos momentos, amaba la vida más de lo que la había amado nunca, no sólo su vida, la vida de todos, mi vida.
Todo lo que él quería eran las mismas respuestas que todos buscamos: de dónde vengo, adónde voy, cuánto tiempo me queda.
Todo lo que yo podía hacer era sentarme allí, y verle morir.
Blade Runner. Ridley Scott (1982)
Reseña: Is It Too Late?: Key Papers on Psychoanalysis and ageing [¿Es demasiado tarde?: Artículos clave sobre psicoanálisis y envejecimiento] Autor: Gabriele Junkers (Ed.). London, Karnac, 2006, 159 pp.

Contenido y objetivo del libro
El libro editado por Junkers reúne una selección de artículos psicoanalíticos relacionados con el envejecimiento, el morir y la muerte, publicados en el Internacional Journal of Psicoanálisis (IJP) desde su constitución en 1920 hasta hoy. La selección de los artículos, a pesar de que inevitablemente es limitada, es amplia –al recopilar diez de los veinte artículos publicados sobre estos temas en el IJP– y trata múltiples temas que son de interés en el área del psicoanálisis con pacientes mayores.
La idea que subyace a esta recopilación es la de mostrar que el psicoanálisis ha promovido, y promueve, la mejora de la comprensión del proceso de envejecimiento. Asimismo, Junkers se propone hacer conscientes a los analistas del hecho de que existe un grupo de personas, las que están en la etapa de la vejez, que son potenciales clientes del análisis.
Para lograr este objetivo, tanto el prefacio como los artículos recopilados, exponen y analizan diversos temas de especial interés para el psicoanálisis con personas mayores. Entre las cuestiones que se tratan se encuentran: la posibilidad de la aplicabilidad del psicoanálisis a las personas mayores; las características –tanto de la normalidad psicológica como de la psicopatología– de la etapa de la vejez; los procesos psicológicos propios que conlleva el envejecimiento; las modificaciones de la técnica; y las cuestiones específicas de transferencia y contratransferencia en el tratamiento de los pacientes mayores.
En cuanto a la aplicabilidad del análisis a los pacientes mayores, comenta Junkers en el prefacio del libro que no es la primera vez que en la historia de la psicoterapia se ha juzgado inicialmente como difícil e incluso imposible el tratamiento de un determinado grupo de pacientes, aunque –después de desarrollos ulteriores de la teoría y de la técnica– tal juicio se ha revocado posteriormente, siendo éste también el caso del tratamiento de los pacientes mayores.
Junkers señala que el envejecimiento es un fenómeno relativamente nuevo en la historia de la humanidad. En los últimos decenios ha aparecido un periodo de vida más amplio en el que se hace énfasis en la calidad de la integridad somática y psíquica de las personas. Mantiene Junkers la posición de que es tarea del psicoanálisis contribuir a una mayor comprensión del bienestar psíquico en esta fase de la vida a la vez que, a nivel individual, el análisis estimula un mayor conocimiento y un reconocimiento de la vida vivida hasta el momento actual, manteniendo de ese modo el equilibrio psíquico durante tanto tiempo como sea posible.
Una noción que subyace al conjunto del libro es la concepción de que cada etapa de la vida tiene su propia normalidad somática y psíquica, así como su propia patología. Durante el desarrollo de la vida, las personas se encuentran con múltiples cambios psíquicos, sociales y biológicos, que suponen atravesar épocas de transición. En tales etapas de transición es necesario desarrollar una gran variedad de estrategias de adaptación para enfrentarse con éxito a las nuevas condiciones internas y del medio externo. A menudo, estas transiciones están asociadas a desequilibrios graves del equilibrio psíquico interno. En tales encrucijadas muchas veces se hace ineludible para las personas mayores reconocer el dolor psíquico que se ha hecho manifiesto en un momento determinado, aunque siempre haya estado presente de manera latente. En ese momento, indica Junkers, puede ser necesaria la ayuda externa del análisis para alentar el proceso de duelo y ayudar a transitarlo con éxito.
En cuanto a la eficacia del tratamiento psicoanalítico con pacientes en la etapa de la vejez, Junkers menciona que se han publicado muchos informes clínicos con el objetivo de mostrar que el trabajo psicoanalítico con analizandos mayores puede ser útil, aunque diversos autores han planteado la cuestión de si es necesaria una modificación de la técnica estándar para el tratamiento de los pacientes mayores. Señala también que es notorio que el cuestionamiento sobre qué requisitos especiales puede implicar el tratamiento de las personas mayores está estrechamente asociado a la orientación teórica del analista. Los analistas próximos a la teoría kleiniana se centran en el proceso de toma de consciencia gradual de la muerte y de la finitud de la vida, proceso que requiere volver a reelaborar de nuevo la posición depresiva, mientras que desde otros enfoques se enfatiza la necesidad de llevar a cabo un proceso de reconstrucción personal.
Junkers hace hincapié en que una cuestión importante para el estudio de la utilización del psicoanálisis con pacientes mayores es la de las características particulares de la transferencia y de la contratransferencia en el análisis de tales pacientes, cuestión que se examina en varios de los trabajos recopilados a lo largo del libro. Ejemplos de esta casuística se producen en los casos –bastante probables– en los que los analistas que trabajan con los analizandos mayores son más jóvenes que ellos, situaciones en las que la situación transferencial puede trasponerse de tal modo que los analistas se estén confrontando inconscientemente con sus propias figuras parentales. En tales casos, existe el peligro oculto de que los analistas que son más jóvenes que los pacientes mayores quieran agradarles, lo que implica que puede resultarles difícil mantener la necesaria neutralidad requerida por el análisis.
El primer artículo que inicia la recopilación es el titulado La muerte y la crisis de la madurez, por Elliot Jaques, publicado en 1965. En él se trata de mostrar que lo esencial para hacer frente con éxito a la crisis de la media edad y el logro de un desarrollo adulto maduro es el reconocimiento, y la situación en el punto central de atención de las personas, de dos características fundamentales de la vida humana: la inevitabilidad de la propia muerte y la existencia de odio e impulsos destructivos dentro de cada persona. Al tenerse en cuenta estas realidades –es decir, tanto la muerte como el instinto de destrucción– la cualidad y el contenido de la existencia psíquica cambia hacia lo trágico, lo reflexivo y lo filosófico.
Desde una perspectiva de desarrollo a lo largo del ciclo de la vida, según la cual en el transcurso del desarrollo de los individuos hay fases críticas que se caracterizan por ser periodos de transición rápida, Elliot Jaques se centra en el momento en el que las personas comienzan a reflexionar sobre el propio proceso vital, en concreto en la crisis vital que se suele producir alrededor de los 35 años –o crisis de la media edad–, y que puede durar varios años. En el artículo, se describen las características psicológicas del periodo de transición entre la juventud y la madurez, es decir, del momento en el que ya no es posible vivir en función del futuro basándose en una continua permanencia de la esperanza y de su renovación en el tiempo.
Para Jaques los problemas de la crisis de la media edad se producen cuando “hay que renunciar a la idealización y a la omnipotencia de la juventud” y cuando ya no se puede enfrentar con defensas maníacas y con negación “la inevitabilidad final de la muerte y la existencia interna del odio y de los impulsos destructivos”, por lo que la madurez adulta solamente puede lograrse haciendo frente a la muerte y a la presencia de los impulsos destructivos.
Para demostrar su tesis Jaques organiza su escrito en cuatro partes. En primer lugar, analiza la crisis de la media edad en el caso de algunas personas consideradas como genios, como ejemplos de un proceso común que es aplicable a la generalidad de las personas, describiendo cómo –alrededor de la media edad– se producen cambios tanto en el modo de trabajar como en la calidad y el contenido de la existencia creativa. En segundo lugar, examina los temas de la consciencia de la muerte personal, el significado inconsciente de la muerte, así como el de la evasión de la consciencia de la muerte. En tercer lugar, expone las consecuencias de la elaboración de la posición depresiva y, por último, describe las características de la existencia creativa madura.
Jaques mantiene que la crisis de la media edad es una reacción que se manifiesta en todas las personas cuando han dejado de crecer y han empezado a envejecer, cuando su infancia y juventud ya han pasado y es necesario hacer su duelo. En consecuencia, la característica central de la fase de la media edad es el hecho de la entrada en la escena psicológica, y de la consiguiente toma de consciencia, de la realidad de la muerte final personal y de su inevitabilidad. El modo en que se reacciona en la etapa de la media edad al encuentro con la realidad de la propia muerte –bien se afronte o bien se niegue– está influenciada por el significado inconsciente que se atribuye a la muerte y que depende de la relación infantil inconsciente con la muerte.
La aceptación por parte de las personas de las realidades de la pérdida de la juventud, de la muerte de los padres, de que ya no queda nadie entre ellas y la tumba, de que se han convertido en la última barrera entre sus hijos y la muerte, requiere desapego así como la capacidad inconsciente de mantener el objeto interno bueno y de conseguir tener una actitud resignada ante los propios defectos, así como ante las imperfecciones del objeto bueno interno.
En la madurez temprana, la contemplación, el desapego y la resignación no constituyen componentes esenciales del placer, la diversión y el éxito. La actividad maníaca y la protección de la depresión pueden llevar a un éxito y a un placer limitados, a la vez que la disociación y la proyección encuentran su expresión en patrones perfectamente normales de apoyo apasionado a causas idealizadas y de equivalente oposición apasionada a lo que puede considerarse malo o reaccionario.
Al establecerse la consciencia de la llegada de la última mitad de la vida se suelen despertar ansiedades depresivas inconscientes por lo que es necesaria una nueva reelaboración de la posición depresiva infantil aunque a un nivel cualitativo diferente. Al igual que en la infancia, así como “las relaciones satisfactorias con las personas dependen de que el niño haya tenido éxito en la lucha contra el caos existente dentro de él mismo al establecer con seguridad sus objetos internos buenos”, en la etapa de la media edad el ajuste satisfactorio a la consideración consciente de la propia muerte depende del mismo proceso. De otro modo, se iguala la muerte con el caos depresivo, la confusión y la persecución, al igual que en la infancia.
Cuando el equilibrio que prevalece entre el amor y el odio tiende más hacia el lado del odio hay un excedente de destructividad en alguna o en todas sus formas –autodestrucción, envidia, omnipotencia grandiosa, crueldad, narcisismo o avaricia– y, consecuentemente, el mundo se percibe también con estas cualidades persecutorias. El amor y el odio están escindidos; la destrucción ya no está mitigada por la ternura. No hay protección, o hay poca, de las fantasías inconscientes catastróficas de aniquilación de los propios objetos buenos y la reparación y la sublimación, que son los procesos que subyacen a la creatividad, están inhibidos y fracasan.
Para Jaques, si no se supera este estado mental, el odio y la muerte se niegan y rechazan, y son reemplazados por fantasías inconscientes de omnipotencia, inmortalidad mágica y misticismo religioso, que son los equivalentes de las fantasías infantiles de indestructibilidad y de protección bajo alguna figura idealizada y generosa.
En tales casos, la crisis de la media edad y el encuentro del adulto con la aproximación de la muerte personal se vivirán probablemente como un periodo de alteración psicológica y ruptura depresiva. Puede eludirse la consciencia de la muerte mediante el reforzamiento de las defensas maníacas, aunque con una acumulación de la ansiedad persecutoria que será necesario afrontar cuando la inevitabilidad del envejecimiento y de la muerte final exija su reconocimiento. Los intentos compulsivos, en la media edad, para mantenerse joven, la preocupación hipocondríaca sobre la salud y la apariencia, el vacío y la falta de disfrute genuino de la vida, la preocupación religiosa, son patrones de conducta habituales de esta carrera contra el tiempo.
En contraste con lo anterior, Jaques plantea que el resultado exitoso del trabajo creativo maduro se fundamenta en la resignación constructiva frente a las imperfecciones de las personas y frente a los defectos del propio trabajo. Las personas tienen que ajustarse al hecho de que no serán capaces de lograr durante la duración de una única vida todo lo que hubiesen deseado ya que solamente pueden lograr una cantidad limitada y muchas cosas quedarán inacabadas o sin llegar a realizarse. La visión de la finitud de la vida está acompañada de una mayor solidez y robustez de su visión de la vida que incorpora una nueva cualidad de resignación terrenal.
Cuando el equilibrio que prevalece entre el amor y el odio tiende hacia el lado del amor, el odio puede mitigarse por el amor y el encuentro en la media edad con la muerte y el odio toma un carácter diferente. Se reviven las memorias inconscientes profundas de odio, que no se niegan pero que se mitigan por el amor; los recuerdos de muerte y destrucción son mitigados por la reparación y por el deseo de vivir; los recuerdos de las cosas buenas heridas y dañadas por el odio son revividos de nuevo y curados por el dolor; la envidia es mitigada por la admiración y por la gratitud; la confianza y la esperanza se reestablecen gracias a una profunda sensación interna de que el tormento del dolor y la pérdida, de la culpa y la persecución pueden soportarse y superarse.
Según Jaques, gracias a la reelaboración de la posición depresiva es posible afrontar la llegada de la tragedia de la muerte personal con la sensación de dolor y pena apropiada, y sin una sensación abrumadora de persecución. Al reelaborarse inconscientemente la posición depresiva vuelve a lograrse la sensación primitiva de unicidad –de la bondad de cada persona y de sus objetos–, de una bondad suficiente aunque no idealizada de modo que no está sujeta a una perfección vacía.
La reelaboración de la experiencia infantil de pérdida y dolor produce un aumento de la confianza en la propia capacidad para amar y para hacer el duelo de lo que se ha perdido y de lo que ya es pasado, así como de la propia muerte personal, en vez de odiarlo y sentirse perseguido por ello. Puede empezar el duelo por el yo muerto, junto con el duelo y el restablecimiento de los objetos perdidos y la infancia y juventud perdidas. Se produce asimismo un fortalecimiento adicional de la capacidad para aceptar y tolerar el conflicto y la ambivalencia. Y ya no es necesario sentir que el propio trabajo es perfecto y, aunque puede elaborarse y reelaborarse, se acepta con sus defectos y con sus límites sin ser necesarios los intentos obsesivos de perfección, porque la imperfección inevitable ya no se percibe como un fracaso perseguidor. Esta resignación madura va acompañada de serenidad verdadera que trasciende la imperfección al aceptarla.
Para Jaques, tal elaboración es posible si el objeto primario está suficientemente bien establecido y no está ni excesivamente idealizado ni devaluado. En tales circunstancias hay un mínimo de dependencia infantil del objeto bueno y un desapego que permite que se establezca la confianza y la esperanza, la seguridad en la preservación y desarrollo del ego, la capacidad para tolerar los propios defectos y la propia destructividad y junto con todo ello, la posibilidad de disfrute de la vida de adulto maduro y de la vejez.
Comienza entonces la preparación para la fase final de la prueba de realidad del fin de la vida. Se es consciente de que ya han acabado los comienzos de nuevas cosas y de que debe acabarse lo que ya se empezó, así como de la próxima frustración futura. La aceptación consciente e inconsciente de la inevitable frustración en la gran escala de la vida como un todo, junto con el proceso de volver al pasado, elaborarlo conscientemente en el presente y entretejerlo con el futuro concreto limitado, logrando su consonancia, son elementos importantes de la existencia creativa madura.
Concluye Jaques, en consecuencia, que la última parte de la vida puede vivirse con conocimiento consciente de la muerte final y con aceptación de ese conocimiento como una parte del vivir.
El segundo artículo recopilado, Sobre la soledad y el proceso de envejecimiento de 1982 (por Norman A. Cohen), se centra en el examen del grupo concreto de pacientes narcisistas que buscan ayuda cuando son mayores, dado que la naturaleza de los desórdenes narcisistas les lleva a buscar ayuda, tras fracasar sus intentos de autocuración, en la media edad y con posterioridad a ella. Son personas que han construido un equilibrio precario alrededor de un yo omnipotente e idealizado. Estos pacientes se aproximan al tratamiento con una sensación de urgencia, así como de fracaso, vergüenza y humillación. Además, sus expectativas sobre el análisis son problemáticas debido a su concepción de que el tratamiento debe circunscribirse al ámbito del alivio del malestar psíquico sin plantearse la necesidad de un profundo cambio interno, ya que entienden el posible cambio como el reestablecimiento de su organización narcisista previa en vez de como un proceso de crecimiento psíquico.
Cohen parte de la idea de que los cambios en la comprensión y en la técnica psicoanalítica han hecho posible la exploración clínica de los desórdenes narcisistas graves, así como de las organizaciones defensivas que se utilizan como medios para afrontar dolor psicológico.
El análisis de los desórdenes narcisistas graves muestra la existencia de un exceso de envidia y de sentimientos destructivos, así como la utilización de mecanismos de defensa primitivos tales como la disociación, la proyección, la negación y la omnipotencia. Estas formas de organización defensiva están asociadas con la incapacidad para hacer el duelo y para reconocer la dependencia, la separación y la muerte, capacidades que son básicas para la adaptación con éxito al envejecimiento.
Cohen relaciona estrechamente la capacidad de la persona para tolerar las fuerzas destructivas con la capacidad de estar solo y, a su vez, considera la capacidad para sobrellevar la soledad y los sentimientos de dependencia como un prerrequisito importante para el envejecimiento exitoso. De modo acorde, define la soledad como el estado mental interno doloroso –a veces producido estando en compañía de otras personas– que es el resultado del fracaso del desarrollo de la capacidad de estar solo, es decir, de ser incapaz de comunicarse internamente con parte de sí mismo o con los propios objetos.
Entiende Cohen que la capacidad de estar solo depende de la existencia de un objeto bueno en la realidad psíquica del individuo e implica una integración suficiente del individuo que permita la consciencia de la dependencia así como la confianza en los objetos que se perciben como separados de uno mismo. Las raíces de tal logro están en la elaboración de la posición depresiva infantil cuando, a través del impulso del niño hacia la integración de los instintos de vida y de muerte, y de la capacidad para percibir a su madre como una persona completa, hay una creciente consciencia de su dependencia. El miedo de perder a su madre, de quien es totalmente dependiente, estimula el impulso hacia la restauración del objeto tanto interna como externamente, y es la base para la elaboración con éxito del proceso de duelo. Si no se logra tal estado de maduración, debido a los factores que interfieren con el impulso hacia la integración –tales como las ansiedades persecutorias excesivas–, entonces resulta afectado el desarrollo futuro en las diferentes etapas de la vida de un individuo. Por ello, para la valoración de hasta qué punto puede ofrecerse ayuda a los pacientes mayores y de media edad es esencial tener una comprensión detallada de su desarrollo previo y de la interacción entre sus ansiedades depresivas y paranoides.
Tras examinar la habilidad para tolerar la envidia y la rivalidad así como la dependencia, señala Cohen que en el envejecimiento es importante mantener la capacidad para reconocer y solicitar ayuda del entorno –lo que muy a menudo se ha vuelto una necesidad y supone reconocer la propia sensación de dependencia–.
Concluye Cohen que el proceso de envejecimiento centra la atención de los individuos en la muerte y les fuerza a un reconsideración de las actitudes hacia ella. Si predominan las ansiedades paranoides y esquizoides entonces las personas viven la muerte de un modo extremadamente persecutorio. No obstante, el tratamiento psicoanalítico puede facilitar la elaboración de las ansiedades paranoides y depresivas a lo largo de la vida, incluso en pacientes gravemente traumatizados, y puede contribuir a mitigar –hasta cierto punto– la envidia y la rivalidad excesiva, que suelen ser unos dolorosos acompañantes de la vejez, así como permitir la satisfacción vicaria de los logros de otras personas, tanto jóvenes como viejas.
Por último, se presenta en el artículo el análisis de un paciente en la década de los cincuenta años para ilustrar el fundamento teórico anterior, defendiendo que el desarrollo del conocimiento en el psicoanálisis siempre ha estado basado en las experiencias de los tratamientos individuales.
Los dos siguientes trabajos que presenta el libro consisten en reflexiones provocadas por el artículo de Cohen y publicados en el mismo número del International Journal of Psychology que éste. En el primero de ellos, Comentarios sobre el artículo del Dr. Norman A. Cohen “Sobre la soledad y el proceso de envejecimiento” (por Wolfgang Loch) se intenta mostrar que el tema de la muerte se extiende más allá del ámbito del desempeño psicoanalítico habitual debido a que no permite el dominio de la posición depresiva por reparación. Aunque, por otro lado, la asunción de la concepción de la inmortalidad de la muerte permite una vida en la realidad gracias a la identificación proyectiva. Asimismo, a lo largo del artículo, Loch reanaliza el caso clínico presentado por Cohen, y comenta tres casos de pacientes en la década de los cuarenta años.
Trata, en primer lugar, de la importante cuestión de si el tratamiento psicoanalítico es aplicable a los pacientes en la crisis de la media edad y de hasta qué punto éste difiere del tratamiento estándar.
Mantiene Loch que, al ser la muerte una no-cosa –al no ser un evento de la vida– no tiene existencia como un objeto propio de la vida por lo que frustra y anula toda intencionalidad que es la esencia de la vida psíquica, por lo que trasciende en sí misma el ámbito analítico normal y, en consecuencia, no es posible aplicar el psicoanálisis. La muerte –que es la prueba ineludible de que todo está condenado a ser destruido y subordinado al invencible poder de la aniquilación que todo lo invade– cancela todas las perspectivas de lograr más placer lo que es un objetivo indispensable para los procesos básicos de formación del yo.
Llevada a su último extremo, la confrontación con la muerte fuerza por un lado a abandonar la fantasía de un objeto inmortal –equivalente al pecho bueno, el objeto primario que es el fundamento de la constancia del objeto– y, por otro lado, obliga a abandonar la fantasía de un objeto ideal. Ambos objetos internos son necesarios para el funcionamiento de la vida psíquica, al dar fe el objeto inmortal de la continuidad con el pasado y con los orígenes; y al proporcionar el objeto ideal la capacidad de proyectarse en el futuro, lo que es un prerrequisito del proceso continuo de la vida psíquica. Al renunciarse a estos objetos internos, la posición depresiva –y su síntoma, la soledad– asume en la media edad una perspectiva diferente a la que ha tenido en fases anteriores de la vida al estar en el centro de atención la idea de terminación del tiempo y eliminarse cualquier perspectiva de futuro.
Para Loch, cuando la consciencia de la noción de muerte elimina el pasado y el futuro la superación de los problemas de la soledad y de la posición depresiva requieren un enfoque que es diferente al que se sigue normalmente en el trabajo psicoanalítico, debido a que la confrontación con las fuerzas de la muerte obliga a comprender que ya no es posible la reparación –el mecanismo básico que es necesario para la resolución de la posición depresiva–.
En contraste con esta posición poco alentadora en cuanto a la posibilidad de eficacia del tratamiento psicoanalítico en el contexto de la consciencia de la muerte, Loch examina una posibilidad alternativa en la que el enfoque del tratamiento residiría, por un lado, en el reconocimiento de la inmortalidad de la muerte, –el hecho de que las criaturas y los objetos finitos son destruidos por el infinito, por el permanente impulso de muerte– y, por otro lado, en la renuncia al narcisismo solipsista, materializando la posibilidad de que el yo viva en adelante, por identificación proyectiva, en un alter ego.
Loch resalta que no pretende sugerir que tales pensamientos y consideraciones formen parte de las interpretaciones verbales de los psicoanalistas, sino que constituyan el fundamento de sus intervenciones, aunque no de forma explícita, sino mediante su revelación implícita. En consecuencia, mantiene que la diferencia con el tratamiento psicoanalítico estándar residiría en la utilización de esta perspectiva conceptual derivada de la preponderancia en el análisis del tema de la muerte.
Dada la relevancia que otorga Loch a la renuncia al narcisismo solipsista, hace hincapié en la importancia que adquiere la capacidad para afrontar los problemas narcisistas relacionados con esta etapa de desarrollo –tales como la dependencia– y que siguen sirviendo a un propósito defensivo.
Expone Loch cómo las fantasías que se refieren al tema de la muerte son, en sí mismas, estructuras defensivas, inventadas y construidas para disfrazar y disimular la muerte, lo indescriptible, lo desconocido. Trascender las fantasías puede empobrecer al paciente –al tener que despedirse y liberarse de las ilusiones y los síntomas que le han causado constante ansiedad, infelicidad y desesperanza, pero que, al mismo tiempo, han servido como único medio para convencerle de su propia realidad, para vivir en el mundo, para preservar la propia identidad, para poseer una existencia distintiva– aunque se vuelve más sabio. Después de la eliminación de las fantasías la persona depende en adelante exclusivamente de la realidad.
Concluye Loch que, quizás, el resultado del trabajo analítico, y de la elaboración de la posición depresiva, consista en el logro de la serenidad ante la muerte.
El segundo comentario al trabajo de Cohen incluido en la recopilación es el trabajo Sobre el envejecimiento y la psicopatología: Análisis del artículo del Dr. Norman A. Cohen “Sobre la soledad y el proceso de envejecimiento” (por George H. Pollock) que se centra especialmente en la psicopatología de las personas mayores y examina con detalle la diversidad de maneras de envejecer, normales y patológicas, dado que lo que se considera “normalidad” en una etapa de la vida puede considerarse como patológico en otros momentos posteriores de la vida. Defiende Pollock que el “duelo-liberación” es un componente del envejecimiento normal que consiste en un proceso universal de transformación que permite la adaptación al cambio, a la pérdida, a la transición y al desequilibrio.
Comienza su artículo señalando que, si el proceso de “duelo-liberación” no se cursa con éxito, las personas mayores afectadas pueden ser tratadas por el psicoanálisis, aunque no siempre se haya reconocido que el proceso analítico puede ser exitoso con esta población. Considera Pollock que el conocimiento psicoanalítico puede ayudar a comprender lo que está pasando internamente, incluso aunque no se pueda intervenir con un tratamiento psicológico tan profundo como con pacientes más jóvenes, así como que una tarea del psicoanálisis consiste en distinguir entre las manifestaciones del proceso de envejecimiento normal y las alteraciones características de las diferentes patologías que se producen durante este periodo del transcurso vital.
Para Pollock, el objetivo fundamental del tratamiento psicoanalítico es poner a disposición de cada individuo todas las partes de uno mismo que sea posible al servicio de las experiencias vitales creativas y satisfactorias, tanto presentes como futuras. El psicoanálisis permite que un individuo esté en contacto con las partes de sí mismo que han sido olvidadas, desatendidas o apartadas y que continúan ejerciendo una influencia importante sobre el individuo. Durante el análisis estas partes reviven, así como antiguas vivencias emocionales –lo que contribuye a hacer el duelo del pasado– a la vez que la autoinvestigación permite que se produzca la liberación del pasado, que continúe el disfrute de la vida y se aumente la capacidad para afrontar los traumas inevitables de los acontecimientos de la vejez. A lo largo del análisis se elaboran gradualmente las experiencias privadas intensas del pasado que aún permanecen vivas y son egosintónicas, y se libera energía para nuevas inversiones vitales en los ámbitos interior y exterior en los que uno vive solo y con otras personas. El tratamiento psicoanalítico puede producir nuevas integraciones y ha resultado ser una modalidad terapéutica más exitosa que lo que se había asumido previamente con los adultos en la media edad o en la vejez.
Pollock fundamenta su apreciación de la utilidad del psicoanálisis con personas mayores y las que están en la media edad, en ocho consideraciones: 1) Las personas mayores son capaces de tener insights y utilizarlos; 2) Pueden utilizar las transferencias que aparecen en el proceso terapéutico; 3) Sueñan y relacionan sus sueños y fantasías con el proceso terapéutico y con su propio pasado; 4) Son capaces de cambiar y de motivarse para el cambio, de examinar de nuevo objetivos y valores, y de establecer nuevas relaciones sociales o reestructurar las del pasado de formas más positivas; 5) Tienen capacidad para la autoobservación, tanto en el presente como en retrospectiva, así como una visión más o menos objetiva de cómo manejaron las relaciones vitales significativas en el pasado y de cómo pueden cambiarse en el presente. La introspección retrospectiva ayuda a la actividad retrospectiva actual y a la planificación prospectiva; 6) Tienen energía libidinal así como energías constructivas y agresivas que hacen la vida más creativa, satisfactoria y que les permiten afrontar los traumas inevitables del futuro con menos ansiedad, depresión y dolor; 7) Son capaces de llevar a cabo un proceso de duelo-liberación que permita que el pasado se convierta apropiadamente en pasado y que facilite la inversión en el presente y en el futuro; y 8) Distinguen fácilmente entre una fachada de interés superficial y la implicación y el cuidado genuinos por parte del terapeuta.
A continuación, señala Pollock que no todas las psicopatologías están necesariamente originadas durante el periodo de la infancia temprana dado que también otras experiencias vitales afectan a las reacciones de la vida posterior. No obstante, las fijaciones o detenciones del desarrollo en periodos anteriores son más fácilmente identificados que superados y algunas fijaciones nunca se resuelven, por lo que el individuo aprende a vivir con ellas y en función de ellas. Por otro lado, hace hincapié en el hecho de que, con el envejecimiento, los cambios en el “ello” pueden estar acompañados de cambios concomitantes en otras estructuras de la mente.
Comenta Pollock que, en oposición a la gente más joven, los ancianos no temen a su muerte concreta, ya que la muerte también puede significar libertad y liberación del dolor y la angustia. No es el hecho de la muerte el que se teme, sino su significado metafórico que se vive en función de diferentes funcionamientos psíquicos. Lo que más les preocupa es el miedo al dolor y al sufrimiento, la indefensión y la desesperanza, el aislamiento y la soledad, el deterioro físico y mental, la pérdida de competencia y de adecuación, y la dependencia de quien puede abandonarles.
Finaliza su artículo señalando, en relación con el caso presentado por Cohen, que una breve explicación clínica no permite el conocimiento suficiente de las muchas sutilezas terapéuticas que pueden haber sido cruciales en el proceso terapéutico.
El temor ante la muerte es el principal tema del quinto artículo de la recopilación, titulado El miedo a la muerte: Notas sobre el análisis de un hombre mayor (por Hanna Segal) publicado en 1958. Se inicia este trabajo señalando que el incremento de la ansiedad ante la muerte es el origen de muchas crisis de los pacientes mayores.
No obstante, según las personas van teniendo más capacidad para hacer el duelo de la vida que van a perder, pueden también anhelar la muerte para reencontrarse con sus padres ya muertos que ya no son vividos como amenazantes.
En la parte principal del artículo, Segal describe el trabajo de análisis llevado a cabo con un paciente anciano de setenta y cuatro años enfatizando el papel de la transferencia y la contratransferencia. A partir de este análisis, destaca la relación de la incapacidad para afrontar la ambivalencia y la ansiedad depresiva tanto durante la infancia como posteriormente con la incapacidad para afrontar la muerte del propio objeto y la perspectiva de la propia muerte. Como protección frente a estas ansiedades surgen la negación de la depresión, la disociación y la identificación proyectiva, mecanismos de defensa que, por otro lado, incrementan la ansiedad inconsciente al percibirse como persecutorias todas las situaciones de deprivación o de pérdida.
Defiende Segal que el análisis de las ansiedades y de los mecanismos de defensa permiten vivir la ambivalencia, movilizar la posición depresiva infantil y elaborarla lo suficiente como para permitir el restablecimiento de los objetos internos buenos y afrontar la vejez y la muerte de un modo maduro.
En el siguiente trabajo incluido en el libro, de 1991, El análisis de un paciente anciano (por Nina E. C. Coltart), se presenta un informe detallado del análisis, de una duración de nueve años, de un paciente varón de sesenta años, 15 años mayor que la analista.
Comenta Coltart que el tratamiento de los pacientes mayores tiene la cualidad de que los pacientes aportan al análisis una sensación de última oportunidad, de necesidad, intensidad e implicación en el trabajo analítico, así como una reducción de la vergüenza y el embarazo en el proceso del análisis.
Al hilo de la exposición del caso clínico, Coltart trata fundamentalmente tres temas: la calidad dinámica y convincente de las construcciones cuando son precisas y se basan en la transferencia; los rasgos específicos que son peculiares de los pacientes mayores; y la necesidad de aceptar logros limitados en el proceso terapéutico.
Para Coltart, las dos tareas principales del trabajo analítico con los ancianos son el afrontar la perspectiva de la propia muerte y el hacer el duelo de las oportunidades perdidas a lo largo de la vida. No obstante, comenta el reto terapéutico que supone la aplicación del psicoanálisis a pacientes ancianos, dada la dificultad para llevar a cabo estas dos tareas antes mencionadas, ya que los deseos y las ansiedades profundas de las personas permanecen inalteradas hasta una edad muy avanzada. Aunque, por otro lado, señala que el efecto de la comprensión que es resultado del análisis continuado se consolida gradualmente y produce cambio y mejora.
Según la autora, la transferencia y la contratransferencia son los elementos fundamentales en el proceso analítico con los pacientes mayores. Indica Coltart que el análisis de los derivados del conflicto solamente puede llevarse a cabo en el aquí y ahora de la transferencia, que constituye una especie de recuerdo, un revivir vivo del pasado, a la vez que la contratransferencia se convierte en un radar en la oscuridad para el analista. Concluye Coltart que la transferencia y la contratransferencia tienen una utilización primordial y esencial en la creación de construcciones.
En cuanto a las construcciones en el análisis comenta Coltart que la convicción de la “verdad” de la construcción logra el mismo resultado terapéutico que el recuerdo recapturado. Compara a continuación los conceptos de construcción y reconstrucción. La “reconstrucción” sugiere la reproducción exacta de un recuerdo perdido, un pedazo del pasado, mientras que la “construcción” da el peso adecuado y respetuoso al modo en el que cada acontecimiento de la vida es “nuevo” en el análisis. Asimismo, señala que la transferencia y la contratransferencia permiten percibir y construir una estructura fuerte mediante la experiencia personal nueva, directa, única, del analista en el presente.
A continuación comenta Coltart la importancia del manejo de los silencios en la terapia. Es necesario respetar los silencios y limitar las intervenciones estando atento a distinguir cuando realmente el paciente ha terminado una frase o un comentario de cuando el silencio constituye una pausa del proceso de reflexión. No obstante, el silencio en las sesiones también puede consistir en un retiro a un mundo secreto de fantasía, más consciente de lo que aparenta, donde se puede reinar con un esplendor solipsista y controlar todo y a todos.
La última parte del trabajo se centra en los problemas específicos con los pacientes mayores, insistiendo en la conveniencia de aceptar los avances y logros limitados que se pueden alcanzar en el análisis.
Coltart describe la “adherencia” del apego libidinal en la última parte de la vida y señala la dificultad para limitar los objetivos del paciente según envejece. Asimismo comenta que aunque las ansiedades y las defensas pueden reducirse y flexibilizarse, no se puede esperar que desaparezcan totalmente dichas ansiedades y defensas que han existido durante más de medio siglo.
Por último, señala que el final del análisis es mucho más difícil con los pacientes mayores que con los analizandos jóvenes dado que la cantidad de catexis residual del analista absorbe más espacio y emoción con los pacientes mayores que con los más jóvenes, ya que es más probable que estos últimos encuentren nuevos objetos.
En el séptimo artículo de la compilación, publicado en 1980, El ciclo vital según la naturaleza de la transferencia en el psicoanálisis de las personas de media edad y de los ancianos (por Pearl H. M. King) se comenta, de modo similar a como lo hace Coltart, el hecho de que la consciencia gradual de los cambios en la situación vital de las personas mayores introducen una dinámica nueva y un sentido de urgencia en el análisis que facilita la alianza terapéutica productiva. Los pacientes mayores son conscientes habitualmente del hecho de que es la última oportunidad de modificar sus vidas y sus relaciones antes de afrontar definitivamente la realidad de las consecuencias físicas, psicológicas y sociales de su propio envejecimiento. La inmediatez de las pérdidas y de las terminaciones reales hace más difícil negar las ansiedades paranoides y depresivas, de modo que resulta más fácil iniciar un proceso de duelo.
Señala King al principio de su trabajo que durante muchos años la teoría psicoanalítica y los casos clínicos de los que se informa han tendido a exponer problemas de pacientes hasta los cuarenta años de edad y no se ha recomendado el psicoanálisis para los pacientes mayores de esa edad, aunque también comenta que los avances en el pensamiento psicoanalítico y en la investigación sobre psicoanálisis, han llevado a los analistas a reconsiderar la posibilidad de aplicar el análisis a las personas mayores.
Centra su análisis en diversos aspectos del trabajo psicoanalítico con pacientes de media edad y ancianos cuyos problemas surgen de las presiones de la realidad y de los conflictos intrapsíquicos que están asociados con esta fase concreta del ciclo vital y que tienen que afrontar independientemente de sus dificultades psiconeuróticas y desórdenes del carácter.
Al tener en cuenta las presiones que surgen del impacto de los acontecimientos vitales sociales y psicológicos sobre los pacientes mayores identifica cinco fuentes de ansiedad y preocupación durante la segunda mitad de la vida, que suelen llevar a algunos individuos neuróticos a buscar ayuda psicoterapéutica:
1) El miedo a la disminución o pérdida de la potencia sexual y su impacto sobre las relaciones personales;
2) El reto de la redundancia y del desplazamiento en los roles laborales por parte de personas más jóvenes junto con la consciencia de la disminución de la efectividad de las destrezas profesionales y el miedo a no ser capaz de manejar la jubilación y de perder el propio sentido de identidad e importancia al perder su papel profesional o laboral;
3) Las ansiedades que surgen en las relaciones matrimoniales después de que los hijos han dejado el hogar por lo que los padres no pueden utilizar a los hijos para enmascarar los problemas de la relación;
4) La consciencia de su propio envejecimiento, de la aparición de posibles enfermedades y la consiguiente dependencia de otra personas; y
5) La inevitabilidad de la propia muerte junto con la comprensión de que es posible que no sean capaces de lograr los objetivos vitales que han fijado para sí mismos y de que los que pueden lograr y disfrutar en la vida son limitados con los consiguientes sentimientos de depresión y deprivación.
Al hilo de la exposición de tres casos clínicos, de dos mujeres y un varón, en las décadas de los cincuenta y sesenta años, King hace algunos comentarios sobre el proceso de análisis con pacientes mayores. Indica que el análisis exitoso de los pacientes de media edad y ancianos requiere que se revivan y se elaboren en la transferencia los traumas y la psicopatología propios de las fases del desarrollo de la pubertad y de la adolescencia, además del material infantil, dado que estos pacientes tienen que afrontar muchos de los mismos problemas que afrontaron en la adolescencia, pero a la inversa, puesto que ahora se trata de un periodo de involución. El ajuste a los propios cambios sexuales y biológicos, el cambio de roles y sus consecuencias socioeconómicas, los conflictos relacionados con la dependencia, el cambio de un hogar multigeneracional a un hogar unigeneracional junto con la necesidad de establecer nuevas relaciones, pueden precipitar una crisis de identidad en términos de autopercepción y de percepción del yo por parte del resto de las personas, de cambios en la autoimagen y de posibles traumas narcisistas y heridas a la autoestima.
Gran parte del artículo de King se dedica al analizar el tema de la transferencia en relación con la vejez y de su influencia sobre el trabajo analítico. Para la autora, hacer énfasis en el proceso de transferencia implica implícitamente adoptar una perspectiva diferente sobre los ancianos, viéndolos como individuos que, a pesar de envejecer, siguen teniendo todas las posibilidades de aportar afectos, expectativas y deseos apropiados a las situaciones del pasado en el aquí y ahora de la relación con el analista. A través de esta transferencia los analistas pueden ser conscientes y acceder al contexto de los traumas pasados de los pacientes y a la etiología de sus neurosis, que está conformado por su ciclo vital dentro del cual han experimentado su propio desarrollo, maduración y envejecimiento.
Señala asimismo que existe la posibilidad de que, en la transferencia, el analista sea vivido como una figura significativa del pasado del paciente –especialmente de la pubertad y de la adolescencia e independientemente de la edad real del analista, por lo que a veces los papeles de transferencia de progenitor e hijo se invierten– así como de que el analista iguale al paciente mayor con sus propios padres.
Con los pacientes mayores los afectos, positivos o negativos, que acompañan a los fenómenos de transferencia pueden, a menudo, ser muy intensos. Los afectos pueden sobreimponerse a la transferencia como resultado del impacto de las fantasías inconscientes, por lo que es necesario que los analistas de tales pacientes hayan elaborado sus sentimientos sobre sus propios padres y hayan aceptado de modo autointegrativo y saludable su propia posición en el ciclo vital y su propio proceso de envejecimiento.
Por último, King señala, en cuanto a la terminación del análisis con pacientes ancianos, que el límite temporal impone una presión y un incentivo a un proceso que es de difícil finalización. En algunos casos es posible que aparezca una reacción terapéutica negativa ligada a la fantasía de que al eludir el cambio y la mejoría terapéutica, se está fuera del tiempo y, por lo tanto, se puede eludir el envejecimiento y la muerte.
El octavo artículo, El analizando mayor: Cuestiones de contratransferencia en psicoanálisis (por Harold W. Wylie and Mavis L. Wylie), publicado en 1987, comienza con la consideración de que la mayoría de los analistas profesionales se encuentran incluidos en la media edad y son más bien “viejos” que “jóvenes”. En consecuencia, se observa una contradicción en el pensamiento de los analistas profesionales en cuanto a que, por un lado, piensan que su autoanálisis es una necesidad esencial y atemporal para mantener la neutralidad y flexibilidad en el trabajo psicoanalítico mientras que, por otro lado, mantienen pocas expectativas en cuanto a la misma adaptabilidad y flexibilidad en el analizando por encima de cierta edad. Por ello, dado que la mayoría de los psicoanalistas profesionales tienen más de cincuenta años, deberían cuestionar las afirmaciones de Freud sobre la falta de elasticidad del aparato mental y de la ineducabilidad de los pacientes mayores de cincuenta años tan rápidamente como lo hacen para ellos mismos. Además, la creencia de Freud de que el autoanálisis permite una reestructuración permanente de todas las experiencias subsiguientes niega claramente el concepto de un tiempo limitado para el desarrollo psicológico.
Los conflictos psicológicos en todos los niveles son atemporales y, consecuentemente, la elaboración de los conflictos que se incluyen dentro del complejo de Edipo es un proceso de reelaboración a lo largo de toda la vida por lo que la edad no tiene relación con la duración del análisis. Esto implica que el dominio de las tareas de cada fase vital requiere una reconfrontación con los conflictos contenidos dentro del conflicto nuclear de Edipo (sean estas tareas relativas al matrimonio, el parentazgo, el rematrimonio, la enfermedad, la muerte o el propio significado de uno mismo al aproximarse a la muerte). Cada etapa confronta al individuo con la elección de llevar a cabo progresos adicionales hacia la resolución mediante la reelaboración de estos temas edípicos centrales al desarrollo de la personalidad o de regresar a sus alternativas: la represión, la negación, la depresión y la rigidez.
Wylie y Wylie mantienen que la renuencia a comenzar un análisis con pacientes de 50 años o más es debida a una resistencia causada por la contratransferencia y que la tendencia a asumir teóricamente que las personas de 50, 60, 70 y más años no sufren conflictos entre impulso y defensa representa una discriminación por razones de edad. Hay cierta proclividad a devaluar el concepto de conflicto de los impulsos en las personas mayores centrándose exclusivamente en el retorno a un nivel de sexualidad más infantil como una retirada de las inevitables heridas narcisistas asociadas con el espectro de pérdidas de esta fase del desarrollo a la vez que existe la creencia estereotipada de que hay una atrofia automática de la sexualidad genital en vez de una represión de la genitalidad debida a los conflictos neuróticos.
Para ilustrar su tesis, Wylie y Wylie presentan en su trabajo el caso de un análisis de un varón en a década de los sesenta años en el que el análisis se centró en la resolución de conflictos en mayor medida que en la eliminación de síntomas.
Concluyen su trabajo analizando los temas de contratransferencia y señalando que los problemas que aparentemente son una realidad específica de la edad enmascaran temas de contratransferencia, a veces relacionados con diversas distorsiones asociadas a los temas específicos de la propia etapa de desarrollo del analista. Por ello, el autoanálisis es esencial para identificar la tentación del analista de percibir al paciente como asexuado –con el objeto de eludir la confrontación con los propios conflictos relacionados con el objeto maternal– o de percibir al paciente como un progenitor debilitado –lo que puede conllevar el deseo asociado de intervenir en exceso, rescatar al paciente o supervisar el cuidado médico extranalítico–.
Asimismo, existe el peligro de que el analista sea engañado por las resistencias del analizando a analizar los conflictos mediante la aceptación de sus quejas de su valor limitado a la vista de sus reducidas posibilidades de establecer nuevas relaciones. Por último, comentan Wylie y Wylie que pueden darse contratransferencias cuyo origen reside en la coincidencia de las tareas que el propio analista está intentando elaborar con las que el analizando mayor está también reelaborando o defendiéndose de ellas en el análisis.
El siguiente trabajo de la recopilación, La etapa final del proceso de la muerte (por Tor-Björn Hägglund) de 1981, tiene un carácter algo diferente de los anteriores al centrarse muy concretamente en los momentos próximos a la muerte y en la transición del morir. Inicia Hägglund su trabajo señalando que el punto de partida en el psicoanálisis en el proceso del morir es la consideración de los componentes emocional e ideacional de los afectos de la persona que muere. Cuando, en la transferencia, el paciente comunica al analista sus fantasías sobre la muerte puede enlazarlas con las experiencias de la vida que ha vivido creando un nuevo modo de pensar sobre sus experiencias vitales. En este proceso se integran selectivamente las fases y las relaciones de objeto más esenciales de la vida y se cohesionan las experiencias vitales en un conjunto integral. Un objetivo fundamental de la terapia de la persona que confronta la muerte es resolver los sentimientos negativos hacia sí mismo y hacia su pasado, por lo que se debe conceder más importancia al pasado que al futuro.
Para Hägglund, al morir, la persona o bien se rinde o bien lucha y se defiende contra la pérdida de los objetos de amor libidinal o de los objetos que satisfacen necesidades narcisistas. El duelo de una persona frente a la muerte implica la pérdida del mundo externo y la pérdida del propio cuerpo que, a su vez, significa la pérdida de un objeto separado o de una persona separada valiosa por sus propias cualidades, lo que supone un trauma narcisista. La capacidad para soportar el dolor de una pérdida tan enorme y para elaborar el duelo depende de la calidad de los objetos internos así como de la discrepancia entre un estado real del yo y un estado ideal deseado del yo.
Para hacer el duelo del cuerpo que muere debe resolverse el conflicto narcisista entre el cuerpo débil y el estado ideal deseado. Debe crearse una fantasía sobre el propio cuerpo como puro o como perfeccionado en otro nivel de existencia o en una condición en la que el yo-cuerpo tenga valor libidinal.
Hägglund considera que la etapa final del proceso de la muerte comienza cuando en la mente de la persona que muere se ha producido la escisión entre el yo mental y el yo corporal. Solamente después de esta escisión puede hacerse el duelo del propio cuerpo y decatectizarlo, trasladándose la catexis al mundo de la fantasía. Si, por el contrario, la persona que muere lucha contra la escisión entre el yo mental y el yo corporal, se hunde en un estado de indefensión, desesperanza y depresión, sin ser capaz de abandonar su vida a favor de su mundo de fantasía.
Describe Hägglund que el trabajo de duelo llevado a cabo con éxito proporciona a la persona que muere la experiencia final de abandonar el cuerpo –que ya no tiene ningún valor– y de trasladarse a un mundo de fantasía –que durante largo tiempo ha sentido como un lugar deseado–. La escisión del yo y los sentimientos que produce se han descrito a menudo por parte de las personas que mueren como la experiencia de encontrar la paz. La tarea final del duelo consiste, según el autor, en abandonar la parte de narcisismo que puede ser compartida entregándosela a otra persona como un regalo o una creación, para trasladarse a un mundo de fantasía catectizado narcisísticamente manteniendo una relación de transferencia idealizada con el analista. En consecuencia, se defiende en el trabajo que el objetivo final de la terapia en el proceso de la muerte debería ser ayudar y apoyar al paciente a mantener su conexión con su mundo de fantasía y a enlazarla con la comunicación con su analista. En la interacción con el analista, el paciente crea una nueva combinación de experiencias vitales que es  verdaderamente representativa de la realidad presente frente a la muerte inevitable.
Para el autor, es posible que el miedo a la muerte no solamente incluya el miedo a la aniquilación sino también el miedo a miedo a la pérdida de contacto con las propias fantasías –que son el último enlace con la vida– y a la pérdida de la posibilidad de comunicación de las fantasías a otra persona o a un objeto interno. La pérdida de las fantasías organizadas tiene el significado de estado desintegrado, la aniquilación total y la soledad sin fin.
Según avanza el proceso de muerte las fantasías toman la cualidad de objetos reales en un grado siempre creciente en la mente del paciente. Esto se manifiesta al final del proceso de la muerte en la dificultad para discriminar entre la fantasía y la comunicación real con el mundo externo. A menudo, las fantasías de las personas enfrentadas a la muerte son deseos apenas velados y fantasías idealizadas de reunión con los padres de la infancia, de proximidad física con la madre o un retorno simbólico al regazo o al pecho materno.
A lo largo de su trabajo Hägglund hace diversas referencias al análisis de la contratransferencia en la atención terapéutica en el proceso de muerte. Describe cómo se despiertan fuertes contrasentimientos en el analista debido a la regresión física del paciente, a la alteración de sus funciones corporales y a su terminación última. La terapia con un paciente que está muriendo puede suscitar en el analista el miedo a ser absorbido en el proceso de muerte debido a la intensidad del mundo de fantasía del paciente–. A menudo, la persona que muere atribuye una diversidad de yoes auxiliares a sus familiares y al terapeuta, hace observaciones íntimas, mide el significado de las palabras, mira intensamente a los ojos durante largos periodos de tiempo intentando lograr una comunicación intensa. La atracción simbiótica de la persona que muere –que es comparable al deseo de cuidado que el niño despierta en los adultos–, la intensidad de la demanda comunicativa y emocional del paciente, junto con la absorción por su mundo de fantasía y por el propio proceso de la muerte, pueden provocar en el analista la tendencia a eludir un contacto tan próximo.
Por último, señala Hägglund que la diferencia entre la regresión psicótica y la regresión de una persona que muere es claramente visible en la contratransferencia que despiertan hacia ellas –aún cuando la disociación de la personalidad y la extinción de las funciones del yo se producen en ambos casos– dado que una persona que muere despierta intensos sentimientos de cercanía.
El último artículo incluido en el libro, Sobre el ciclo generacional: Un discurso (por Eric H. Erikson) publicado en 1980, consiste en un trabajo de carácter exclusivamente teórico en el que se extiende el concepto de fases del desarrollo psicológico al conjunto del transcurso de la vida desde la infancia hasta la vejez y en el que se hace hincapié en el impacto de las experiencias del ciclo vital sobre el desarrollo psicosocial de los individuos.
En este trabajo clásico, Erikson describe las ocho etapas en las que divide el desarrollo psicológico a lo largo del ciclo vital. Cada una de estas etapas tiene su momento crítico de desarrollo, su conflicto nuclear a resolver, una tarea fundamental de desarrollo, así como una virtud básica que se alcanza con su superación. El transcurso por las etapas lleva al resultado de un equilibrio psíquico en la edad avanzada.
Para Erikson, el modo en el que se enfrentan los retos y las ansiedades de una fase del desarrollo determina la capacidad para afrontar las crisis de la siguiente fase. La vejez supone un reto que requiere elaborar el pasado mientras que, al mismo tiempo, se permanece implicado en el presente.
En la siguiente tabla se resumen las características básicas de las ocho etapas de desarrollo psicológico incluyendo el Conflicto nuclear, la Virtud básica y la Tarea de desarrollo que corresponde a cada una de ellas.

En cuanto a la etapa de la vejez, Erikson enfatiza su similitud con las etapas de la infancia y la adolescencia, dada la importancia que vuelven a adquirir las dimensiones relativas a la Confianza-Desconfianza y a la Autonomía-Dependencia.
A continuación se dedica en el artículo un apartado a revisar las diferentes visiones del mundo por parte de diferentes culturas y otro al análisis de la obra de Edipo Rey, desde el punto de vista del desarrollo psicológico a lo largo de la vida.
Tras este análisis destaca Erikson que la vejez supone la etapa fundamental para la integración de las experiencias vitales del pasado en un todo unificado, mediante la que el ser humano que envejece puede hacerse consciente de la relatividad existencial de todas las etapas de la vida y alcanzar una “sabiduría” que se ha venido preparado, etapa a etapa, a lo largo de la vida.

Comentario
El libro de Junkers resulta, sin duda, muy recomendable para todos aquellos analistas y psicoterapeutas que en algún momento de su práctica clínica profesional traten a pacientes que se encuentran en la crisis de la media edad o en la vejez. A pesar de que el libro –debido a que consiste en una recopilación de artículos diversos– carece de una línea argumental definida y de una estructuración temática, su lectura proporciona en conjunto una revisión amplia de todos los temas relacionados con el envejecimiento, la muerte y el morir, desde un punto de vista psicoanalítico.
Esta extensa revisión incluye diversos puntos de vista sobre la aplicabilidad del psicoanálisis a pacientes mayores y a personas que afrontan el proceso de morir y describe las principales características del proceso de envejecimiento y de la vejez, así como de los aspectos psicopatológicos relacionados. Por otro lado, se analizan también desde diferentes perspectivas los rasgos básicos y las peculiaridades de los procesos de transferencia y contratransferencia en el tratamiento de este tipo de pacientes. A lo largo de la recopilación de artículos, algunos autores hacen hincapié en la importancia de la reelaboración de la fase depresiva, mientras que otros enfatizan la relevancia y utilidad de los procesos de elaboración de anteriores etapas del desarrollo psicológico por parte de los pacientes y la significación de las construcciones en el análisis. No obstante, es necesario comentar que algunos de los temas tratados se solapan y repiten a lo largo de la recopilación, aunque tratados desde diferentes posiciones y realizándose aportaciones distintas.
En cuanto a la estructuración del libro en capítulos, el orden de los mismos bien podría haber sido cualquier otro –y la propia autora en ningún momento justifica la ordenación de los mismos–. Desde nuestro punto de vista, el artículo de Erikson, que en el libro de Junkers concluye la compilación, podría ser el primero de la misma de la que supondría un marco común que establece la existencia del desarrollo psicológico a lo largo de toda la vida incluyendo la vejez, en vez de presentarse como un colofón del libro.
Otro valor del libro de Junkers, especialmente notorio en su prefacio, es el de poner de manifiesto de modo claro, a los analistas y a los psicoterapeutas, la existencia de una numerosa población de personas mayores con problemas psicológicos que son potencialmente tratables por el psicoanálisis con un grado de eficacia muy superior al que se inicialmente se supuso para los pacientes mayores y ancianos.
Por último, parece conveniente comentar un hecho que sorprende en la compilación de artículos, que es el de que el trabajo más reciente de la recopilación data del año 1991, lo que parece poner de manifiesto la carencia de trabajos teóricos y de informes clínicos sobre pacientes mayores y ancianos en la literatura publicada por el IJP durante la última década. Parecería conveniente, al menos para la formación de los analistas y psicoterapeutas que vayan a tratar a esta población, el que se fomentase el incremento de la publicación de trabajos específicos sobre el psicoanálisis en relación con el envejecimiento, la muerte y el morir.

Bibliografía
Cohen, N.A. (1982) On loneliness and the ageing process. [Sobre la soledad y el proceso de envejecimiento]. International Journal of Psychoanalysis, 63: 149-155.
Coltart, N.E.C. (1991) The analysis of an elderly patient. [El análisis de un paciente anciano].  International Journal of Psychoanalysis, 72: 209-219.
Erikson, E.H. (1980) On the generational cycle: An address. [Sobre el ciclo generacional: Un discurso]. International Journal of Psychoanalysis, 61: 213-223.
Hägglund, T-B. (1981) The final stage of the dying process. [La etapa final del proceso de la muerte]. International Journal of Psychoanalysis, 62: 45-49.
Jaques E. (1965) Death and the midlife crisis. [La muerte y la crisis de la media edad]. International Journal of Psychoanalysis, 46: 502-514.
King, P.H.M. (1980) The life cycle as indicated by the nature of the transference in the psychoanalysis of the middle-aged and elderly. [El ciclo vital según la naturaleza de la transferencia en el psicoanálisis de las personas de media edad y de los ancianos]. International Journal of Psychoanalysis, 61: 153-160.
Loch, W. (1982) Comments on Dr. Norman Cohen´s paper: “On loneliness and the ageing process”. [Comentarios sobre el artículo del Dr. Norman A. Cohen “Sobre la soledad y el proceso de envejecimiento”]. International Journal of Psychoanalysis, 63: 267-273.
Pollock, G. (1982) On ageing and psychopathology – Discussion of Dr. Norman A. Cohen´s paper: “On loneliness and the ageing process”. [Sobre el envejecimiento y la psicopatología: Análisis del artículo del Dr. Norman A. Cohen “Sobre la soledad y el proceso de envejecimiento”]. International Journal of Psychoanalysis, 63: 267-273.
Segal, H. (1958) Fear of death – Notes on the analysis of an old man. [El miedo a la muerte: Notas sobre el análisis de un hombre mayor]. International Journal of Psychoanalysis, 39: 178-181.
Wylie, H.W. and Wylie, M.L. (1987) The older analysand: Countertransference issues in psychoanalysis. [El analizando mayor: Cuestiones de contratransferencia en psicoanálisis]. International Journal of Psychoanalysis, 68: 343-352.

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Envidia

La envidia en los hombres muestra cuán desdichados se sienten, y su constante atención
a lo que hacen o dejan de hacer los demás, muestra cuánto se aburren.
Enviar frase
Arthur Schopenhauer (1788-1860) Filósofo alemán.
Castiga a los que tienen envidia haciéndoles bien.
Enviar frase
Proverbio árabe
La envidia va tan flaca y amarilla porque muerde y no come.
Enviar frase
Francisco de Quevedo (1580-1645) Escritor español.
La envidia es una declaración de inferioridad.
Enviar frase
Napoleón I (1769-1821) Napoleón Bonaparte. Emperador francés.
¿Qué es un envidioso? Un ingrato que detesta la luz que le alumbra y le calienta.
Enviar frase
Victor Hugo (1802-1885) Novelista francés.
La envidia es causada por ver a otro gozar de lo que deseamos; los celos, por ver a
otro poseer lo que quisiéramos poseer nosotros.
Enviar frase
Diógenes Laercio (S. III AC-?) Historiador griego.
Si hubiera un solo hombre inmortal sería asesinado por los envidiosos.
Enviar frase
Chumy Chúmez (1927-2003) Humorista gráfico y escritor español.
Nuestra envidia dura siempre más que la dicha de aquellos que envidiamos.
Enviar frase
François de la Rochefoucauld (1613-1680) Escritor francés.
En cuanto nace la virtud, nace contra ella la envidia, y antes perderá
el cuerpo su sombra que la virtud su envidia.
Enviar frase
Leonardo Da Vinci (1452-1519) Pintor, escultor e inventor italiano.
La envidia es mil veces más terrible que el hambre, porque es hambre espiritual.
Enviar frase
Miguel de Unamuno (1864-1936) Filósofo y escritor español.

Envidia

De Wikipedia, la enciclopedia libre

Para otros usos de este término, véase Envidia (desambiguación).

Envidia por Jacob Matham.

Envidia, de acuerdo a las definiciones de la Real Academia Española la envidia es la tristeza o pesar del bien ajeno y la emulación, deseo de algo que no se posee.

Primera definición.- Tristeza o pesar del bien ajeno.
De acuerdo a la primera definición la envidia es sentir tristeza o pesar por el bien ajeno. De acuerdo a esta definición lo que no le agrada al envidioso no es tanto algún objeto en particular que un tercero pueda tener sino la felicidad en ese otro. Entendida de esta manera, es posible concluir que la envidia es la madre del resentimiento, un sentimiento que no busca que a uno le vaya mejor sino que al otro le vaya peor.
Segunda definición.- Emulación, deseo de algo que no se posee.
De acuerdo a la segunda de las acepciones la envidia se puede encuadrar dentro de la emulación o deseo de poseer algo que otro posee. Siendo en este caso que lo envidiado no es un sujeto sino un objeto material o intelectual. Por lo tanto en esta segunda acepción la base de la envidia sería el sentimiento de desagrado por no tener algo y además de eso el afán de poseer ese algo. Esto puede llegar a implicar el deseo de privar de ese algo al otro en el caso de que el objeto en disputa sea el único disponible.
  • Una tercera posibilidad para comprender lo que la envidia implica sería la combinación de las dos acepciones mencionadas anteriormente. Cualquiera sea el caso, la envidia es un sentimiento que nunca produce nada positivo en el que lo padece sino una insalvable amargura.
  • Otra definición de envidia, es que el envidioso cuenta mentiras sobre la persona a la que envidia o las cosas que tiene, para poder tenerlas, en ocasiones la envidia puede hacer que el envidiado muera a manos del envidioso.

Contenido

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[editar] Pecado capital

Artículo principal: Pecados capitales

La Envidia es considerado como un pecado capital porque genera otros pecados, otros vicios; El término “capital” no se refiere a la magnitud del pecado sino a que da origen a muchos otros pecados y rompe con el amor al prójimo que proclama Jesús.

San Gregorio Magno (*ca. 540 en Roma – †12 de marzo de 604), fue el sexagésimo cuarto Papa de la Iglesia católica romana; fue quien seleccionó los siete pecados capitales, y se mantuvo por la mayoría de los teólogos de la Edad Media.

Dante Alighieri en el poema de El Purgatorio, define la envidia como “Amor por los propios bienes pervertido al deseo de privar a otros de los suyos.” El castigo para los envidiosos es el de cerrar sus ojos y coserlos, porque habían recibido placer al ver a otros caer. En la edad media el famoso cazador de brujas, el cardenal Peter Beasbal le atribuyó a la envidia el demonio llamado Leviatán, un demonio marino y que era sólo controlado por Dios.

[editar] Estudios, citas y notas

Bertrand Russell sostenía que la envidia es una de las más potentes causas de infelicidad. Siendo universal es el más desafortunado aspecto de la naturaleza humana, porque aquel que envidia no sólo sucumbe a la infelicidad que le produce su envidia, sino que además alimenta el deseo de producir el mal a otros.

José Antonio Marina sostiene cierta nomenclatura afectiva en su obra “El laberinto sentimental”, en la que divide los fenómenos afectivos en: afecto, sensaciones de dolor placer, deseos y sentimientos, subdividiendo éstos en cuatro grupos según su intensidad como: estados sentimentales, emociones y pasiones. Este último grupo, las pasiones, son definidas como “sentimientos intensos, vehementes, tendenciales, con un influjo poderoso sobre el individuo”. Sería en este grupo en el que la envidia quedaría configurada.

La envidia ha sido frecuentemente tema literario y ha inspirado relatos literarios como el de Caín y Abel que aparece en el Génesis de la Biblia. Este relato, en realidad, ejemplifica la rivalidad y conflictos históricos entre los sistemas de vida nómadas y sedentarios de pastores y agricultores que se han desarrollado siempre a lo largo de la historia, también entre los pueblos semíticos. El escritor de la generación del 98, Miguel de Unamuno afirmaba que era el rasgo de carácter más propio de los españoles y escribió para ejemplificarlo su novela Abel Sánchez, en que el verdadero protagonista, que significativamente no da título a la obra, ansioso de hacer el bien por la humanidad, sólo recibe desprecio y falta de afecto por ello, mientras que el falso protagonista, que sí da título a la obra, recibe todo tipo de recompensas y afecto por lo que no ha hecho.

[editar] Significado psicológico

Una de las peculiaridades de la actuación envidiosa es que necesariamente se disfraza o se oculta, y no sólo ante terceros, sino también ante sí mismo. La forma de ocultación más usual es la negación: se niega ante los demás y ante uno mismo sentir envidia.

La envidia revela una deficiencia de la persona, del ser envidioso, que no está dispuesto a admitir. Si el envidioso estuviera dispuesto a saber de sí, a reconocerse, asumiría ante los demás y ante sí mismo sus carencias.

La dependencia unidireccional del envidioso respecto del envidiado persiste aún cuando el envidiado haya dejado de existir. Y esta circunstancia –la inexistencia empírica del sujeto envidiado y la persistencia, no obstante, de la envidia respecto de él-descubre el verdadero objeto de la envidia, que no es el bien que posee el envidiado, sino el sujeto que lo posee.

El envidioso acude para el ataque a aspectos difícilmente comprobables de la privacidad del envidiado, que contribuirían, de aceptarse, a decrecer la positividad de la imagen que los demás tienen de él (el envidioso tiende a hacerse pasar por el mejor «informado», advirtiendo a veces que «aún sabe más»). Pero adonde realmente dirige el envidioso sus intentos de demolición es a la imagen que los demás, menos informados que él, o más ingenuos, se han construido sobre bases equivocadas.

¿Cómo conseguirlo? Mediante la difamación, originariamente disfamación. En efecto, la fama es el resultado de la imagen. La fama por antonomasia es «buena fama», «buen nombre», «crédito». La difamación es el proceso mediante el cual se logra desacreditar gravemente la buena fama de una persona.

Ahora vemos dónde está realmente el verdadero objeto de la envidia. No en el bien que el otro posee, sino en el (modo de) ser del envidiado, que le capacita para el logro de ese bien.

El envidioso es un hombre carente de (algún o algunos) atributos y, por lo tanto, sin los signos diferenciales del envidiado. Sabemos de qué carece el envidioso a partir de aquello que envidia en el otro. Pero, además, en este discurso destaca la tácita e implícita aseveración de que el atributo que el envidiado posee lo debiera poseer él, y, es más, puede declarar que incluso lo posee, pero que, injustificadamente «no se le reconoce». Ésta es la razón por la que el discurso envidioso es permanentemente crítico o incluso hipercrítico sobre el envidiado, y remite siempre a sí mismo. Aquel a quien podríamos denominar «el perfecto envidioso» construye un discurso razonado, bien estructurado, pleno de observaciones negativas que hay que reconocer muchas veces como exactas.

No sólo el sujeto envidioso es inicialmente deficiente en aquello que el envidiado posee, sino que el enquistamiento de la envidia, es decir, la dependencia del envidioso respecto del envidiado perpetúa y agrava esa deficiencia. Decía Vives: «Con razón han afirmado algunos que la envidia es una cosa muy justa porque lleva consigo el suplicio que merece el envidioso».

Una de las invalideces del envidioso es su singular inhibición para la espontaneidad creadora. Ya es de por sí bastante inhibidor crear en y por la competitividad, por la emulación. La verdadera creación, que es siempre, y, por definición, original, surge de uno mismo, cualesquiera sean las fuentes de las que cada cual se nutra. No en función de algo o de alguien que no sea uno mismo. Pues, en el caso de que no sea así, se hace para y por el otro, no por sí. Todo sujeto, en tanto construcción singular e irrepetible, es original, siempre y cuando no se empeñe en ser como otro: una forma de plagio de identidad que conduce a la simulación y al bloqueo de la originalidad.

El tratamiento eficaz de la envidia cree verlo el que la padece en la destrucción del envidiado (si pudiera llegaría incluso a la destrucción física), para lo cual teje un discurso constante e interminable sobre las negatividades del envidiado. Es uno de los costos de la envidia, un auténtico despilfarro, porque rara vez el discurso del envidioso llega a ser útil, y con frecuencia el pretendido efecto perlocucionario –la descalificación de la imagen del envidiado- resulta un fracaso total.

Su deficiencia estructural en los planos psicológico y moral aparece a pesar de sus intentos de ocultación y secretismo.

[editar] Bibliografía

  • “Teoría de los sentimientos” de Carlos Castilla del Pino – Tusquets Editores – ISBN 84-8310-708-2
  • “los 7 pecados capitales”, serie de The History Channel.

Obtenido de “http://es.wikipedia.org/wiki/Envidia

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