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Para Bioy, un día sin escribir era día perdido’, diario el universo noviembre 7, 2010

Posted by carmenmvascones in amigo del escritor Adolfo Bioy Casares *, michael lafon.
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DIARIO EL UNIVERSO

Domingo 07 de noviembre del 2010 Arte y cultura

‘Para Bioy, un día sin escribir era día perdido’

Michel Lafon: Catredático de literatura Argentina, amigo del escritor Adolfo Bioy Casares

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MADRID. El catedrático de literatura argentina Michel Lafon en un encuentro con EL UNIVERSO.

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Una de las fotografías del diario de viaje Unos días en el Brasil, elaborado por el escritor argentino Adolfo Bioy Casares.

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Adolfo Bioy Casares, autor argentino fallecido en 1999. Fue amigo de Jorge Luis Borges.

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Nombre del autor: Adolfo Bioy Casares Título de la obra: Unos días en el Brasil Género: Narrativo Editorial: Páginas de Espuma

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El gran escritor, el gran seductor. Adolfo Bioy Casares (Buenos Aires, 1914-1999) encarna estos dos mitos. Lo sabe bien Michel Lafon, su “mejor amigo francés”. Este catedrático de literatura argentina en la universidad Stendhal de Grenoble suscribe el posfacio del diario de viaje Unos días en el Brasil (Páginas de Espuma) que el autor de La invención de Morel escribió durante su estancia entre las ciudades de Río de Janeiro, Sao Paulo y una incipiente Brasilia, mientras asistía a un congreso de escritores. Corría 1960. El texto es una obra inédita. En 1991 se editaron 300 ejemplares que Bioy repartió a sus amigos. Casi dos décadas después, el relato llega salpicado de una serie de instantáneas que el argentino captó en una Brasilia “ambiciosa, futura, pobre en resultados presentes, incómoda”. En esta entrevista con EL UNIVERSO, Lafon (editó y tradujo al francés las obras de Bioy) traza un perfil del ganador del Premio Cervantes (1990) que vivió a la sombra del triunfo de su amigo inseparable, Jorge Luis Borges, con quien incluso escribió varios relatos a dúo.

¿Cómo es el Bioy Casares de Unos días en el Brasil?
Es el Bioy privado, íntimo, capaz de mostrar mucha ironía con los demás y consigo mismo, lleno de reticencias, de timidez. Apenas se encontraba con otros quería estar solo y cuando lo conseguía se preguntaba por qué viajó. Es el Bioy típico. El viajar formaba parte de su manera de vivir, incluso después del grave accidente que tuvo. Era una necesidad vital. El viaje provoca la desorientación creadora, da una libertad a menudo falsa e incita a la imprudencia. Su problema era reunirse con la gente, tener que jugar el papel de escritor consagrado.

¿Se pueden identificar en este libro esos destellos de ensoñación que tanto le gustaba impregnar en sus obras?
Es un diario de verdad, real. Bioy aceptó la norma de un diario que es no censurarse, no reescribir las cosas cuando las publicó más de 30 años después de haberlas vivido. Lo único que añadió es el principio con el recuerdo de Ofelinha (un amor platónico que el autor imagina que aparecerá en cualquier momento y a quien conoció a principios de los años cincuenta) que le da ese toque de narración y ficción al conjunto y que hace que se pueda leer como una novelita. Es un diario de verdad pero con una tensión erótica de saber si se va a encontrar o no con Ofelinha. Aunque haya contradicciones es auténtico.

¿Por qué le produce tanto horror ver a Brasilia en pleno proceso de construcción?
Es un hombre de gustos clásicos, le incomoda el hipermodernismo a lo Le Corbusier (exponente del Movimiento Moderno en la arquitectura). Le horrorizó la operación Brasilia, pensaba que era demagógica pero al mismo tiempo sacó fotografías de la ciudad que se convirtieron en su salvación. En la última página del diario comentó que el mejor recuerdo del viaje fue su paso por Brasilia, porque fue el único sitio donde nadie lo conocía.

¿Por qué esa reticencia a estar con otros?
Le gustaba la relación con las mujeres, ante todo, y con algún escritor que había leído y que le había gustado. Los mejores momentos de intercambio personal e intelectual en este viaje fueron los que mantuvo con Graham Greene y Elsa Morante, esposa de Alberto Moravia. Como no se veía como un gran escritor, creía que no tenía por qué jugar ese papel.

Como el mismo Bioy solía decir: “Soy escritor por escrito”..
Para Bioy, un día sin escribir era día perdido. La escritura era una higiene mental y física. Le demandaba mucha organización porque escribía su diario y su obra de ficción, recibía a Borges cada noche, le dedicaba mucho tiempo a la lectura, no podía faltar a sus partidos de tenis y, menos, a sus citas con mujeres.

Pero es que era impresionantemente atractivo…
Era un seductor nato. Hay fotos de los años cuarenta, cincuenta y sesenta en los que aparece como estrella de cine. Después del accidente que le dejó la cadera afectada, andaba de manera torpe pero eso no impedía que las mujeres se quedaran anonadadas con él.

Tomando en cuenta su vitalidad, su pasión por viajar, ¿cómo vivió los años previos a su muerte?
Sufría particularmente, yo creo que más que cualquiera al verse tan decaído y después de haber disfrutado de una vida y una rutina muy agradables. Los últimos años fueron una especie de tortura para él. Ya se habían muerto Jorge Luis Borges y sus amigos de juventud.

¿Qué lo llevó a dedicar una parte de su vida a analizar la obra de Borges y Bioy?
Me hice argentinista leyendo a Borges y luego descubrí a Bioy. Desde que empecé a leer La invención de Morel me pareció que Bioy era un autor con el que podía tener un contacto personal. Fue muy bondadoso conmigo pero le costaba hablar de su obra, de su escritura, de la manera de colaborar con Borges. Ese era un tema complicado para él.

¿Sigue siendo la sombra de Borges muy alargada?
Es cierto que en Argentina, mientras vivió Borges, la gran figura era él. Bioy no decía que vivía a la sombra pero era capaz de darse cuenta de la diferencia. No le parecía absurdo que Borges tuviera esa especie de gloria nacional e internacional. Incluso, él renegaba de su propia obra y esa humildad y esa modestia permanentes fueron clave. Solo cuando murió Borges se agrandó la figura de Bioy Casares. Esto llegó muy tarde para él y lo aceptó con ironía. Su obra no tuvo la difusión en el extranjero como la de Borges, pero hay lectores de La invención de Morel en cualquier país del mundo. Sus obras se tradujeron a muchos idiomas y hay escritores jóvenes que lo siguen admirando y que no lo niegan.

Resulta difícil entender que no haya tensión entre ellos…
Bioy se dio cuenta de que Borges era un inmenso escritor y que a él le tocaba la suerte de ser el mejor amigo de uno de los mayores escritores del mundo. Su carácter hizo que no lo tomara como una competencia entre ellos. Aceptó la importancia literaria y para Borges fue una suerte enorme el tener este mejor amigo tan fiel a quien contar cualquier secreto. Entabló con él una amistad verdadera, sin hipocresías, sin rencores.

¿Cómo definiría la obra de Bioy Casares?
Tiene el genio de lo novelesco tanto en los cuentos como en las novelas. Es una escritura que parece lineal, simple, que es fácil de leer pero que, sin embargo, produce efectos muy novelescos, a veces con toques muy sutiles. Una sola palabra basta para trastocarlo todo y hacer pasar al lector a otra realidad, a otro mundo.

¿Qué le hace pensar, como advierte en el posfacio del libro, que el argentino pudiera ser considerado el mejor diarista del continente?
No he leído todos los diarios del continente pero al repasar Unos días en el Brasil o Borges, que son 1.600 páginas muy densas, me parece que es un diarista extraordinario. Se obligó a escribir toda su vida y nos da un testimonio único sobre Borges después de seleccionar las 20.000 páginas del diario que hizo desde los años treinta hasta 1999, con sinceridad y sin censura.

Bioy Casares
Su temprana vocación por las letras fue estimulada por su familia.

El mismo año de su boda publicó La invención de Morel (1940), su obra más famosa y un clásico de la literatura contemporánea.

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