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El amor y la muerte, louise ackermann, 1800, poema traducido por lisa coco noviembre 4, 2010

Posted by carmenmvascones in poema traducido por lisa coco.
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El amor y la muerte

Mirad ustedes pasar estas parejas efímeras

En los brazos el uno del otro

abrazadas un momento

Todas, antes de mezclar para siempre sus cenizas

hacen el mismo juramento:

Siempre! Una palabra intrépida

que los cielos que envejecen

Con estupor oyen pronunciar

Y que se atreven a repetir de los labios

que palidecen y se helarán.

¿Vosotros que vivís así poco

por qué esta promesa

que un ímpetu de esperanza arranca

a vuestro corazón?

Vano desafío que a la nada echáis

en la ebriedad de un instante de felicidad.

Amantes, acerca de vosotros una voz firme

grita a todo lo que nace: Ama y muere aquí.

La muerte es implacable y el cielo insensible:

no huiréis.

Y bien, ya que le ocurre sin turbio

y sin murmullo

Fuertes de este mismo amor de él que

os emborracháis

y perdidos en el pecho de la

inmensa naturaleza

¡Amad entonces, y morid.

No, no, no todo está dicho

hacia la frágil belleza

cuando un encanto indomable trae el deseo

bajo el fuego de un beso

cuando nuestra pobre arcilla

se estremece de placer.

Nuestro juramento consagrado se lleva

desde un alma inmortal

Esto es ella, que se conmueve cuando

se estremece el cuerpo

oímos su voz y el ruido de su ala

hasta en nuestros ardores.

La repetimos entonces esta palabra

que hace de envidia difumina,

del firmamento, los astros màs radiantes.

Esta palabra que une los corazones

y deviene desde la vida

su atadura para el cielo.

En el éxtasis de una perpetua estrecha

pasan arrastradas estas parejas enamoradas

y no se paran ni para echar con miedo

una mirada en su entorno.

Quedan serenas cuando todo se derrumba y cae,

Su esperanza es su alegría y su apoyo divino

No tropiezan cuando contra una tumba

Sus pies chocan en camino.

Tú mismo, cuándo arreglan tus bosques su delirio,

Cuándo cubres de flores y de sombra sus sendas,

Naturaleza, tú, su madre, tendrías esta sonrisa

¿Si murieran todos enteros?

¡Bajo el velo ligero de la belleza mortal

Encontrar el alma que se busca y que para nosotros brota,

El tiempo de entreverla, de exclamar: Ésta es ella!

Y perderla enseguida.

¡Y perderla para siempre! Este único pensamiento

Convierte en espectro en nuestros ojos la imagen del amor.

¡Y qué! ¡estos votos infinitos, este ardor insensato

Para un ser de un día!

Y tú, serías pues a este punto sin entrañas

Gran Dios que tiene desde el alto

todo sentir y todo ver

Que muchos adioses desoladores y muchos funerales

no puedan conmoverte,

Que a esta tumba obscura dónde nos haces bajar

Tú diga: Custódialos, sus gritos son superfluos.

Se llora amargamente en vano sobre su ceniza;

¡Ya no los devolverás! ”

¡Pero no! Dios que se llama bueno, permite que se espere;

Unir para dividir, no es tu dibujo.

Todo lo que se ha querido, fue este día, sobre la tierra

Va a quererse en tu seno.

¡Eternidad del hombre, ilusión! ¡quimera!

¡Mentira del amor y del orgullo humano!

¡No ha tenido para nada, del ayer, este fantasma efímero

Le hace falta un mañana!

Por este relámpago de vida y por esta centella

Que quema un minuto en vuestros corazones asombrados

Olvidáis al improviso el barro materno

Y vuestras suertes limitadas.

¿Huiríais pues, ay temerarios soñadores

Sólo al Poder fatal que destruye creando?

Dejáis una tal esperanza; cada barro es hermano

Frente a la nada.

Decís a la Noche que paso yo en sus velos:

” Amo, y yo espero ver espirar tus antorchas. ”

La Noche no contesta nada, pero mañana sus estrellas

Brillarán sobre vuestros sepulcros.

Creéis que el amor de que el áspero fuego os oprime

ha reservado para vosotros su llama y sus departamentos ;

La flor que rompéis suspira con ebriedad:

“¡También nosotros queremos!”

Felices, aspiráis la gran alma invisible

Que todo llena, los bosques, los campos de sus ardores;

La Naturaleza sonríe, pero es insensible:

¿Qué le hacen vuestras felicidades?

Sólo tiene un deseo, la madrastra inmortal,

Y es parir inacabablemente, siempre,

sin fin, todavía.

Madre ávida, ha tomado la eternidad para ella

Y os ha dejado la muerte.

Toda su previdencia es para lo que va a nacer;

El sobrante es confundido en un supremo olvido.

Vosotros, habéis querido, podéis desaparecer:

Su voto se ha realizado.

Cuando un soplo de amor atraviesa vuestros pechos

Sobre borbotones de felicidad que os tiene suspendidos

A los pies de la Belleza cuando manos divinas

Os echan trastornados

Cuando, apremiante sobre este corazón

que va a apagarse pronto

otro objeto doliente, forma vana aquí

Os parece, mortales, que vayáis a apretar

El infinito en vuestros brazos.

Estos delirios sagrados, estos deseos sin medida

Azuzados en vuestras caderas como los ardientes enjambres

Estos delirio, ya es la humanidad futura

Que se agita en vuestros senos.

Se licuará, esta arcilla ligera

Que ha conmovido un instante la alegría y el dolor;

Los vientos van a dispersar este noble polvo

Que fue corazón un tiempo.

Pero otros corazones nacerán y reanudarán la trama

De vuestras esperanzas partidas,

de vuestros amores apagados

Perpetuando vuestras lágrimas, vuestros sueños,

vuestra llama

En las edades lejanas.

Todos los seres, formando una cadena eterna,

se pasan, corriendo, la antorcha del amor.

Cada uno toma velozmente la antorcha inmortal

Y la devuelve a su vuelta.

Cegados por el estallido de su luz errante

Jurad, en la noche dónde el hado os abismó,

Atarla siempre: a vuestra mano moribunda

Ella ya escapa.

Por lo menos habréis visto brillar un relámpago sublime

Habrá surcado vuestra vida un momento

Cayendo, podrá llevar en el abismo

Vuestro vislumbre.

Y cuando él, reine al final del cielo pacífico

Un ser sin piedad que contemplara sufrir

Si su ojo eterno considera, impasible,

el nacimiento y la muerte.

¡Sobre el bordo de la tumba, y bajo esta mirada misma,

Que un movimiento de amor sea todavía vuestro adiós!

¡Sí, haced ver cuánto el hombre es grande cuando quiere,

Y perdonad a Dios!

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