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Ángel Emilio Hidalgo nació en Guayaquil, en 1973. y Eduardo Espina, poeta uruguayo. octubre 27, 2010

Posted by carmenmvascones in Uncategorized.
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“El trabajo del poeta no es el del astro pop”

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Eduardo Espina, poeta uruguayo. | FOTO:

FOTO:

Eduardo Espina, poeta uruguayo.

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El poeta y crítico uruguayo, quien estuvo en Guayaquil para la Feria del Libro, habla sobre su oficio.

Nacido en Montevideo, en 1954, Eduardo Espina es uno de los poetas latinoamericanos más respetados por sus compañeros de oficio. Sobre su obra han opinado autores tan distintos estilísticamente -aunque todos de renombre continental- como José Kozer, Álvaro Mutis, Néstor Perlongher, José Emilio Pacheco, Marosa Di Giorgo o Carlos Germán Belli. 

Doctor en Filosofía por la Universidad de Washington en St. Louis, ha sido profesor de poesía contemporánea en Estados Unidos y México, además de haber obtenido varios premios. Estuvo en Guayaquil hace unos días, como invitado a la Feria del Libro, y conversó sobre su  labor poética.

Usted es asociado históricamente con el movimiento Neobarroco, en cuanto a su trabajo lírico, y es, además, catedrático universitario en Estados Unidos y un reconocido ensayista de temas de literatura y cultura… A veces parecería que la academia norteamericana mantiene un acercamiento más sostenido y profundo hacia la poesía latinoamericana que nuestra propia academia. ¿Es así? Por otro lado,  ¿cómo le ha ayudado su experiencia a pensar si, desde la crítica, tienen aún vigencia ciertos membretes generacionales o escuelas como el mismo Neobarroco?…
Creo que el mundo hispano no tiene un corpus crítico sólido. Lo que encontramos son poetas escribiendo sobre otros poetas. En el mundo anglosajón, por el contrario, hallamos críticos -por solo mencionar a Marjorie Perloff, Harold Bloom, entre otros- que no solo han escrito circunstancialmente sobre la poesía, sino que se han dedicado a estudiarla sostenidamente. No creo que se pueda hablar con criterio de una poesía continental, cuando en la parte crítica seguimos en pañales. Aquí es todo bastante intuitivo.

“En la poesía norteamericana vemos, a partir de Eliot, que la escritura es, sobre todo, un acto de inteligencia”

Te pongo el caso que vos mencionás, el del Neobarroco: te pueden hablar sobre aquello porque de repente les interesó, pero al no haber investigación sostenida de por medio te sueltan que Lezama Lima es el primer neobarroco, sin fijarse, por ejemplo, que ya en el siglo XIX, en la poesía gauchesca de Hilario Ascásubi, podemos encontrar elementos que nos podrían permitir hablar de una suerte de neobarroco oral hispanoamericano; así como, luego, hay elementos que van en ese sentido en la poesía de Julio Herrera y Reissig. Y si hablamos de las apuestas arriesgadas, déjame contarte una anécdota: Francisco Acuña de Figueroa, autor de la letra del himno nacional uruguayo, escribió un libro entero en celebración del falo… Pocos saben de eso, y es que  aquí está todo por “historiorizarse”… Por eso, a nosotros nos resulta bastante extraño el hecho de que los anglosajones tengan un respeto tan grande no solo  por nuestra poesía, sino  por la propia obra escrita en inglés. Los norteamericanos  tienen importantísimos archivos, en distintos formatos, del trabajo de sus poetas; así como innumerables revistas académicas.

¿Qué autores y líneas poéticas concretas de la  literatura norteamericana, entonces, le han interesado de manera más profunda?
Me fui a Estados Unidos por una casualidad histórica.  Había traducido unos poemas de William Carlos Williams, y a raíz de aquello, el agregado cultural de la embajada estadounidense -figura que yo no sabía que existía- me invitó al programa de escritores de la Universidad de Iowa; o sea que mi trabajo con la poesía norteamericana viene incluso desde antes de llegar al país. Llevo tiempo trabajando en ver cómo se ha dado la relación en la modernidad entre el discurso poético norteamericano y el hispanoamericano.

Me interesa, en los autores estadounidenses, la inteligencia del lenguaje. Ocurre que en la poesía hispanoamericana ha sido una constante la necesidad de emocionar inmediatamente al lector; mientras que en la norteamericana, a partir de Eliot -que es el primer escritor moderno de la lengua inglesa, cuando en 1911 empieza a escribir La canción de amor de Alfred J. Prufrock- vemos que la poesía es, sobre todo, un acto de inteligencia. Obviamente, en cuanto a los resultados estéticos de este pensamiento poético, existen distintas variaciones. El coloquialismo de William Carlos Williams; el tono un tanto metafísico de Wallace Stevens;  el objetivismo de Zukofsky o George Oppen…

Su poesía es, en ese sentido -el de la tradición de la inteligencia del lenguaje- abigarrada y difícil; cabría pensar que lejos está del anhelo acuñado por Machado de “escribir para toda la gente”; o la intervención, si no masiva, sí multitudinaria, a lo Maiakovski…
Yo creo que ningún matemático que descubre una fórmula o prueba un teorema sale a la calle a decir “miren lo que hice”. En ese sentido, el trabajo del poeta no es el del cantante pop ni el del político. Creo que, en todo caso, hay que elevar, no igualar hacia abajo. Volviendo al caso de Eliot: cuando está escribiendo La tierra baldía, posee una autoconciencia de que el lector debería ser desafiado; de que el objetivo no es generar una comunicación cerrada y directa… comunicación que, entre otras cosas, no logramos ni ante las cosas fundamentales de la vida, que son el amor y la muerte. Si una mujer te dice que está enamorada de vos, difícilmente podrá definir, a ciencia cierta, el porqué. Así mismo, aceptamos la muerte sabiendo que la respuesta ante el porqué es inexistente.

“Todos esos poetas que dicen: ‘yo no leo mucho, pero escribo mucho’, no son, por lo general, muy buenos”

La poesía, entonces, no genera respuestas, sino efectos. Momentos en que el pensamiento se llena de inquietudes que antes no estaban allí. A veces nos enfrentamos a un texto de amor en el que reconocemos los mismos sentimientos que podemos haber tenido en un momento determinado y, al mismo tiempo, permanecemos casi indiferentes ante ese trabajo, quizás porque lo entendemos demasiado. Pero cuando hay desafío, cuando hay enigma, la admiración permanece por años.

El tema que me interesa más es, en fin, el del pensamiento poético. El ver cómo se da la creación. Los lugares que ocupa el lenguaje cuando está pensando en términos líricos. Los grandes filósofos han sido grandes  escritores; y los poetas lo que hacen es desarrollar desde un punto de vista analógico, imaginativo, los mismos dilemas que los filósofos. Es decir, los resuelven por otro camino. La conciliación es natural.

Ha expresado en reiteradas ocasiones que el mayor desafío de un poeta es el hallazgo de su propia voz… ¿cómo ocurrió eso en su caso?
Creo que esto le debe haber pasado a todo el mundo (aunque muchos no querrán reconocerlo): envidiar el poema de otro. Es una sensación de familiaridad. De repente uno encuentra que está dialogando con alguien que murió hace cuatrocientos años, y que ese alguien podría haber sido uno. Lo más difícil es distanciarse de esa admiración; del encandilamiento ante la grandeza de otro. Y con esto quiero decir, también, que no se puede escribir sin leer. Todos esos poetas que dicen: “yo no leo mucho, pero escribo mucho”, no son, por lo general, muy buenos. De hecho, son muy malos. Pero en fin, uno comienza escribiendo porque tiene algo para decir; lo difícil es, luego, encontrar una voz propia. Hay poetas que pasan años escribiendo bien, pero sin que esa voz propia madure.

A principio de la década del ochenta, después de haber pasado un semestre en Iowa, volví a leer lo poco que tenía escrito, y empecé a tener un distanciamiento con ciertas cosas. La sintaxis me llevó por otro camino. En 1982, cuando en el Río de la Plata una gran cantidad de poetas ganaba premios con otras estéticas; y cuando publico Valores personales -que es mi primer libro-, no supe si eso era bueno o malo, pero sentí que nadie había hecho algo parecido. Luego empiezo a tener la relación personal con Néstor Perlongher, que me entendió… Después vino otro desafío: cómo reafirmarme en esa elección, pero sin estancarme. Y en eso sigo.

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“Estoy dentro de una poesía del silencio” //

FOTO: JOSÉ MORÁN / El Telégrafo

Entrevista a / Ángel Emilio Hidalgo, poeta e historiador

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Ángel Emilio Hidalgo nació en Guayaquil, en 1973.

Autor de los libros de poesía: Beberás de estas aguas (Guayaquil, 1997), El trazado del tiempo (Quito, 2003) y la muestra colectiva Porque nuestro es el exilio (Quito, Eskeletra, 2006).

Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ismael Pérez Pazmiño, en 1996, por Beberás de estas aguas.

El poeta e historiador guayaquileño recientemente publicó Fulgor de la derrota, su tercer poemario.
Después de varios años, el guayaquileño Ángel Emilio Hidalgo vuelve a la poesía. Lo hace con Fulgor de la derrota (obra número 13 de la colección literaria Almuerzo desnudo, de la editorial Mar Abierto),  un trabajo que mantiene los rasgos estilísticos fundamentales de sus publicaciones precedentes, así como los mismos intereses temáticos: el encuentro amoroso, la ciudad, la inexorable herrumbre del tiempo cubriéndolo todo, la poesía como oficio ineludible.

El autor -también historiador y catedrático universitario- conversó con El Telégrafo sobre sus afinidades líricas y  las condiciones de su proceso de escritura.

Fulgor de la derrota es un libro que se demoró en salir, a pesar de que estaba listo desde hacía algún tiempo. ¿Por qué se tardó tanto?… Por otro lado, es evidente, con el texto, que resulta importante para usted preservar estilísticamente una voz que  ya a estas alturas constituye una identidad…

Ocurre que soy alguien que se demora mucho  publicando mis libros porque considero que la poesía  debe ser, principalmente, un trabajo depurado; y esa es la condición por la cual  mis textos, mis poemarios,  han salido con una diferencia de seis o siete años. Soy muy exigente e inconforme con el resultado final de cada poema, y   concibo el poemario como una unidad. Es decir, concibo el conjunto de poemas como un círculo que se cierra en un determinado momento. Por eso necesito tomar distancia de ese cuerpo para poder entender que ha llegado el momento de publicarlo.

“Yo soy historiador de profesión y, en todo caso, soy un historiador que también  escribe poesía”

¿En qué lugar del panorama de la literatura ecuatoriana contemporánea cree que lo ubica su trabajo?

Es difícil saberlo, yo escribo porque es una forma de expresar cosas que llevo dentro,  no  para ganar concursos literarios o  aparecer en las páginas  sociales ni de las revistas culturales.  Escribo porque necesito expresar algo que está ahí y que de alguna manera  me asombra, me conmueve o también me jode. Tu pregunta deben responderla los críticos literarios, porque tampoco es mi intención ser parte de ningún canon ni hacer una “carrera” literaria. Yo soy historiador de profesión y, en todo caso, soy un historiador que también  escribe poesía.

La suya sigue siendo una voz de la transparencia, y con este último poemario mucho más, porque se acerca a la tradición zen.  ¿Cómo se genera, en este caso específico, ese contacto con la transparencia zen,  y cómo cree que ese insistir en un discurso genera, como le decía al principio, una identidad que  usted podría definir como  suya?

Creo que es parte de la manera en que concibo la poesía y de las herramientas que tengo al alcance para poder expresarla;  es decir, aquello de que  deba haber un pulimento en torno al lenguaje… En ese sentido, dudo de la efectividad en términos de un lenguaje trabajado y depurado cuando se utilizan frases largas e imágenes rebuscadas… esa es una vía válida, por supuesto, pero yo prefiero la otra.  Podría identificarme con lo que los españoles llaman la poética del silencio, trabajar las esencias del lenguaje y, por lo tanto, de la comunicación. Porque todo poema es una pieza de la comunicación, o de la incomunicación si es que no se logra, de alguna manera, establecer el nexo entre emisor y receptor.  Considero que la vieja lucha o discusión acerca de esa supuesta dialéctica entre pensamiento y comunicación, que se había dado en las décadas de los 80 y 90, está superada…

Pero sí se sigue hablando de la crisis del lenguaje; y desde el psicoanálisis sabemos que el lenguaje no es comunicación sino malentendido…

Sí, claro; por más que todo poema tenga un cariz objetivo, al estilo de los poemas de William Carlos Williams, o realista, está planteándote la elaboración de una idea, como dice Paul Valery.  El poema no es más que el desarrollo de una idea, que puede dispararnos hacia muchos lugares de interpretación, pero   creo que negar la comunicación, sus posibilidades , es una falsa concepción de las probabilidades y la riqueza que tiene la poesía por sí misma, para poder plantear, en efecto, una ambigüedad, pero con la que debe manejarse  una serie de posibilidades de lectura…

Más allá de su elección por la poética del silencio, debe haber  otros referentes u otras influencias que quizá difieren de ese estilo, pero que también lo han  marcado… Lo digo porque sé que es muy buen lector de Enrique Molina, que es un autor de versos largos, de tono surrealista… entonces, ¿cómo dialoga con las distintas tradiciones?

Es que Enrique Molina, con su poética surrealista, trabaja de manera efectiva e intensa las imágenes; en ese sentido, es el tipo de poeta que me gusta, lo mismo que me puede gustar un Cesare Pavese, o una Alejandra Pizarnik, quienes, más bien, intentan una economía  del lenguaje. Son muchos los autores que me han influenciado de alguna u otra forma, más allá de lo que yo considere  mi tradición o mi elección fundamental. Me han interesado Jaime Siles, Antonio Gamoneda o  José Ángel Valente, entre los españoles, así como  Roy Sigüenza o Fernando Nieto Cadena entre los ecuatorianos… Creo que la gente que escribe no debe dejar de beber de todas las fuentes que sean posibles. Eso, como resulta lógico,  hidrata el trabajo propio.

Redacción Cultura
cultura@telegrafo.com.ec

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