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margarite yourcenar, Belgica- EEUU, 1903-1987, Versión de Silvia Barón-Supervielle septiembre 18, 2010

Posted by carmenmvascones in Versión de Silvia Barón-Supervielle.
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El poema del yugo

Las mujeres de mi país llevan sobre los hombros un yugo;
Su corazón pesado y lento oscila entre esos dos polos;
A cada paso, dos grandes baldes de leche chocan
Uno con otro contra sus rodillas;
El alma materna de las vacas, la espuma del pasto masticado,
Brotan en olas nauseosas dulces.

Soy igual que la sirvienta de la granja;
A lo largo del dolor me avanzo de un paso firme;
El balde del lado izquierdo está lleno de sangre;
Puedes beber y saciarte de ese pujante jugo.
El balde del lado derecho está lleno de hielo;
Puedes inclinarte y contemplar tu rostro laso.
Así voy entre mi destino y mi suerte,
Entre mi sangre caliente y líquida y mi amor límpido muerto.
Y cuando esté segura que ni espejo ni bebida
Pueden ya distraer o sosegar tu corazón salvaje,
No quebraré el espejo resignado,
No volcaré el balde donde sangró toda mi vida.
Iré llevando mi balde de sangre en la noche negra
Allí donde están los muertos que en él a beber vendrán.
Iré donde están las olas con mi balde de hielo;
El breve gemido de la orilla será menos dulce que mi llanto;
Un rostro pálido grande se asomará a la duna
Y ese espejo, que ya no quieres, reflejará la faz calma de la luna.

Versión de Silvia Barón-Supervielle

Erótico

Tú la avispa y yo la rosa;
Tú el mar, yo la escollera;
En la creciente radiosa
Tú el Fénix, yo la hoguera.
Tú el Narciso y yo la fuente,
En mis ojos tú brillando;
Tú el río y yo el puente;
Yo la onda en mí nadando.
Y tú el sol y la sal
Y en los labios el caudal
Del rumor meciendo el juego.
Yo el pájaro y el cielo
Azul cruzando su vuelo,
Como el alma atiza el fuego.

Versión de Silvia Barón-Supervielle

Firme propósito

Ni ampararse del día bajo el árbol de nieblas,
Ni morder el verano en las frutas dormido,
Ni besar en los labios lentos de tinieblas
Al muerto evaporado y vano de haber sido.

Ni penetrar el centro del álgebra frío,
Ni en el vacío clavar la máscara infinita.
Ni sembrar el olvido en el glorioso río
Y derramar la nada en la tumba bendita.

Ni rozar, Amor mío, tu boca entregada,
Ni su deseo quemar sin la llama esperada,
Ni arrastrar en el cuerpo rendido la herida.

Ni rezar con las manos juntas de la pena,
Pero traer consigo en la noche serena
El hondo corazón donde sangró la vida.

Versión de Silvia Barón-Supervielle

Fuegos

Lo mismo ocurre con un perro, con una pantera o con una cigarra. Leda decía: “Ya no soy libre para suicidarme
desde que me he comprado un cisne”.

La muerte es un sacramento del que sólo son dignos los más puros: muchos hombres se deshacen,
pero pocos hombres mueren.

No puede construirse una felicidad sino sobre los cimientos de una desesperación. Creo que voy a ponerme a construir.

Que no se acuse a nadie de mi vida.

No soporté bien la felicidad. Falta de costumbre. En tus brazos, lo único que yo podía hacer era morir.

Existe un plan general para el universo. Sólo salimos en los momentos sublimes.

En el avión, cerca de ti, ya no le tengo miedo al peligro. Uno sólo muere cuando está solo.

Existe entre nosotros algo mejor que un amor: una complicidad.

Siete poemas para una muerta

I. Cansados de esperar, los que nos esperaron,
Murieron sin saber que estábamos llegando,
Sus brazos abiertos despacio se cerraron
Y en vez del recuerdo, vino el pesar temblando.

La flor y la oración, la más tierna mirada,
Son ofrendas que Dios no podrá bendecir.
La muerte no escucha la vida desterrada;
Nos junta solamente y no nos puede unir.

Nunca conoceré esa apacible tumba;
Es demasiado tarde, mi grito retumba
Sin eco en la tierra de sorda eternidad;

La muerte desdeñosa o por la fuerza muda,
Nos deja en este umbral oscuro de la duda
Donde no fue el amor y está su soledad.

II. Aquí están la miel profunda de las rosas,
La fragancia, el color, el respirar amado.
No sonreirás más a la luz de las cosas;
Tu gesto de abrazar en suspenso ha quedado.

Ya no sentirán más tus párpados dormidos
El largo deshojar de la melancolía.
Tu corazón se aleja en cielos desvaídos
y yo llego puntual para ver la agonía.

El ser no es más que un nombre; el tiempo es un día;
Por la ruta del sol tu sombra yo amaría
Pero contra la tumba mi amor se golpeó.

La muerte no vacila y supo alcanzarte;
Si me recuerdas hoy sabrás compadecerte
De esta oscuridad que tu antorcha encendió.
III. No había que titubear; había que acudir;
Había que llamar; no había que callar.
No supe presentir que ibas a morir
Y continué mi aislado camino de pasar.

No supe presentir que vería agotarse
El claro manantial donde la sed termina;
No supe presentir que la muerte germina
Un fruto misterioso en la tierra de amarse.

Aquí están mis ojos, mis manos, mi paso
De ayer por el jardín que ahora yace raso;
Te busco titubeando como un extranjero,

Pero sin alcanzarte; me acuso; y envidio
Aquel que comprendió que todo es pasajero
Y descubrió su amor frente a tu espejo tibio.

IV. Jamás de tu alma conocerás el viaje
Comenzado en mi alma al despuntar el día;
Ni el tiempo, ni el amor, ni la edad, ni el paisaje
Borrarán tu huella grabada con la mía.

No sabrás que tiene tu rostro la belleza,
Que el mundo por tu azul dulzura resplandece,
Que la transparencia del lago en la maleza
Refleja tu mirar donde el sol amanece.

Nunca jamás sabrás que eres en mi mano
El oro del farol sobre el andar del mar;
Que tu lejana voz se mueve en mi cantar,

Que tu antorcha, tu luz y resplandor arcano
Me indican el dulce sendero de vivir
Juntos, en una sola sombra de seguir

V. La estrella centelleante es del ciprés la fruta
Balanceando la noche lenta del verano;
La vida en sus velos desnuda por su ruta
Despliega tu esplendor cada vez más cercano.

Tu amor y mi amor, nuestros cuerpos y el latido,
Serán nuevamente diversa infinidad;
La araña constante extiende su tejido
Y el universo atroz teje la eternidad.

El mar sin mañana nos trae a la ribera,
Nos lleva debajo de una puerta soñera;
En todo morirnos, en todo renacemos,

Pero en el corazón de sed desconocida
Amor y esperanza imaginan que vemos
De aquella muerte el astro engendrar esta vida.

VI. La miel de las cosas al fondo inalterable
Es deseo, dolor y es remordimiento;
Alambique sin fin donde el tiempo incansable
Destila del día o la noche el movimiento.

Comienza a madurar otra vez el rumor ,
La misma nota vibra en distintos sonidos;
No se puede cortar del perfume la flor
Ni el alma del cuerpo eternamente unidos.

El cielo nos retira la escala fugaz,
No verás derramarse el amor por mi faz;
Cada día cerrará la luz que te veía,

Cada noche en la noche vendrá progresando,
Como en tus brazos lentamente yo venía,
Para cerrar también lo que se está apagando.

VII. Aquí viene en silencio el espacio del canto
Que puede sin herirte pasar a tu lado;
Dejemos las flores cubrirte con su llanto,
La sonrisa trazar en el rostro el pasado.

Cuando la máscara desciende fatigada
Y se deslizan en el lecho los durmientes,
Todos los dedos de la hierba derribada
Quisiera acariciar con mis manos ardientes.

Es hacia tu dulzura que va mi sendero.
De este suelo acompasado el jardinero
Del olvido barre el otoño de quererte.

El amor inmortal corre en la lejanía
De la sangre, y no turbaré con mi elegía,
La cita infinita de la tierra y la muerte.

Versión de Silvia Barón-Supervielle

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Marguerite Yourcenar; La voz de las cosas
Mauricio Carrera | Estilo
Sábado 16 de Abril, 2005 | Hora de creación: 00:00| Ultima modificación: 04:38

Conocí a Marguerite Yourcenar (Crayencour, 1982), en Japón. Preparaba su libro sobre Mishima. La entrevisté en un hotel de Tokio. Afuera esperaba Jerry Wilson, su joven pareja. Estaba nervioso, inquieto. Se aparecía de cuando en cuando para urgirme de mal modo a terminar mi conversación con ella. Parecía un amante celoso. Se esmeraba en cuidarla. Destilaba juventud e impaciencia. Ella, en cambio, se mostraba serena, tranquila. Era una anciana amable y de buen talante. No tenía prisa. No se mostró impaciente ante mis preguntas. Me pareció una mujer bondadosa. Una mujer sabia.
Hoy, tras leer La voz de las cosas, su último libro, recuerdo los pormenores de ese encuentro, fortuito y afortunado, y veo reflejado el origen de esa sabiduría y esa bondad. Es un libro íntimo, que nos habla del mundo interior que llegó a alcanzar, hacia el final de su vida, la autora de Las memorias de Adriano y de Alexis o el tratado del inútil combate.
“En esta etapa de su vida”, como señala José Antonio Lugo en Caligrafías (2003), “estaba más que nada preocupada por regirse en consonancia con los cuatro votos budistas: Luchar contra los malos pensamientos/ Sumergirse hasta el fondo en el estudio/ Perfeccionarse en la medida de lo posible y/ Por numerosas que sean las criaturas errantes en el Universo, trabajar para salvarlas”.
No se trata, en estricto sentido, de una obra escrita por Yourcenar. La voz de las cosas se compone de pensamientos, frases, poemas y canciones “provenientes del budismo, el cristianismo, el taoísmo, la poesía contemporánea, el misticismo católico, el pensamiento hindú, el judaísmo, el romanticismo, la mística de la Edad Media, el Corán, el sufismo y el teatro Noh”, como informa el propio Lugo, responsable del prólogo y la traducción de este volumen, el último publicado por la escritora.
Hay citas del Tao Te King: “Las armas, por espléndidas que sean, provocan horror en todas las criaturas”. De Rilke: “Uno elige la medalla o las rosas”. Del maestro zen Daito Kanushi: “Si el ojo pudiera oír/ si la oreja pudiera ver,/ amarías/ el simple ruido del agua sobre el techo”. De Blake: “El desnudo de la mujer es la obra de Dios”. De la tradición hasídica: “Dios está donde se le deja entrar”. De Confucio: “El hombre bien nacido es tranquilo y espacioso. El vulgar se agita siempre”. De Bob Dylan: “¿Y cuántas veces silbarán las balas antes de ser prohibidas para siempre?”
En estos pensamientos se trasluce la serenidad lograda por una Marguerite Yourcenar conciente de haber alcanzado el éxito, la inmortalidad literaria, “la consagración parisina”, como ella misma lo definió. Podía escribir o publicar lo que le viniera en gana. O dejar de escribir para dedicarse a hacer pan o a cultivar un jardín, como lo hizo en Marruecos, en 1981. “Quizá tenga razón al decirme que me alejo más de la literatura”, escribió en una carta de mayo de ese año, cuatro antes de su muerte. Pero esta serenidad también abreva de su constante búsqueda de conocimiento. Pasa, como se desprende del prólogo, de escribir obras maestras con personajes poderosos, como Adriano, o sabios, como el Zenon de Opus Nigrum, que le llevaron años y años de preparación y estudios, a publicar un libro de significativo título: Un hombre oscuro. En él, su protagonista, Natanael, no aspira a riquezas o a cambiar el rumbo de la historia del mundo. Es un ser común y corriente que acepta su destino como algo propio de la condición humana.
Es la propia Marguerite Yourcenar, quien ya desde Memorias de Adriano intuía: “Me acomodaba muy mal en un mundo sin libros, pero la realidad no está ahí, porque no cabe entera”.
La voz de las cosas es un acercamiento a esa realidad, expresada en pensamientos que han sobrevivido al tiempo, a las modas, a los ismos. El título hace referencia a un episodio más en la vida de la escritora, ya en sus últimos años y conciente más que nunca de la fugacidad de cualquier esfuerzo humano, incluidos el amor y la literatura. No hay que olvidar que su propia madre murió por complicaciones de parto y que “vio morir a los seres que amó”: André Fraigneau, Grace Frick, Jerry Wilson. “Alma que se mantiene en pie sin desfallecer”, de Agrippa, es, precisamente, el último pensamiento de este libro. El episodio que da nombre al volumen ocurre precisamente en momentos en que la vida que se apaga, se hace presente. Ella se encuentra hospitalizada en Maine, Estados Unidos. Es octubre de 1985. Recibe la visita de Jerry Wilson, quien ha viajado desde París para verla. Él mismo está enfermo de SIDA. Le entrega una “admirable placa de malaquita” que ella le había dado el 22 de marzo pasado, como regalo de cumpleaños. Era, en su carácter tectónico, milenario, bello, una excelente muestra del amor que sentían el uno por el otro. Jerry permaneció a su lado, lo mismo que la piedra, que mantuvo entre sus manos. “Sin duda mis manos estaban débiles y yo misma un poco adormecida, ya que sentí deslizarse algo, y un ruido ligero, fatal, irreparable, me despertó de mi sueño”. La malaquita había caído, rompiéndose en mil pedazos. La Yourcenar estaba desconsolada. Había “destruido de ese modo y para siempre ese objeto que tanto había contado para nosotros, esa placa mineral de diseño perfecto, casi tan antigua como la tierra”.
Su sonido al romperse motivó el comentario de Jerry Wilson:
—Es como la voz de las cosas…
Se trata, lo dice la propia Yourcenar, “de un pequeño libro, donde nada o casi nada es mío, salvo algunas traducciones, pero que me ha servido de libro de cabecera y libro de viaje durante tantos años y, a veces, como reserva de valor”.
Junto con Laura López Morales y Fernando Solana Olivares, José Antonio Lugo es uno de los grandes conocedores en nuestro país de la obra yourcenariana. La traducción es uno más de sus homenajes a la escritora de Las memorias de Adriano. Traducción, por supuesto, impecable. Me quedan sin embargo dos pequeñas dudas: la primera, sobre la versión que utilizó para traducir La respuesta está en el viento, de Bob Dylan, el original en inglés o la francesa incluida en La voix des choses publicada por Gallimard, ya que cuestionaría el sentido del estribillo; y la segunda, las dos versiones de los cuatro votos budistas, uno incluido en su propio libro de ensayos Caligrafías y el otro en la versión española del libro que venimos comentando. Me gusta más la primera versión, por encontrarla más pulcra, más contundente.
La voz de las cosas se trata de un libro íntimo, acaso reservado para unas cuantas personas cercanas a Yourcenar (“Hay seres a través de los cuales Dios me ha amado”, como escribe Saint Martín en este libro). No están aquí los pensamientos deslumbrantes o la mercadotecnia mística a lo Paulo Coelho. Está la sabiduría desnuda de quien llegó a decir, en Los ojos abiertos, la larga entrevista hecha por Mathieu Galey: “Sea uno el que sea, muere sobre un planeta”. Cavafis, claro, está ahí, presente en esa frase que nos remite a su poema “La ciudad”. Un poeta a quien ella tradujo y a quien se extraña no ver en este libro, al mismo tiempo sabio y místico. Me quedo más con la inteligencia de Blake que con el razonamiento católico o los aforismos y pensamientos zen y tao incluidos. Es un libro de aprendizaje y contemplación, fuente de sentimientos y de las razones del espíritu. “Es una muestra de las alturas que puede alcanzar el corazón humano en su eterna aspiración a la belleza y a la sabiduría”, como señala Lugo.

Marguerite Yourcenar. La voz de las cosas. Traducción y prólogo, José Antonio Lugo. México:
El Viejo Pozo/Universidad Autónoma de Chiapas, 2005.

Teme en el muro ciego
una mirada que te espía.
A la materia misma un verbo está atado,
no lo hagas servir a un uso impío.

Gerard de Nerval

Un petirrojo en una caja
enfurece al Cielo todo.

Un palomar lleno de palomas
sacude al Infierno en todas sus regiones.

No mates ni mariposa ni polilla,
porque el día del Juicio llegará muy aprisa.

El desnudo de la mujer es la obra de Dios.

William Blake
Me persigues a donde vaya,
fuerza ardiente
que me pone a prueba nudo a nudo
en la tormenta.
Me atacas para que vaya
entre las cosas.
Uno elige la medalla
o las rosas.

Rilke

El maestro dijo:
Aprender la verdad por la mañana y
morir por la tarde, con eso es suficiente.

El maestro dijo:
La justicia para un hombre bien nacido
está por encima del valor. El valor
privado del sentido de la justicia
convierte a los grandes señores en
rebeldes y a los pobres en bandidos.

Confucio

¿Dónde va el alma después de la muerte?
No es necesario que vaya a alguna parte.

Jacob Boehme

Dios está donde se le deja entrar

Sabiduría hasídica

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Marguerite Yourcenar:
Viaje y conciencia
de lo universal
¿Quién puede ser tan insensato como
para morir sin haber dado, por lo
menos, una vuelta a su cárcel?

EL TIEMPO DE LOS PRIMEROS AMORES. GRACE FRICK EN LA UNIVERSIDAD DE YALE.

La vida y la obra de Marguerite Yourcenar,
con énfasis en lo que significan para ella el viaje,
la lectura, el encuentro con otros seres humanos,
el conocimiento del entorno y de sí misma.

Por Vicente Torres

Desde su creación por el cardenal Richelieu en 1634, por primera vez en la historia de la Academia Francesa de Letras una mujer es admitida como miembro en 1980, destruyendo así el mito de la escritura singularizada por el género. Las primeras publicaciones de Marguerite Yourcenar datan de 1921, aunque la familiaridad de los lectores hacia sus libros ha avanzado a un ritmo infinitamente más lento que el de su celebridad. ¿No afirmaba acaso Jean d’Ormesson en el discurso de recepción pronunciado en la Academia, que Yourcenar «sigue siendo una especie de misterio extremadamente célebre, una especie de oscuridad luminosa»?
Nacida en Bruselas en 1903, de padre francés y de madre belga -quien días después del alumbramiento fallece como consecuencia de una fiebre puerperal-, Marguerite Antoinette Jeanne Marie Ghislaine de Crayencour abandona su linaje aristocrático para convertirse en Marguerite Yourcenar, seudónimo anagramático que sería su nombre oficial a partir de 1947. Tuvo tres nacionalidades (belga, francesa y estadounidense) y fue elegida, además de la Academia Francesa, por la Academia Real Belga de Lengua y Literatura Francesas y por la Academia Americana de Artes y Letras.
La vida y la obra de Yourcenar se inscriben bajo el signo del desplazamiento incesante. A partir de 1950, fija su residencia en la isla de los Montes Desiertos (Maine, Estados Unidos), alternando su exilio voluntario con viajes alrededor del mundo. Una isla: principio de soledad. El viaje: principio de conocimiento. «[…] en el hombre, al igual que en las aves, parece haber una necesidad de emigración, una vital necesidad de sentirse en otra parte»1.
Cuando estalla la primera guerra mundial, la joven Mar-gue-rite acompañada por su padre Michel de Crayencour -pues ella nunca asistió a la escuela, Michel fue su preceptor y guía en los estudios-, emigra a Inglaterra, donde se inicia a la edad de once años en el estudio de las lenguas inglesa, latina y griega, y comienza a leer por sus propios medios a los poetas italianos en su lengua original. En 1922, se encuentra en Italia en el momento del advenimiento de Mussolini y del fascismo, situación que denunciará -primera vez que un escritor europeo lo hace- en su libro El denario del sueño. Por esta época realiza numerosos viajes a Suiza, Yugoslavia, Grecia, Turquía y a los Estados Unidos. Hacia el final de su vida visita Dinamarca, Argelia, Marruecos, Egipto, Japón, Tailandia, India y Kenia.
En 1986, Yourcenar encuentra a Jorge Luis Borges en Ginebra, seis días antes de la muerte del autor del Libro de arena; allí hablan acerca del laberinto de la vida, al que poco después Borges le encontrará la salida. La escritora, habiendo cancelado por razones de salud un viaje a Nepal, previsto para el invierno de 1987, muere el 17 de diciembre del mismo año en el hospital de Bar Harbor, cerca de Petite Plaisance, su residencia-refugio en la isla de los Montes Desiertos, a la edad de 84 años.
De este desplazamiento permanente, se puede afirmar que la biografía de Marguerite Yourcenar es una biogeografía. La ausencia de un centro geográfico y el itinerario mudante evocan la constatación de Pascal, según la cual la naturaleza es una esfera infinita cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna. Desde esta perspectiva, las fuentes que nutren la escritura yourcenariana tienen la expansión de la universalidad.
La aventura del viaje se convierte de esta manera en una forma privilegiada de descifrar el mundo. A esto añade Yourcenar los otros dos medios de enriquecimiento respecto al conocimiento que circulan a través de su obra: las lecturas y los encuentros con los seres humanos:

Siempre ha habido muchas razones para viajar, de las cuales la más simple -y ya compleja- consiste en hacerlo por la ganancia y por la aventura, dos móviles difícilmente separables incluso en el caso de Las mil y una noches y en el de Marco Polo. Para convertir a una religión, en la que uno cree, a otros hombres supuestamente sumidos en la noche de la ignorancia, como los franciscanos que penetraron en el imperio mongol, Francisco Javier en el Japón o asimismo los monjes hindúes que evangelizaron China, o los monjes chinos de camino hacia el Japón. Hay otros casos en que se viaja para regresar, como Ulises, a una patria perdida o
-como lo hacían, al parecer, los grandes navegantes primitivos- con la esperanza de encontrar una isla más favorable que aquella que abandonaban. Muy pronto, a esos motivos viene a añadirse un nuevo móvil: la búsqueda del conocimiento. Ulises, como tan bien lo vio el poeta griego moderno Cavafis, encuentra, en las numerosas escalas que lo separan de Ítaca, una ocasión para instruirse y gozar de la vida. Los viajes en busca del conocimiento son de todos los tiempos: conocemos aquellos, a menudo legendarios, de los sabios griegos a Egipto, de los romanos a Grecia, de los japoneses a Corea o a China, de los filósofos occidentales de la edad media al mundo musulmán y a Asia. El viaje a lejanas regiones se convirtió en un ingrediente casi indispensable de la vida de los filósofos, ya se tratara de Solón o de Paracelso. En todos los casos, se trata de informarse acerca del mundo tal cual es y de instruirse también ante los vestigios de lo que ha sido. […]
Presentimos que, pese a todo, nuestros viajes, al igual que nuestras lecturas y encuentros con nuestros semejantes, son unos medios de enriquecimiento que no podemos negarnos 2.
MARGUERITE CON POCOS
MESES DE EDAD

De la misma manera en que la biografía de Marguerite Yourcenar es una biogeografía, su bibliografía es una bibliogeografía. Los lugares donde transcurren sus obras se sitúan bajo el signo de la universalidad espacial: El denario del sueño se desarrolla en Italia; El tiro de gracia, en los países bálticos; los Cuentos orientales se localizan en la antigua China, Japón, los Balcanes, en la Grecia contemporánea. Europa, África septentrional y el Medio Oriente son los escenarios, en el siglo II, de Memorias de Adriano; Opus nigrum se desarrolla en Flandes, Italia y Alemania durante el Renacimiento. Un hombre oscuro transcurre en la isla de los Montes Desiertos y en los Países Bajos, en el temprano siglo XVII. Sólo el tiempo y los lugares ausentes son los de Marguerite Yourcenar misma: están ausentes ella, su medio, su condición, su país, su tiempo. Escritura que viaja, escritura del viaje, viaje de la escritura, Yourcenar es una escritora itinerante en continua partencia.
Pese a la gran diversidad espacial, dos ejes geográficos irradian esta profusa obra: Grecia y Oriente.
Si bien es cierto que el recurso del mito griego se convierte en el siglo XX en el vehículo críptico por excelencia a través del cual escritores como Sartre, Giraudoux y Giono expresan su rechazo a la devastadora empresa hitleriana (en la obra para teatro Electra o la caída de las máscaras, Yourcenar se une a esta voz de indignación), también es cierto que la Dama de los Montes Desiertos hace de la fuente helénica una reserva de recursos que sobrepasa el mito: la herencia del método y del logos griego, que se traduce en su obra en una lógica y lucidez implacables; los poetas satíricos, líricos; los poetas completamente escépticos y los poetas profundamente místicos o eróticos del archipiélago, cuya huella se halla diseminada en la obra de Yourcenar; las escuelas filosóficas como el escepticismo y el cinismo, el estoicismo y el hedonismo, eclecticismo que contribuye a la construcción de la identidad de varios de sus personajes, tales como Alexis, Adriano, Zenón, Nathanael…
Pero es el emperador Adriano, continuador del legado griego en Roma, quien toma la voz de Marguerite Yourcenar, 18 siglos atrás, para afirmar lo siguiente:

Siempre agradeceré a Scauro que me hiciera estudiar el griego a temprana edad. Aún era un niño cuando por primera vez probé de escribir con el estilo los caracteres de ese alfabeto desconocido; empezaba mi gran extrañamiento, mis grandes viajes y el sentimiento de una elección tan deliberada y tan involuntaria como el amor. Amé esa lengua por su flexibilidad de cuerpo bien adiestrado, su riqueza de vocabulario donde a cada palabra se siente el contacto directo y variado de las realidades, y porque casi todo lo que los hombres han dicho de mejor lo han dicho en griego. […]
Yo he administrado el imperio en latín; mi epitafio será inscrito en latín sobre los muros de mi mausoleo a orillas del Tíber; pero he pensado y he vivido en griego. […]
Entreveía la posibilidad de helenizar a los bárbaros, de aticizar a Roma, de imponer poco a poco al mundo la única cultura que ha sabido separarse un día de lo monstruoso, de lo informe, de lo inmóvil, que ha inventado una definición del método, una teoría de la política y de la belleza 3.

EL PADRE, MICHEL DE CRAYENCOUR, CON BARBE, LA CRIADA Y LA PEQUEÑA MARGUERITE A LA EDAD DE CUATRO AÑOS
DE PIE, EL PADRE DE MARGUERITE YOURCENAR CON SUS PADRES Y SU HERMANA MARÍA.

Junto al universo griego, la otra gran fuente que nutre el pensamiento y la escritura yourcenarianos es el Oriente, con el cual la autora se familiariza desde temprana edad mediante traducciones de textos de la India y del Extremo Oriente. En respuesta a una carta suya, Rabindranath Tagore incluso invita a la joven Marguerite para que asista, como estudiante, a la universidad de Santiniketan que él ha creado.
Sólo en 1982 -cinco años antes de su muerte-, la académica descubrirá el Oriente en compañía de un joven de 30 años, Jerry Wilson, quien se convertirá en su compañero de viajes, después que ella ha perdido a su secretaria, excelente traductora y compañera de vida, Grace Frick. Había ya publicado Yourcenar, dos años atrás, Mishima o la visión del vacío, y había comenzado la traducción de Cinco no modernos de Mishima, del japonés al francés, en colaboración con Jun Shiragi. Una serie de crónicas, resultado de este primer gran viaje a Oriente, se publicarán en Una vuelta por mi cárcel, aunque la obra que condensa gran parte de la construcción oriental de Marguerite son los luminosos Cuentos orientales.
El Oriente de Yourcenar es ante todo un Oriente imaginario. Penetra ella en él a través de la literatura y las artes. De las 6.876 obras que se encuentran en la biblioteca de Petite Plaisance, 500 textos están consagrados al Oriente.
El Oriente yourcenariano no es aquel orientalismo exótico, pintoresco o galante del siglo XIX, tal como lo percibían los artistas europeos de aquel entonces: es una invitación a un viaje completamente diferente: se trata de la búsqueda de la dimensión de la trascendencia mediante la noción de lo sagrado, ya sea por medio de las antiguas corrientes místicas o del culto y el rito que ponen en contacto al ser humano con otra suerte de realidades. De tal manera, el Oriente aparece como el com-plemento del componente griego. Es precisamente el emperador Adria-no quien ve en estas dos fuentes, dos formas alternativas de conocimiento:

Una parte de cada vida, y aun de cada vida insignificante, transcurre en buscar las razones de ser, los puntos de partida, las fuentes. Mi impotencia para descubrirlos me llevó a veces a las explicaciones mágicas, a buscar en los delirios de lo oculto lo que el sentido común no alcanzaba a darme. Cuando los cálculos complicados resultan falsos, cuando los mismos filósofos no tienen ya nada que decirnos, es excusable volverse hacia el parloteo fortuito de las aves, o hacia el lejano contrapeso de los astros 4.
MARGUERITE YOURCENAR A LOS TRECE AÑOS, EL 13 DE JULIO DE 1916
MARGUERITE CON UNA MUÑECA JAPONESA. «ELLA ME ABRIÓ AL MUNDO»

La sabiduría, en todas sus formas, es una búsqueda constante de los personajes yourcenarianos. Búsqueda que habitará a la autora desde sus tempranos años. Búsqueda que muchos de sus lectores han hecho suya. En este sentido, el pensamiento místico oriental propone innumerables posibilidades: la idea de la conciliación de los contrarios, en el budismo zen («La luz existe en la oscuridad, la oscuridad existe en la luz»); la idea del brahmanismo según la cual los demonios y los dioses cohabitan en el ser humano. La percepción taoísta de la vida y la muerte como etapas sucesivas. El pensamiento yourcenariano no excluye: integra.
La carta de navegación de las corrientes místicas orientales de Marguerite Yourcenar está constituida por el taoísmo, el confucionismo, el hinduismo, el budismo. A esta configuración mística oriental opondrá ella lo que suele denominar «las Tres Imposturas»: el cristianismo, el judaísmo y el islamismo.
En una serie de entrevistas concedidas a Matthieu Galey, Con los ojos abiertos (1980), afirma Yourcenar:

Tengo varias religiones, como tengo varias patrias, de manera que en cierto sentido no pertenezco quizás a ninguna. No pienso por cierto en renegar del Hombre que ha dicho que aquellos que tengan hambre de fe y de justicia serán saciados (en otro mundo, con seguridad, porque en el nuestro no es verdad), pero menos renuncio a la sabiduría taoísta, parecida a un agua límpida, unas veces clara, otras oscura, bajo la cual se descubre el trasfondo de las cosas. Estoy agradecida por lo precioso que me han enseñado sobre mí misma, y en la medida en que he emprendido y proseguido el estudio, al tantrismo, y a sus métodos casi fisiológicos para despertar las fuerzas del espíritu y del cuerpo, y al zen, esa espada centelleante. Sobre todo, permanezco profundamente ligada al conocimiento budista, estudiado a través de diferentes escuelas que, como las diferentes sectas cristianas, me parecen menos contradecirse que completarse.
No sólo su compasión por todo ser viviente amplía nuestras nociones, muchas veces mezquinas, de la caridad; no sólo, como los presocráticos, vuelve a poner al hombre, pasajero, en un universo que pasa, sino que además, como Sócrates (y confiándose, por supuesto), nos pone en guardia contra las especulaciones metafísicas ambiciosas, para incitarnos, sobre todo a conocernos mejor y, como las filosofías modernas consideradas más audaces, insiste en la necesidad de depender sólo de nosotros mismos: «Sed una lámpara para vosotros mismos…»5.

Marguerite Yourcenar y gran número de sus personajes se guían a lo largo de su existencia por los cuatro votos budistas que resumen una sabiduría muy antigua:

Los cuatro votos budistas que, en efecto, me he recitado con frecuencia en el curso de mi vida, dudo en volver a decirlos en este momento delante de usted, porque un voto es una plegaria, y más secreto aun que una plegaria […] Simplificando: se trata de luchar contra las malas inclinaciones; dedicarse hasta el fin al estudio; perfeccionarse en la medida de lo posible, y por fin por numerosas que sean las criaturas que vagan en la extensión de los tres mundos, es decir en el universo, trabajar para salvarlas. De la conciencia moral al conocimiento intelectual, del perfeccionamiento de sí al amor de los demás, y a la compasión por ellos, todo está allí, me parece, en ese viejo texto que tiene alrededor de 26 siglos 6.

Tal vez la criatura yourcenariana que va más lejos en el camino de la sabiduría sea Nathanael, uno de sus últimos personajes (Un hombre oscuro, dedicado a Jerry Wilson, quien morirá en 1986, víctima de la enfermedad de finales del siglo XX). Nathanael, luego de dejar voluntariamente Amsterdam, se refugia en una isla frisona, donde se integra a la luz, al agua, a la tierra, abandona las categorías del pensamiento que ya no le ofrece ningún recurso; el lenguaje se disuelve en el silencio; los tabiques del tiempo se rompen. Sin darse cuenta, Nathanael accede al estado de iluminación, según los místicos orientales.
Para acceder a la disolución del yo, ha sido necesario que Nathanael atraviese todo el siglo XX: aparece por vez primera ante la joven Marguerite hacia 1920, cuando ya tiene él los rasgos que serán suyos y por su edad podría ser el hermano de su creadora; se refugia luego en la penumbra durante muchos años. Surge de nuevo, súbitamente, en una fría habitación de un hotel mortecino en las proximidades de una estación desierta, hacia la medianoche, mientras Yourcenar espera un tren. Han transcurrido entonces, desde la visión de 1920, 37 años… La imagen de Nathanael es esta vez más nítida: tiene 16 años y ayuda a un maestro de escuela, en Amsterdam. Marguerite se da cuenta de que él cojea un poco y que visto el tiempo que ha pasado, ella puede ser ahora su madre. Obligado a huir después de una reyerta en la que cree haber matado a un hombre, Nathanael zarpa hacia Jamaica, para rozar luego más hacia el norte, la isla de los Montes Desiertos. Podría estar cerca de Ella, en esta noche en la que debe arribar un tren. Pero curiosamente los vectores del tiempo se cruzan: Nathanael ha pasado por allí hace unos 300 años, antes de que su embarcación encallara en las proximidades de la Isla Perdida y volviera luego a Europa, para casarse con Saraï -prostituta y ladrona judía-. Antes de irse a morir en una isla de la costa frisona, la frágil visión onírica se rompe ante el anuncio de la llegada de un tren…

MARGUERITE A LOS 20 AÑOS EN EL SUR DE FRANCIA. POR ESTA ÉPOCA ESCRIBÍA REMOUS, ESBOZO DE OBRAS POSTERIORES
ANDREAS EMBIRICOS, EL AMIGO GRIEGO QUE MARGUERITE AMÓ Y A QUIEN LE DEDICÓ CUENTOS ORIENTALES

En 1980, la anciana Dama de los Montes Desiertos asiste al alumbramiento literario de Nathanael. Él tiene 16 años; ella, 77. El hombre oscuro ha sido forjado por la sabiduría griega, por el ascetismo oriental, pero éstos ya no son más que una huella imperceptible en el cuerpo del texto y participan de la disolución general que contagia las palabras, la identidad del personaje, el tiempo, las categorías del pensamiento. La escritura yourcenariana ha tomado otros rumbos. Lo único estable en este gran naufragio son la noche, el mar, el cielo estrellado, la lluvia y el viento. Nathanael ya puede morir, está integrado al cosmos.
Grecia, Oriente, el paisaje en su dimensión cósmica, son los tres grandes trazos de la escritura yourcenariana. Sus últimas reflexiones tienen que ver con la necesidad de retornar a una existencia sencilla, imposible en el seno de la civilización (¿reminiscencias del ideal ascético de los cínicos?), de hacer del instante presente el eje de gravitación de la eternidad (influencia budista, sin duda), entre otras. ¿No acariciaba acaso el proyecto de escribir un último libro, Paisaje con animales, en el que el hombre aparecería solamente desde el ángulo de su relación con los minerales, las plantas y los animales?
Sources II (Fuentes II) corresponde a la publicación póstuma (1999) de un gran cuaderno de notas que Yourcenar depositó en la biblioteca Houghton de Harvard y que contiene en forma aparentemente caótica (la autora no preveía su publicación) fichas de lecturas, esbozos de textos, pensamientos, citaciones, inventa-rios, recuerdos y fragmentos personales. Todo esto corresponde posiblemente a la década del setenta, época en la que Margue-rite Yourcenar se ve inmovi-lizada en la isla de los Montes Desiertos debido al cáncer que aquejaba a Grace Frick.
Lo cotidiano roza en este texto la trágica e irreversible tríada: la vejez, la enfermedad y la muerte. Lo sublime alterna con lo trivial, lo espiritual con lo privado, el arte con la experiencia vivida. Fuentes II es el testimonio del río secreto que alimentó parte de la vida de la autora de Memorias de Adriano.
Sigue a continuación la traducción por primera vez en español de algunos fragmentos tomados de una de las partes de Fuentes II, Meditaciones en un jardín 7.

LA ÚNICA FOTOGRAFÍA DE MARGUERITE CON GAFAS. A ELLA LE GUSTABA DECIR: «SIEMPRE HE SIDO MIOPE , PERO ME DESAGRADABA LLEVAR GAFAS»
EN LA ÉPOCA DE MEMORIAS DE ADRIANO
RETRATO DE ANDRÉ FRAIGNEAU, EL HOMBRE TAN AMADO (1931). «TU NOMBRE, CUYAS LETRAS SON LOS CLAVOS DE MI PASIÓN»

ANHELOS
Desearía vivir en un mundo sin ruidos artificiales e inútiles, sin velocidad y en el cual la noción misma de velocidad sería despreciada o aborrecida; los medios rápidos de transporte estarían reservados para las profesiones indispensables o para algunos casos graves.
Un mundo sin efusión de sangre humana o animal, en el cual todo crimen se consideraría odioso, conllevando sanciones prácticas y purificaciones morales. El hombre manchado de sangre, automáti-camente apartado por estimarse mancillado, extraviado e insensato.
Un mundo en el cual la sexualidad, en todas sus formas, se consideraría sagrada, aunque no necesariamente situada en el más alto rango de lo sagrado.
Un mundo en el que sería vergonzoso e ilegal tener más de tres hijos. […]
Un mundo en el que la prostitución sería solamente ritual. […]
Un mundo que tendría muy en alto la idea de renovación y que despreciaría la noción de novedad. […]
Un mundo en el que todo objeto viviente, árbol, animal, sería sagrado y jamás destruido, salvo por absoluta necesidad y con un sentimiento de aflicción. […]
Un mundo sin idolatría pero rico en respeto.
Un mundo en el cual la muerte sería una gran aventura.
Un mundo en el cual el suicidio sería la norma cuando comenzara el debilitamiento irreparable de las facultades. Los que a ello se negaran podrían vivir, pero sin honor. […]

ODIOS
La velocidad inútil
La agitación inútil
La publicidad, es decir, la impostura
La rivalidad económica llevada al paroxismo
La fabricación de objetos inútiles
El sometimiento y embotamiento de las masas ocupadas en fabricar esos objetos. […]
La separación del hombre de las formas animales y vegetales vivas.
El ruido mecánico. […]

PROYECTOS
Ausencia total del miedo físico.
Ausencia total del miedo intelectual (creo que ya está logrado)
Aprender a ignorar el ruido. […]
Rectificar siempre si el mínimo error se ha dicho o escrito.
Recordar siempre que cierto coeficiente de error es humano.
Principales virtudes:
Serenidad (ausencia de agitación inútil)
Valentía (casi lo mismo)
Atención, sin cesar alerta
Sobriedad (ausencia de abusos)
Circunspección (rigor o prudencia)
No malignidad (bondad)
Tomar fuerzas momento tras momento. Es Dios (quienquiera que Él sea) quien proveerá el valor de mañana o pasado mañana.
Intentar estar o parecer tranquilo. La calma es calmante.
Volver a leer las cartas manuscritas y retocarlas con el fin de aclarar las palabras poco legibles. No olvidar jamás que escribimos para comunicarnos.
¿La alegría? No. Prematura en un mundo miserable.
¿La felicidad? Tal vez. Pero entonces que la felicidad sea un estanque claro en el cual el dolor vaya a beber.
Los cuatro votos:
Por numerosos que sean mis errores
Me esforzaré en vencerlos.
Por difícil que sea el estudio
A él me entregaré.
Por ardua que sea la vía de la perfección
No renunciaré a caminar en ella.
Por innumerables que sean las criaturas vivientes
En la extensión de los tres mundos,
Trabajaré para su salvación.
Después de esto, todo está dicho y no hay ninguna necesidad de otro precepto en esta tierra.

LA PASIÓN DE LOS ÚLTIMOS AÑOS: JERRY WILSON
MARGUERITE YOURCENAR EN LA ISLA DE LOS MONTES DESIERTOS, EN 1987.
EL TIEMPO, ESE GRAN ESCULTOR

PENSAMIENTOS Y PRECEPTOS
Hacer de cada espacio donde se esté, un lugar limpio, aireado, claro, un oasis para uno mismo y para los otros.
Un lugar en el cual no entre el ruido inútil.
Observar las disciplinas humildes. Fidelidad en las pequeñas cosas.
Dejar cada recinto, cada objeto, más limpio, en lo posible más agradable a la vista que antes de haber ingresado en él, de haberlo tocado. […]
Jamás dejar tras de sí un trabajo sin terminar que otros tengan que realizar en lugar nuestro. […]
Tomar un poco de vino en la noche, como una deliciosa medicina.
La cerveza, alimento líquido. La sidra, esencia del vergel.
El té, caricia de Buda. Estimulante ligero, apoyo casi espiritual.
El café, auxiliar casi ya demasiado fuerte. Un poco, en la mañana, pero con intervalos durante la jornada, en caso de gran fatiga. […]
Cuando era joven, amaba bastante el pintalabios y el rubor en las mejillas que enciende el color de los ojos. Ahora no, o casi nunca y apenas. Que nuestro último rostro sea visto tal y como es.
Aceptar la enfermedad. Tres palabras. Cada letra de esas tres palabras representa millares de esfuerzos. […]
Hoy vi la sabia rana sobre la roca, al borde de la toma de agua en el jardín. Inmóvil, como mineral, bebiendo la luz y el aire, muy antigua y venerable criatura dotada con una sabiduría anfibia. Y tan lejos de mí que no existe medio alguno para hacerle percibir mi amistad por ella.

*

Un sabio griego, Bion, […] habría dicho la siguiente frase: «Los niños matan a las ranas por juego, pero ellas mueren de verdad». Para explicar a los niños por todos aquellos que se ocupan de la infancia. […]

*

Más allá del dolor y la alegría, la dignidad de ser. […]

*

No sientas fastidio por la condición humana, por lo poco que en adelante ella te dé. Bien parece que el estado de ser humano es el único en el que se aprende a pensar.


Mas ante cada fatiga, ante cada dolor inesperado, ante cada síntoma que se agrava de un mal conocido, imagina que tal vez ya no tengas necesidad alguna de vivir.

Todo es mentira, y todo lo que dirán de ti, aun aquellos que creían amarte o pensaban que te conocían, será en gran parte falso. Maya eterna.

Nada habré amado tanto como aquellos encuentros a través de los muros de las especies; el ave que nos habla o que se posa en nuestra mano, la ardilla poco temerosa, el perro amigable. Tal vez más bello aun cuando simplemente viven ante nosotros sin conocernos, y que les importamos tanto como la rama de un árbol.

Si tuviera un consejo para dar a un ser joven y del cual respetara la inteligencia, el ardor o la valentía, le diría: «No te apegues. No te apegues nunca. Demasiadas servidumbres encontrarás en tu vida que te forjarás libremente y al azar, y sin saber adónde te conducirá el compromiso asumido. Por el bien de los otros como por el tuyo propio, no te apegues. La desdicha consiste en que se requiere haber estado frecuentemente apegado para conocer el precio de no estarlo».

La atadura exterior tan sólo se siente, en cualquier caso, cuando el lazo interior se ha gastado o se ha roto.

Pero, por otro lado, quien no se apega sólo conoce lo más superficial de los seres. […]

La libélula con cuerpo de coral, de un rosado visible solamente cuando se posa sobre mi mano. Durante el vuelo, la gasa de sus alas lo recubre 8.


Notas

1. M. Yourcenar, Una vuelta por mi cárcel, Madrid, Ediciones Alfaguara, 1993, p. 186.
2. Ibid., pp. 173, 174, 187.
3. M. Yourcenar, Memorias de Adriano, traducción de Julio Cortázar, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1984, pp. 35, 36, 65.
4. Ibid., pp. 26, 27.
5. M. Galey, Marguerite Yourcenar, Con los ojos abiertos, entrevistas con Matthieu Galey, Buenos Aires, Emecé Editores, 1986, p. 284.
6. Ibid., p. 285.
7. M. Yourcenar, Sources II, París, Ed. Gallimard, 1999, pp. 239-250. La traducción es nuestra.
8. En la traducción se ha respetado la configuración estilística de los fragmentos originale

Revista Número. Carrera 21 Nº85-40 . Telefax: [571] 635-8012¬ 635-8013
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Lourdes VENTURA | Publicado el 10/01/2001

Estas Cartas a sus amigos ayudan a la reconstrucción “parcial” de la vida de Yourcenar, porque la correspondencia no estará completa hasta que vean la luz las cartas que escribió a la compañera de su vida,la norteamericana Grace Frick


Marguerite Yourcenar tenía la convicción de que los escritores debían acometer sus trabajos “sin jamás mezclar indiscretamente en su obra la muestra de su cansancio, ni el secreto de los jugos, a menudo dolorosos, con que tiñeron sus bellas lanas”. La autora de Memorias de Adriano, Alexis o el tratado del inútil combate, Fuegos, El tiro de gracia, Opus Nigrum, o las recopilaciones de ensayos A beneficio de inventario, El tiempo, gran escultor, o Peregrina y extranjera, por mencionar sólo algunos de los títulos más conocidos entre nosotros, manifestó esta idea a propósito de Virginia Woolf, con motivo de una visita que Yourcenar hizo a la escritora inglesa cuando preparaba la traducción francesa de Las Olas, en 1937.

Ese deseo de discreción y el afán pudoroso de separar a la “persona del personaje” , impulsó a Marguerite Yourcenar a guardar celosamente su vida privada; el hecho de que desde 1937 y hasta su muerte, en 1987, viviese en Estados Unidos (donde no veía la televisión y tampoco participaba en corrillos literarios) le sirvió para crearse un aura de misterio, al tiempo que se permitía tomar distancia tanto sobre el devenir cultural francés y europeo, como sobre los oleajes de la literatura del país de acogida. La publicación de este importante corpus epistolar, traducido al español con sumo acierto por María Fortunata Prieto Barral, y cuya edición ha sido preparada y anotada por Michèle Sarde y Joseph Brami con un rigor extremo, hace más asequible la figura de Yourcenar y complementa la biografía escrita por Josyane Savigneau, Marguerite Yourcenar. La invención de una vida, publicada por Alfaguara en 1991.

Organizado cronológicamente, este epistolario de la autora y académica francesa abarca desde una misiva infantil de 1909, enviada a su tía Jeanne de Cartier, hasta una postal escrita sólo dos meses antes de su muerte a su amigo y albacea literario Yannick Guillou, anunciando un viaje a Amsterdam que nunca llegaría a hacer. Entre esas dos fechas el despliegue y la reconstrucción parcial de una vida con su entrevero de confesiones y olvidos, afirmaciones y silencios, amnesias voluntarias y revelaciones inconscientes. La correspondencia torna más clara la imagen global de la escritora sin dejar de interponer juegos de espejos y contradicciones, o tal como va a escribir Yourcenar sobre quien anota sus ideas e impresiones día a día, “no puede por menos de repetirse, de desdecirse, contradecirse y únicamente se va definiendo progresivamente una visión global de entre la confusión y la fluctuación de detalles, de los cambios y del error”. Se ha dicho que estas cartas a “sus amigos”, contribuyen, a pesar de la valiosa aportación biográfica, a una reconstrucción únicamente “parcial” de la vida de la escritora; y esto es así porque la correspondencia de la académica no estará completa hasta que salgan a la luz las cartas que Marguerite Yourcenar escribió a la compañera de su vida y traductora, la norteamericana Grace Frick, con la que compartió su pasión, sus viajes y sus trabajos en el estado de Maine, en el hogar de ambas, la “Petite Plaisance”.

Sí encontraremos aquí cartas a sus editores, puntillosas, exigentes y llenas de sentido práctico, (“Permítame al menos decirle que las objeciones que en su carta me hacía, me han parecido sin pies ni cabeza”, a Jean Ballard); correspondencia generosa y también crítica a amigos que le piden consejos literarios; misivas llenas de gratitud y medidamente halagadoras a críticos que habían hablado bien de sus obras (“Quiero darle las gracias por su admirable artículo en ‘Le magazine Littéraire’”, al académico Jean D´Ormensson); cartas cariñosas a la doncella de su infancia (“Acompaño a ésta un pequeño obsequio de Navidad y Año Nuevo para mi querido ahijadito”, a Camille Letot); cartas que refrenan el alcance del dolor y los días amargos que Yourcenar tuvo que pasar al ver morir de cáncer, en 1979, a su colaboradora y compañera Grace Frick (“Esto pone punto final a casi cuarenta años de abnegación, de los cuales estos diez últimos han sido una constante tortura”, a Jean Chalon); cartas, en el tramo final, dando cuenta de la enfermedad y ulterior muerte por SIDA, a los 36 años, de su secretario y compañero de viajes, el fotógrafo homosexual Jerry Wilson, con quien la unió una gran intimidad: “No sé si alguna información le ha permitido seguir la última evolución del estado de Jerry. Algo increíble: tres tentativas de suicidio, dos de ellas en un salón del Ritz (¡Me cuesta trabajo creerlo!, que han acabado cada vez en la clínica Ste. Anne”, escribirá Marguerite Yourcenar a Yannick Guillou).

En el lúcido caudal de la correspondencia de Yourcenar, donde se intercalan opiniones literarias, reseñas de asuntos domésticos o interpretaciones del mundo que la rodea, vamos a tropezar con los nombres de Natalie Barney, André Fraigneau (la biógrafa de la escritora afirma que Yourcenar estuvo enamorada del autor de Val de grâce), Claude y Gaston Gallimard, Thomas Mann, Paul Morand, Victoria Ocampo, Isabel García Lorca, Jules Romains, Lidia Storini, Andreas Embirikos y hasta Brigitte Bardot, por citar algunos de sus más destacados corresponsales.

Marguerite de Crayencour, nacida en Bruselas en 1903, hija de una joven belga que murió al dar a luz y del aristócrata francés Michel de Crayencour, intuyó, al transformar su apellido en el anagrama Yourcenar y al convertirse en una expatriada que convivía con los clásicos (decía que conocía mejor a Adriano que a su padre), que así protegía su intimidad y obligaba a que el diagnóstico de los lectores y estudiosos se centrase en su obra. Tras la lectura de este epistolario se transparenta y revela la mujer y se profundiza y humaniza la escritora. Aunque Marguerite Yourcenar siga siendo, de momento, un poco esquiva y también algo “peregrina y extranjera”.


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