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CULTURA, DIARIO EL TELEGRAFO, MIGUEL DONOSO PAREJA, Otras perlas encontradas en las cartas de Flaubert a Louise Colet; Julian BARNES – Jorge FERNANDEZ DIAZ/FLAUBERT: Fragmentos de una vida intensa septiembre 5, 2010

Posted by carmenmvascones in MIGUEL DONOSO PAREJA, Otras perlas encontradas en las cartas de Flaubert a Louise Colet.
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dimanche 8 juin 2008

Julian BARNES – Jorge FERNANDEZ DIAZ/FLAUBERT: Fragmentos de una vida intensa

Literatura
Fragmentos de una vida intensa
Por Julian Barnes

La correspondencia que el autor de Madame Bovary mantuvo con amigos y personalidades destacadas de su tiempo- entre ellas, los escritores George Sand y Guy de Maupassant- revela aspectos poco conocidos de su intimidad. El sexo, el arte, las intrigas del mundo cultural, el dinero y la política alimentaban una pluma apasionada, no solo en el terreno de la ficción

La caja de instrumental de Eugène Delamare, funcionario de sanidad de la aldea normanda de Ry en la década de 1840, era sin duda de factura estándar: lo mismo ocurría con el propio Delamare. Hombre inepto aunque concienzudo, fracasó en sus exámenes de medicina y solo alcanzó su modesto estatus profesional gracias a la benévola intervención del cirujano de Ruán con el que se entrenó. Dos cosas, sin embargo, lo distinguían, ambas desafortunadas. La primera era su esposa Delphine. Ella tenía sueños que estaban por encima de su estatus: su variedad de amantes y sus gustos costosos -se comentaron mucho sus cortinas rayadas amarillas y negras- acabaron por conducirla en 1848 a la catástrofe financiera y social; su estrategia para librarse del problema fue el suicidio. El propio Delamare, preso del dolor, se mató el año siguiente. Su segunda desdicha radicaba en el nombre del cirujano que lo había entrenado: Achille-Cléophas Flaubert, padre de un hijo literato. Así, Delphine Delamare se convirtió en Emma Bovary, un fait divers local se convirtió en una gran novela, y por la ley de las consecuencias imprevistas, la caja de instrumental de Delamare (es decir, un objeto concreto cuyo único valor residía en su teórica conexión con un personaje de ficción) fue vendida en noviembre de 2007 por un librero de París en 6500 euros. Una suma que, de haber estado a disposición de madame Delamare, podría haberla salvado de la vergüenza y obligado a Gustave Flaubert a buscar en otra parte el tema de su primera novela.

Los caprichos de la historia y la pertinacia de los académicos hacen aparecer extrañas nimiedades póstumas en la vida de un escritor de genio. Por ejemplo: a fines del otoño de 1877, durante la campaña electoral en la que el reaccionario presidente MacMahon procuraba permanecer en el poder, un hombre mayor que viajaba por Normandía compró dos grandes lápices de carpintero. …l y su compañero de viaje los usaron para garrapatear insidiosos grafitis contra MacMahon sobre muros e incluso asientos de tren. Estos apuntes menores de un novelista importante (que en ese momento se dedicaba a la investigación para Bouvard y Pécuchet ) nunca fueron mencionados en sus cartas ni registrados en ninguna conversación. Esa conducta antisocial -o libertad de expresión- solo se conoció veintisiete años después de su muerte, cuando su compañero de viaje, Edmond Laporte, le mencionó el asunto a un tal Lucien Descaves. Y el secreto incluso podría haber muerto con el habitualmente discreto Laporte, si Flaubert no hubiera terminado rudamente la amistad de ambos dos años después de aquel viaje de investigación.

Más que cualquier otro escritor de su época, Flaubert se esforzó por mantener a distancia a los que sentían curiosidad por su vida. “No tengo biografía”, respondió magistralmente en una oportunidad en que le pidieron detalles personales. Repelía a los periodistas y no permitió que se publicara ninguna fotografía suya. “Ofrecerle al público detalles sobre uno mismo -le escribió a un amigo seis meses antes de morir- es una tentación burguesa a la que siempre me he resistido.” También procuró negarle a la posteridad el libre acceso a sus secretos. Alarmado por la publicación póstuma de dos series de cartas de amor de Mérimée, hizo en 1877 un pacto de quema de cartas con Maxime Du Camp, que borró “nuestra vida entre 1843 y 1857”. Dos años más tarde, durante una sesión de ocho horas con su protégé Maupassant, toda una vida de cartas recibidas fue evaluada, ordenada, empaquetada y en algunos casos (con seguridad, en el de Louise Colet y posiblemente, en el de la institutriz inglesa Juliet Herbert), quemada.

Sin embargo, no es tan sencillo derrotar a la posteridad. No siempre es posible recuperar las cartas y destruirlas; con frecuencia puede adivinarse el contenido y el propósito de las lagunas en una correspondencia; y el solo hecho de la publicación conjunta de casi todas las cartas conocidas -algo que Flaubert difícilmente podría haber imaginado- sirve para subrayar incoherencias, contradicciones y aquellas pequeñas hipocresías impuestas por la cortesía y los buenos modales. Cuando Flaubert se disculpa, en mayo de 1879, por no haber visitado a la belleza de alta sociedad Jeanne de Loynes porque solo “estaba en París por unas pocas horas”, un editor, 130 años más tarde, señala que en realidad estuvo en la ciudad durante casi tres días. Cuando, en marzo del mismo año, le dice a Edna Rogers des Genettes que acaba de terminar de leer todo Spinoza por tercera vez, Jean Bruneau (para quien la Correspondance fue un trabajo de toda la vida) sabe lo suficiente para explicar que ese alarde se aplica solamente a la …tica , ya que Flaubert no descubrió el Tractatus hasta 1870. Y en cuanto a su vida sexual, es frecuente atrapar al novelista mintiéndoles a sus amigas acerca del lugar adónde va, mientras les pide a sus amigos que lo encubran y les informa más tarde qué era lo que había hecho en realidad.

El caso de Juliet Herbert resulta particularmente ejemplar. Hasta hace treinta años, la institutriz a cargo de Caroline, la sobrina de Flaubert, era apenas una presencia efímera en sus cartas; era objeto de algunos comentarios machistas entre Flaubert y Louis Bouilhet, y también se sabía de ella que había completado la primera traducción (ahora perdida) de Madame Bovary , para la que trabajó en estrecha colaboración con el autor. Pero no ha sobrevivido ni una sola carta intercambiada entre ambos y tampoco ha aparecido nunca una fotografía de miss Herbert. En 1980 Hermia Oliver, en Flaubert and an English Governess , postuló que Juliet había sido una presencia mayor y más presente de lo que hasta entonces se había supuesto en la vida de Flaubert. Y ahora, esa relación no solo se considera de toda la vida sino también persistentemente sexual, de manera que en 1878 -dos décadas después que Juliet dejara de trabajar en Croisset-, cuando Flaubert se despide de Laporte, en una carta desde París: “Lo abrazo. Su GIGANTE (que f… como un asno)”, la edición de La Pléiade anota sobriamente: “Tal vez una alusión a Juliet Herbert”. Resulta difícil no preguntarse qué habría pensado de esto la familia Herbert.

El primer volumen de la Correspondance , que abarca los años 1830-1851, se publicó en 1973. Desde entonces, mostrar los veintinueve años restantes de la vida de Flaubert ha insumido treinta y cuatro años de trabajo editorial; así, los fieles lectores han experimentado la extraña sensación de envejecer a la misma velocidad que Flaubert. Jean Bruneau también envejeció con él y cuando Bruneau murió, en 2003, Yvan Leclerc se encargó de completar un trabajo de edición que es virtualmente impecable (el único defecto de este quinto volumen es que Gallimard haya suprimido el índice de cartas, un útil recurso que figuraba en los cuatro volúmenes anteriores). Este volumen final empieza con las últimas cartas de la prolongada y esencial correspondencia de Flaubert con George Sand. Hasta el final ella predica el optimismo, todavía reprochándole su obsesión con la forma novelística, todavía desestimando como una “fantasía insana” su convicción de la ausencia del autor. …l recibe sin malhumor alguno la bienintencionada reprimenda y explica una vez más: “No puedo tener ningún temperamento que no sea el mío. Ni una estética que no sea consecuencia de mi propio temperamento”. Su vida, les dice a otros corresponsales, se ha vuelto “austera y poco sociable”; no hay en ella más que “trabajo, recuerdos y sueños”. Más de una vez se queja de que el “resorte” de su propio mecanismo se ha roto. Está terminando los Tres cuentos y escribiendo Bouvard y Pécuchet ; aparte de eso, sus cuatro últimos años son una época de soledad y de espera del fin. El ermitaño de Croisset ha alcanzado la etapa final de su aislamiento.

Es cierto que su cuerpo se deteriora: se fractura una pierna y solo le queda “una ficha” en el maxilar superior; sufre de lumbago, blefaritis, forúnculos en la cara y de esa perenne afección del escritor sedentario, hemorroides. Sus nervios, sin embargo, son el mayor problema: en 1879, el médico local, Charles Fortin, lo reprende calificándolo de “gran muchacha histérica”, un juicio que concuerda con el diagnóstico enunciado por el doctor Hardy cinco años antes (una “vieja chica histérica”). También es cierto que estas cartas describen la vida de un hombre anciano sin compañía, en todos sus detalles mundanos. Flaubert escribe sobre esponjas y enjuagues bucales y el alto precio de las coliflores; hace arreglar las suelas de sus zapatillas de Estrasburgo, llama a un pedicuro, compra azúcar y damascos para la mermelada, repara el timbre de la puerta con un atizador en vez de un alambre, pierde el irrigador para sus hemorroides, hace renovar las baldosas del baño. Su perro lo “humilla” con sus constantes erecciones, aunque lo divierte cuando vomita sobre la alfombra.

Pero las cartas también socavan la imagen de sí mismo que tiene Flaubert como trabajador implacable y hombre de vida austera: no solo por las escapadas sexuales durante sus viajes a París, sino también por su constante activismo en diversas causas. Pone mucha energía en gestiones e intrigas, tanto en persona como por carta. Su preocupación más duradera es tratar de rescatar el arruinado negocio maderero del esposo de Caroline, Ernest Commanville, objetivo que procura lograr despertando interés y consiguiendo apoyo para constituir una empresa coparticipativa. Pero también politiquea con ministros para conseguirles empleos a Laporte, a Maupassant y a un tal De Le Plé. Es el promotor, casi el agente, de la carrera inicial de Maupassant como poeta y dramaturgo, y usa su influencia para conseguir que se retire la acusación de obscenidad contra el joven escritor; participa en las comisiones abocadas a la construcción de monumentos conmemorativos de Bouilhet en Ruán y de Sand en París, acosa a los editores para que publiquen los poemas reunidos de Bouilhet, estimula la incipiente carrera pictórica de Caroline. Y para sí mismo, trabaja constantemente a fin de asegurar la reedición de sus novelas, la puesta en escena de Le Château des coeurs , su (mediocre) féerie , yla versión operística de Salammbô (se rumorea que con el apoyo de Verdi). Es cierto que estos proyectos no fueron del todo exitosos (Commanville fue a la quiebra, Le Château des coeurs nunca llegó al escenario y George Sand tuvo que esperar hasta 1904 para tener una estatua en París) pero ser un hombre influyente era parte de la imagen que Flaubert tenía de sí mismo. Aunque despreciaba “los negocios”, también creía, a veces al punto de ser cómico, que podía ser bueno en eso cuando era necesario. El ermitaño como gran gestor.

En sus años postreros, a veces se refería a sí mismo como “el último de los Padres de la Iglesia”. Caroline, en su libro de memorias Heures d autrefois , escribió que “parecía una solitaria figura de Port Royal”; y en 1878, cuando Flaubert asistió a un funeral en la catedral de Ruán, su abrigo clerical y su casquete de seda hicieron que uno de los empleados de la funeraria lo llamara “señor abad”. Pero su verdadera iglesia, como siempre, era su “sacrosanta literatura”, en cuyo ámbito todo el mundo lo reconocía como sumo sacerdote, cardenal, papa. Los escritores más jóvenes pedían sus consejos y su bendición, la nueva generación ofreció una cena de gratitud en alabanza de Flaubert, Zola y Edmond de Goncourt, una cortesía que ese trío de ancianos retribuyó.

Pero, en este punto, una vez más irrumpe la ley de la consecuencia imprevista. Ya es suficientemente malo que el duradero éxito de Madame Bovary haya opacado, y a sus ojos, disminuido, la apreciación pública y crítica de sus libros ulteriores (“Le aseguro que si pudiera permitírmelo, dejaría ese libro fuera de circulación”). Peor aún, advierte que, a medida que la historia de la literatura empieza a solidificarse a su alrededor, su posición parece haber sido malentendida. El mundo artístico se ha llenado de manera irritante de escuelas e -ismos: realismo, naturalismo, impresionismo (“¡Una banda de bromistas que se han convencido a sí mismos y quieren convencernos a nosotros de que han descubierto el Mediterráneo!”). Y ahora descubre que lo aclaman como uno de los fundadores y príncipes del realismo. Y eso a pesar de haber dicho que había escrito Madame Bovary precisamente porque odiaba el realismo. Y aun a pesar de que también había dicho que el éxito, cuando llegaba, lo hacía siempre por la razón equivocada.

¿Qué puede hacer salvo seguir predicando su misma herejía altruista? Tal como antes había argumentado contra el virtuoso idealismo de Sand, ahora debe argumentar contra la idea del realismo que afirma que basta con ser fiel a la naturaleza: “Ese materialismo me causa indignación”. No solo es una estética impertinente e inadecuada, sino también ahistórica. “¿Qué es esta manía de creer que acaban de descubrir la Naturaleza ?”, le preguntó a Léon Hennique tres meses antes de morir. Para él, como para cualquier artista genuino, la realidad es solo un trampolín que sirve para impulsar el salto imaginativo hacia la meta final: la belleza. Le explica el asunto -aunque disfrazándolo de un pedido directo de información- a su discípulo más talentoso (y amigo de la familia), Maupassant. Está escribiendo Bouvard y Pécuchet y necesita un escarpado acantilado de piedra caliza para una escena en que sus dos protagonistas, tras una discusión acerca del fin del mundo, deben caer en pánico debido a un súbito desprendimiento de rocas. Tiene que ser una clase particular de acantilado, con vetas horizontales de sílex. Ha buscado lo que necesita sin éxito cerca de El Havre, pero Maupassant, que conoce el tramo de costa entre Bruneval y …tretat, podría tener más éxito para hallar la locación. Esto puede dar la apariencia de que un realista le encarga a alguien que investigue un paisaje para él, tanto más cuando Maupassant regresa con lo que Flaubert admite que es una “información perfecta”. Pero la información perfecta no es lo que él necesita: “Este es mi plan y yo no puedo cambiarlo. La naturaleza tiene que prestarse a mi plan”. Así, se trata de lo contrario del naturalismo: la concepción del escritor está en primer lugar, la realidad es secundaria y cuando se encuentra la realidad apropiada, esta no debe contradecir la visión imaginativa del escritor ni procurar imponerle su propia ley.

El colega al que Flaubert está estéticamente más próximo en estos últimos años es Turgueniev (quien tradujo dos de los Tres cuentos al ruso). Flaubert admira el genio innato de Zola y su ritmo de trabajo, pero deplora su carencia de arte y su proselitismo. En cuanto a los muertos famosos, todavía no ha encontrado tiempo para “ese idiota de Stendhal” y cambia de opinión sobre Balzac después de leer sus cartas. Aunque indudablemente era “un gran hombre”, no era “un poeta” ni, por cierto, “un escritor”, sino tan solo “un tipo inmenso de segunda fila”. Cuando le da consejos a Maupassant sobre sus versos, firma “Gve. Flaubert sévère mais juste” . Su actitud hacia la vida puede estar influida por su hipocondría y los achaques de la edad, pero en lo referido al arte, sigue siendo un estímulo para los jóvenes y un admirador de los principios firmes y de lo genuino. Tostoi (hasta que empieza a “filosofar” al final de La guerra y la paz ); Berlioz, que también encarna la sentencia flaubertiana que afirma que el odio a lo burgués es el principio de la virtud, y Maupassant, cuyo relato Bola de sebo Flaubert aclama de inmediato como una obra de arte.

Maupassant representa la más alta esperanza de la generación siguiente; por lo tanto, Flaubert se muestra paternalmente alentador y “severo pero justo”. Ve a un joven escritor de gran talento y escasa disciplina. Le dice que trabaje con mayor ahínco y le explica que la religión del arte exige el sacrificio de la vida. Le advierte contra el peligro que entraña ser demasiado mujeriego, demasiado peleador, demasiado atlético. “Una persona civilizada necesita mucha menos locomoción de la que recomiendan los médicos.” Maupassant se queja de que el sexo se está volviendo monótono; Flaubert le dice que lo suspenda por un tiempo. Maupassant se queja de que “los acontecimientos son repetitivos”; Flaubert le ordena que los observe con mayor atención. Maupassant se queja de que “no hay frases suficientes”; Flaubert replica: “¡Busca y encontrarás!”. Maupassant parece hundirse en la autoindulgencia y la autoconmiseración; Flaubert le advierte: “La tristeza es un vicio”.

El propio Flaubert evita la tristeza gracias a una mezcla de orgullo, estoicismo y exasperación. Y las cosas que lo exasperan son muchas. Entre ellas: MacMahon, la democracia, el orden moral, la “Mediocracia”, la burguesía, los habitantes de Ruán, la estupidez (“Solo existe un delito en el mundo: la estupidez”), el periodismo, los editores (“soretes blandos”), las ilustraciones de los libros y las revistas literarias, y finalmente, siempre, el maltrato, el menosprecio, la incomprensión y el odio al arte. Con frecuencia estas categorías se superponen. En una carta dirigida a su sobrina, tres semanas antes de morir, Flaubert escribe que la estupidez hacia el arte viene menos del público que de “1) el gobierno, 2) los empresarios teatrales, 3) los editores, 4) los editores de periódicos y 5) críticos oficiales en suma, de los que tienen el poder, porque el poder es esencialmente estúpido”. Sus comentarios sobre el mercado literario encontrarán eco entre los escritores de hoy. Tras consignar las virtudes y los defectos de una novela de Daudet, agrega: “Pero si corrigiera sus defectos, vendería menos”. Y para cualquier novelista literario proclive a la exasperación ante el hecho de que durante varias semanas del año anterior la novela de tapa dura comprada por el mayor número de británicos fuera escrita por una celebridad menor con los mayores implantes de senos que se hayan visto, hay poco consuelo en que el año 1878 haya visto un acontecimiento semejante. El editor de Flaubert, Charpentier, le había prometido -por segundo año consecutivo- publicar La leyenda de San Julián el hospitalario en un formato especial de Año Nuevo, como regalo, pero a último momento faltó a su promesa y prefirió publicar en cambio un texto más comercial de Sarah Bernhardt, que relataba el viaje de la actriz por los cielos en un globo de gas. Flaubert resopla y vocifera (“¡Charpentier prefiere la literatura de Sarah Bernhardt a la mía!”), mientras Turgueniev, tonificantemente sensato en este caso (como siempre), trata de apaciguarlo. ¿Por qué una “nimiedad” como esa debía afectar tanto a su amigo? Ese libro está “estúpidamente escrito y horriblemente ilustrado”, y ya está “tan olvidado como la moda del año pasado”.

Sin embargo, el último año de la vida de Flaubert está ensombrecido por una exasperación que ni siquiera Turgueniev hubiera podido disipar. Edmond Laporte había conocido a Flaubert en 1866 y había sido su más íntimo amigo desde las muertes de Bouilhet y Jules Duplan. También fue su compañero de viaje, el que garrapateó con él los grafitis, su investigador y secretario (tareas por las que nunca cobró nada), mientras trabajaba por su cuenta como director de una fábrica de encajes y político local. Fue Laporte quien le había regalado a Flaubert su perro (el de las erecciones humillantes y los vómitos sobre la alfombra); Laporte, quien fue a buscar al novelista a Suiza para traerlo de regreso en 1874; Laporte, quien colaboró en la copia de Bouvard y Pécuchet . Cuando la empresa de Commanville empezó a decaer, colaboró como garante de un pagaré firmado por Caroline. La garantía fue renovada pero luego el propio Laporte cayó en dificultades financieras. Si le hubieran reclamado la deuda, habría tenido que hipotecar su casa: una demostración de incompetencia financiera que hubiera puesto en peligro su carrera política. La crisis se produjo en 1879. Atrapado entre el artero interés personal de Commanville y el imperativo interés personal de Flaubert, a la deriva en un empleo burocrático en Nevers, con un futuro muy incierto, Laporte se negó a renovar una vez más la garantía. Instantáneamente, Flaubert le retiró la palabra, acusándolo de “egoísmo” y “traición”. Laporte se convirtió en ” mon ex-ami “, y a partir de ese momento no le respondió ni sola una carta. Esa acción -junto con haber intimidado a Caroline para convencerla de que debía casarse con Commanville- es la menos honorable de la vida de Flaubert. Y se agravó más con su muerte: en el funeral, Caroline y su esposo emplazaron a Maupassant en la puerta para que Laporte no pudiera entrar.

Pero también en este caso se aplicó la ley de las consecuencias imprevistas. La hija de Laporte se casó con el especialista en Flaubert René Dumesnil. Sin embargo, para Caroline, Dumesnil quedó manchado para siempre por la “traición” de su suegro. Tal como explicó Jean Bruneau en el tercer volumen de la Correspondance , el casamiento de Dumesnil “durante mucho tiempo demoró y trabó los estudios sobre Flaubert, porque se le prohibió examinar el archivo Commanville, y lo mismo le ocurrió a su gran amigo René Descharmes, el más grande flaubertista de su época”.

Cuando Flaubert murió, el 8 de mayo de 1880, la casa de Croisset fue cerrada y precintada, según lo exige la ley francesa. El 20 de mayo, Maître Bidault hizo quitar los precintos y efectuó un inventario de los bienes. Ese documento de trece páginas fue publicado por primera vez en el Bulletin Flaubert-Maupassant (n° 8 – 2000). Cada cosa que había en la casa fue consignada y valuada, desde el contenido del guardarropa del escritor (280 francos) hasta un lote variado que consistía en “una sopera, una ensaladera, dos platos, una balanza de cocina, otra ensaladera y una cantidad de cazos” (2 francos). El 22 de mayo el abogado tasó la biblioteca de Flaubert, que incluía su tan releído (aunque no tanto como él afirmaba) Spinoza, las obras de Louis Bouilhet, diez volúmenes de Zola, trece de Maxime Du Camp, ochenta de George Sand (regalo de la autora), veinte de los Goncourt, y la obra en tres volúmenes de “Louise Collet” [ sic ]. Bidault también tuvo alguna dificultad para escribir los títulos de los libros de Flaubert y escribió Salammbô de dos maneras diferentes, ninguna de ellas correcta. La sección final del inventario consignaba “diversos manuscritos de las obras de monsieur Flaubert”, desde ” Madame Bovary autographe ” hasta ” Sallambô autographe ” y “el manuscrito inconcluso de una obra titulada Bouvard et Pécuchet “. Se estimó que los bienes domésticos ascendían a un valor de 5315 francos; la biblioteca, 1610 francos, y se encontraron 2515 francos en efectivo en el cajón de una biblioteca. El prudente abogado dejó en blanco la columna que estaba a un costado de los manuscritos, “dada la imposibilidad de adjudicarles un valor en este momento”.

© Julian Barnes 2008
[Traducción: Mirta Rosenberg]

Articulo : http://adncultura.lanacion.com.ar 07/06/2008

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Perdón, Flaubert
Por Jorge Fernández Díaz

Hubiera sido más fácil y cómodo elegir a Flaubert que a Pettinato, Rolón y Sebastián Wainraich. La exquisita prosa de Julian Barnes, uno de los novelistas más importantes del mundo, acerca del canónico padre de Madame Bovary hubiera sido una portada altamente valorada por los fieles lectores de adn CULTURA. No obstante, esta revista no solo está dedicada a rescatar lo excelso del arte y la literatura. También está obligada a registrar y desentrañar las grandes tendencias sociales y culturales. Es por eso que los best sellers mediáticos ocupan el centro de esta edición, que sin embargo no resigna el regalo que nos ha hecho el inefable señor Barnes.

Hubo mucha discusión en la reunión de sumario sobre el asunto. Pero ganó la tesitura de ahondar en un fenómeno editorial que habla mucho de nuestra sociedad. La sociedad del espectáculo.

Sorpresivos autores, surgidos de la radio y la televisión, desplazaron en los últimos años de los rankings de los más vendidos a los periodistas de investigación y a los gurúes de la autoayuda. ¿Por qué? ¿Por qué Peña, De la Puente o Paluch conmueven las librerías atrayendo a no lectores?

Para responder esos interrogantes queríamos una visión incontaminada y sin prejuicios, y entonces descartamos la posibilidad de encargarle la nota a un periodista cultural. El informe le fue adjudicado a una periodista de fuste, pero de las hard news : Alejandra Rey, una muñeca brava que investigó la mafia y el poder, y que sobrevivió a todo tipo de calamidades profesionales y personales. Una mujer que respetamos los que estamos en este rudo oficio desde hace tantos años. A veces me causa gracia ver cómo narradores o intelectuales que colaboran ocasionalmente en la prensa se dicen “periodistas”. Y no se ruborizan. Alejandra Rey es una periodista verdadera y realizó un trabajo de campo. Hizo hablar a escritores, editores, agentes y especialistas en medios.

Discrepo, personalmente, con quienes vuelven a insistir en que el mercado y la literatura no tienen nada que ver. Es como si el vino o el perfume nada tuvieran que ver con el supermercado o el shopping . Sí, tienen que ver, sea cual fuera su uso y calidad, puesto que tienen precio y se venden en esos escenarios. El mercado es un lugar y también un lectorado. Lectores concretos, que consumen literatura popular y vanguardista, y también otra clase de libros: historia, autoayuda, testimonios o manuales de electromecánica. Comparar la buena literatura con las otras vertientes del libro es una impostura y una estupidez. Pretender que las obras mediáticas son extraordinarias porque gustan a un público masivo también es una tontería. Es preferible pensar que hay libros para distintos lectores. Que cada uno de ellos puede ser bueno, regular o malo en su propio género, y que algunas páginas de estos libros mediáticos, aunque no quede bien decirlo, también merecen la pena.

No puedo dejar pasar la ocasión de citar a ese gran escritor español, Juan Goytisolo, quien los otros días dijo: “Los productos editoriales siempre han existido y gracias a ellos las casas editoriales pueden permitirse el lujo de publicar textos literarios, y escritores como yo podemos existir. Sería de mal gusto si un parásito criticase el cuerpo del que se alimenta”.

Director de adn*CULTURA jdiaz@lanacion.com.ar
Articulo : http://adncultura.lanacion.com.ar 07/06/2008

Publié par Azul@rte à l’adresse 11:36
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Otras perlas encontradas en las cartas de Flaubert a Louise Colet

  | GRÁFICO: El Telégrafo

GRÁFICO: El Telégrafo

“Ser tonto, egoísta y tener buena salud son las condiciones necesarias para ser feliz, pero si nos falta la primera, todo está perdido…”.“La idea de la nada absoluta me gusta. Axioma: <es la vida la que consuela de la muerte, y la muerte es la que consuela de la vida>”.“El filósofo, generalmente, es una especie de ser bastardo entre el sabio y el poeta, que envidia al uno y al otro”.

“Dices una frase muy cierta: <El amor es una gran comedia y la vida también, cuando no se es actor en ella>; solo que no admito que dé risa”.

“La patria es la tierra, es el universo, son las estrellas, es el aire, es el propio pensamiento, es decir, lo infinito dentro de nuestro pecho”.
Las mujeres

“(…) Las mujeres, que han amado tanto, no conocen el amor, por haber estado demasiado preocupadas con él; no tienen un apetito desinteresado por lo bello.

Para ellas ha de estar ligado a algo, a un fin, a una cuestión práctica”.“Estoy tan fastidiado por mi entorno (…). Mi madre llora, se avinagra por todo (¡Qué hermoso invento la familia!) Viene a mi estudio a contarme sus disgustos domésticos.
No puedo despacharla, pero tengo muchas ganas. Me he reservado en mi vida un círculo muy pequeño. Cuando entra en él me pongo furioso, rojo”.“¡Ay mujer! ¡Sé menos mujer! ¡Sé mujer solamente en la cama!”.Conceptos

“Qué invento atroz el del burgués, ¿verdad? ¿Por qué está en la tierra y qué hace aquí el miserable?”.

“Trae mala conducta a las personas, el que las quieran en exceso”.

“La desconfianza es la madre de la seguridad”.

“Cuando veo mis proyectos por un lado y el Arte por el otro, exclamo, como los marinos bretones, <¡Dios mío, qué grande es el mar y qué pequeña es mi barca!>”.

“No hay un cretino que no haya soñado ser un gran hombre, ni un burro que al contemplarse en el arroyo no se mirara con placer, encontrándose aires de caballo”.

“Cuando leo a Shakespeare me vuelvo más grande, más inteligente y más puro. Llegado a la cima de una de sus obras, me parece que estoy en una alta montaña

: todo desaparece y todo aparece. Ya no se es hombre, se es ojo; surgen horizontes nuevos, las perspectivas se prolongan hasta el infinito”.
“Comprime tu estilo, haz de él un tejido flexible como la seda y fuerte como el de una cota de mallas”.“Un tema por tratar es para mí como una mujer de la que estás enamorado; cuando se te va a entregar tiemblas y tienes miedo; es un espanto voluptuoso, no te atreves a tocar tu deseo”.“(…) no hay crítica buena desde que se la escribe; no sirve para nada, salvo para fastidiar a los autores y embrutecer al público.

Por último, se hace crítica cuando no se puede hacer Arte, igual que se hace uno delator cuando no se puede hacer soldado”.“Hay que desconfiar de todo lo que se parece a la inspiración, que a menudo es una actitud preconcebida y una falsa exaltación voluntaria que uno mismo se ha dado, que no ha llegado por sí sola (…)”.“El Arte solo es grande porque engrandece”.

“(…) una Academia es lo más antipático del mundo para la constitución misma de la mente, que no tiene regla, ni ley, ni uniforme”.

“(…) qué poeta es Ronsard (…) es más grande que Virgilio y vale tanto como Goethe, al menos en determinados momentos”.

“(…) de un hombre mediocre, ¿qué puede esperarse sino una mediocridad? La forma sale del fondo, como el calor del fuego”.

“Cómo me fastidia mi Bovary”.

“La biblioteca de un escritor debe componerse de cinco o seis libros, fuentes que deben releerse todos los días. En cuanto a los demás, bueno es conocerlos, y nada más”.

“Releo a Rabelais con encarnizamiento. Y me parece que es la primera vez que lo leo. Este es el gran manantial de las letras francesas: los mejores han sacado agua de él a manos llenas”.

“Encuentro mis orígenes literarios en el libro que me sabía de memoria antes de saber escribir: Don Quijote”.

“Ya no escribo. ¿Para qué? Todo lo hermoso ha sido dicho, y bien dicho (…)”.

Miguel Donoso Pareja

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