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numa pompilio llona, julio zaldumbide junio 26, 2010

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NUMA POMPILIO LLONA  (1832-1907, Guayaquil)

1

EN EL SEGUNDO CENTENARIO DE
D. PEDRO CALDERON DE LA BARCA

(Fragmentos)
(Dedicados a D. Manuel Tamayo y Baus.)

IV

Del Ecuador en los azules mares,
Antes que el sol las cúspides transmonte,
Contempla el nauta gigantesco monte
Vestido el pie de bosques seculares;

Entre lianas, y flores y palmares,
Canta allí el guacamayo y el sinsonte;
Mas su cumbre, rasgando el horizonte,
¡Sube hasta los eternos luminares!

¡Así tu obra titánica: En tus dramas,
Como entre selvas de frondosas ramas,
La pasión canta en melodiosa rima;

Mas, -alzándose audaz hacia los cielos,
Del símbolo sagrado entre los velos,-
Se pierde en Dios, su inmaculada cima!

V

Yo vi, también, undosa catarata
Que desde cumbre de eminencia suma
Precipitaba, entre fragor y espuma,
Sus lienzos de cristal, de luz y plata;

Y mientras que el peñón do se desata
Coronan hielo v misteriosa bruma,
El trópico, en el fondo, la perfuma
Con floreciente primavera grata …

Tequendama de fúlgida armonía,
Así tu majestuosa poesía
Desciende desde místicas regiones;

Y, al caer de la tierra en la llanura,
De flores bordan su corriente pura
La esperanza, el amor, las ilusiones …

VI

¡Del universo alado peregrino
Aguila audaz, tu portentoso vuelo
Abraza la extensión de tierra y cielo,
Y salva los linderos del destino:

Como la mente angélica de Aquino,
Arrebatada de infinito anhelo,
Mas allá te hundes, del azul del cielo,
En la esencia del Ser Unico v Trino …

Mas, bajando, después, del firmamento,
Con sosegados giros circulares
En tu vuelo recorres, vagabundo,

Los dilatados ámbitos del viento,
La ancha faz de la tierra y de los mares,
Los tenebrosos senes del profundo! . .

………………………………………………………
VII

Desde las playas de la mar de Atlante
Tendido, hasta el confín remoto hesperio,
Y el Artico y Antártico Hemisferio
Abarcando con brazos de gigante;

Bajo sus pies el rayo fulminante
En las garras del ave del Imperio;
Así el mundo, doblado al yugo íbero,
Miró de España al Júpiter Tonante:

Y, entre el asombro del linaje humano,
Brotó en seguida, -tras- congoja acerba,
Tras dolorosa agitación confusa,-

Del gran cerebro del coloso hispano,
Armada y refulgente cual Minerva,
¡Oh Calderón! ¡tu prodigiosa Musa!

VIII

Sobre la frente el astro de la idea,
Y en ambos hombros poderosas alas,
Tal se mostraba, entre esplendentes galas,
Del mundo ante la atónita asamblea;

Risueña como en triunfo Galatea,
O como Dione en las empíreas salas;
O bien lanzando, cual ceñuda Palas,
El grito de furor y de pelea …

Y levantando hasta el cenit su vuelo,
-De la eterna creación sacerdotisa,-
Alzó su acento, que escuchaba el suelo.
Por casi un siglo, en actitud sumisa,
Desde su himno infantil, CARRO DEL CIELO,
…………………………………………………………………
¡Hasta. el canto. del, cisne, HADO Y DIVISA!

X

¡Buzo inmortal del corazón humano!
Cuando en su oscuro fondo hundes la frente,
A tu mirada muéstrase patente
De su anchuroso abismo todo arcano:

Al remontar el piélago, tu mano
La perla lleva de risueño oriente,
Mas divisaste en la onda transparente
Los horrendos colosos del océano …

De tu Justina y Príncipe Constante
La virtud brilla con mal en guerra,
Cual bajo el hierro el fúlgido diamante;

Y, víctimas del monstruo de los celos,
Mira en tus dramas, a la vez, la tierra,
Grandes como el de Shéspir (*), ¡cinco OTELOS!

* Shakespeare

XI

De tu espíritu múltiple y fecundo,
-Lumbre creatriz, intelectual Proteo,-
Brotar la estirpe, más grandiosa, veo
De cuantos genios ha admirado el mundo:

Cipriano, como un FAUSTO más profundo,
Vence a la Duda en choque giganteo;
A HAMLET Y CRIN Y PROMETEO
En sí resume el fiero Segismundo;

Tu audaz Eusebio, en su siniestro tipo,
Los rasgos muestra de un consciente Edipo
Y de un DON JUAN Y CARLOS MOOR gigantes …

Y fueras tú el mayor de los pintores,
Si, emulando tus gráficos colores,
No se elevara junto a ti … ¡CERVANTES!

2

DESOLACION
EL POETA Y EL SIGLO

A. D. Fernando Velarde

¿Cómo cantar, cuando llorosa gime,
Sin esperanza y sin amor, el alma;
Y por doquiera, con horror, la oprime
De los sepulcros la siniestra calma?

¡Cuando de los espíritus el vuelo
Ata doliente, universal marasmo;
Y, con sus alas azotando el suelo,
Palpita moribundo el Entusiasmo?

Cuando, si un generoso pensamiento
Surge en el alma y su dolor halaga,
Del piélago sin fin del desaliento,
En las ondas inmóviles naufraga?

¡Cómo cantar, cuando el audaz poeta
Al mundo cierra con desdén su oído;
Y el noble acento de su Musa inquieta
Muere en la vasta soledad perdido?

Cuando la envidia, que aún las tumbas hoza,
Con torvos ojos pálida le espía;
Y sus entrañas a traición destroza,
Y escarnece el dolor de su agonía?

Cuando la turba de plagiarios víles
A sus cantos se lanza jadeante,
Revolcando en su lodo, cual reptiles,
Su corazón sangriento y palpitante?

Cuando su canto ardiente y sobrehumano
Amalgama y confunde el vulgo idiota
Con las míseras rimas, donde en vano
Mezquino vate su impotencia agota?

Cuando, si el noble y dolorido bardo
Su alma descubre rota y destrozada,
En su honda herida revolviendo el dardo,
Le arroja el vulgo imbécil carcajada?

¡Cómo cantar, cuando en la sed de fama
La generosa juventud no arde;
Ni el santo fuego del honor la inflama,
Ni hace de heroica abnegación alarde?

Cuando de Patria y Libertad los nombres
En ningún corazón encuentran eco,
Cual se apagan los gritos de los hombres
De los sepulcros en el hondo hueco?

Cuando, al amor, ya sordas las mujeres
y al brillo indiferentes de la gloria,
Corren en pos de frívolos placeres
Y ansiosas buscan la mundana escoria?

Cuando el justo derrama inútil lloro
Y bate el vicio triunfadoras palmas,
Y, entre el aplauso universal, EL ORO
Es el sol refulgente de las almas?

Cuando, como Proteo, a cada hora
Nuevas formas reviste el egoísmo;
Y en los áridos pechos sólo mora
Estéril duda, fúnebre ateísmo? …

¡Ay! cuando en torno el ojo atribulado
Descubre sólo corrupción, miseria!
Y doquier, al espíritu humillado
Huella con pie triunfante la materia! …

¡Oh! en tan inmensa postración, el vate
Su turbulenta inspiración acalla;
La llama extingue que en su pecho late
Y en los sepulcros se reclina, y ¡calla!

¡Y nada, nada su silencio amargo
Un solo instante a interrumpir alcanza,
Ni a turbar el horror de su letargo,
Ni a encender en su pecho la esperanza!…

¡Ay! yo he palpado el corazón humano;
Y muerto ¡para siempre! le encontré…
¡Muerto! … Rompamos, generoso hermano,
Nuestro laúd con iracundo pie!

Lima, Octubre de 1852.

3

LOS ARQUEROS NEGROS

Tras el hombro el carcaj : un pie adelante;
con el brazo fortísimo membrudo
tendiendo el arco; y, con mirar sañudo,
inclinado el etiópico semblante,

así, en hilera, el batallón gigante
de dolores me acecha torvo y mudo;
y sus saetas clava en mi desnudo
ensangrentado pecho palpitante! …

¡Mas no de tus flecheros me acobardo
ante el airado ejército sombrío;
sus golpes todos desdeñoso aguardo!…

¡Manda a tu hueste herirme, oh Hado impío,
hasta que lancen su postrero dardo!
Hasta que se halle su carcaj vacío.

——–

JULIO ZALDUMBE GANGOTENA (1883-1887,Quito)

1

La naturaleza: a la soledad del campo

A ti me acojo, soledad  querida,

En busca de la paz que mi alma anhela

En su ya inquieta y procelosa vida;

Mi nave combatida

Por la borrascas de la mar del mundo,

Esquiva ya su viento furibundo,

Y en busca de otro viento sosegado

Dirige a ti su desgarrada vela,

¡oh! Puerto deseado

En que la brisa de bonanza vuela.

Tu levantas el ánimo caído,

Bálsamo das al pecho lacerado,

Das nueva vida al corazón helado,

Y alieneto nuevo a su vigor perdido.

El alma que perdió su lozanía

Y fuerza soberana,

Junto con su ilusión y alegría,

Allá en la estéril sociedad humana,

En tu repuesto asilo,

En tu seno tranquilo

Feliz respira al fin; sus ya enervadas

Alas despliega y remontando el vuelo,

Halla  para espaciarse un vasto cielo,

Y recobrada el calor perdida,

Con vida nueva tornar a amar la vida:

Así el ave, encerrada

Dentro la estrecha jaula, se entristece,

Pierde luego el vigor desalentada,

Y en su prisión doliente fallece;

Pero si encuentra acaso la salida

Que en su afán vigilante vio cerrada,

Dejando libre paso a la partida,

Rauda se lanza a la región, del viento,

Y el orgullo vuelo desplegando

Se espacia por el ancho firmamento…

(fragmento)

2

La eternidad a la vida
a Juan León Mera

Cosas son muy ignoradas
y de grande oscuridad
aquellas cosas pasadas
en la horrenda eternidad,
por hondo arcano guardadas.

¿Quién pudo nunca romper
de la muerte el denso velo?
¿Quién le pudo descorrer
y en verdad las cosas ver
que pasan fuera del suelo?

Que por fallo irrevocable
padecemos o gozamos
los que a otro mundo pasamos,
es cuanto de este insondable
alto misterio alcanzamos.

Si medir nuestra razón
procura, ¡oh eternidad!
tu ilimitada extensión,
¡qué flacas sus fuerzas son
para con tu inmensidad!

Sube el águila a la altura
del vasto, infinito cielo;
medirle quiere de un vuelo;
mas, toda su fuerza apura
y baja rendida al suelo:

así el loco pensamiento
se encumbra a medirte audaz;
mas se apura su ardimiento
y abate el vuelo tenaz
al valle del desaliento.

II

En verdad que da tormento
este funesto pensar:
¿en qué vienen a parar
esas vidas que sin cuento
vemos a la tumba entrar?

En la tumba, de los seres
preciosa fin pavorosa,
remate así de placeres
como los padeceres
de esta vida trabajosa:

en la tumba, oscura puerta
cuya misteriosa llave
vuelve con la mano yerta
la muerte; playa desierta
de donde zarpa la nave,

de la vida a navegar
con brújula y norte inciertos
en no conocida mar,
mar sin fondo, mar sin puertos,
ni ribera a do abordar.

III

¿Qué es morir? ¿Qué es la muerte? “Oscura nada,
triste aniquilación”, dice el ateo.
¿Todo ser en la tumba se anonada?
¡Error! ¡Funesto error! Yo en ti no creo.

Si este que siento en mi soplo divino
dentro la huesa en polvo se convierte;
si la esperanza de inmortal destino
se disipa en las sombras de la muerte;

fuera entonces de Dios dádiva inútil
esta triste existencia de un momento,
que se disipa con un sueño fútil
o como el humo vano en vano viento.

¿A qué este don de penas y quebranto?
¿A qué darnos la vida, conducirnos
por un desierto de dolor y llanto
y para siempre al cabo destruirnos?

¡No puede ser! El hombre desdichado,
de gusanillo que se vio en el suelo,
en mariposa angélica trocado,
de la lóbrega tumba vuela al cielo.

IV

Y, ¿a dónde va quien deja nuestro mundo?
¿A dónde el que en tu sombra, muerte, escondes?
¡Jamás  esta pregunta tú, profundo
silencio de la tumba, me respondes!
¿Sus lazos terrenales se desatan?
¿Se acuerda del humano devaneo
o todos sus recuerdos arrebatan
las soporosas ondas del Leteo?

¿Está por dicha con la eterna unida
esta rápida vida que se acaba?
¿O allá el amigo la amistad olvida
y el amante también lo que adoraba?
El amor, la amistad, ¿son vanos nombres
que borra el soplo de la muerte helada?
del alma, que no muere, de los hombres,
¿son ilusión no más, sombras de nada…?

V

Oigo una voz que eleva el alma mía,
voz de inmortal y de celeste acento:
“¿Qué a mí la muerte ni la tumba fría?”
dice hablando secreta al pensamiento;

“piensas que la segur? que hace pedazos
las cadenas que al cuerpo sujetaron
mi esencia divinal, los demás lazos
rompe también, que al mundo me ligaron?

“¿Piensas que del amor, que fue mi vida
en la vida del mundo, me despojo
estando al otro mundo de partida,
cual de la arcilla que a la tumba arrojo?
“¡No! No es capricho de la carne impura
la amistad, o de amor la llama ardiente;
del espíritu sí la efusión para:
y el espíritu vive inmortalmente.

“Y así a la eternidad llevo conmigo
cuando abandono la terrestre estancia,
amor de amante, o amista de amigo,
sujetos nunca más a la inconstancia”.

VI

Sí, dulce voz. Cuanto me anuncias creo;
quien en ti cree espera y vive en calma.
seas la voz mentida del deseo
o la voz del oráculo del alma.

¡Triste aquel que los oídos cierra
y cierra el corazón a tu consuelo!
¿Qué tendrá el infeliz acá en la tierra
si la esperanza le faltó del cielo?

Noche será su triste pensamiento
que el negro ocaso ve, mas no la aurora;
en su pecho la muerte hará aposento,
anticipada a la postrera hora;

que será como sombra ver la vida,
como sombra el placer que llega y pasa;
ver la dicha en el mundo tan medida,
y no esperarla alguna vez sin tasa…

Si, ¡profética voz!, tu acento tierno
llega a mi corazón, consolatorio;
tú en la muerte el placer pintas eterno
y el dolor en la vida transitorio:

por ti el amor de aquí se desvanece
cual tierna flor que deshoja al viento,
más allá de la muerte reflorece
de las eternas auras al aliento.

Tú la dicha nos pintas duradera,
y la gloria del cielo en lontananza,
borrada del sepulcro la barrera
y trocada la muerte en esperanza…

¡Bella esperanza! cuando ya cercano
me hallare yo a la tumba apetecida,
mis ojos cerrará tu dulce mano
y olvidaré el tormento de la vida!

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