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DOLORES VEINTIMILLA, JUAN LEON MERA, NUMA POMPILIO LLONA junio 21, 2010

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DOLORES VEINTIMILLA DE GALINDO

(1829- 1857, Quito)

1

ANHELO

¡Oh! ¿dónde está ese mundo que soñé allá en los años de mi edad primera? ¿Dónde ese mundo que en mi mente orlé de blancas flores…? ¡Todo fue quimera! Hoy de mí misma nada me ha quedado, pasaron ya mis horas de ventura, y solo tengo un corazón llagado y un alma ahogada en llanto y amargura.

¿Por qué tan pronto la ilusión pasé? ¿Por qué en quebranto se trocó mi risa y mi sueño fugaz se d isipó cual leve nube al soplo de la brisa…? Vuelve a mis ojos óptica ilusión, vuelve, esperanza, a amenizar mi vida, vuelve, amistad, sublime inspiración… yo quiero dicha aun cuando sea mentida.

2

QUEJAS

¡Y amarle pude!… Al sol de la existencia se abría apenas soñadora el alma… perdió mi pobre corazón su calma desde el fatal instante en que le hallé Sus palabras sonaron en mi oído como música blanda y deliciosa; subió a mi rostro el tinte de la rosa; como la hoja en el árbol vacilé. Su imagen en el sueño me acosaba Siempre halagüeña, siempre enamorada; mil veces sorprendiste, madre amada, en mi boca un suspiro abrasador; y era él quien lo arrancaba de mi pecho, él, la fascinación de mis sentidos; él, ideal de mis sueños más queridos, él, mi primero, mi ferviente amor.


Sin él, para mí, el campo placentero En vez de flores me obsequiaba abrojos; sin él eran sombríos a mis ojos del sol los rayos en el mes de abril. Vivía de su vida aprisionada; era el centro de mi alma el amor suyo, era mi aspiración, era mi orgullo… ¿por qué tan presto me olvidaba el vil? No es mío ya su amor, que a otra prefiere; sus caricias son frías como el hielo. Es mentira su fe, finge desvelo… Mas no me engañará con su ficción… ¡Y amarle pude delirante, loca! ¡No! mi altivez no sufre su maltrato; y si a olvidar no alcanzas al ingrato ¡te arrancaré del pecho, corazón!

3

A mis enemigos:

¿Qué os hice yo, mujer desventurada/ Que en mi rostro,  traidores, escupís/ De la infame calumnia la ponzoña/ Y así matáis a mi alma juvenil?/ ¿Qué sombra os puede hacer un a insensata/ que arroja de los vientos al confín/  Los lamentos de su alma atribulada/ Y el llanto de sus ojos ¡ay de mí!/  Envidiáis, envidiáis que sus aromas/  Le dé a las brisas mansas el jazmín/?/  Envidiáis que los pájaros entonen/ Sus himnos cuando el sol viene a lucir?/ ¡No! no os burláis de mí sino del cielo…/ Que, al hacerme tan triste é infeliz,/ Me dio para endulzar mi desventura/ De ardiente inspiración rayo gentil./ ¿Por  qué queréis que yo sofoque/ Lo que en mi pensamiento osa vivir?/ Por qué matáis para la dicha mi alma?/  Por qué ¡cobardes á traición! me herís?/ No dan respeto la mujer, la esposa,/ La madre amante a vuestra lengua vil…/ Me marcáis con el sello de la impura…/ ¡Ay! ¡nada, nada! respetáis en mí!

4

DESENCANTO

¿Por qué mi mente con tenz porfía

mi voluntad combatge y obbstinada,

tristes recuerdos de la infancia mía

ofrece a mi memria infortunada?

¿Por qué se cambia el esplendente día

en mustia sombra del dolor velada,

y a la sonrisa de inocente  calma

sucede el llanto y la ansiedad de mi alma?

Las puras flores que mi cien orlaron

de mi frente fugaz se desprendieron,

y cual sombra levísima pasaron

en pos llevando el bien que me ofrecieron.

Sólo las horas de dolor quedaron,

Las horas del placer nunca volvieron,

y de mi vida en el pèrdido encanto

sólo me queda por herencia el llanto.

Yo era en mi infancia alegre y venturosa

como la flor en el céfiro acaricia,

fascinada cual blanda mariposa

que incauta goza en férvida delicia,

pero la humana turba revoltosa

mi corazón hirió con su injusticia

y véome triste, en la mitad del mundo,

víctima infausta de un dolor profundo.

*JUAN LEON MERA (1832- 1894. Ambato)

1

EL GENIO DE LOS ANDES (Canto a los ilustres

viajeros M. M. Wilhelm Reiss y Adolph Stübel,

con motivo de su ascensión al Cotopaxi y

al Tungurahua.)

En otros tiempos los sublimes vates,
del estro divinal arrebatados,
dioses y héroes cantaban, en combates
estupendos mezclados,
cuyo espantoso estruendo
hasta el trono de Jove estremecía;
o bien, de audacia llenos, impetuoso,
raudo vuelo rompiendo,
a las etéreas esplendentes salas
con ellos se encumbraban, y su canto
con el canto de Apolo competía;
o, depuestas las galas
del divino festín, a la sombría
mansión bajaban del eterno llanto
y el blasfemar eterno del precito;
y ¡oh portento inaudito!
treguas la magia de su lira daba
al tormento infernal. La antigua Musa
tal era; el universo reverente,
inclinada la frente,
cuanto la voz pïeria le anunciaba
fanático adoraba.
Mas, ahora, la humilde Musa andina,
dichosa cuanto humilde,
más noble tema a su cantar alcanza;
siente en el corazón llama divina,
hierve su sangre, exáltase su mente,

su mirada chispea
cual de águila caudal a la febea
lumbre, su mano treme y se abalanza
al acorde laúd, púlsale, y notas
nuevas al viento y armoniosas lanza.

¡Genio de las ignotas,
altas, inmensas, mudas soledades!
¡Genio de las igníferas montañas!
Tú, Genio de los Andes, Genio anciano
como el dios que preside las edades!
¡Tú, cuyo imperio del glacial Océano
Septentrional al Cabo se dilata

que al Sur el mundo de Colón remata!
¿En dónde, en dónde estás? ¿Por qué enmudeces?
Alza, yergue la frente. ¿Qué profundo
pasmo suspende tu inmortal aliento?
Álzate y habla… ¡Oh Dios! ¡quién lo creyera!
Vencido el numen de los Andes yace,
su mansión profanada…
¡Oh feliz vencimiento!
¡Santa profanación! Una y otra era,
y otras y otras rodaron sobre el mundo,
como de mar airada
tumultüosas ondas: mas, ninguna
de la humana osadía ejemplo muestra
semejante al que ahora
propala ya la fama voladora.

Reinaba el Genio; en majestad terrible
su faz resplandecía;
su níveo trono, al hombre inaccesible,
Naturaleza levantado había,
cuando a ostentar sus juveniles fuerzas,
en fiera convulsión, de sus entrañas
hizo brotar montañas tras montañas,
y los Andes se alzaron estupendos.
Desde allí su dominio al Continente
tendió que el Grande Océano
y el mar de Atlante en cerco inmenso guardan,
desde allí vibra su potente mano
la tempestad rugiente;
y hace que atroces los volcanes ardan
que el seno de la tierra se estremezca,
y entre montones de funestas ruinas
el ser humano mísero perezca;
desde allí ha visto ¡oh cuántas,
cuántas generaciones
rodar vertiginosas a sus plantas,
cual llevadas, de raudos aquilones,
de eternidad en el abismo a hundirse!
¡Cuántos reyes y locas ambiciones,
sangrientas guerras, crímenes, violencias
de conquistas audaces! ¡Cuántos nombres
en el ingrato olvido confundirse!
¡Cuánta infamia vivir! y ¡cuántos hombres
diversamente grandes… Moctezuma,
de trágica memoria;

Huaina-Cápac, del sol hijo felice;
Atahualpa, inmolado a la codicia
de un invasor; Colón, a cuya suma
inmarcesible gloria
ni aún el brillo faltó que la injusticia
da, persiguiendo el mérito eminente;
Cortés, cuya luz clara
fuera mayor si al lauro de guerrero
el de conquistador no se enlazara;
Pizarro, si no un héroe, aventurero
sin rival en la historia;
Las Casas, que a borrar con pías manos
vino el crimen que obraron sus hermanos;
Penn, de severa probidad modelo;
Franklin, audaz sojuzgador del rayo;
Washington inmortal que trajo al suelo
de América fecundo,
en venturoso ensayo,
de república libre las simientes;
Bolívar el excelso en paz y en guerra,
a quien proclama justiciero el mundo
libertador, y padre, y vida y gloria
de cien pueblos valientes;
el noble Sucre, en cuyo heroico lauro,
¡oh singular, altísima fortuna!
no halla posteridad mancha ninguna.
Y vosotros también perseguidores
de los secretos de natura ¡oh sabios!
La Condamine, Humboldt, Caldas el mártir,
Boussingault… todos del soberbio Genio
en la presencia deshojasteis flores,
y con honda efusión y ardientes labios
cantasteis sus loores.

Mas, un día llegó… ¡Quién te augurara
que en el seno del tiempo aqueste día,
oh numen poderoso, se guardara
de humillación a ti, de gloria al hombre!…
¿Los veis? ¿Quiénes son ésos? ¿Qué osadía
mueve su planta a la vedada cumbre?
Son dos germanos, y el amor de ciencia
allá los arrebata… ¡Ah, deteneos!
Temed, parad; devoradora lumbre
arde en esa eminencia;
Crüel fin nos aguarda: ¡que! la historia,
¿tendrá Encelados nuevos y Tifeos?

¡Que! de la austera ciencia el ejercicio,
¿de otros Plinios demanda el sacrificio?

¿Temer? ¿Cejar? ¡Oh, no! Vedlos: llegaron;
de ellos el triunfo es ya; bajo su planta
la frente el monte secular humilla,
y erguida en el espacio se levanta
y con los lampos de victoria brilla
del campeón de la ciencia la figura.
¿Veis esa exhalación que allá fulgura
una vez y otras mil en el lejano
confín del horizonte?
Es el Genio que en vano
juzgaba eterno alcázar su alto monte,
y hoy bate en fuga las enormes alas,
y en su rápido y vario movimiento
cárdenas luces va lanzando al viento.

Del sublime espectáculo pasmada
calla naturaleza;
de las entrañas de ignoradas tumbas
las sombras surgen de la antigua gente,
y entre las nubes vagan lentamente;
alzan los muertos siglos la cabeza
pesada y polvorosa…
Delante el vencedor contempla abierta
la boca del abismo pavorosa;
aún cálido y letal aliento espira,
cual monstruo herido que en penoso esfuerzo
por intervalos al vivir despierta,
al gladiador triunfante al lado mira,
y en el inútil furor tiembla y respira.

Encima el astro inmenso
numen de luz y genitor del día,
que en majestuoso ascenso
se aproxima al cenit; el infinito
azul espacio en torno; un océano
de crespas nubes a los pies, heridas
por las del sol miradas encendidas;
y el nombre venerando en todo escrito
y visible la mano
del de los mundos Padre y Soberano.

En tanto el pensamiento
de los felices héroes de la ciencia,
vívido rayo, a par de su mirada,

al hondo seno del volcán desciende;
en la lava y las rocas busca atento
las huellas de los siglos, y la influencia
indaga, aún poderosa, aún no menguada,
de remotos y horrendos cataclismos.
Así a la inteligencia
muestran hasta los lóbregos abismos
caracteres y cifras en que se halla
la Verdad escondida
al humano saber, mas no perdida.
Ella aparece y por el mundo vuela,
el claro nombre honrando
de quien tras luengo afán hallarla pudo;
ella aparece y su beldad mirando
la Musa, que yacía en ocio mudo,
se anima, el sacro fuego la arrebata
y en himnos de victoria se desata.

2

A su paso por Ambato. (A Fernando Velarde)
I
¿Qué misteriosa magia, dulcísimo poeta,
se encierra en tu inflamado y hermoso corazón,
que el mío deleitando le atrae, le sujeta,
y al par le comunica su fuego abrasador?

¿Por qué del alma tuya la mía aficionada
quisiera a sus destinos los suyos aunar,
y en su delirio insano verse a la vez lanzada
en pos de los portentos del gran Pachacamac?

¿Será que ha dado a entrambos su sabia Providencia
idénticas las almas, el corazón igual?
¿Será que has recibido la vívida influencia
cual yo del inti sacro, cual yo de la deidad?

¿Será que ha dado a entrambos su sabia?
¿Será tal vez que gimes, cual he gemido yo?…
Tal vez en nuestras almas el cielo habrá infundido
iguales sentimientos, idéntico dolor?…

Por eso a ti me atrajo la tierna simpatía,
apenas en mi oído tu nombre resonó;
por eso de tus versos la célica armonía,
las fibras más sensibles me hirió del corazón.

¡Oh, cuánto diera, vate de tiernos sentimientos,
por escuchar tu canto sublime junto, a ti!
¡Por exhalar osado contigo mis acentos,
sintiendo en entusiasmo mi corazón hervir!

II
Mas de la patria de Hualpa,
ya, Fernando, te despides;
y a pasos rápidos mides
la tortuosa vía real.

Ya has dejado a tus espaldas
el Cotopaxi espantoso,
de los Andes el coloso,
el mustio y raso arenal.

Y bien pronto, hijo de Iberia,
henderás el turbio Guayas,
y de Olmedo allá en sus playas
la Patria saludarás.

¿Y después? ¡lanzado
en el piélago tremendo,
de tu destino siguiendo
ciego las huellas irás.

Y las hondas del océano
imagen de nuestra vida,
de hondura desconocida
trasunto del porvenir;

y ese azul inmensurable,
como del hombre el deseo,
que audaz en su devaneo
quisiera el vate medir;

esas trémulas estrellas
vírgenes del cielo hermosas,
esas nubes vagarosas
que en lontananza se ven…

Todo, todo a tu alma ardiente
dará mil inspiraciones,
y acaso mil ilusiones,
y nuevo amor, nueva fe…

Marcha, bardo errante, marcha,
sigue tu hermoso destino,
y tu canto peregrino
haz donde quiera escuchar.

Y si un mundo no te basta
para ensanchar tu poesía,
en tu ardiente fantasía
vuela otro mundo a buscar.

Pachacamac te proteja
y te dé un ángel amigo,
que vaya siempre contigo
y vele siempre por ti.

La madre luna no altere
ni el inti los hondos mares,
cuando por ellos cruzares
este mundo baladí.

Entre tanto en las orillas
de mi torrentoso río,
levantaré el canto mío
al blando son del laúd;

y entre mis índicas trovas
conservaré tu memoria
como una prenda de gloria
que adquirí en mi juventud.

NUMA POMPILIO LLONA  (1832-1907, Guayaquil)

1

EN EL SEGUNDO CENTENARIO DE
D. PEDRO CALDERON DE LA BARCA

(Fragmentos)
(Dedicados a D. Manuel Tamayo y Baus.)

IV

Del Ecuador en los azules mares,
Antes que el sol las cúspides transmonte,
Contempla el nauta gigantesco monte
Vestido el pie de bosques seculares;

Entre lianas, y flores y palmares,
Canta allí el guacamayo y el sinsonte;
Mas su cumbre, rasgando el horizonte,
¡Sube hasta los eternos luminares!

¡Así tu obra titánica: En tus dramas,
Como entre selvas de frondosas ramas,
La pasión canta en melodiosa rima;

Mas, -alzándose audaz hacia los cielos,
Del símbolo sagrado entre los velos,-
Se pierde en Dios, su inmaculada cima!

V

Yo vi, también, undosa catarata
Que desde cumbre de eminencia suma
Precipitaba, entre fragor y espuma,
Sus lienzos de cristal, de luz y plata;

Y mientras que el peñón do se desata
Coronan hielo v misteriosa bruma,
El trópico, en el fondo, la perfuma
Con floreciente primavera grata …

Tequendama de fúlgida armonía,
Así tu majestuosa poesía
Desciende desde místicas regiones;

Y, al caer de la tierra en la llanura,
De flores bordan su corriente pura
La esperanza, el amor, las ilusiones …

VI

¡Del universo alado peregrino
Aguila audaz, tu portentoso vuelo
Abraza la extensión de tierra y cielo,
Y salva los linderos del destino:

Como la mente angélica de Aquino,
Arrebatada de infinito anhelo,
Mas allá te hundes, del azul del cielo,
En la esencia del Ser Unico v Trino …

Mas, bajando, después, del firmamento,
Con sosegados giros circulares
En tu vuelo recorres, vagabundo,

Los dilatados ámbitos del viento,
La ancha faz de la tierra y de los mares,
Los tenebrosos senes del profundo! . .

………………………………………………………
VII

Desde las playas de la mar de Atlante
Tendido, hasta el confín remoto hesperio,
Y el Artico y Antártico Hemisferio
Abarcando con brazos de gigante;

Bajo sus pies el rayo fulminante
En las garras del ave del Imperio;
Así el mundo, doblado al yugo íbero,
Miró de España al Júpiter Tonante:

Y, entre el asombro del linaje humano,
Brotó en seguida, -tras- congoja acerba,
Tras dolorosa agitación onfusa,-

Del gran cerebro del coloso hispano,
Armada y refulgente cual Minerva,
¡Oh Calderón! ¡tu prodigiosa Musa!

VIII

Sobre la frente el astro de la idea,
Y en ambos hombros poderosas alas,
Tal se mostraba, entre esplendentes galas,
Del mundo ante la atónita asamblea;

Risueña como en triunfo Galatea,
O como Dione en las empíreas salas;
O bien lanzando, cual ceñuda Palas,
El grito de furor y de pelea …

Y levantando hasta el cenit su vuelo,
-De la eterna creación sacerdotisa,-
Alzó su acento, que escuchaba el suelo.
Por casi un siglo, en actitud sumisa,
Desde su himno infantil, CARRO DEL CIELO,
…………………………………………………………………
¡Hasta. el canto. del, cisne, HADO Y DIVISA!

X

¡Buzo inmortal del corazón humano!
Cuando en su oscuro fondo hundes la frente,
A tu mirada muéstrase patente
De su anchuroso abismo todo arcano:

Al remontar el piélago, tu mano
La perla lleva de risueño oriente,
Mas divisaste en la onda transparente
Los horrendos colosos del océano …

De tu Justina y Príncipe Constante
La virtud brilla con mal en guerra,
Cual bajo el hierro el fúlgido diamante;

Y, víctimas del monstruo de los celos,
Mira en tus dramas, a la vez, la tierra,
Grandes como el de Shéspir (*), ¡cinco OTELOS!

* Shakespeare

XI

De tu espíritu múltiple y fecundo,
-Lumbre creatriz, intelectual Proteo,-
Brotar la estirpe, más grandiosa, veo
De cuantos genios ha admirado el mundo:

Cipriano, como un FAUSTO más profundo,
Vence a la Duda en choque giganteo;
A HAMLET Y CRIN Y PROMETEO
En sí resume el fiero Segismundo;

Tu audaz Eusebio, en su siniestro tipo,
Los rasgos muestra de un consciente Edipo
Y de un DON JUAN Y CARLOS MOOR gigantes …

Y fueras tú el mayor de los pintores,
Si, emulando tus gráficos colores,
No se elevara junto a ti … ¡CERVANTES!

DESOLACION
EL POETA Y EL SIGLO

A. D. Fernando Velarde

¿Cómo cantar, cuando llorosa gime,
Sin esperanza y sin amor, el alma;
Y por doquiera, con horror, la oprime
De los sepulcros la siniestra calma?

¡Cuando de los espíritus el vuelo
Ata doliente, universal marasmo;
Y, con sus alas azotando el suelo,
Palpita moribundo el Entusiasmo?

Cuando, si un generoso pensamiento
Surge en el alma y su dolor halaga,
Del piélago sin fin del desaliento,
En las ondas inmóviles naufraga?

¡Cómo cantar, cuando el audaz poeta
Al mundo cierra con desdén su oído;
Y el noble acento de su Musa inquieta
Muere en la vasta soledad perdido?

Cuando la envidia, que aún las tumbas hoza,
Con torvos ojos pálida le espía;
Y sus entrañas a traición destroza,
Y escarnece el dolor de su agonía?

Cuando la turba de plagiarios víles
A sus cantos se lanza jadeante,
Revolcando en su lodo, cual reptiles,
Su corazón sangriento y palpitante?

Cuando su canto ardiente y sobrehumano
Amalgama y confunde el vulgo idiota
Con las míseras rimas, donde en vano
Mezquino vate su impotencia agota?

Cuando, si el noble y dolorido bardo
Su alma descubre rota y destrozada,
En su honda herida revolviendo el dardo,
Le arroja el vulgo imbécil carcajada?

¡Cómo cantar, cuando en la sed de fama
La generosa juventud no arde;
Ni el santo fuego del honor la inflama,
Ni hace de heroica abnegación alarde?

Cuando de Patria y Libertad los nombres
En ningún corazón encuentran eco,
Cual se apagan los gritos de los hombres
De los sepulcros en el hondo hueco?

Cuando, al amor, ya sordas las mujeres
y al brillo indiferentes de la gloria,
Corren en pos de frívolos placeres
Y ansiosas buscan la mundana escoria?

Cuando el justo derrama inútil lloro
Y bate el vicio triunfadoras palmas,
Y, entre el aplauso universal, EL ORO
Es el sol refulgente de las almas?

Cuando, como Proteo, a cada hora
Nuevas formas reviste el egoísmo;
Y en los áridos pechos sólo mora
Estéril duda, fúnebre ateísmo? …

¡Ay! cuando en torno el ojo atribulado
Descubre sólo corrupción, miseria!
Y doquier, al espíritu humillado
Huella con pie triunfante la materia! …

¡Oh! en tan inmensa postración, el vate
Su turbulenta inspiración acalla;
La llama extingue que en su pecho late
Y en los sepulcros se reclina, y ¡calla!

¡Y nada, nada su silencio amargo
Un solo instante a interrumpir alcanza,
Ni a turbar el horror de su letargo,
Ni a encender en su pecho la esperanza!…

¡Ay! yo he palpado el corazón humano;
Y muerto ¡para siempre! le encontré…
¡Muerto! … Rompamos, generoso hermano,
Nuestro laúd con iracundo pie!

Lima, Octubre de 1852.

LOS ARQUEROS NEGROS

Tras el hombro el carcaj : un pie adelante;
con el brazo fortísimo membrudo
tendiendo el arco; y, con mirar sañudo,
inclinado el etiópico semblante,

así, en hilera, el batallón gigante
de dolores me acecha torvo y mudo;
y sus saetas clava en mi desnudo
ensangrentado pecho palpitante! …

¡Mas no de tus flecheros me acobardo
ante el airado ejército sombrío;
sus golpes todos desdeñoso aguardo!…

¡Manda a tu hueste herirme, oh Hado impío,
hasta que lancen su postrero dardo!
Hasta que se halle su carcaj vacío.



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