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EL HOMBRE BARBUDO, por carmen váscones diciembre 17, 2009

Posted by carmenmvascones in Uncategorized.
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Había una vez un hombre barbudo que vivía encima de un árbol.  Tenía una barba, que era tan pero tan larga que al caminar se enredaba en ella.

Como era de no sorprenderse ni de hacer que no se espera lo que ya nos imaginamos  sucedió que se resbaló, golpeó, y se estaba ahogando con  sus propias barbadas.

Como siempre no falta que alguien esté por ahí fisgoneando desde algún lado. Sucedió como si nada una aparición de pronto. 

Desde la ventana de una casa había una niña que se dijo para sí -este hombre necesita ayuda-. Rápido se fue a su cuarto, rebuscó en el  costurero  de su  mamá, y  con  tijeras en  manos  salió corriendo hacia donde estaba tumbado Barberín, que así se nombraba con orgullo. 

La pequeña, sin preguntárselo dos veces fue corta que corta hasta toparse nariz con nariz con el hombre que tenía los ojos desorbitados como bolas de fuego. 

Ni se había dado cuenta que este desconocido bufaba como animal a punto de atacar, dio un solo resoplido, sin dar tiempo da un manotazo que de un sopetón agarró la mano a la niña, y le gritó -¿qué has hecho?-. 

Ella sin atinar a decir, le balbuceó, – ¿si te he salvado la vida, por qué estás así?-

Ël gruñó   -no te he pedido absolutamente nada que nada, ahora verás lo que voy  hacer contigo-

La niña, que era  rápida para pensar y no tenía miedo, le dijo, -yo te puedo poner de vueltas tus barbas, si es por eso que estás tan bravucón y amenazante-.

Sin pizca de conmoverse él, le dijo, -te doy una hora para que resuelvas lo que has destruido-. 

La chiquilina regresó a su casa, cogió toda la goma que pudo y se fue a pegar los pedazos regados en la tierra. 

Mientras avanzaba en la compostura, algo extraño sucede en él, que le va haciendo cambiar las expresiones de su rostro.

Indagando en su cabeza calva  podemos apreciar que cada fragmento de pelos pegados dejaba asomar la vida que se había ido.

Este mirarse así, lo hace sollozar como niño desolado, a lo que Flor, así se llama la intrépida, una vez devuelto lo que parecía trasquilado y asegurado en la quijada, hace como que no pregunta, media ablandada le dice -¿qué  pasa? ¿No te entiendo, te duele algo por la caída?-.

Él, la mira, calla, dejó que termine la pega, le agradece, y le pide que se aleje, que no averigüe más. 

Ambos de espaldas al incidente, caminan sus rumbos, ella, no sabiendo si hizo bien o mal, pero con la certeza que salvó una vida.

Él descubrió que por dedicarse a huir de la rutina y dejarse nacer y crecer las barbas hasta más allá de los pies del ciempiés  y traspiés,  había quedado atrapado en su propia mandíbula. 

Había olvidado quién era. 

Su memoria estaba casi perdida. Que si no hubiera sido por esa pequeña  metiche no hubiese encontrado el camino de donde partió.

Recordó que tuvo un hogar mientras enrollaba tanto pelo gris, se acordó que tenía un baúl enterrado debajo del árbol donde habitaba hace tantos años. 

Lo buscó un buen rato, hasta que lo halló.

 Excavó lentamente con sus uñas, lo desenterró y lo abrió, se encontró con una foto, ropas desgastadas.

También había un espejo. 

Se miró y lo comparó con la foto, eran los mismos pero dos desconocidos, que no sabían nada del otro.

Sin más se encaminó al río, se metió en él.

Se despegaron los fragmentos, se tocó el mentón y sonrió. Se quedó con un rostro tal cual en ese momento pudo verlo en el agua.  

Sintió que debía volver hacia algún lugar.

Pero estaba cansado, nadó como desperezándose, salió con el cuerpo alicaído y arrastrando los pies.  Se acostó cerca de la orilla.

Se durmió y soñó que su infancia se acercaba montada en un caballito de palo.

 Mientras la noche caía a su alrededor como abrazo llevándoselo. 

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