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Cuento DRAGON PATALIN de carmen váscones diciembre 16, 2009

Posted by carmenmvascones in (Todas las versiones en español pertenecen a Raúl Racedo) SIEGFRIED SASSOON (1886-1967) IVOR GURNEY (1890 –1937) EDWARD THOMAS (1878-1917) ISAAC ROSENBERG (1890-1918) WILFRED OWEN (1893-1918), Cuento DRAGON PATALIN de carmen váscones, Uncategorized.
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Estaba dragón sentado en el patio de la biblioteca haciendo tiempo para contar el cuento. No hay pero que no falte, sus amigos tenían una preocupación muy grandota que los dejaba hecho carambolas, era esto de que estaban en la duda de ¿prestarle o no el libro?

Debido a que cada vez que abría su trompa para leer en voz alta le salía a borbotones hilillos de fuego que alcanzaban las páginas donde las letras quedaban chamuscadas, lo que hacía difícil la lectura, además ponía en riesgo a todos los que estaban cerca de él.

Ya había ocurrido en otras ocasiones y el temor de pasar de nuevo esta situación se había vuelto un dilema. Dragón Patalín, que así se llamaba, la estaba pasando muy triste, sentía que nadie confiaba o peor, que todos creían que los dragones no podrán nunca leer en voz alta.

Estaba acostado en el césped del patio de la escuela con un cuento entre sus manos sin atreverse si quiera abrirlo o peor leerlo en susurro.

Se puso, piensa que piensa, y de tanto divagar entre sus ideas se quedó acurrucado, entre dormitado y casi despierto empezó a ver que había un libro, pero, ¡oh¡ sorpresa, no había nada dentro, él ignoró eso raro para no complicarse se imaginó letras invisibles y se puso a leer como nunca.

¿Y qué creen que ocurrió?

Conforme él pronunciaba los sonidos de las palabras, estas se grababan en las páginas que iba pasando. Estaba feliz, ahora sí que había inventado su propio libro, los temores habían desaparecido, no había cenizas ni humo ni bomberos listos con mangueras del jardín para lo tan temido. Realmente había algo misterioso e increíble, se había convertido en mago, no lo podía creer. Estaba feliz.

Así, se paso un buen par de horas, pero, había una piedra en el camino, como casi siempre, todo era puro sueño, tenía que despertar y despedirse de su fantasía, no había otra salida. No quería salir de su mundo, no aguantó más, sus párpados se abrieron.

Sin tener idea cómo, se encontró rodeado de niños y dragoncitos que estaban atentos y alerta ante cualquier peligro.

Entre el grupo estaba un pelirrojo que llevaba un libro, era el que le había quitado a Patalín por temor a que se haga una bola del fuego, había otro requetezambo que portaba un jarro con agua y otro que parecía que no se había peinado sostenía un sorbete entre sus labios.

Mientras estos se cuadraban para algo, los otros estaban listos para ver el comienzo y final de algo.

En coro los tres le dijeron ¡PATALÎN! has sido sorprendido leyendo sin quemar las páginas, y este que no entendía nada, todos en coro volvieron a increparlo diciéndole, queremos que lo hagas con los ojos bien abiertos, sino, te denunciamos que estas que quemas libros porque no te gusta leer, porque creemos que odias leer en público y en voz alta.

El pelo colorado le devuelve el texto diciéndole, – o lees o te llevamos a la dirección- No le quedó más que atreverse a lo que tenía tanto miedo, peor era quedar en ridículo y ser expulsado del grado, se dijo para sí, a la una a las dos y a las tres.

Apenas empezó a leer los hilillos de fuego empezaron a aparecer como lanzas de fuego dirigiéndose al libro, el viento no favorecía, el chico que sostenía el sorbete entre sus dientes, rápido lo cargó de agua y empezó a soplar con fuerza en la boca de Patalín, el fuego como si se hubiese vuelto temeroso empezó a disminuir.

La boca se llenaba de agua y saliva, claro las palabras salían aguadas y mojadas al comienzo.

Conforme se dominaba la situación ayudada por sus compañeros la cosa se iba poniendo divertida, tanto, que olvidaron del coraje que tenían con él.

Todos estaban boquiabiertas, aparte de que la lectura que estaba increíble, se dieron cuenta que no había trampa, que del fondo de la garganta salía un túnel encendido, que conforme hablaba y contaba el compañero, entre sus dientes se desprendían estas temerosas y graciosas llamas que eran apagadas por la oportuna intervención de los que estaban alertas.

Casi apenas había humedad, la lectura era cheverísima, y a ratos, ratitos de ratos el mundo parecía una imaginación feliz.

Se había resuelto el problema, sólo faltaba un poco de paciencia para ponerse a pensar como ayudar a Patalìn y a todos los demás dragones de la escuela. Todos después de escucharlo por largo rato le dijeron que tenía una voz hermosa.

No todo se solucionó, porque, cuando la lectura se estaba acabando, cuando ya no había agua, y cuando el sorbete estaba todo torcido de tanto uso, empezó otra vez el hilillo de fuego a asomarse…

Hay que tomar precauciones se dijeron entre miradas el grupo.

Y esto no es todo, cuando los dragoncitos conversan, sueltan sus palabras, es inevitable ver sus voces como serpentinas de fuego en el patio. Lo importante es que cuando les toque leer a cada uno no se vaya a provocar un incendio.

Bueno, eso es un asunto de dragones con el que hay que aprender a convivir.

Además, no echan su fuego a nadie, es su naturaleza. Solo tiene que aprender unos trucos para convivir con los otros. Y si se les ayuda mucho mejor.

En fin. Fin de fines. Nada más.

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