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“VERBAL” DE JULIA ERAZO POR CARMEN VASCONES junio 25, 2009

Posted by rogerhollander in artículo, ecuador, ensayo, quito, reseña, samborondon, Verbal de Julia Erazo por Carmen Váscones.
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“Verbal” el primer libro de Julia, deja descubrir  la ruta de una búsqueda  despoblada de realidad y apariencia.  Su travesía es como el agua en todas las formas de ser.  La única que apaga el fuego o lo expande hasta dejar sin sueño a la voz.

 

La reforestación sonora de la lengua crea su espacio bocal.

 

Es un libro de pistas, de acertijos, de miradas, de escenas descamando la imagen de la soberbia.  Y sin embargo se mira en la soledad de la masa.

 

El verbo no se deja encontrar en el acto del sonido que se deletrea.  La palabra se escabulle al sujeto: la mirada, ella, se hace voz de la memoria, del tú referencial, de la sujetación del tiempo.

 

Parece una espectadora del prójimo presente, lejano y ausente.

 

Aproxima el sentir con el sé.  Reduce la nada, al mito, a la certeza para que el yo no se ahogue en el recuerdo  como una “migaja hinchada de agua”.  Para que la vocal naciente se ate a lo que fue tal vez en el vacío del cuerpo.

 

Un hilo el relato del tiempo, como una línea trazada con lápiz de labio que no quiere parecer, notarse y sin embargo aparece provocando la sugestión. Apróximadamente. Posible sombra sin residencia ni estación de abrazos “que no es el espacio donde habito/ fugazmente te encuentro/…una de las nadas que tenemos”.  

 

La línea de una boca  bebe vino rojo.  Empaña con sus labios la carátula del deseo. Las comisuras de la letra bordea el filo de un sentimiento desencontrando el laberinto de seguir viviendo como “una novela de aventura que inventastes”, qué seríamos sin la fantasía de ser o del hubiese sido, o del querer ser.

 

Restos de infancia  prestan en algún rato ropajes y personajes al espejo para jugar en el teatro de las huellas la forma más parecida a uno. Que se es y no es. O esto otro y así hasta ser un escombro. Hasta que   “un día estamos afuera”

 

Y, luego el espectador del yo apaga la función del convivir con la lejanía de la que se fue o no es nunca y cerrar el telón.  ¡Que importa lo que piense! Es su asunto.

 

El escenario de la historia de todo escrito es una hoja en blanco, lo demás un pase, y momentos que no tienen que ver con el mundo del espectáculo. De vez en cuando dejamos entrever algo. 

 

La vida no se parece a lo que pretendemos. 

 

Alguien habla en el escrito. La autora conversa con los detalles que contienen los sentidos. Despeja al silencio, lo descubre con lo que la retina visualiza, con lo que la imaginación permite.

 

Escenas de cuadros  verbales  expuestos al que dirán los otros.

 

La palabra conmueve en su deambular solitario en la rotación  impronunciable del vértigo. La voz está dentro del sonido, dentro de la mancha con forma.

 

Mientras leo estos textos, tomo un café tinto, es la hora en que  el  contenido se afilia y desafilia del  sujeto y del predicado.  Todo es un accidente circuntancial entre prefijos, sufijos.  Nada es fijo. Solo la muerte al cuerpo. 

 

El resto son episodios en la señal del acto.

 

El verbo ser  entra al banquete del hambre y de la migaja.  El ser poético se inmola: “Soy la cena”.  La soledad del tiempo  “se contrae/ esta casi muerto”.   La sombra se achica y se alarga en el vestíbulo del vaivén, de la hiancia de la duda. 

 

Ahí el objeto parece  perecer, parece ser otra cosa, parece parecerse a un sujeto prendiendo y apagando el carbón del recuerdo que se  hace y desahace “en planetas de porcelanas”,  de “ algunos fantasmas –(que)- se esconden detrás de las curvas del rostro”, de “jugamos juntos hasta donde el sol nos permitió alcanzar/vencer”.

 

El verbo inconexo de la continuidad y de lo permanente acierta pronunciar lazos de sospecha, sopesa el verbo visible, el otro, el lector que aparentemente no sospecha ser parte del guión de la nada contenida en la redada de la escritura. 

 

Uno y otro son lo que no son en el espacio de un punto junto a otro en la hora  que se deshabita y queda. “Los dos desde un lado distinto de la vida/ miramos el horizonte”. “Antónimos frente al universo/ juntos en el instante compartido”.

 

Sin omitir, sin sinónimo  “un pedazo de tí y de mí”  para la morada   de un rato sin el sentimiento de haber sido malgastado el momento. Aún la vida en la palabra que nos avienta a la necedad de buscarle un detalle, un ritmo, un trazo, una afirmación sin oposición.

 

A veces verbal  “en el corazón de las arañas teje historias de amor”.

 

El atrapador y la atrapada en la red del ciframiento vence el temor a quedar prisioneros en el tejido sin  espejismo.

 

Todo es uno/ un instante de extraña fusión”.  De la fantasmagoría al principio de realidad. El uno sin el otro y a pesar de eso creer se cuentan.

 

“Hoy seré lo que soy desde que he sido”.

 

Fugazmente la felicidad un peregrinaje del uno sin el otro, sin resurrección ni reencarnación.

 

“En el vacío / en la nada/ aún hilo/ en la rueca que da vueltas”.

 

Despluma  la tinta la sombra,  la mancha seca forma un trazo de existencia: la acuarela se desparrama en el jardin de “tu alma  espantapájaros”.

 

Todo se destroza en la emoción sin gestos sin significado sin destinatario, una parte se despega, otras “se dejan traspasar/ por la melancolía del sol”.

 

Verbal  vestida de  agua    “desdobla el ser en cada aguacero”, amanece con “el agua despierta/ llega a la vida”, se lanza con su “agua travesía”. Está en cada uno, si la desperdicias “se desangra”. Se seca y cuartea   la mente.

 

Invita a refrescar el cuerpo agua sin descanso hasta saciarnos, hasta que la vida exprima la pasión, hasta que  te veas en el reflejo del agua “como un espejo sin imagen, sin soñante. Como el sueño de un moribundo bajo las olas”.

 

La amnesia náufraga deja que la palabra sea un ritmo de rotación y agonía, una estación del peatón sin compañía, una huella de agua atando junturas “de diálogos vacíos bajo un foco cualquiera”.

 

Con tal que no se moje el foco y nadie corra peligro con la descarga…

 

Y al final de todo una posible tentativa sin opacamientos de nada a nadie.  “Que se encienda la mecha del día” porque cada cual “empieza a correr hacia su muerte”, ojalá sin precipitarla en el tiempo que se vacía de mí, de tí, de cada uno. 

 

Sin que te paralices ante el encuentro con la medusa. Solo hacerla a un lado y seguir tejiendo la palabra que transforma  el miedo a encontrarse con uno. Aun soy mi propio invento: la poesía sin represor.

 

Ya de horror estamos hasta la miseria del esplendor.

 

Los engendros del ser van a encontrarse con lo tenebroso: la imaginación sin ser decapitada por lo real no maravilloso de esa realidad que soborna, que aniquila, que invade a cada instante.  Estar dispuesto a no contaminarse es una lucha con los borrones del ocaso y del poniente.

 

Continuar como si nada con la metamorfosis que más te plazca. 

 

Para que tú -yo- con tus “mis palabras de lanas envueltas en el cuello” desenvuelvan  un pronombre como criatura sin atrapador.

 

“Existe tal criatura/ el verbo dice si”.

24/06/09

 

 

 

 

 

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