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EL SILENCIO DE PENÉLOPE, por carmen váscones febrero 17, 2009

Posted by carmenmvascones in composición, POESÍA, prosa poética, relato, Uncategorized.
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Las manos de la mujer se acercaron demasiado al acantilado. Fue inevitable que se le desprendieran los sueños cuando se agachó para asomarse al vacío. Ella notó el placer del mar en las tinieblas de las incógnitas.  El naufragio de los jardines flota como quimera prisionera en bandas prófugas del advenimiento.

 

La aparición femenina se ha sentado en las rocas, ha cruzado sus piernas, saca el velo de su rostro, pone su telar de coral frente al sol, la luz destella imágenes que parecen delirios en la mitad del océano.  Los marineros ponen velas a sus naves para dejarse consumir lentamente por el misterio que sus ojos no descifran. 

 

La noche  llega lentamente. El lamento del mar inmisericorde parece una guerra eterna entre dioses y mortales.  Los humanos pudriéndose en sus almas comen palabras con brindis de sangre recogida de las razas despellejadas de sus ritos. Los cañones detonan celebrando el triunfo de la soberbia sobre los humillados. 

 

La luna como sin importarle ese asunto de trata mundana aún se asoma solemne y sorprendente echando su resplandor como todas las veces. 

 

Llega el silencio.  La llovizna que se había anunciado decae sobre  las profanaciones de los hilos de Penélope.  Quizás el cielo tiene una dentellada que no sospecho. 

 

La mujer sigue allí, ahora camina con cuidado entre las piedras, retrocede, se aleja de ese placer irreverente que rebota cerca de su cuerpo. Se detiene como despidiéndose.  Las olas bailan por ella,  los recuerdos que no tuvieron arribo ni  muro se ahogan tal cual vinieron. 

 

Camina buscando algo, quizás alguien.  Se pierde en la bruma de la tarde que somete como partida inevitable.

 

El tiempo se disloca en el talón de la comedia.  Una baratija remata en el péndulo donde se estrella el anhelo del asaltante, se descubre su mirada en el hurto degollado en la ribera de la bestia. 

 

Asoma su hocico sobre la piel del recién advenido a la sombra de una lengua que lo subyuga aún después de haber salido de la matriz de un universo roto por el sonido. Éste revela una memoria muerta en la partida de un océano que flageló al viento por no atinar su movimiento definitivo.

 

En el crepúsculo de los mortales ya no cabe ninguna otra idea.  No tiene fuente ni asidero la herranza del ser. 

 

Ella se aleja como pensando que no quiere nunca más jugar a la muerte.

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