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HILARÉ MI NOSTALGIA EN LA POTESTAD DE UNA MUJER (Rosa Amelia Alvarado) por carmen váscones diciembre 16, 2008

Posted by carmenmvascones in Ensayos, Lectura y Reseña, Periodismo, POESÍA.
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El hilo del tiempo juega desde el principio. En un  presente futuro la punta del verbo, confronta los extremos. La contradicción se impone como recurso para salir invicta con su libertad de ser.  Los hilos de fuego, aire, tierra y agua vanguardia del canto. Sonido de  vida en el cuerpo del poema. Se conjuga el estar y ser en el suceso y en el suceder. El puente del silencio entre el espectador y la mirada del transeúnte. El crepúsculo  cuelga al vaivén de la brisa.  Allí el agua refleja ninguna caída, hace de espejo sin ahogar la mirada.

 

 La nostalgia, nido de esencia, agua fuente, vertiente que mana la atadura y desatadura de un fin y comienzo, hay un antes del conocimiento, también un después propio e impropio,  que pertenece y deja de pertenecer.  El sentido del mundo dentro y fuera, de una en una las palabras unas y unos. Descubre la añoranza de un mí  dentro de un yo, telar de tiempos del  hilaré. “La potestad de una mujer” como lo dice Alfonso Barrera Valverde.  La letra  en “la carne se hizo verbo/ y habitó en mí/ me he dejado poseer por la poesía”. La poeta confirma, ella es de la poesía y no lo contrario. Nos invita, a que avanzamos en el “camino del viento”. El verbo “hace del amor una palabra” sin corresponsal.  “Se desprende de los sueños llorados a destiempo”. Al fin de la cuenta, nos involucra en la celebración, en ese choque de copas,   Rosa Amelia lo expresa así, “si he de brindar por algo/ que sea por un vaso/ medio lleno de vida”. No se tiene la vida entera, siempre se tiene algo del otro, los otros están envueltos en la corambre del pensamiento, es decir y no decir, andar y desandar, acompañado y solo,  conversación y silencio, palabra y ausencia.  Presencia de pases e impases.  Sentir y no sentir. Soy, eres, serás.

 

La palabra no esquiva a su hacedora, la idea empuja la dirección de la veleta.  La imagen señala el lugar, quien lo ve se pierde o se encuentra con en el olvido.  “El poema canta”, pero,  ¿qué?   Lo perdido e irreparable esta cerca del recuerdo, de las circunstancias, de lo conocido,  la voz piensa en extraviarse, pero a la vez, casi de inmediato, se detiene a raya con sus propias preguntas, “más ¿cómo se vive lejos de casa?.

 

Lo conocido aguarda como vientre omnisciente aupando al embrión, como nido cobijando al vacío, como metáfora escondida en el aire. Pura corriente, entre cálida y húmeda. La estación de la memoria  no sale del cuerpo, no quiere eso de experimentar ¿cómo se vive fuera del cuerpo?, ¿quién puede hacerlo?. Lograrlo, es correr riesgo, es como asistir al duelo del propio nombre, o como lo dice la  poeta “es como dejar el alma/ colgada en algún perchero”.  El verso invistiéndose de la imagen no se siente lejos, su nostalgia es con la vida aún pegada “al olor de las cenizas”, con la historia vivida, con el olvido que vuelve, con el sentido quemando en la piel.  Así lo dice “si me voy,/ ¿a qué río diré mis cosas/ ¿a quién dejo mi intimidad más íntima?.


 

¿Qué sería esto íntimo? Acaso “las voces de la vida”, “he acumulado demasiado nostalgia”, o tal vez, esto otro, “ mi cuerpo no sirve para nómada”. O simplemente, la raíz de una matriz converge en su lengua, en su nexo, en su patria, en las casas de maderas del ayer, en la ciudad, hogar de las ensoñaciones y del poema que lleva en el alma aquello de siempre, solo de cada  quién, esto:   “el amor tiene algo/ yo no se”.   Igual hay que respirar, y el aliento propio es un desafío que no acepta desaliento. Lentamente camina, el éxodo no es su elección, se acompaña toda “sal salobre” con sus salidas residiendo en la aventura irreverente de la soledad cual cacique de la posesión del tiempo sin huirle.  No quiere irse, no quiere partir del puerto, no se siente emigrante de la ausencia. La confronta, la habita, no le teme.  Nos dice, “mi entraña nació entre los manglares y aquí me quedaré”.

 

La vida y la muerte machihembrar del deseo. 

 

Deja verso inmune  como un llamado de alerta a la deslealtad humana cuando la tentación rompe toda ética. Fiel y leal a la conciencia  y a la infancia de toda vida, sentencia y no claudica, asienta su protesta y nos dice “que la vida te devuelva/ los sueños que te adeuda”,  tierno y radical homenaje para el que se debata en ese seguir viviendo a contraviento y marea a pesar de la emboscada del ocaso.

 

La mayor nostalgia, “ tristeza de morir tan solo de muerte/ sin haber vivido siquiera”, hay que desenterrar la vacuidad del desamor.  En el ensamblaje del lenguaje, “nada es imprescindible”, no calza ningún pronombre personal ni posesivo en esta sentencia. No cabe ni siquiera el poema. ¿Qué dice el lector?. La poeta ya dijo su parte, piensa en la tuya.  ¿Qué sería lo insoportable para cada habitante de curtiembres pegadas al hueso y amordazadas de mortalidades  y memorias?

 

La monotonía del oficio de vivir, de cumplir con la rutina, de estar con los gajes del oficio, de no poder decir no al no, y si al sí, y sin embargo, hay que dar una respuesta.  Sin poder impedir a veces que la vida duela en esas decisiones de los dilemas humanos.  “Ser o no ser/ y es que no hay dos vidas/ ni doble tiempo para vivirla”.   Vamos en el gerundio, conjugando tiempos a veces sin reconocer sus modos,  sus hábitos, sus efectos, tal vez nos escabullimos de la pesadez de los sueños cuando estos atrincheran con sus angustias.  Un espacio sin omisión cuenta “la vida se nos va/ sin pedir permiso”, sin dejar la dirección de su nueva residencia, sin importarle la falta de un adiós para los que quedan,  y a pesar  de eso:  “Vida en la mitad de la vida/ y en la otra mitad, vida”. Nos escenifica el eje de sus giros, “hallé la vida/ en la mitad de la vida/ y en la otra mitad un poema”,  Vivir es más que un verbo transitando en todo el cuerpo, es palabra, es recuerdo, es sombra,  es huella, es psique y cuerpo unidos como siameses en la palabra escindida del deseo y del acto.  “A la vida había que llenarla de vida” viviendo. Y ¿cómo?:  “Me dejé habitar por la vida/ pero no creo haber hecho/ nada heroico… / no he cambiado el curso de la historia/ ni el curso de río alguno/ simplemente he vivido/ y eso ya es bastante”, ¿quién tiene la última palabra?. 


Habrá que consentir rozarse silenciosamente y lentamente sin miedos  por la escritura.  La poética preside, “una vida solitaria vive/ prisionera de cristal/ su libertad tiene candado”, aparentemente no se ha dado cuenta que tiene la respuesta para la llave, sólo tiene que fundir la incógnita con el enigma tejido en un mantel de hilo blanco, admitir ver el rostro de la esfinge, y concluir con la estatua de sal, devolverla al mar. Poner coraje a la felicidad que aún tiene su propio tiempo para abrir y salir cuando le dé la gana. Solo tiene que “dejar entrar la luz, dejar entrar la canción que redime”, la lectura que refresca, la palabra que alienta, la ternura que acompaña, dejar tocarse por el misterio de la vida que no se deja conocer para ser solamente sentido y sentida como un triunfo de compañía y gracia humana en el andar del inventario de lo que se fue y algo falta todavía por conocer del amor y de la vida. La poesía ¿querrá dejarse tocar por el lector?.

 

El  personaje en el poema “tras la ventana” acaso quiere su indulto para congraciarse con el silencio y la palabra lecho del tiempo, quién no ha sonreído junto con alguien inolvidable alguna vez, allí, todos adeudamos una mirada y un pensamiento que no hemos dicho a nadie, acaso ni a nosotros mismos.  Querrá la luz tocar los secretos de las palabras y salir como maga.  La poeta hila la acción, su efecto un proceso de trozos enlazados y relacionados sin perderse ni enredarse en el ovillo creador.  Unida la voz al poema, hilan fino, como hilandera en su oficio.  Sin dejar de continuar, sin mostrar cansancio, sin derrotarse, lo único que quiere cuando se vaya: “ser protagonista de la última escena/ de una muerte transitoria…/ quiero cerrar mi vida/ como se cierra un libro/ dejando una página en blanco/ por si resucita un poema”.

 

La duda cual nada tatuada de rosa inconforme abre la boca diciéndose “aunque no estoy segura de irme del todo” ni de quedarse ni de venir, pero, a pesar de eso quiere “que la vida se beba/ en copa invisible/ la luz de mi destierro”. El verso traspasa la huella que no se somete al contratiempo.  La vida acampa en el arco iris.  Acaso la luna sueña su imagen en la mirada del sol.  Las sombras no envuelven al verso, la música toca sin apuros. Tan “sólo la soledad/ no tiene prisa/ no”.   Cuando tú te hayas ido hilaré mi nostalgia, cual “sobreviviente de la vida” arribará sin balanza, sin deuda. 

 

Claro está, si te lo permites, mujer naciente de ti, pueblo de tu cuerpo, dueña de ti,  has lo que quieres: Sal de ti. Tu misma lo dices: “Quisiera recordar/ más allá de lo que recuerdo/… reinventar mi tiempo/… seguir el hilo de mi vida/ hasta llegar al comienzo/ de la madeja/ quisiera conocerme/ desde antes del principio/ vivirme de nuevo/ a partir de la nada/ poetizar mi vida/ antes de la conciencia/ a lo mejor he nacido dos veces/ y descubro/ fui pájaro/ quien sabe”. Y el poema es ese presentarse permanente.

 

 Presenta la acción proyectándose  hacia  la vida viva.

 

carmen váscones

25/09/05

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