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PABELLÓN DE MUJERES DE CARLOS BÉJAR PORTILLA, por carmen váscones diciembre 15, 2008

Posted by carmenmvascones in Cuentos, Ensayos, Lectura y Reseña, Novela, POESÍA, Uncategorized.
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 En la cárcel del mundo el pabellón de mujeres trafica la vida en esa imposibilidad de saberse alguien. Se es a pesar de… Algo  empuja al estigma. Reas la designan.  El tiempo está situado en sus historias, ¿sus alientos sin escapatorias? ¿quién sabe?

Cada relato no es una redacción dictada en la conciencia.  Otro asunto conjuga el pretérito indefinido.  El plus de una ética rebota como sombra en las manos de la justicia.

 Antes de ser convictas ya eran prófugas del destino, dirección sin retorno eso de seguir la curva de una quebrada donde la recta final no tiene trecho,  acortar camino, salieron por el trecho del vicio, quién está libre de la adicción a la vida,  las guías del sueño crecen, rompen los párpados, la mácula no quiere verse en la realidad conspiradora de contrarios.  Queda embaucado el cuerpo.  Dentro de la verdad se fragmenta la gravedad de la existencia. Las rejas apuntan sin piedad.  Quién serrucha el piso o qué…  Cortapiso.  Cortapapeles. Cortadora.  Contadora.

El caporal de las almas embiste la soledad y la nada.

 

La angustia bajo el calabozo de la mirada. Yacen confiscadas en el penal del silencio más de setecientas mujeres, y ¿en el orbe cuántas? ¿se imaginan?  La punta de un zapato apunta.  Puntería.  Objeta.  Objeto.  Sujetos en el cabo del estiércol.  El que no come qué desecha.  Se le abomba el cuerpo hasta reventar…

 

La bomba ya no es solo la que explota, es toda bomba que bombardea o jala o succiona o suena como sirena bombeando.  Estamos bombardeados de nada y dudas.  La bomba del mundo derrama… Qué ha visto cada uno.  Tápate los ojos y escucha, mira tu imaginación, aplasta con el dedo por turno cada uno de tus ojos, mantén cerrado el pensamiento, y verás como aparece el desastre.  Luego, preguntas, ocurrió algo, te alegras que no sea contigo, y haces como que no pasa nada.

 

¿Qué alberga el encierro? ¿el presidio enmienda la falta? ¿el pellejo se pudre en la sentencia que no llega? ¿el infiernillo es el redil del insumiso?  Ahí, en el antro de “rehabilitación” existe un  jardín para la infancia que paren las presas.  ¿Qué bienvenida al mundo le espera al vástago hijo de lo casual o de la pega del cuerpo por suponer una compañía?   Cómo es eso, de que peo es nada, o más vale conocido por conocer, por tu culpa ya viste…  Calla niño, duérmete ya, que sino viene el diablo y te come la patica chiquibum bam bam…creo que es así, el canto, parece que se oye gritos por no se dónde.

 

El juego hace y deshace en el escondite de quién  encuentre al jugador, el buscador mira por el prisma  de la libertad imaginaria.  Una vez acorralado el cuerpecillo salta tras los bastidores de una lactancia y corre al encuentro, ahora cambia de turno, y la sirena  interrumpe porque es hora de -¿qué mami?-


Carlos Béjar como un camarógrafo sin preocuparse del tiempo muerto, ha captado las escenas, los relatos, la singularidad del ser.  Cada uno con la orden del invento a su manera, un hecho de la vida denominada real. 

 

El guión que ha utilizado: la voz narrante son las voces de las protagonistas en la elección de ese riesgo sin escapatoria y de los sucesos que se dan al otro lado del muro donde están los hombres.  Un muro  separa a los sexos, pero hay días de visitas entre presos y presas.  Apresa, aprésame, presa, esa.  Ame, me dijo, qué fue lo que le dije, como que no me acuerdo,  presumo, presume.  Presuntamente.

 

Aún cuando salgan se llevan a cada una consigo  y a la sombra que no se desprende como otra identidad en el cuerpo pasajero de la ruta.

 

El sueño de ellas zozobra en la expectativa y el desamparo. El amparo de la ley.  La constitución un libro cerrado.  “Donde reina la tristeza no se castiga el delito sino la pobreza”.  El gruñido es defensa propia, el puñal está ligado con la rabia y miedo.  Estar desarmado es un riesgo allí porque se corre el peligro de ser un cadáver flotando en la existencia de las ratas.

 

La crueldad es madre de engendros que se instala en aguas estancadas en el vientre apuñaleado de la memoria sin consonantes.  Las palabras resultan fetos tullidos, deformes en el alumbramiento del “estado” habitado por los espacios que se van metamorfoseando.  Los vínculos son velos que no encubren la sorpresa festiva sino lo perverso: la muerte como intento e invento de aniquilación por manos humanas.

 

En el dintel del correo de la vida no hay retorno, la vida no vale nada, total, si no la merezco, nadie la merece.  Canta, comadre, sácate la madre. “Madre óyeme mi plegaria es un grito en la noche”.  La lucha por escapar da idas y venidas, toca hacer algo o sino, de  -“aquí solo me sacan muerto”-  La “ley de imprenta” una constitución de carne y hueso.  La ley habla, quién la deja y no la deja, quién le tapa la boca.  El sonido y el estertor…

 

La ciudad presenta el menú del porvenir.  La crónica roja un espejismo de chivos expiatorios para apaciguar la corrupción y la degradación que se deshace en los sentidos.  Para algunos en la boca, para otros en las narices y para otros otrísimos de las manos  a sus bolsillos y cuentas en el exterior con pasaje seguro incluido.  La vida nos da sorpresa dice la canción.  Nunca dejes de… el consejo sirve… manual de corrupción, manual de comportamientos, manualidades…

 

¿El crimen frente a quién? ¿a quién le compete esto?  ¿ podemos pensar la vida de otro modo? La peste se expande en el mercado. Camuflado el instinto se arrastra agazapado en la mula que cruza la frontera.  La verdad se encuentra en posición fetal en el cuarto número…

 

Los hablantes en sus narraciones: cada instante es cuestión de vida o muerte, ¿cómo escapar de la esclavitud a que estás reducido?


Belcebú, personaje  recluta de la comedia, amortajado en la función de instructor para la seguridad, experto y adiestrado en la técnica gurka, “practicó su arte sobre prisioneros vivos”.  Era el monstruo oficial en el pabellón, era temido, pero a la  larga alguien aprendió de él y la técnica se revolcó contra el “recluta matón de profesión”.

 

En el harén de la masacre  “los crímenes del amor” un juego en el bastión  de la pasión acuciante.  El delito expía y comulga  en la boca del feligrés, que saborea la evidencia como ofrenda a pretexto de comer y beber el cuerpo y sangre de cristo, así nos hace ver y sentir Béjar al padre Chicho que acometió en cuerpo y alma a los moradores expulsados del paraíso a cambio de convertirlos a sus antojos y apetitos ¿de qué conversión se trataba? ¿a que llevaba esto? A que sus integrantes  púberes y adolescentes “se habían convertido en verdaderas fieras”, transitaban como vengadores de la “plena es la napla y la napla es la verdad” con pena y sin pena, con culpas ajenas y propias, con…

 

Las mujeres viven la ruleta  del tiro en gracia según el trato de las guías, del jefe que, “trafica con nuestros cuerpos” según la morena  Ángela, e igual, el uso del poder entre las presidiarias es según gusto o disgusto de la compañera de celda o del grupo que acoja o  rechace a la recién llegada al pabellón. 

 

No hay elección donde se ha perdido todo derecho a reclamar, hay que aprender a sobrevivir, a defender al precio de lo que sea la única vida que se carga.

 

El artífice para tramitar la libertad es un registro legal y psíquico, a veces extraviado, extrapapelado, pero que reúne una sola condición, la boleta de libertad y hasta que eso suceda  ¿qué?

 

¿La escapatoria, el deterioro o la muerte? La resistencia y dar con los hechos sin que se pierda la evidencia.

 

La sentencia es el bingo de una espera donde el  tiempo se pierde en la bolilla del que dice: no va más, y la lanza para dar en un número rojo o negro, en este caso en el pabellón de mujeres, cruzarlo hasta salir “por el portón de la muerte”.  Como lo da a saber el contador de esta historia, narrada en primera persona, con hechos directos, los sitios descritos son los calabozos, contados desde allí.  Historias recogidas en la verdad de la ficción que sabe a crónica  con salidas hipotecadas de por vida.

 

El que quiere escapar queda atrapado y agujereado en los alambres de púas o a veces suceden muertes misteriosas sin nunca esclarecerse ni resolverse, “nadie sabe nada”.  Los que quieren amotinarse tienen que enfrentarse a ser un abatido  o un acontecimiento de cabecilla o salir por las páginas con una historia sin oportunidad a contarla, tal vez un rostro desfigurado con su listado de fechorías y supuestas.  No importa la historia  de ese que fue niño o niña alguna vez ni qué lo llevó a ese paraje donde perdió su salvoconducto e identidad, su arraigo y pertenencia.


En la alegoría de la insurrección quedan los amotinados enfrentados a las tropas y al desfile de cadáveres.  Eligieron la muerte al precio de no poder comprar ni pagar la prolongación de la vida. 

 

A pesar de estar presente la tortura, el espanto, el asco, el acoso,  y ese sentir del temor permanente  hay eso que no se pierde y no se puede exterminar a ningún ser humano, es la risa de la que carecen los animales, ese humor invento del deseo, que permite sostener la palabra en la imaginación sin que esta se pudra.  Ella enlaza algo parecido al anhelo de sentirse humano.  Eso que hace soñar “felizmente las mañanas pasamos en el patio, tomando sol y conversando”.

 

¿Se podría hablar de una alegría no contaminada?

 

Ya la escucha del autor de estas historias deja los fragmentos sonoros grabados en el ritmo, respiración, pulso, formas, edades y tonos de cada una de sus personajes invitadas a participar.  Escuchésmolas:

 

“El bullicio que arman es ensordecedor, luchan, pelean, y se insultan a plena carcajada.  Sus ocurrencias para debatir son obscenas y geniales, luego el rencor desaparece y regresan como grandes amigas a sus espantosos cubiles”

 

Aprender a resistir y no acomodarse, a descubrir  otra forma de defender la propia vida en el gethos del placer, del dolor y del suplicio.  Impera el instinto de conservación en la desahuciada razón.  Nadie puede “borrar ofensas”.  La violación y la herida queda como estigma y memoria cautiva en el archivo y cuerpo del delito aún cuando se crea que no hay huella comprobable.

 

Viene como eco la  presencia y la voz de Andresito, hijo de Dolores de la celda 525 del pabellón de atenuados como  atenuados “como un niño triste y ya ha empezado a articular sus primeras palabras, sus primeras frases. “ Asomado a la ventana de barrotes, observa el firmamento y señalándolo con la manita me dice: Mila mami, mi tol, mi luna, mis tellas”

 

¿Qué queda? ¿emigrar? ¿a dónde?

 

A otro cuento, a reparar en lo vivido, a reencarnarse otra vez en sí, a dejar de ser el consumidor de la existencia, a  desnudar el vicio del cuerpo.  A desposeerse del verdugo.  A ser otro  fuera del aniquilamiento.  A soportarse dentro de la propiedad corporal.  

 

A crearse otro yo en una imagen donde se sienta la inocencia no varada en el destino. A mirar el cielo fuera de todo encierro.

 

 

 

 

carmen váscones

1-2002

 

 

 

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