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HANS CHRISTIAN ANDERSEN EN SUS 200 AÑOS, por carmen váscones diciembre 15, 2008

Posted by carmenmvascones in biografia, Cuentos, Ensayos, Lectura y Reseña, literatura infantil, pedagogía.
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(Dinamarca. Nace en Odense el 2 de abril de 1805 y muere en Copenhague el 4 de agosto de 1875) . Escribió más de 150 cuentos, publicó su primer librillo de cuento “Cuentos de hadas contados para niños”, 1835 ;su obra autobiográficas, “el libro de la vida”, 1833, “El cuento de Hadas de mi vida sin ficcioness” 1847, “El cuento de Hadas de mi vida”,  1858; uno de sus mejores libros de viaje “el bazar de un poeta”, 1842,otros, “Visita en Portugal” 1866, “En Suecia”, 185, “En españa”, 1862-631 “ , 1842 escribió pocas novelas entre ellas está su primera novela “ El imprivisador”, 1835, “Tan solo un ministril”, 1837, “Solo un músico” 1837, , “Las dos baronesas”, “Ser o no ser”, 1857 “Pedro el Afortunado” 1870; Aparecen sus últimos cuentos entre ellos “La llave del portal, y “La tía dolores de muela”, 1872. A partir de 1858 adquirió la costumbre de narrar de su propia voz los cuentos que lo volvieron famoso.  Sus cuentos y autobiografías han sido traducidos a casi todos los idiomas, llevados al escenario del cine y del teatro.  Su voz se hizo universo de la infancia, cambió los códigos de la literatura infantil, hizo los propios.  Murió en la casa llamada Rolighed quinta de sus amigos Melchior, cerca de Copenhague donde está enterrado.

UN ACERCAMIENTO AL INMORTAL ANDERSEN

I

Hace 200 años nace el hombre que reconcilia la magia con la realidad: su fantasía, esplendor del decir; cuento y poesía en el tocador de los labios de la palabra habitante de la imaginación. La orfandad en su pubertad no eliminó el campo de sus sueños aún a pesar de que siempre sintió un algo carecía. Eso no disminuyó ni un ápice su mente creadora.

Muere su padre en 1816, este había sido enfermizo, lo había engendrado cuando tenía 22 años y su madre algunos años más que su marido. Apenas Hans Christian tiene once años ante esta primera pérdida, quedando inconcluso sus estudios, luego su madre lavandera, que “sabía hacer las cosas”, que era alcohólica y supersticiosa según los biógrafos esto último influyó en el “nerviosismo” del escritor, se hace de compromiso en 1819, Hans Christian se separa o huye  de su lado y se lanza a un encuentro propio. Ya a sus catorce años apenas toma un giro su historia, el jovencillo se va a probar suerte en Copenhague.

El hijo del zapatero remendón será el invitado de la vida. Es importante resaltar que su imaginación fue alentada por la indulgencia y tolerancia de sus progenitores, se hizo teatros y marionetas, representaba a sus autores favoritos, en el trayecto de su sendero quiso ser cantante de ópera, danzante, pero el camino no estaba por allí. Fue autodidacta, lector de Goethe, Schiller y Hoffmann sobre todo, ambiciona triunfar como dramaturgo, tampoco los éxitos estaban por ahí. Eso no desanima su aventura y  su propia búsqueda, pasa  3 años (1819 a1822) vagabundeando e investigando y boceteando sus propósitos y formaciones. De anotación entre anotaciones va entretejiendo y sacando sus producciones poéticas, epigramas, sus tonos interiores, sus impresiones de su ser itinerante.

El viajero se reporta así mismo, se autobiografía paso a paso.


En sus andares conoce a Jonas Collin que le ayuda para la obtención de una beca para sus estudios aunque esto no le atraía, igual concluye la escuela y termina el bachiller con la promesa de no escribir literatura mientras dura aquella formación, esto dura 6 años (l822 a 1830).

Entre 1833 a 1834 se lanza a su primer viaje al extranjero, y está recorriendo, Francia, Suiza, Alemania, Austria y principalmente Italia, en Roma es avisado de la muerte de su madre.  Punto aparte. Duelo, distancia y silencio.

II

Otro prólogo prepara para su nuevo nacimiento.

Dibuja y describe, boceto y reporte, ilustra y escribe.  Viaja, se impregna, se empapa, hace cartas, diario, se hace su propio cronista.  Su fantasía crea y elabora sus propios pensamientos.  Sus modelos literarios se rompen en sus propias experiencias, innova.  Su libertad de peregrino, de figurero, de experimentador, de contador, de dibujante le va dando formas propias,  va delineando su estilo, incursiona su retrato interior y su representación y reconocimiento de la vida en el escrito donde cuenta otra vez, una vez, había. Su composición es una contraposición entre sentidos y perspectivas.  Su voz ordena una sintaxis, crea una ortografía propia de hechos que se velan y desvelan entre trazos, plumas, carboncillos y manuscritos.  Pudores y rubores de arte, relatos y vidas sintiéndolas cerca y distantes como un paisaje entre bocetos, señales y otros puntos de resplandores y fulgor.

Y entre eso, un tú esquivo y silencioso del romántico apenas delineado sin llegar a ser ni estar en el lienzo, pero que se permutan y transforman en hadas, princesas y otros roles en la escena de la letra legible del Danes.

Se anticipa lo que va a llegar a ser, todavía no se daba a conocer como el escritor que iba a irrumpir,  más en  1835 se da en serio al público con  la novela “el improvisador” y cuentos de hadas para niños  que contenía “La caja de yesca “ y “la princesa y el guisante”, y algunas piezas teatrales, va apuntalando la verdadera historia de su vida.  En su memoria y psique queda una impresión sobre el hogar: “una melancólica soledad”, poblada de inquietudes.

Emigra como ave a las invitaciones de las estaciones que lo abrigaban y aquietaban por rato como “apreciado huésped”. Cual visitante inquieto de una felicidad añorada va recorriendo y transitando entre vistazos, anotaciones y reflexiones los caminos que explora. Se hizo amigo de otro grande de su época Charles Dickens, el realismo de este asentó precedente en las bases mentales del joven escritor Hans Christian, le crea un hilo interior que desmadeja el nudo pendiente entre cabos sueltos, inclinaciones y líneas de equilibrios y desequilibrios.

Conduce sobre los rieles que conllevan su fantasía y propias realidades.


Su estilo como escritor era parte de su agudo sentido de percepción, era inmutable e indolora su descripción, era un observador innato, tenía un espíritu artístico.  Se divertía de todo lo que creaba, parecía no sufrir con su imaginación, estaba impregnado de génesis.

Cuentan que hizo numerosos dibujos para divertir a los pequeños de sus amigos, es así como en el museo Andersen se pueden ver dibujos a lápices que representan figuras sacadas de la libre fantasía y escenas con figurillas que pareen porvenir de sueños.  Su perspectiva era un espacio ocular que unía los sentidos, dejándolos salir sin represión ni censura.  En la creación no pensaba, sus ideas actuaban en el papel y en sus cuentos orales que contaba en las reuniones con sus amigos.  El pensamiento y la fantasía eran uno, a la vez y simultáneamente eran apresados en la expresión que era el espacio creativo, esto era el estilo de contar  del ser del escritor. Su talento era un pleno de siluetas, plumillas, relatos y palabras describiéndose así mismas. “Impresión gráfica”, gesto y ritmo de líneas, diseños sensoriales y sensitivos, firmeza y fuerza en el pulso, certeza y confianza, exuberancia y color que se  desplaza entre dibujo y palabras.

Anderson recortaba imagen sacada de su creatividad, ilustraba sus relatos, el mismo hacía sus dibujos.  Era el dios, padre nuestro de sus figurillas de papel, bueno en esa época el arte de la silueta era un uso corriente y a diario.  Hacía figuras, trazos, bocetos de sus fantasía y observaciones poéticas, retrataba e imprimía a sus personajes en el teatro de sus fecundaciones.  Ilustraba y dibujaba sus impresiones directamente recibidas por sus sentidos en tiempo presente, las tomaba con su flash perceptivo y directamente las pasaba al escrito hecho a mano o con crayón.  Estos dibujos, apuntes, descripciones eran referentes para sus escritos.  Sus diarios, sus reportes dejan constancia del viajero que fue.  “Todos sus escritos fueron el revivir lo antes visto”.  Su relación natural  con la vida libre de oficio y oficialidad deja sentir el impacto de su nexo con lo natural y la condición humana.

Nos deja un impacto, impresión y cortocircuito entre su escrito y la vida, luego entre el lector y la obra.  Handersen con su alma de poeta nos toca.  La obra acabada era su obra escrita, el dibujo una realidad y fantasía atrapada e impresa en el instante original de un tiempo donde fusiona eso de vivir la imagen y la palabra como una en uno.

El viajero, paisajista y noticiero deja saber en sus cuento Tía dolor de muelas que “a menudo yendo por las calles de la ciudad, me parece como si anduviese por el interior de una gran biblioteca, las casa son estanterías de los libros y cada piso es un anaquel.  Aquí hay una historia cotidiana, allá una buena comedia, …acullá literatura buena o de pacotilla.  Y puedo fantasear y filosofar sobre todos esos libros”

El hijo del zapatero remendón, es el invitado de la vida. No fue hijo de “cuna” noble, tampoco necesitó este detalle social para tener luz propia.  Él cultivó su talento, sus méritos los ganó con el sudor de su frente.


Fue su padre, Hans Andersen, culto, ateo, liberal pensador reducido a la pobreza, quién sabe por qué, se sabe se hizo de oficio de zapatero sin importarle el que dirán, era parte del gremio en su pueblo de artesanos, la necesidad y supervivencia van de la mano, entre cosida, aguja y piola, al pequeño Hans le leía cuentos de las mil y una noche, este contar le alimentaba la imaginación, y también se dio tiempo para hacerle un teatro mecánico a su único hijo, el chiquilín tenía de juguete un títere  al que le confeccionaba diferentes vestuarios con sus propios manitas, y le armaba historias van y vienen.

Su madre Anne Marie Andersdatter, fue limosnera en su infancia, sin estudios, después, dedicada al oficio de lavandera de las familias del pueblo, siempre de tarea en tarea, tenía que trabajar para el sustento, dicen tuvo una hija antes que Hans que la criaba la abuela materna, ¡hum!.  Era fanática religiosa que lindaba con la superstición, la expiación, escondía en el alcohol su trajín, desde temprana edad luchó la vida para que no se le vaya del cuerpo,  había sido demasiado real y duro.  Quizás ella le transmitió a Andersen, que la virtud y la inmortalidad es un don dado por Dios, y que si llevaba un camino decente la divina providencia le tendría “planes determinados”. De ese árbol genealógico de esta familia se tiene pocos datos, es posible que en la tierra madre del escritor se tenga más información.

Los tres vivían y dormían en un espacio muy reducido de una pequeña habitación. Cuando Hans nace su madre tiene algunos tantos años más que su marido y  su padre tiene apenas 22 años y según recopiladores de restos de rumores y escarbadas han encontrado que en el inicio del hogar incipiente la cuna para el recién llegado  fue hecha por su joven padre de las sobras del túmulo de un féretro. A los 33 años fallece su progenitor, el púber estaba con 1l años y tuvo que dejar de asistir a la escuela, antes las urgencias del sustento, entra a trabajar a una fábrica, pero inexperto, inhábil, sin fuerza física, debilucho, ensoñador,  pensando en cómo convertir lo aparente en real y cómo a lo real darle una realidad que pareciera y diera impresiones creíblemente increíbles. No daba más de lo exigido a los obreros.  Asimismo, fue convenciéndose que era lo que no era, en ese “ser o no ser”.

Será y no será.

Esta meditación y reflexión de paseante interno fue un habla que le iba revelando quién era. La misma que le  puso a desandar y andar las reglas filiales y sociales, los legados transmitidos por sus progenitores los depurará, discutirá con Dios, sensualizará el paraíso, hizo añicos el espejo para que cada uno lleve enterrada la mirada en el desencuentro con lo inmortal, contradictorio, juega con el alma, la frota en su cerebro, la corona con soledad, deshollina la tristeza como ofreciendo fósforos encendidos a la sombra para acompañarla.

Deshilvana lo justo e injusto, Corona el vacío. Cuando se creía feliz “quería apretar a Dios contra su corazón”.  Cuando carecía de alma como Ariel despeñaba la conquista: desvanecer lo mortal  como la espuma, a menos que “conquisten el amor de un ser humano”…


“Su vida eterna depende del poder del otro”

Hizo para sí, un creador sin tiranía, sin corona, sin estado, se apoyó en el maestro Jesús, lo hizo a su modo su modelo, los clavos y los silicios, son sutiles incones que dejan ver los orificios de la miseria en la esclavitud de una corona que aprieta hasta hacer sangrar el deseo, está vetada la codicia, la semejanza, está prohibido soñar.  La opción: la muerte, el vía crucis o la mutilación para liberarse de la tentación o de la opresión del rechazo.  Léase, “Los zapatitos rojos”,  “La sirena”, “La pequeña vendedora de los
Fósforos”.

La vida un sueño imposible menos en la imaginación ni en la resurrección del personaje.

La creación nos devuelve del había una vez, a un hubiese sido, a un es posible todavía otra cosa, ya que el misterio de la muerte nos pone a raja tabla a tocar la vida con pasión y compasión a pesar de la descompensación.

Actúa como guiador de los niños que los deja acercarse, y la naturaleza era la iglesia de todos.  Por lo tanto no tuvo que ahuyentarse de su propia vida. Él traduce fuerza y poder como uno solo.  Saca de su debilidad la fortaleza. Se expía, comulga con la fantasía, el infierno arde en sus escritos que no se hacen cenizas: sus confesiones.

Saca a la luz el paraíso y el infierno dentro de la imagen. Juega al soldado sin matar, sin ir a la guerra. Describe el juego cruel del humano con la naturaleza y las especies.

Hace entrar al ave fénix al paraíso,  Desnuda el espíritu pagano del ser, los desnuda, lo hace ver su incumplimiento: promete lo que no cumple.    El paraíso está cargado de sensualidad: sin remordimiento y vacilación lo humano se goza divinamente.  La caída: no hay salvación para la codicia eterna y mundana.  La marca del placer sujeta a la muerte: el acto prohibido, llama eterna.

Avanzar es vivir, caer es morir.

El verdadero poder no es humano, es divino, y el que usan los mortales es innoble por sus abusos, este poder derrumba la creación, será acaso esto la tesis,  la teoría, la filosofía y la ciencia  del alma del poeta narrador.

El rompecabezas de la eternidad: la razón que crea.  Lo mortal goza el cuerpo que ansía inventarse una vida propia. Dentro del silencio de la vida también el de la muerte.

III

En sus inicios de muchacho trabajador todavía niño, distraía a los compañeros con sus comentarios y se convertía en hazme reír; su fantasía se imponía y su inconformidad a la rutina lo distraían. Se escabullía de la pobreza desalmada y sin “esperanza”.  Su modo de ser será quién edifique su “natural modo de andar ante la vida” Entrando a su adolescencia se construye un pequeño teatro de marionetas y se dedica a representar las obras que pudiese conseguir, tales como de Ludving Holberg, Shakespeare.


Soñaba en el tablado y las tarimas, capítulos y epílogos.  El camino lo va haciendo sin todavía enterrarse exactamente.  Su madre vuelve a casarse, en 1819,  casi desolado y abandonado así mismo. Y qué ocurre cuando su madre se hace de segundas nupcias, algo se hace incompatible entre los dos.  Hay otro que no es sangre de su sangre, hay una nueva situación que no aguanta, que lo envía a que no permanezca a su lado y  huye, a sus 14 años decide probar suerte, toma  rumbo y se dirige a Copenhague. Allí conocerá al que  ocupará un sitial importante en su sendero, cuando se hace amigo de Collins le da un lugar  especial casi de padre sustituto, se deja guiar.

En su imperativo interior lo atosigaba: el teatro, ser director,  actor, cantante de ópera, danzante.  Tenia delante sus narices  el porvenir pero se buscaba al otro lado del  espejo porque todavía no podía verse.  Quería algo diferente, portaba el misterio a develarse en su ser andante y viajante.  Era un curioso, todo le llamaba la atención. Esto no aminora su audacia de lanzarse al ruedo de su propia vida.  Se marcha con una recomendación para ser bailarín del Teatro Real, conoce músicos, se hace de amigos que le van abriendo pistas y contactos, busca oficio y no le va bien.

En el andar conoce al Poeta Guldber: le recomendó estudiar gramática, cabe señalar que la ortografía eran puntos débiles en sus escritos, un cortejo de faltas, rosarios rotos de palabras inentendibles y deberes nunca hechos, y una pereza para las planas aburridas del aprendizaje de repite, copia y lee, y sigue. Tenía aversión a los estudios, fueron momentos amargos y sombríos pero  ni modo, necesarios e indispensables. Lo autodidacto era insuficiente.  Tenía que probar a los letrados e intelectuales su saber. Cuentan sus biografías e investigadores que “su sistema nervioso fue altamente sensible durante toda su vida, tenía aflicciones, flojedad, dolores de cabeza, mareos, depresiones, y se impresionaba con facilidad.  Su fuerza mental imperiosa no espera lo lanza, lo agota, lo reenvía a no cesar. Tenía que competir consigo mismo.  entretelones, sube y baja la cortina, otra función, se abren las puertas.

Siempre tiene que haber un suceso parecido al milagro,  conoce al Director del Teatro Real, Jonas Collins, “su autentico benefactor”, lo apoya para que estudie en el Colegio Slagelseé, tenía 19 años y sus compañeros de curso l0,  esto de ser un grandulón, reflaco, desgarbado, con apariencia de feo y facha  de pobre es una   experiencia de las más duras.  Pero el que la sigue la consigue, cumplió consigo y la promesa De no distraerse escribiendo poesía y cuento a su filántropo y amigo, pero eso queda en el reservorio de sus tesoros guardados, y de los escuchas imaginarios o desperdigados en la realidad. Los niños pueden ser terriblemente crueles con sus burlas, qué no más habrá pasado en esas aulas, es posible que el para controlar ese mundito en efervescencia de los otros y el propio se dedicaba a llamar la atención como si nada contando relatos, su palabra, era su arma e instrumento y carta de presentación, domaba al espejo con su humor impíamente divino.

Luego Collins lo introduce en la “elite cultural” de Copenhague, entra a la universidad en 1928 y publica su primer libro el 1930 a los 25 años, ya era para entonces un poeta resonado, publicado varios cuentos, lo que no dejará de hacer en su vida.


A veces su exceso de vivacidad e ingenio era sospechoso, de pronto era el velo de sus ratos de abandono total, de duda y confrontación con su nada y vacío “estoy a punto de abandonarte a Ti, a quien debiera agarrarme con la fe de un niño” o esto otro “es extraño que en momentos de angustia y sufrimiento no me sea posible a Dios”, rebeldía, falta de humildad y desasosiego, e incluso la desaparición del cuerpo ante la muerte lo ve como una infelicidad, no dejarse morir es la apuesta con la vida que cada ser humano se la juega, el truco está, con qué artificio se sostiene este “talón de Aquiles”.

IV

En el Danés el humor, la “fina ironía” y lo excéntrico de su ser, es un modus vivendus, tenía que hacerle quite a ese remezón y vértigo depositado en alguna parte, que de vez en cuando supuraba. Siempre tenía anécdotas y algo divertido que contar.  Le gustaba viajar, recorrió Europa,  es Italia la que le hace engendrar su primera novela “El improvisador”, que aparece en 1835, con pocas ventas, pero mucha producción y publicaciones.  Viajar era un placer aun en condiciones difíciles, otro largo trayecto fue de 1840 a 1841, entre mar y tierra se cosecha el libro de viaje más aplaudido “el bazar de un poeta”, en el que  narra su experiencia.  Ya es un consolidado escritor, un personaje nacional e internacional de  la escritura, aspiraba convertirse en novelista y dramaturgo.

Su literatura infantil, tenía  humor, caos, ironía y dosis de una mil unas noches. A la moral le quitó la máscara, su prosa leve y popular llegaba directa, sus temas eran singularmente universales.  La leyenda, lo popular, los mitos, viajes y autobiografía eran sus referentes. Andersen Jr.   Nunca repudió, ni negó sus orígenes, tuvo orgullo de su sangre, no sintió vergüenza del oficio “humilde” de sus padres, ni del apellido que portaba, no se lo cambió. Más claro, no necesitó cuna de oro ni moneda constante y sonante  para ser alguien y hacer algo.  Sus méritos son sus escudos de honor y triunfo. La nobleza, para Andersen era “la bondad de la naturaleza humana” y este es el rasgo que debe rescatar el poeta”.

La naturaleza y las vivencias eran su arte y su género masculino y femenino graficando la voz narrativa y poética.  Y como resultado la escritura  oral, su trinidad, tú , ella y yo, o imagen, palabra y ella en mí.    Esto es como decir que en su creación el principio fue la imagen lecho del verbo, hecho uno en el cuerpo de ella: la escritura, dentro de la voz de Andersen.  Era ateo por gracia divina, sin ave concebida, sin hágase tu voluntad, sin he aquí la esclava del señor.

El poder de la  palabra de un hijo  sin descendencia y sin misterio concebido.

Contraposición de los sucesos del cuento y de las escenas. Relatar la historia no es lo mismo que contar la historia, y ésta última hacerla un cuento de vida y obra a saber la vida, de un cuento con hadas y de vidas sin mujeres en ese “cuento de hadas de hadas de mi vida sin ficciones” que el escritor refiere.

No se dejó morir en su alma cargada de fantasías, ella: nido de gracia y de creación.


Su hogar un sitio anhelado, más tarde será “una melancólica soledad” poblada de inquietudes, que lo hace emigrar como ave a las invitaciones de las estaciones para que lo abriguen y aquieten por rato como “apreciado huésped”.   El espectador excepcional, el hombre de ventura, alargó la vida sacándola del anonimato, creó una compañía de carne y hueso en la memoria. Su puesto como escritor una acción inagotable de ocurrencias y de genialidad. Andersen torneó su propia leyenda y mito, le puso suela de palabras a los andares del lenguaje.

Calzó el tiempo con magia, dibujos, historias, poesías y virtudes. El no fue hijo de la apariencia, él siguió y anotó la huella del nudo filial y social. Trabajó su pedazo de curtiembre,  la cosió en la idea para no olvidar su origen. Esa herencia, la cosió no como un remiendo ni añadido, sino que lo llevó al inventó y reponer la falta con creación y arte. Su propia carencia fue el motor de su génesis mental. Entresacaba los argumentos, perfiles de otras huellas y pisadas propias, se apropiaba de un lado y otro lado de los tejidos sociales.  No desperdiciaba ni un trocito del cuero transmitido en la memoria.  Su escritura superó al oficio de sus  padres, el remendón y la lavandera fueron sus personajes hecho uno.  Les dio un espacio y lugar en el tiempo.

En su cráneo dio volteretas a la razón, a los hechos, alargó la vida antes de que se conviertan en olvidos. Sus compañías, público, y director compartieron las venturas y desventuras.  Todos juntos  fueron su mundo y el de los otros, no los redujo a un oficio, ni función, cada uno cuenta por contar.  Cada historia es importante, son breves, se hilvanan al antojo y según le parece al dios de la palabra.  Su requisito para la actuación eran los defectos y virtudes ya que todo enseña y llega a ser algo, hasta la cosa aparentemente más insignificante.

V

La condición de la fortaleza humana es su poder de uso, su don y sabiduría que  no tiene nada que ver con la pedantería, sobradas  y falsos orgullos, ni siquiera con títulos, oficios, profesiones enmarcados. Tiene que ver esta condición con lo simple y sencillo de una “gracia concedida”. Los actuantes dejan ver en su deseo al Dios y a la bestia que portan, sus caminos envueltos y a desenrollar,  dan cuenta de la mascarada y el disfraz, ponen al descubierto la miseria y la felicidad del vecino. Son los protagonistas principales junto con otros actores interpretando sus propias vidas y representando el porvenir desoculto, original versus “una copia extraña del propio yo”, donde el animal que habita en cada uno sale como “una figura orgullosa” con el peso de la vanidad a cuesta que poco a poco se hace polvo.

En su cuento del “Humor” dice cuando “alguno de mis amigos o de mis no amigos se pasan de la raya conmigo, me voy allí, -hace referencia al cementerio- busco un buen trozo de césped y se lo consagro a él o a ella, a quien sea que quiero enterrar y lo entierro enseguida…” Al fin y al cabo es una sola vida la que se carga, y si hay que aliviarle o quitarle peso hay que tener licencia propia para desmontar de la memoria la estupidez humana y continuar. O esto otro en su cuento “El último día” “lo que de bueno hice en el mundo lo hice porque no supe hacerlo de otro modo, pero lo malo…eso sí que fue cosa mía”.


Y,  no obstante, la gracia llega como sorpresa inesperada a quién se concede un espacio sin tensión dentro de la hoguera del espejo.  La claridad de lo bienaventurado es inagotable, ¿trabajamos por ella? Eso nos los da a conocer nuestras acciones que lee y recibe mi desemejante. Al mundo que inmortalizó lo indagó, lo extrajo de la miseria humana, de lo bello; da a conocer sus modos de habitar y contradecir la existencia, los independizó de la marginalidad, y del vicio, los pone de igual a igual con los otros, el príncipe experimenta ser un porquerizo para ser amado; la princesa tiene que probar ser princesa sin saberlo; la sirenita que se enamora del humano y solo por saberse en ese otro cuerpo el de una mujer, género sin complemento hasta su vida la da en esa ley de la gravedad de la desigualdad humana,  y si precisamos el reconocimiento a ese lugar femenino cabe recordar que en la época que vivió Anderson se proclamó la igualdad  de la mujer frente al hombre. Sus héroes y heroínas son libres pensadores no derrotados, y se juegan su papeles frágiles o fuertes, cada uno tienen algo que decir, vivir, contar. A su pueblo natal los hizo cruzar al campo literario, ahí la frontera no era límite, allí reyes, emperadores, lacayos, plebeyos, burgueses y objetos son animados por sus diferencias, aberraciones, ambiciones, desprecios, incluida sus lealtades y deslealtades, y también sus gracias, desgracias y ternuras en ese decir del “dolor poético”, de ilusiones y desilusiones, de adivinaciones y divinamente concebida la palabra precisa concedida “como una melodía que uno conoce sin acertar a recordar de donde procede”. A los personajes, cual patriotas de la tierra inmortal iniciada en la palabra imperecedera de la vivacidad los hizo cruzar al escrito desde un relato con exposición oral, para que no sean un muerto sin historia, sin cuento sin moraleja, sin leyenda.  Les hizo que hablen por ellos mismos. Su campo de acción es la palabra y el verbo, puro principio de fuego y gravedad, prendía las ideas, agitaba su chispa con la espiral  de su “humor innato”, sin rodeos y sin pelos en la lengua, con su rapidez mental, con su aroma natural de impregnar su representación y presentación de la vida.

VI

Hace que el lector y la obra de él se hagan uno en otro, sin dejar de ser, pero algo cambia, conmueve, genera transforma.  Su estilo, la forma de concebir el personaje, la situación, el lugar, su descripción, el argumento, el sentido de los conceptos que intervienen depende de las “trajes” visibles e invisibles del escritor. Se expresa en la estación de su vivencia e invento, la experiencia propia, la vida diaria, los mitos incorporados, las leyendas populares, relatos orales.  Sus realidades, paisajes, y su ser viajero son los verbos de sus argumentos, ficciones y relatos. Se hizo persona, animal, cosa, lo que sea, dio magia, imágenes poéticas, sabiduría, anécdota, espíritu y animación a sus personajes y  hechos.  También, Dios, la oración y el misterio de la vida y de la muerte eran sus referentes.

El semejante y desemejante debe aprender a confiar, a veces la muerte es un alivio para la desesperación, a veces una oración es una calma para la soledad del alma, a veces la propia voluntad es una determinante para no quedarse inmóvil en el propio cuerpo.  Dios y la muerte mutan, transmutan, y permutan entre vacío y eternidades sin identidad.  Desmitifica el misterio, conversa con el silencio, siempre hay algo o alguien invisible que hace la voz de la conciencia en el alma incrédula, por falta de fe a si misma.


¿Qué es un ángel? Sino una infancia creyente y omnisciente, todopoderosa que cree y crea su propio milagro: deja que la vida vaya sin alejarse nunca, más tarde,  una forma de amortiguar la soledad o los miedos inexplicables en una dulce compañía que ruegue por uno de noche y de día hasta siempre, claro si tu quieres, y no te vuelves ateo de ti mismo. En el escenario de su creación no duda, actúa, refleja el espíritu humano, mundano y desnudo.  Los vicios son virtudes que enseñan, todo es aprovechado por su radar sensible, está atento a las minucias de las luchas de las fuerzas que contradicen, contrarían y se conllevan.

Andersen es el liberador del silencio, hizo de los remiendos un pueblo y un gremio, en su propia persona revelaba quién era y al que llevaba dentro de sí, él y su pueblo de paisanos, compatriotas y personajes advenían desde ese había una vez  de otras veces sin una vez pero que no dejaba ser una vez a contarse desde una “voz noble” la vida sin dejarse vencer, sin dejarse distorsionar, sin dejarse volver una historia sin hechos.  De lo ordinario y extraordinario nace  algo y alguien que llegó a ser contado, impreso, convertido en secreto y en papel, en registro de propiedad, en un acta.  En lo que tú quieras. Él en una de sus cartas de agradecimiento dice  “Todo hombre tiene su completa libertad de expresar sus propios pensamientos”, eso es en definitiva la verdadera de tarea de todo escritor.

Se hace un destino a través de su obra. Se siente como el agua todo lo conmueve, refiriéndose así mismo dice “todo se retrata en mi”, casi como un periodista sin quererlo, expresa de una manera rápida y sucinta la impresión recibida. Tiene una visión total a base de detalles.  Las virtudes hablan sin consejos y sin moral que enseñe.  Esos diálogos naturales sin estereotipos, sin poses, sin pretensión de inteligentes lo hacen ocupar el sitio de la eternidad, esta es, la sencillez de su maestría en ese escribir, dialogar, describir, contar y decir.  Ese cómo llega al otro, al lector, y como estar consigo mismo, como escritor, autor y ser ordinario como todos, aún siendo extraordinario, de estar siendo tocado por el reconocimiento y los efectos de saberse otro cerca y lejos de sí y de los demás, y a la vez sin dejar de ser el actuante, actor, narrador y trovador de la vida y de la imaginación sin actuarla, sino viviéndola, escenificándola y representándola. Las peripecias del mundo se cuentan así mismo.

VII

Nació en el taller de un zapatero y reivindica esta tarea, al fin y al cabo esto es humano. Su vida no fue historieta de almanaque. Andersen torneó su propia memoria, le puso suela de palabras a los andares del lenguaje. Calzó el tiempo con magia, dibujos, historias, poesías y virtudes. El no fue hijo de la apariencia, él siguió y anotó la huella del nudo filial y social. Trabajó su pedazo de curtiembre  la cosió en la idea para no olvidar su origen. Esa herencia, la hilvanó no como un remiendo ni añadido, sino que lo llevó al inventó y reponer la falta con creación y arte. Su propia carencia fue el motor de su génesis mental. Entresacaba los argumentos, perfiles de otras huellas y pisadas propia, se apropiaba de un lado y otro lado de los tejidos sociales.  No desperdiciaba ni un trocito del cuero transmitido en la memoria.


Su escritura superó al oficio de sus  padres, el remendón y la lavandera fueron sus personajes hecho uno.  Les dio un espacio y lugar en el tiempo.  Fueron su mundo y el de los otros, no los redujo a un oficio, eran la virtud y el habla. Sus personajes protagonistas principales junto con otros actores actuando sus propias obras y representando a otros con porvenir desoculto.  Los inmortalizó, los extrajo de la miseria para dar a conocer sus modos de habitar y contradecir la existencia, los independizó de la marginalidad, los pone de igual a igual con los otros.  Si revisamos a vuelo de pájaro algunos cuentos tenemos que, el príncipe se disfraza de porquerizo para experimentar ser amado como otro sabiendo que anhelaba ser aceptado como lo que era.

En el cuento la princesa y el guisante,  ella tiene que probar ser princesa sin saber que está siendo puesta a prueba su lugar de origen.  En cambio en la sirenita cuando se enamora del humano y solo por saberse en ese otro cuerpo el de una mujer, para ser aceptada se arriesga, se transmuta, pasa al género sin complemento, hasta su vida la da en esa ley de la gravedad de la desigualdad humana, rechaza ser lo que era y solo le espera la muerte.  Si precisamos el reconocimiento a ese lugar femenino cabe recordar que en la época que vivió Anderson se proclamó la igualdad  de la mujer frente al hombre. Entonces sus héroes y heroínas son libre pensadores no derrotados, donde cada uno tienen algo que decir, vivir, contar. A su pueblo natal los hizo cruzar al campo literario, los hizo cruzar al escrito para que no sean un muerto sin historia, sin cuento sin moraleja, sin leyenda.  Les hizo que hablen por ellos mismos.

Andersen es el liberador del silencio, hizo de los remiendos un pueblo y un gremio de artesanos donde había una vez  de otras veces sin una vez pero que no dejaba ser una vez a contarse desde una “voz noble” la vida de los plebeyos.  Él en una de sus cartas de agradecimiento dice  “Todo hombre tiene su completa libertad de expresar sus propios pensamientos”, eso es en definitiva la verdadera tarea de todo escritor.

Él empezó casi de la nada monetaria, más su remolino de fantasía bullía despaciosamente en el vórtice de su propia leyenda que se hacía; una vez quedado sin hogar constituido, desecho para él, se arriesgó a posicionarse y darse un lugar que no ubicaba pero que precisaba en el invento. Ni la frustración, ni el fracaso, ni la orfandad, ni la misma pobreza fueron obstáculos para la visión de lo que quería, siguió su propia pista, y se dejó apoyar, en su vida, Jonás Collin, que se hace  inseparable y amigo de toda su vida  se vuelve su ángel guardián y tutor, aparece en el momento justo y preciso, y supo darle la mano a Handersen, claro está, que no debemos pasar por alto su infancia a lado de sus padres, donde estos lo dejaron ser libre pensador y fantaseador, no lo censuraron, le acolitaron el juego con la imaginación, ese fue su pilar y su base, fue ese hogar que tuvo, que lo sostuvo fantásticamente. La imaginación será para siempre el condimento de su existencia.

Su aliento estaba investido de personajes y dibujos animados, que supo escuchar, allí, su voz interior nunca le falló, lo admitió siempre, no se dejó morir. En el desierto de la pobreza había el mendrugo faltante, pero sus sueños le hicieron rebatir la misma hambre, y eso que faltaba como  algo más,  era tarea de él, y de nadie más.


Él sostuvo el esbozo de su fantasía  en ese improvisar y permanecer en diario, libretos, más tarde libros imperecederos. El se tuvo paciencia, no desesperó ante la falta de reconocimiento a pesar de que le llegó pronto, como igual las críticas, en todos los tiempos eso es un suceso infaltable en el contexto de los letrados e iletrados intelectuales.

VIII

La literatura: su pasión que lo envolvió para siempre en la llama de la letra.

Entre deseos sensuales, angustia, dolor y batallas de sentimientos la intimidad del genio. Andersen se enfrentó al espejo, lo hizo triza, evitó alguna partícula le llegara a su corazón para que el poder de este no se le burlara, puso su imagen en su sitio, y al reflejo le hizo intimidarse en su propio destello.  Casi todo le llegó, menos el amor que lo dejó pasar, lo resguardó como un tesoro escondido en sus escritos y silencios. Es  así como al final  de su vida deja una “constancia inédita”, esa fundita de cuero con un hilillo colgada a su cuello y dentro de ella su mayor confidencia, su orgullo sin respuesta, luego retomaré este misterio para develar el nombre de la dueña de esa carta, por ahora hago puntos suspensivos, y bueno, ese detalle no cualquiera a la hora  de la hora sólo le concierne a él y a quién quería dejarle saber lo que quedó entre los dos, y  a nosotros nos envía a su obra maestra, otra cosa es que me ponga como psicóloga y eso implica tocar el ombligo de Hans Christian y saber más sobre su metáfora filial, pero hay que continuar.

Sigamos, escribió por el placer de contar, su voz un cuento bello.  El lector desnuda al escritor, así como el niño que dice lo que ve tal cual le llega sin disfraz y sin prejuicios.  Andersen era ese niño que veía lo que el otro no quería ver, ese es otro fundamento de su obra, ve lo que está allí.  La acción de sus obras, sea diario, cuento, dibujo, novela, deja escenificado el movimiento que llegó y no llegó a suceder pero que lo vivió él en su fantasía, imaginación y escritos, testimonia todo aquello que no llegó a ocurrir a pesar de que hubiese sido y no fue, o de que hubiera valido la pena de que fuese.

En su imagen lleva una cicatriz producida por una mirada sin piedad que lo fija en la huella sin retorno, en el recuerdo el aguijón, allí lo que sintió, “una sensualidad apasionada, que resiste”, que lo pone furioso, que lo hace desear abrazar, besar qué no, hasta declararse y escoger y pedir  ser recibido,  escribir cartas confusas, donde deja notar su duda sin “ofrecimientos” claros, o mejor dicho de defender su puesto, el que desea ocupar, el de novio y futuro marido, pero no sabe qué hacer para irse contra la apariencia de cómo se ve a cómo lo ven, a cómo lo quieren, o qué quiere él como hombre de una mujer.  Suya o de nadie, una frase romántica, el destino, época de mujeres con derecho de igualdad frente al hombre pero frente a las tradiciones y poderes patriarcales, la ley escrita es una, la de la acción es otra, irse contra la voluntad del nombre del padre, es drama y tragedia, ya lo dicen Romeo y Julieta.

Él metamorfoseado en un cisne majestuoso, al inicio de su vida bohemio, andante, romántico, solitario, tristón, sensible, enfermizo, no congraciado con su imagen, miedoso intrépido, ni amable, ni agradecido, ni lleno de paz, necesitado de presencias y hospitalidad, fue aclamado y celebrado su triunfo literario, pero…


“Siempre sufrió la falta de una mujer a su lado”. Su sangre ansiaba amor tanto como lo hace su corazón, escribió y alguna le contestó, otra ni se inmutó, igual las señales de sus trazos u rutas dejan resto de esas correspondencia, una de esas letras de la remitente fue encontrado en una bolsita de cuero colgada en el cuello de Andersen el día que lo encontraron muerto, dentro había una larga carta de juventud de Riborg Voigt, su gran amor de juventud. ¿Por qué dejó esa prenda a la vista de todos?

Lo no vivido y anhelado se mostraba igual que la muerte, ya no tenía que ocultarse de su secreto guardado, “su fidelidad a lo perdido” se volvía una evidencia irrefutable de su anhelo de lo que debía haber sucedido y no fue.   Solo tuvo la compañía de si mismo en el tiempo que se acortaba, al final de su vida se las arregló solo como siempre.  Pero nos queda sus diarios, sus restos de cartas, de que  el hombre se enamoró, sintió, declinó, pero eso de vivir su propio “hogar implicaba una mujer dentro de él y una familia que sostener  y un presupuesto que redondeaba toda una decisión, aquello fue postergándolo hasta convertirse en un solterón   La falta de un hogar y de una mujer que lo ame fueron su sufrimiento constante. Podría decirse que se encontró entre deseos sensuales, angustia, dolor, rehusar a la tentación, temor a flaquear, intercambios de dejos, silencios y miradas esperadas, de “sensualidad apasionada” contenida, de batallas de sentimientos que debaten la intimidad del genio Andersen  se enfrentó contra el amor que se reduce a cenizas. Lo anheló pero lo resistió, más lo volvió sublime: su creación una criatura afortunada donde habla con ella sin avergonzarse de la mirada, sin temor a mirar de frente y ser tocado por la pupila sin ser rechazado, sin tener que preguntarle al espejo si es o no el “patito feo”, ya que la respuesta está en ese  cisne que es su nombre: él  mismo.

IX

Más en su espacio interior una falta eterna: lo amado y la amada una intimidad no colmada. Acaso ese cántaro vacío creó un vicio: la escritura sin sucesora, sin rival sin amante, sin nadie.   Al final de su existencia, un remate, un cáncer hepático confabula dentro de él, se apropia de su cuerpo, esto le fue doloroso, agitado,  entresacó fuerzas de su debilidad, algo de calma, su memoria se refugió en momentos alegres, hasta que no pudo hacerle quite a la sombra que lo invadía, tenía 70 años el día de su muerte.  Fue por un instante duelo en la palabra, quizás todos sus personajes en ese momento salieron a recibirlo y lo envolvieron en la fábula del contador donde el se dejó encantar para dormir y descansar en el relato que no deja se deja escribir ni salir por la voz más hermosa para no perturbar el silencio del dios de la infancia.  Su vanidad infantil, su sentido de humor, “suave y feraz”, su lucidez, su fantasía desbordante lo protegieron como ser humano y escritor instalado en sus personajes de papel extraídos de la realidad.

La vida pasa de prisa, su hogar desecho de la infancia quedó atrás del telón de la literatura, la realidad de su historia entre invento y tinta, el escritor: huésped e invitado; y como hombre sus sentimientos eran un todo incompleto, fragmentos y suspensos de una “castidad erótica” desbordada en angustia, fragilidades y añoranzas repartidas en cuentos y conversaciones sin ediciones.


Acaso podemos decir que la realidad de su mundo es una historia incompleta , de retazos  de belleza y melancolía  dentro del secreto que guarda su corazón, esto es la debilidad de su deseo frente a lo femenino, su yo vulnerable habitante de la pasión, su eros se deslumbra del rubor. Busca una mujer natural para que acompañe su vida inteligible.

La idea del amor en Andersen es un sueño con un hogar posible de cohabitarse, casi como un cuento de hadas en la vida para que le calme su vida agitada e inigualable y sobre todo nada que ver que con la rutina del tiempo marcado con ritos, costumbres y exigencias que s e le hacían difíciles cumplirlas, había cierta comodidad y pereza frente al orden del deber, también había una incomprensión o dificultad para asumir el arte de ser esposo, padre y escritor a la vez, como que no se puede ser todo a la vez, ese temor de fallar, de faltar, de no cumplir, de fracasar.

No olvidemos que su hogar se acabó a la muerte  de su padre y vueltas nupcias de su madre, podemos decir que una desgracia trajo una dicha para la humanidad, que hubiese sido la otra vía como opción para Andersen, dejemos ahí esa elucubración, no viene al caso ni es ocasión para excavar.  Aquel viajero nada común de la fantasía y de la angustia era un incansable entusiasta del cuento de la vida en otras vidas, todas, cada una, recuerdo y relatos de dichas y no dichas sentidas, de declaraciones sin contestar, de varios rechazos, de pensamientos que hablan y de cuentos donde la heroína muere, canta, y todo contado con originalidad y simplicidad, casi como las relaciones de amigo que permitía continuar con las mujeres  de sus  fantasías.  Ellas toman papeles protagónicos, relevantes, son las actoras principales de los cuentos, se juegan hasta papel de salvadoras, también deja entrever su denuncia e inconformidad frente a la injusticia y pobreza, así tenemos el cuento de la pequeña vendedora de fósforo, nos describe detalladamente el escenario de la miseria y de la ilusión.

Salvar al personaje es hacerlo morir soñando un encuentro feliz en ese desenlace.

X

¿Qué decir de sus amores?  Él define a Eros como un niño travieso que hiere el corazón, y aconseja que hay estar “en guardia contra las tretas del amor” ya que siempre va detrás de la gente. Los amores  impublicables  en su piel le dolieron en su mundo inédito,  no los imprimió en la vida real, quizás, que quedaron como textos sin remitente y sin destinatario.  Quizás los metamorfoseo  en sus “personajas” inconmovibles al sentir…

Riborg Voigt, su primer amor de juventud, le dice NO.  No le queda más que convertirla en Hada, su objeto de honor, falta y orgullo, la convierte en su amiga para siempre, le dio su alma y pensamientos en su autobiografía “El cuento de hadas de mi vida”.  Ella se transforma en el Ave fénix dentro de su alma.  Se enfrentó contra el amor que se reduce a cenizas. Lo anheló pero lo resistió, más lo volvió sublime: su creación una criatura afortunada donde habla con ella sin avergonzarse de la mirada, sin temor a mirar de frente y ser tocado por la pupila sin ser rechazado, sin tener que preguntarle al espejo si es o no el “patito feo”, ya que la respuesta está en ese  cisne que es su nombre: él  mismo.


Esas hadas que se retratan en su ser, y en las confidencias de aquel viajero de la vida se quedan en el camino como un dibujo de siluetas en ese abrazo que tanto él anhelaba y deseaba sentir.  En fin solo tenemos sus cuentos para deleitarnos con sus personajes femeninos y ese resto real que devela su secreto, una carta de Riborg dentro de  una bolsita de cuero descansando sobre su pecho.  Pidió ser quemada la carta, pero esto no se cumplió, en el fondo y la superficie de su piel su deseo íntimo fue la contrario, se sepa, y esta mujer y hada a la vez se inmortaliza en esa lealtad consigo y “fidelidad a lo perdido”.

¿Qué hubiera sido de Andersen si consumaba la realización de sus anhelos?.

Como lectores nos hacemos egoístas, nos quedamos  con el cuento maravilloso de su obra y continuamos el ensayo de la creación y el génesis inacabado en el éxodo del cuerpo  y del rubor del paraíso.  Y aquí hay que hacer un apéndice frente aquel rumor de folletín donde otras lenguas cuestiona la opción sexual e identidad de Andersen, al decir que sus amores no eran ellas si no ellos, los hermanos.

Será acaso esto una calumnia, una difamación, una sospecha, una falsa pista, si nos vamos a su infancia, y según los datos recogidos él tenía un nexo de fascinación con su padre, hubo magia, complicidad, invento y cercanía afectiva, hasta era un padre joven para un niño talentoso, avivado por la frescura de ese progenitor para atender y saciar la fantasía. Por lo que podemos afirmar es que   hubo correspondencia con su progenitor en la infancia y de adulto no tuvo  lo mismo con las mujeres que se ilusionaba, hubo un desajuste de afectos. Acaso los hermanos de aquellas eran un paño de lágrima mudo, un amigo para estar cerca de ellas, solo ellos lo saben y lo que deja escrito en sus diarios y de lo que podemos entresacar  en “intríngulis” como él mismo lo dijo.

A este repasar del contador  sobre su vida íntima, no podemos hacerla un chisme, ni un cuchicheo, ni un noticiero, ni una comidilla su vida personal. Fue criado como hijo único, estudió con compañeros menores a él, a veces parecía un bufón, comediante, un solitario deseoso de compañía.   ¿Quién puede juzgar los amores consumados o no?

Entonces, el amor que sintió por Riborg, Louse, Sophie, Jenny se tradujeron en bellos cuentos de hadas y novelas llenas de ternuras y una dosis de amargura en la mariposa que no podía decidirse por ninguna de las flores hasta que fue demasiado tarde. No hay discriminación, ni desigualdad, ni debilidad femenina en sus personajes mujeres, pero si, hay una dosis de ironía frente al qué hacer de la mujer en su rol, tarea y función, hay situaciones  donde  el personaje   tiene  que liberarse de su  dominio egocéntrico.  O salvarse  de las manos de su autor si es que puede…

Encontrarle sentido a la inutilidad del oficio y del objeto reducido a cumplir “oficios” o tardes de tertulias, o dar a conocer la rutina de la pobreza en ese “saber hacer las cosas” y qué más.

Entonces ¿Qué decir de sus amores? Quizás, que fueron impublicables, porque no los imprimió en la vida real, quizás, que quedaron como textos inéditos sin remitente y sin destinatario.

Esas hadas o brujas, mujer a pesar de no ser el destino del deseo del hombre que traspasó la barrera del deseo: inmortalizarse en la vida de la historia de la creación. Ellas se retrataron en su ser, y en sus confidencias con aquel viajero de la vida se quedaban en el camino como un dibujo de siluetas en ese abrazo que tanto el anhelaba y deseaba sentir.  En fin solo tenemos sus cuentos para deleitarnos y sorprendernos con sus personajes femeninos en todos los roles que hablan y describen no sólo el desamor sino la realidad de la palabra femenina y masculina sometida al silencio de una libertad sin compensación.

Desmadeja el cuerpo femenino de sus encantos para dar a conocer su regodeo y fortalezas en el mundo de los opuestos, hombres y mujeres con sus propios  sometimientos a la hora de elegir al otro.

Si retomo el suspenso al inicio de este ensayo, y voy al día de su muerte lo veo solo, agonizando, quizás tocando, la bolsita de cuero con la carta dentro, sin poder decirle a la dueña de esas letras ni un  adiós, sin poder llamarla para hacerle saber su último secreto, sin poder abrazarse a  ella, para que lo haga sentirse acompañado, para que le sostenga la ilusión de una imagen de dos, y sin embargo deja esa evidencia de su deseo más profundo, de lo que pudo haber sido y no fue, de su propia expulsión, soledad, sin esperanza, ni porvenir  para la tarea del amor.  Y quién sumó a todas, de quién era la carta,  quién la única de todas, solo ella, su nombre es Riborg Voigt, el amor de su juventud, a ella se le declaró, ella el puntal y espino de su amor inalcanzable, ella habitó el hogar de su alma como un sueño e ideal, aún dándole un no ella está con él por siempre en su pecho hecho un aliento de ansias de amor, quiso decir, lo dijo, ya no tenía nada que perder.

Su suerte y destino estaba hecho, no había más.  Solo nos queda respetar su última decisión, y admirar su valentía, de no avergonzarse de sus sentimientos y de hacerlo saber, sin esperar nada a cambio.  Todo lo había dado, más la caricia del amor queda como el misterio que se llevó a la tumba.

Han pasado 200 años y él está ahí radiante e imperecedero.  Continuemos y aprovechemos a paso firme en sus aportes.

XI

En cambio a la/su madre en el personaje de la lavandera del cuento “no servía para nada” se la siente mas ligada al principio de la realidad, de las necesidades, decir del fanatismo religioso es exagerado, eso era lo que se imponía para el control de la conciencia, velo, juicio y misa con devoción, también era aferramiento ante la desesperanza de un destino sin salida, haciendo las cosas, trabajando en casas ajenas y en la propia, cansada, quizás hasta brusca en ciertos momentos, pero eso no quita que le dio tiempo y ternura al chico. El contacto estuvo más entre padre e hijo, eso se siente en la expresión de dicha al mencionar con cierta libertad o que aprendió cuando lo deja como acta de reconocimiento en el cuento “Buen humor” “mi padre me dejó en herencia el mejor bien que se pueda imaginar: el buen humor”.


La facilidad de intimidar y no dejarse azotar por el látigo de la lengua humana estuvo del lado paterno. Con la madre  una relación cercana y lejana, untada por retazos y zurcidos, remendadas y  dale la vuelta al cuello para que no se note el agujero, mudas oliendo a aseo, prendas limpias para el niño amamantado con gorjeos de cantos, esperas y arrullos del duérmete mi niño, del ya vengo, de come hoy, ya voy, no quiero que tengas esta vida, lo mejor para ti,  risas de esconde y dónde estás, y otras emociones condicionada por la dinámica familiar, era alcohólica, qué significa esto para un niño, para ella, y para el contexto del pueblo… una borracha pueblerina que bebía de pucho en pucho cuartillos  de licor barato que se mandaba  para reforzar la fuerza que se iba como nada.  No es una justificación, pero es un chelín con una dosis de sufrimiento encerrado en una botella que se vacía y se repone mientras la hermosura se desvanece en el cuerpo repleto de deseo y descanso, que sentía la vida  “como una cuchillada en el corazón” desolado por los infortunios entre el crédito y descrédito de una cruz que no redime.

Dios tiene que ser algo más que misericordia, resignación, y piedad.

Abramos las puertas de las letras y dejemos entrar a la lavandera  del cuento “no era buena para nada”, podemos ver a una mujer, ¿-Anna-?, con una vecina, ambas, lavando, combatiendo el agua fría entre horas y horas de refriego, la primera, calentado el cuerpo con trago puro, para aguantar el agua fría, con fatiga quejándose dentro de sí “trabajo tanto, que la sangre casi se me sale por las uñas”.   Conversando y compadeciéndose entre una y otra, y a la vez mirando al horizonte para aminorar el bulto de ropa que la  espera y animándose  en  este  esfuerzo, con un “pero no importa, con tal que pueda criarte y hacer de ti un hombre honrado, hijo mío”, y remoja otro bulto y sigue dale que dale. Quién puede decir que esta “madre no vale para nada”. Esto  tiene que haber producido escenas tristes, puntos de evasión, desencuentros con la felicidad en la vida de todos y en especial de un infante armando su historia. Que quiere decir el cantante, “la vida no vale nada sino es para merecerla”, y quién es quién para juzgar, esta vida vale y esta no.  Cada uno se la merece, y esta chulla vida no tiene precio.  Quien diga lo contrario es un desnaturalizado sin nada que vivir ni dar.  Y el que la quiere comprar es un perverso.  Y el que cree que la de otros es un desecho, hay que desecharlo.  Cada humano rinde cuentas, otra cosa es que la merezca o no la merezca, de eso se encarga él mismo, el juicio final está en el comienzo de cada nacimiento.  Jesús fue juzgado por el poder de unos cuantos tirados a todopoderosos en la vanagloria de la omnipotencia: la prepotencia aplastante.  Andersen lo reflexiona así, “la expulsión de Dios fuera del cristianismo por parte de un nuevo buen Dios”.

La tormenta de la doctrina y del adoctrinamiento sobre el cuerpo físico y el espíritu humano.

Estalla el poder sobre la codiciada paz: la muerte sin remedio en una mente “sin aclararse” o demasiada clara para ejecutar.   La “voluntad inmutable”, dentro de “un pecador, frágil y vano” sufre la adversidad de los designios, “que Dios no puede cambiar”: “No llego a soportarme a mí mismo”.


La voz de la madre se deja escuchar en su monólogo cuando es atravesado por la pena de no acostumbrarse así mismo,  entre lo que intenta hacer y no intenta hacer, de ese esperar y no esperar del futuro, y como un niño “mal criado se queja ¿quién me escucha? ¡Nadie! ¡Nadie!.  Dios no le responde, el se responde “bien sé, que como un niño, tengo que pedir su perdón, ya que me está castigando; ten bondad oh Dios, perdóname ya, pero no quiero pedir imposibles.  Sé bien que en el   curso  del tiempo debo de sucumbir”, esto lo escribe  un 14 de noviembre de 1860, para entonces tenía  45 años.

XII

Su infierno era su reino de salvación literaria pero su vida era como un pecado inconfeso amordazada entre la castidad,  sus deseos sexuales, entusiasmos amorosos, enamoramientos y pasiones desperdigadas en un erotismo de pasiones consumadas entre fantasías, diarios, observaciones y cuerpos intocados.  Casi como el personaje de la lavandera y el amor prohibido, callado sin confesar, sostenido en el sufrimiento de un placer cargado de silicios para cumplir el veto de la no realización.  Ella le comparte a su amiga lo que cree que la otra no sabe y le dice “yo era joven, alborotada y fogosa pero honrada, eso si que puedo afirmarlo ante Dios,  El  mozo era alegre y animado y muy bien parecido…Era hijo de la casa y yo sólo una criada, pero nos prometimos fidelidad, siempre dentro de la honradez.  Un beso no es pecado cuando dos se quieren de verdad.  El le confesó a su madre: para él representaba a Dios en la tierra y la señora era tan inteligente, tan tierna y amorosa…Antes de irse me puso en el dedo su anillo de oro.  Cuando hubo partido, la señora me llamó… Me habló con seriedad y no obstante con dulzura, como sólo el bondadoso Dios hubiera podido hacerlo, y me hizo ver la distancia que mediaba entre su hijo y yo, en inteligencia y educación, y ahí está el obstáculo.

Yo respeto a los pobres –prosiguió-; ante Dios muchos de ellos ocuparán  un lugar superior al de los ricos, pero aquí en la tierra no hay que desviarse del camino, si se quiere avanzar…” por la condición social,  de pertenecer a otra clase, más la lavandera sigue contando a su amiga y le dice “yo me he matado trabajando, he luchado y sufrido por este hijo, he fregado escaleras y lavado ropa, basta o fina, pero, Dios ha querido que llevase esta cruz.  El me redimirá y cuidará del pequeño…”

El creó un campo vasto de originalidad y escritos, pero no pudo sembrar el amor en el cuerpo de una mujer ni hacer germinar el dominio del árbol del bien y del mal. Se impuso el artista, el hombre enamorado se quedó indeterminado, cómo deseaba ser amado Andersen, unos dicen “que deseaba igualmente ser amado como se ama a Dios y la salvación eterna”; en cambio en el amor de la lavandera del cuento “no era buena para nada”,  marca la distinción “ él era hijo de la casa y yo solo una criada”, un beso y un anillo de oro deja al marcharse el enamorado impotente de salir de los cánones,  ella lo “llevaba pendiente del cuello, sobre el corazón aquel anillo.. de día no podía ponérmelo en el dedo, pero lo hice en la noche al acostarme, besándolo tan fuertemente que la sangre me salió de los labios.  Después lo entregué a la señora”.

Lo cierto dónde está, hay que ceder y renunciar, luchar sin poder ganar.


Domina la clase, la posición y la condición,  más la singularidad de un amor quedó en un anillo devuelto, sin compromiso, sin petición de mano, sin bodas, sin sueños.  En ese terreno a la madre y al  hijo los une los trapos sucios que se  lavaron en casa, el hijo de la lavandera no podía solicitar la mano de una dama, el origen humilde camuflado en un imposible amor, lo deja sollozando y haciendo cálculos de  cuanto debe ganar  para entrar a un honrado hogar y solicitar la mano de la amada. Dios no estuvo de su lado, las madres de sus  pretendientes y las amadas mismas fueron como la dama –madre del joven- del cuento, veían como un desatino el encuentro de Andersen con la prometida anhelada.  Se dieron No sucesivos. Victima y victimario empalidecían pero no perdían la compostura, la amistad se imponía como única alternativa, aunque “la cuchillada en el corazón” estaba en el poeta Danés.

XIII

Y se consolaba el solterón con cierta desaprobación y resignación de un  “no hubiera sido bueno para ella.  Ahora ya no me  casaré nunca.  Ninguna jovencita crece ya para llegar a ser mía”.  ¿Dinero y amor para ser feliz? Parece que no hay amor que calce anillo al dedo.  Hagamos un escenario para el anillo y la carta dentro de la  fundita de cuero, -acto y única escena-, se unen entre la ficción y la realidad. –ella besa el anillo, y él besa la carta-La lavandera devuelve la joya que en prenda del amor le había dejado el joven rico y se lo devuelve a la madre, y el escritor devuelve una carta que la dama le había dado, a los dos estas cosas reales no les pertenece, cada uno en su sitio, juntos desde la  carencia y lo no realizado.

Madre e hijo, dos angustias saldando cuentas: La situación: dos joyas muertas y paralizadas  como resto de algo en alguien: de un amor no correspondido.  Entre alegoría y realidad el cuento del desamor y la memoria del dolor, dominan como “el terrible sentir el vacío de este mundo de la aristocracia. Escuchar como en todo atropellan la ley de un modo decisivo y sin vacilar, con ignorancia y estupidez” y réditos para los elegidos entre si.

El dibujo de un joyero de  lo femenino y lo masculino a media y medio acabado. Un decir dentro de aquel y aquella, un “no sé nada de nada”, como  expulsados  del paraíso entran a formar parte del mito de un éxodo sin tierra prometida, ellos hablan de ello, la evidencia se desdibuja como alucinación. El delirio no acude al eclipse, otro hubo que evitó la defunción del porvenir- padre, Hans- madre Anna- hijo Hans Jr.-  Todos sin opciones.

Lo sincero triunfa sobre todo las cosas, y qué es esto de sincero, una verdad a media perfilándose a “imagen y semejanza del creador”, cercar de una prójima en el tocador de sus escritos, eso, otra realidad no realizada del anhelo del hombre. Sufrimiento y gozo sobre la razón y un posible pero imposible romance, quiere compañía, esposa, familia, pero eso era la vida real, al otro lado de la hoja, atrás del espejo no llega, la cita no se concreta. Solo en su deseo el más famoso de todos  sobrellevando estoicamente  ante el mundo sin dejar notar el desencanto.


Ellas le decían no a su pedido de enamorado, y él continuaba sin “rencor”,  manteniéndose cercano a las damas de sus ansias quizás para no perderlas de vista para siempre, quizás como una forma de no dejarse olvidar, quizás como una forma de mostrarse con dignidad, quizás como una forma de protestar sin sentirse apabullado por la desazón del rechazo.

Una palabra de aquellas elegidas, no bastaba, se nota en sus diarios ese revuelo de sus ansias por toda su sangre y letra.  Queda en los manuscritos las evidencias del deseo erótico y de ternura sin la presencia esperada. Sin primicia y sin anfitriona los ensayos de amor del principiante. Su angustia parece  una oración sin esperanzas en el papel sin ningún recuerdo cómplice que lo haga decir sólo mía.

Solo suya era la vida animada que la calzaba como anillo al dedo, hasta la misma perfección y secuencia. Evoca, pormenoriza,, compara, sitúa, describe, hace y escribe la historia; existencia, fábula y final juntos, lo sospechado e insospechado se ven y no se ven, no se dan cuenta, se dan cuenta y caen en cuenta, qué gratifica y qué no, conformismo e inconformismo.

La felicidad no está tienes que hacerla.

Y hay algo más en el universo de la vida, el traje que llevamos es un momento para el estreno, pero eso otro, lo incómodo, lo que nos pone fuera de sí, lo que nos hace sentir el rechazo. La no aceptación, es como un dolor sin ubicación aunque obvio es ese sentir indescifrable que está en alguna parte con la imagen que nos conmueve, lo inmóvil se desprende, el espejo se rompe y lo podemos reponer, pero a cada uno de nosotros no lo podemos desintegrar porque no lo podemos reemplazar, eso de ser único es la ley de la gravedad. Convivir conmigo o el uno que se porta es habitarse sin hábitos ni apariencias, pero no cabe duda que siempre podemos mirar más allá de nuestra narices y llegar más lejos que nuestra mirada; parece que esa es una lección que nos deja nuestro querido Andersen. Ama la naturaleza, la retrata puramente, no se deja aburrir por la banalidad, es drástico con el vicio y el exceso, las increíbles aventuras fluctúan entre el bien y el mal, como decir no todo se te realiza, pero todo exceso tiene su precio, esto es, el que te juegas en esa demanda.

La dicción, la maldición y el mal decir son contrapuntos y ocasiones para lo maravillosamente fabuloso.  El poder que no desaparece, el poder que transgrede, el poder de la palabra misma fuera del registro de la especulación y del manoseo.  En su vida nada común, un vagabundo y paria  se pierde en el tumulto  que  le incomoda por las impertinencias frente a lo aparente, lo real y los detalles estorban e incomodan cuando no son necesarios nombrarlos.

Su punto de partida es su imaginación en marcha que aprovecha los recursos del ambiente, lo cotidiana, los hechos, su drama no es moralizante, son emociones veladas, entramadas en el alma del personaje, el narrador no se complace en el sufrimiento ni en la maldad.


Más bien hay perseverancia y ánimo de salir, concluir o llegar algún lado, ha veces hasta soluciones drásticas, como el cuento de la niña con los zapatillas rojas que le es imposible sacárselos, y decide para terminar con ese andar que no era de ella y la tiene extenuada decide ir a ver al verdugo para cortarse los pies, menos mal que al fin y al cabo es un cuento o a lo mejor es su forma de desquite sutil frente a esos no que recibió en su vida, quien sabe,  Evocación, fascinación, resonancia su obra y su vida.  Él mismo era un sujeto que no podía pasar sin despertar curiosidad, no podía pasar desapercibido, llamaba la atención quiéralo o no.

Quería ser respetado en lo que él consideraba digno de él.

Era objeto de mofa, de burla, y ser blanco de esos lanzas humanas no le gusta a nadie, peor a Andersen hipersensible y tenía que protegerse de la vulgaridad, desprecio y soberbia humana. Quizás la soledad era su escondite y refugio de esa mirada de desaprobación, esto no quita que tuvo sus espacios donde disfrutaba sin sentirse en la mira que lo perturbe o incomode.

XIV

Arrea el tiempo como cochero yendo delante de la muerte  sin su consentimiento, sin su aclaración, sin su merecimiento, sin su reproche, cumplir como  una tarea sin sentirla, como un cuerpo sin cofre para guardar el sueño. El rastro de la huella donde hubo algo, ¿dónde está?.

¿Quién no deja algo que no puede llevarse hasta la muerte?: lo que el otro no puede entregar, ni quiso recibir.  Simplemente ese deseo no pertenece aunque perdure en el tiempo como lo “amado inmóvil”.   Romper el encanto es doloroso, la desilusión es una opción, atraparse en la melancolía es cerrar el túnel en el morbo de un afecto no consumado, es aniquilarse. Hay senderos, hay que hacer el camino andando, como lo dice el poeta Machado.

La tesis, antítesis, y la hipótesis sin síntesis de Andersen:  “no quisisteis ni lo mejor ni loca si mejor que había en mí y tampoco aquello que todos pueden imitar”

la madre: está del lado de Dios, creyente, realista sin tiempo para soñar, su oficio: la pulcritud, cargando la tina al río, reparación ropas, zurciendo medias, recogiendo retazos; su debilidad, rodearse de supersticiones; su fortaleza, quiere su hijo sea redimido por lo divino para que no pase lo que ella pasó; enseñó  al hijo coser los trajes de  su único títere; su herencia: saber hacer las cosas bien y dejarlo experimentar su curiosidad. La mirada escudriñadora del ojo ajeno: no era buena para nada por su alcoholismo para muchos; su antítesis: dejó un genio que cobijó su mundo y el de los otros.


El padre:  está al otro lado de Dios, ateo, de pensamiento liberal, reparando el desgaste, remendando la ficción de la próxima pisada, creativo: con desecho de un ataúd hace la cuna para su único vástago, con entusiasmo construye el teatrín para la fantasía del titiritero, deletrea y repasa el abecedario con el pequeño Hans mientras este escapa a la naturaleza de la fantasía y del paisaje, lee o cuenta pacientemente las mil y una noche mientras cubre el orifico del zapato, se asoma al humor como noticiero en “intríngulis” y ocurrencias cómplices; da remaches, cosidas y pegadas de suelas para asegurar la pisada; su identidad: un noble culto pobre desvergonzado del pueblo orgulloso de su oficio de zapatero remendón.

El hijo: su antítesis: ateo por gracia divinamente concebida, desafía y cuestiona dogmas y  lo absoluto. De su padre y madre lleva impresa en su memoria el aliento de la imaginación. Atravesó el horizonte con ficción, realidad y fantasía. Su debilidad: no era fuerte en ortografía ni resúmenes. Su tesis: no seguir modas ni moldes; su hipótesis: la única nobleza que reconoce es: “la bondad de la naturaleza humana”; su síntesis: no la tuvo, el paseante y huésped de la realidad no se resumió, ni se preocupó de poner en cuadros sinópticos, esto de esquematizar el mundo no iba con él. No tuvo hogar fijo.  Su don: su voz creadora en los escritos. Su mayor atributo: su verdad y nobleza.  Su legado: su obra maestra: su literatura y su vida misma que colman, calman y envisten al poder del arte a no dejarse derrotar por la orfandad del espejo ni por la opresión de la imagen en un yo sin excusa ante el riesgo del amor y del desamor. El vacío es creador, por lo que no hay que tenerle miedo cuando se destapa para dejarse saber y sentir. Quien se aleja teme, quién se acerca confía.

Quien toma espacio es prudente para no caer dentro.

De una vez por todas hay que tomar distancia del fantasma para que el caos no se pierda en evasiones, ni en precipitosas caídas. Tener claro que la carencia no tiene respuesta. Hay que aprender a partir y alejarse de ese sentimiento de inferioridad atrincherado en el ser del no ser.  Anderson es uno en su vida y obra.

XV

Sus padres mueren jóvenes, Anderson tiene la dicha de llegar a los 70 realizándose a pesar de él.   No tuvo un final de cuento feliz en el amor, no tuvo una muerte en paz aunque el reposo anhelado va llegando.  Es irónico, su madre alcohólica y a él lo sorprende un cáncer hepático, ¿de qué hace síntoma? ¿cuándo el virus lo toca? su capacidad para ser inmune a la célula cicatricial, el tejido de su cuerpo sufre los estragos de la vulnerabilidad, algo atravesó la barrera de su vejez, algo no razonable hizo un tejido desordenado y torpe. Sin piedad, sin misericordia sin importa qué, lo inmóvil se múltiplo, casi como el No tajante que recibió y dieron a su petición de enamorado, ahora una velada desconocida se suscita sin opción, el virus se propaga como ese afecto cargado del sin sabor del bienquerer, esa emoción ebria de soledad, de desamor, e inamovible como una estatua petrificada entre el rechazo y el dolor aún pegado al tejido de “dos ojos” que no devolvieron reciprocidad.


Es como que Andersen hubiese estado llamando un final que no era capaz de dárselo él mismo, o que no lo localizaba en sus pensamientos, esta ocupado en el tiempo del viajero, del descanso y del aislamiento, al final de su vida salía menos y pasaba con su `propia compañía.  El mundo podía arreglárselas sin él.

Su destino se jugó antes de nacer, el que iba a ser fue

No se dejó  morir.  Su deseo se impuso desde el mismo vientre materno.  ¡Que bueno!  Intimidó al virus y no le permitió se acerque, el geniecillo todo un embrión lo congeló con su presencia, que bueno que se detuvo y no atravesó la barrera feto placentaria, que bueno el neonato se permitió cumplir los ciclos del enigma: gatear, caminar, ayudarse con su propia vida,  luego morir, no sin antes haber sido útil y dejado algo para alguien.  En eso su padre y aún su misma madre les dejó que creara y creciera con su arma con qué combatir al a la realidad, al fantasma y a la muerte: el humor y la imaginación  que no lo abandonaron jamás por más enfado y ánimos tristes que lo atosigaren.

El escritor, el autor, el hombre vivió lo suficiente para contar.

Los temas de su literatura afrontan al ser en su avatar de la realidad sin equilibrio exacto.  Su creación, es una balanza justa cargada de referentes reales, fantasías, escenarios,  mitologías.  En definitiva este gigante escritor es el jardinero de las voces de un mundo subjetivo, que según sus propias palabras estas voces “nunca pueden llegar a ser un defecto en un poeta, puesto que ello en sí expresa la totalidad de poesía que este poeta lleva dentro de sí”. Este solterón, compañía de sí mismo rechazaba todo dogma. Confronta razón y sentimientos. Es difícil elegir entre lo uno o lo otro, van juntos, o a veces uno tras el otro, casi imposible fundidos, pero es inevitable sentir esa dinámica a saberse.

Malgastamos el tiempo en ese avatar de los idilios, del triunfo y del desprecio, otras veces pretendemos sin acercarnos, otras renunciamos sin arriesgarnos, otras se  pierde la razón, y otras alguna vez un final feliz, pero siempre este avatar es de dos o más de uno, según el asunto y el cuento echado a contar o a perderse o a no poder vivirlo ni escribirlo.  En otras historias  contrapone la nobleza de sangre con la nobleza de intelecto, deja ver la desnudez con toda su impudicia, con toda su estafa, con toda su vergüenza.

Llegar hasta el final es un desafío, realizar deseos y ambiciones son metas, por qué no, la elección es un impulso, vocación y meta, una misión con uno mismo.  Reparar y seguir sin reparos.  Enmendar en la continuidad y darse un lugar, no importa dónde es el sitial, siempre es uno, otra forma de no rehuir al uno que somos.  Acaso la misión es dejar una huella, esta alcanza su distancia de acuerdo a la fuerza con que la marchemos.

Cumplir el deseo exacto es una imposibilidad, pero en los cuentos de Anderson esto parece fácil, casi sin obstáculos, hay un placer de realización sin preguntarse que implica o que consecuencias conlleva, el fin es un medio de la trama del cuento, la moraleja y el mensaje es tarea para el lector.


La felicidad no está en la corona, ni en el triunfo, ni en el amor, ni en el alma eterna, está allí donde no suponemos, y el cuento da a saber sus detalles en cada historia y circunstancias del personaje.  También la felicidad de saber el secreto puede ser mortífera, pero en el escenario del papel el narrador se arriesga, nada pierde, de eso se trata, crear el suspenso, meterse hasta el tuétano y salir indemne, al fin y al cabo es un cuento, y solo quién sabe hacerlo puede sostener el placer de eso inexplicable que solo se logra en la acción  sublime del misterio.  El director de su obra sale invicto junto con el lector, los personajes en sus escenas esperan al próximo visitante a que abra la página.

XVI

Poco a poco el declinar de un cuerpo se anticipa lentamente. En 1860, el 4 de septiembre, Anderson dice en sus diarios “a menudo tengo el deseo de una muerte repentina”, el día 5 del mismo mes,  “mi mente no quiere aclararse, el 28 de octubre escribe “soy un pecador, un ser frágil y vano.  Me   han  sido concedidos demasiados dones preciosos, y ahora debo sufrir la adversidad”, luchaba con la voluntad inmutable que le adjudicaba a Dios, esto le hacía no soportarse así mismo, se debatía entre angustia y tristeza y sufrimiento, ánimos que le acortaban la línea del futuro, en estas fechas está con sus 55 años.

Aún le quedaban 15 fructíferos pasos de vida de viajes, de publicaciones y de reconocimientos.  La llave aún abre el misterio, allí el virus no se atrevió. Su voz se hace una cuenta de cuentos, diarios, novelas, y repartos.  Vida propia.  El escritor libera la evidencia,  sobre el objeto perdido adviene nuevas creencias, crea sobre la cosa misma: la causa de una   infancia deja una generación sin precedentes.  Empujó al hombre a su propio riesgo. El aliento a la imaginación hizo el horizonte, el soplo filial llegó como libre conversación entre eternidad e historia configurando el deseo  ajeno y propio.

Su vida la obra y los otros. Presencia: ausencia de lo amado; Ausencia: lo no sucedido; Falta: El y ella; Presente: falla, retorno y repetición; Ideal: amor imposible; Síntoma: sufrimiento, sustituto y sin razón; Cura, cuento y expectativa: no será igual a ella, no será igual a él, será como el otro: bienaventurado seas.

Arriesgó a ser: Uno para siempre en su contar único.

El objeto perdido en su trance juega a reportero y protagonista en la palabra divina.  Hágase tu voluntad, no se haga tu voluntad.  Lo que se quiso que sea no fue. Lo que no fue quiso que sea.

La causa se convierte en el debut de un estilo seguro de la realidad, de la ficción y de la fantasía: su sede de los sucesos a confabularse y contarse.  Lo inexistente existe.  Lo que existe es inexistente.  Darle movimiento a lo inmóvil.  Al movimiento ponerlo inmóvil. Conoce la ortografía.  Desconoce la ortografía.

La gramática de su vida: “déjeseme seguir mi propio modo de ser”: huésped del hogar.


El concepto, el precepto, el contenido, los significantes y el argumento de la ficción y la realidad se desvanece, se permuta, se muta, se anima, se hace así mismo, más allá y acá de lo real y de lo todo fue dicho.    Queda de ese tronco filial Andersen- Andersdatter, un hijo, un Hombre, un escritor, un amante de la vida.

Andersen y sus personajes habitan la imaginación, esta el hogar de su vida y del mundo.   Patrimonio para la infancia eterna.  Su obra,  Cuento de hadas de la vida.  El residió en el olimpo de su “poder creativo”, el mismo que lo sacó de lo desconocido y del puesto del hijo del zapatero remendón. Este hogar de inventos le hizo pasar a la imagen eterna del increíble y fantástico escritor,  Este lumbre fue una dulce compañía que le hizo sentirse menos solo, que le impidió sucumbir entre lo adverso e insoportable del temporal de su alma, donde refleja su angustia y tristeza que le llevan hasta aguas profundas, en las que se pregunta ¿podré alzarme sobre ellas  o me hundiré?”.

Pero como él sabía llegar a su propio fondo también sabia salir con historia y vida propia. Él era su propio semejante al que tenía que asistir y contarle cuentos con magas y hadillas Y no solo esto, él se oponía a “trotar” con una misma moda. No estaba de acuerdo en seguir modismos o estilos de su época, le gustaba  su propia moldura, no necesitaba romper el molde porque ya estaba roto, solo tenía que hacer la  forma a su manera.

Haciendo uso de su ironía, fama, y lugar ganado en el mundo de la cultura y social, se atreve a afirma tajantemente “que el gremio de los zapateros remendones es el más famoso de todos, pues yo soy el hijo de un zapatero remendón”.  No renegó su historia.

Él se oponía a “trotar” con una misma moda. No estaba de acuerdo en seguir modismos o estilos de su época, le gustaba  su propia moldura, no necesitaba romper el molde porque ya estaba roto, solo tenía que hacer la  forma a su manera.


Durante su vida lo único que interesó a Andersen fue el Espíritu creador, Él mismo, que representa todas las vidas reales de sus personajes.  Como todo mortal deseó afecto, celebridad, y que la gente expresara estima a su obra.  Su vanidad infantil, su sentido de humor, “suave y feroz”, su fantasía desbordante lo protegieron como ser humano y escritor instalado en sus personajes de papel extraídos de la realidad.  Los temas de su literatura afrontan al ser en su avatar de la realidad sin equilibrio exacto.  Su creación, es una balanza justa cargada de referentes reales, fantasías, escenarios,  mitologías.  En definitiva, este gigante escritor es el jardinero de las voces de un mundo subjetivo, que según sus propias palabras, estas voces “nunca pueden llegar a ser un defecto en un poeta, puesto que ello en sí expresa la totalidad de poesía que este poeta lleva dentro de sí”.  Andersen fue y es: ese seguir de su “propio modo de ser”.

El reconocimiento que ha alcanzado es como un sueño que “nunca hubiera podido soñar” así lo deja asentado en sus diarios íntimos. Andersen fue y es: ese seguir de su “propio modo de ser”.

BIBLIOGRAFÍA

-INFORMACIONES DANESAS, PUBLICADO EN OCASIÓN ESPECIAL DEL 1ER CENTENARIO DE LA MUERTE DE HANS CHRISTIAN ANDERSEN EL 4 DE AGOSTO DE 1875. REVISTA DE DINAMARCA, PUBLICADA POR EL REAL MINISTERIO DE RELACIONES EXTERIORES, DIRECTORES, ANDERS GEORG

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1.- Hizo vibrar cuerdas, cuyos tonos llegaron a lo más profundo del hombre, por Bo Gronbech

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