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AMOR PARA NO REPETIRLO DE MARCELA RIVERA, por carmen váscones diciembre 15, 2008

Posted by carmenmvascones in Ensayos, Lectura y Reseña, POESÍA.
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Memoria y desmemoria del amor “para no repetirlo”, pareciera el pedido de este poemario, trabajado en cuatro acordes: mis sueños, Breviario, el amor, y para no repetirlo.  La ilusión es un imposible a inscribirse en la piel y las osamentas.  La emoción es una tertulia con la huella.

 

La virtud de la carne es desnudarla, dejar conocer su placer en ese goce del cuerpo identificado con la confesión. Evidencia el arte el espacio sublime y descarnado del sufrimiento.  La misma palabra ironiza lo efímero y trivial.

 

El desamor es una pasión consumada.

 

En ese “mis sueños” del verso radica el vivir como un misterio del ser en el presente, incompatible paraje que finge para no aniquilarse por no ser reflejo, por no estar como oficio ni función.  La vida no es tarea ni deber. Es respeto de un misterio, ¿cuál?.

 

Eso que nos diferencia del animal, el gozo de la palabra y sus desciframientos. La voz poética se asume conciencia del acto, ya que considera que “vivir no es parecerse a un hongo… / vivir es dejar de ser lombriz…”

 

Por un rato la omnisciente naturaleza maternante se obliga a la sumisión femenina, juega a rendirse, sin oposición, quiere al otro concebirlo, obligarlo, ella lo resume así: “vivir es poseer tus misterios, develar…/romper tu cuerpo en pedazos y amarte lento”.   Destroza las partes como no queriendo “dejar huellas”.  Pero, la palabra amar “es casi nada” es “un  acto sin importancia…es muchos actos sin importancia”, que cada quien responda a esto, pero, interroguemos, será cierto o es una forma esquiva ese sentimiento perdido  en los destinos “inquietos de las sombras”.

 

“Soy la que miente y desmiente”.  Recuerdo, olvido, y delito sin coartada. No hay nada que encubrir.   La palabra mujer se siente “mitad de todo, apenas mujer no completa”. 

 

Qué nos quiere develar la escritura que va configurando definiciones, sensaciones que van entrando a la piel, a los poros.  Allí palpa “lo que no sé y mi cuerpo”, y ¿qué es lo que no sabe?, ¿A quién desconoce?. “La que tú has soñado”, la que no existe, la que va siendo y no siendo. Ella, la poeta,  alma del significante sin máscara  sentencia “yo soy todo lo que no quiero ser”.  Ese ser de la alteridad, la otredad del lenguaje, lengua apropiándose de las voces, actúa como espejo para encontrar sentidos y razones, va y viene en el tiempo, sale y entra en los pasos de la mirada donde la voz plural del soy se forma una: “Vuelvo a colocarme en mi vida”.

 

No es objeto de consumo, es sujeto de reinvento, de profanaciones, de subversiones, de darle la vuelta a la corambre, de relatar, no de delatar.  De encontrar la causa justa al intervalo entre la voz y la mujer que escribe el texto poético.


Luego cual espectadora de sí misma, aliada del soy, describe la soledad de experimentar los rituales y oficios del convivir con los ensayos aprobados y desaprobados.  O intervenidos por las especulaciones de las fantasías.  El drama de la metáfora intercede en las imágenes:

 

“Soy una mujer ausente de todas las circunstancias de su vida”. Nos ubica.

 

No hay tragedia, hay episodios, hay lírica épica. Hay una guerra corporal del texto humano en la materia del conocimiento de la vida  frente a la lengua que transita en los sentidos sonoros y placenteros, algo o alguien no coincide con la historia. Hay otra. Pésame y condolencia la tragedia sin piedad.  Hay que continuar sin detenerse  en ese, “mi cuerpo es un cementerio sembrado de cosas que no conozco”.  La belleza a veces puede ser una trampa para los desatinos.

 

“Pasa mi vida/ bajo el yugo de la lujuria”.  El dominio place, quien se somete se alía, hay una aceptación,  el tiempo es una consecuencia o desenlace.  Veamos, un soy en el tú atrinchera la contradicción, los opuestos compiten con el goce mundano. La tristeza y la ausencia se ponen un más: “soy la llaga más doliente de tu cuerpo…la más perversa de tus amantes, la más amarga y agreste”. Pero, impera un triunfo del todo en todas  una única, esto es “la más amada.  Soy la predilecta…/ la mujer que amas y a la que quisiste amar”.  Realidad e ideal son el incompatible laberinto del deseo. La fascinación, el regodeo con lo insólito, con la cumbre de lo siniestro y sublime, hace del velo femenino en el cuerpo de la mujer un cosmos de la civilización; singularidad de partos y partidas, propiedad alumbrando el orificio del verso en el universo inalcanzable. Algo simple y sentencioso se afirma en la cumbre de la fémina palabra:

 

 “Yo soy tu mayor pasión y tu encrucijada”.

 

Sueños de caricia, lujuria y angustia el incompleto amor en la imagen del otro: Breviario, recuerdo de yute y desencanto, también, lectura inhabitual, “por ser tú mismo, o por/ parecer otro”. El todo y la parte en todas partes: la palabra casi toda completa: habla por todas de una vez:  “Yo soy esa y todas las demás”. Ponerse en el cuerpo del otro para sentir, quién sabe. La otra parte  impera, decide, “quiero que seas yo”, contraparte, “intrigas de mi forma”.  Contraportada: el tú mismo del yo.

 

Ella juega a que se aliena, es él, se funden, “así era tú amor/ presente y mío, en todas partes…/ aplacaba todos los deseos”. La mirada se impone como una lectura, “mis ideas son y existen en torno a tu ser, a tus ojos”. Algo es y no es mutuo.  La reciprocidad no existe.

 

No todo es felicidad en el ser uno, alguien siente un réquiem en el cuerpo,  algo sucede,  “no sé qué  es corazón y qué no lo es”.  No se puede ser mitad menos uno  ni mitad más uno, ni mitad en ti, esa es la utopía del estado perfecto, lo que no es posible.

 

En cambio, si se puede ser la vida: “un  camino abierto por mis palabras”.


La poeta se redime, se reinventa, parte a ella, siente que tiene que pagar sus deudas, quizás la del dolor de reconocer el no todo como límite, la de la mirada que no dice lo que creo, la del fin y del inicio, la de algo como suceso.

 

La voz del texto se afirma, hace un corte al tiempo, señala el próximo acto, apunta un cambio, “y no volveré atrás por ti/ ni por tu amor”.  Deja una dosis de sensación  en la córnea, toca el tocador del cuerpo poético, piensa, “quiero un espejo para ver mi vida/ y sentir que soy yo y ver que no soy lo que creo ser”. La ansiedad se infiltra en el reconocimiento.

 

La vida cual transeúnte, cual huésped del ser no sabe y sabe, cual indiferente y aparente se observa, conoce y desconoce, se transfiere: “como te busca la vida” se multiplica, se atraviesa: “Soy esa y yo”.

 

En la unidad y unción del yo con la palabra, se crea una conciencia con lengua propia en su decir:  “Uno de nosotros”.  En la diversidad y adversidad “cada uno es el otro, el otro es todo lo que no soy yo, pero no quiero/ ser lo que no soy/.

 

En el placer de la agresividad “la mente escapa”, se rodea de sí misma, luego “cruel y poco solidaria conmigo” y sin embargo en esa blasfemia de reconocimiento tiene lista “una soga para tu / peor momento”.  Los contrarios se deleitan en la orfandad y nostalgia de ese devorarse en el sí mismo.  No hay saciedad para la falta ni lo perdido,  ni para lo que nunca estará.

 

Ese “ser quien no soy”

 

No se puede ser el amor, ni se debe intentar serlo,  porque o sino la sinestesia de las sensaciones y la agonía de la inmovilidad carcomen la existencia. Deja ser para que seas, y puedas afirmar como irrefutable esto: “Yo siempre he sido la misma”. La poeta no se cansa de reivindicar a la mujer –todas- que porta su escritura.

 

Es cautelosa con lo desconocido, lo pone en el sortilegio del eslabón, allí, el ser parece secreto y magia en el espacio de la  fémina.  No se deja saber. El ser es constante, reiterativo y asfixiante en esa duda eterna con “lo que soy” en la realidad.

 

El poema se enfrenta a pesar de la voz.  El avatar de la otra con una. El uno no se suma ni se resta en  el género.

 

Solo la amada en lo amado, se afirma, “existes después de todo”.  O simplemente tan solo la confirmación del finito: “quiero oler la muerte como olfatean las serpientes el temor”.  Se busca en el desencuentro sin más.

 

En fin, el deseo no es el amor, quien lo creyera se someterá a la equivocación de una realización perpetuamente sufrible.  El sentir humano es un aparte dentro de lo  común: incompatible, pero, aún y a pesar, se oye al encanto decir “siento tu amor tan fuerte como la muerte, inevitable como la vida”. 


Se requiere de un amor, pero sobre todo para no repetirlo, dejarlo sin restos de desechos, filtrarlo, ir como agua clara sin  contaminación ni complicidad. La sensación  no se deja pensar, es un afecto que se estanca en lo sensorial.

 

La poeta deshilacha, separa los contenidos, los sentidos y las emociones, especifica, “tus deseos son tus deseos y los míos los míos”.  Es un no soy tú. Al otro lo toca, sin fijarse, tocándose se deja ser sin reducirse a resto ni privatizaciones asfixiantes, un sitio sin invasiones ni sacrificios.

 

La vida toca con vida.  La feminidad es un vivir develado.

 

La poesía no tiene división en los cuerpos.  Es una hablante de todos y todo, no suple nada.  El género de humanos y humanas están inscrito  en su “identidad distinta”. 

 

Solo en la palabra existe la vida, concibe la huella sin prisa.  El verbo es ejecución de la pasión:  Un hombre y una mujer a posteriori de sus actos.

 

La poeta deja un cabo suelto en su alma, al ubicar como bruja “la evidencia”, presencia hechizante “que vive en mí” dice, en la palabra intercala presencia “irreductible”: uno y una en lo único y sin reemplazo.

 

Menjurjes de emociones y pailas de ideas se cuecen en el lenguaje  de la humana: “Soy mujer y soy perversa, soy animal/ y soy lujuria, me amo y deslumbro…”  la mujer del verso aclara, pone cortes y pausas, en eso que esclarece,  “que no soy perversa a tiempo completo”. 

 

La poesía, “una verdad maldita” que no se reduce a la sensación de la muerte.

 

Sin más, la “evidencia” es la vida del tú en el cuerpo, que libera, que percibe y da  tiempo, lugar y espacio generacional, la ausente tiene ausencia, también fue y es presencia. Ella ruptura del decir asumiéndose: propia/mente, distinta y apropiada en cuerpo y forma. 

 

Diferente voz no ajena a ella ni a las otras.

 

Otros géneros nacen  en la raigambre filial de una historia y otras. 

 

Se percibe la metáfora femenina como la hablante dicha dentro de la realidad del cuerpo sin sometimiento  ni “deseo por cumplir”  ni obedecer. El cuerpo no es servidumbre de nadie.

 

Amor para no repetirlo, poesía, de Marcela Rivera, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Benjamín Carrión Núcleo del Guayas,2005

 

carmen váscones

14/9/2005


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 

 

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