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¿QUIÉN LE DIO VIDA A MI IMAGINACIÓN Y AL DESEO DE SER ESCRITOR?, por carmen váscones diciembre 15, 2008

Posted by carmenmvascones in Ensayos, pedagogía, psicología.
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Mi deseo afín al poetizar devela el velo de la palabra. La descodifica.  Ella hace semblante de las  ficciones o verdades.  En ese espacio construyo un autor(a), “desnudado por sus mismos lectores(as) y guarecido en el lecto(a)”. 

 

El temor a enfrentarse a la escritura  es el miedo a enfrentarse con uno.  Cada uno de nosotros es un libro a abrirse, escribirse.  Hay que descubrir ritmo, cadencia, idioma propio, una particular lectura, dejarse tocar por el esplendor del vacío, la voz del silencio, por la aparición de lo bello. 

 

Hay que aprender a desechar para no convertirse en desecho.  Es importante ser capaz de atreverse a escriturar, a inscribir, a registrar experiencias; dejarse tocar por los retornos de la memoria, embestir el percibir. Introyectar, dejarse llevar por las impresiones más ínfimas. Exponente y proyectante de la introversión en la extroversión de ese interactuar con la embestida de la vida en el tocador de la existencia y del ser.

 

Siempre he escrito, soy un relato sin lápida en la escritura, no le pongo dolor a la dicha ni a lo dicho.  La fragilidad de mi existencia me da otra vida: La imaginación.

 

Hice un desacato a los sucesos de mi vida, soy ajena al pasado más no indiferente, ya no forma parte de mí.  Y lo que tenía que decir, ya lo desaprendí sin reprimendas.  No deseo volver al ayer, ya todo pasó, es un paso del porvenir que hizo su efecto.  De pasada estuve, pero no permití que me juegue una pasada.  Lo prendé con un presente, este lo deshizo en un verbo de guiones, trincheras  y escenarios de tiempos sin cronologías.  Lo determiné atemporal.

 

Escribir sin interrupción en la trama del telar donde se pigmenta  el mundo.

 

 Volver a mí, es estar con el uno de mi ser.  Un habla sin plan preconcebido, es un escuchar la voz interior que dirige la escritura con voz propia.  Hay que fortalecerse con la vida que nos sostiene  y nos siente.

 

Imaginar la nada liberada de la muerte.

 

Crear un “control espontáneo”,  para que se dé ese otro nacimiento de la escritura con cuerpo y forma propia.  Ella su misma luz y sombra. Resplandor y asombro. 

 

Concibo y creo mi propia concepción: “un nacimiento psíquico”.  El propósito y  la propuesta.  Puesta en escena  entre un lector y la escritura del autor, y a la vez la construcción de una propia lectura que indaga, recrea imágenes, sentimientos, pensamientos. El desciframiento del ser, dándose paso, lugar, espacio, dejándose guiar, interpelar, sorprender, sacarse de sí.  Descubrirse.  Vocalizarse.  Oralizarse.

 

Decirse: Soy otra u otro en la mirada y escucha distante. 


Mi/la escritura es otra cosa, es un objeto sin objetivo, es un sujeto de la acción articulado a frases dibujadas en sus signos gráficos plenos de subjetividad,  es una intermediaria y mediadora que no sabe, ni yo la conozco, pero que está siempre conmigo, incluso mucho antes de que arribe al cuerpo que me gestó y del que partí.

 

Ella, la otra escritura se enfrenta y finiquita el sufrimiento lejano o cercano.  Hace de semblante, de tatuaje, de iconogrammas, iconografías. Inscripciones.  De algún modo, estoy marcada por pretéritos, quiéralo o no.  Salí del deletreo y del silabario.  Salí de la esclavitud de la ignorancia.

 

¿Dónde está la voz del otro que hizo su ciframiento en mi escritura y en mi imaginación?  Me acuerdo de los garabatos, palotes, bolitas, de planas y repeticiones insoportables. Esto era aprender a escribir, pero aquello no era todavía mis escritos literarios, ni mi lectura creadora.

 

¿Hay una edad de la razón para leer y escribir literatura o crear una obra  de arte?

 

La magia de la palabra y de la descripción se la debo a los progenitores de ambas  generaciones que hablaban a través de fíjate, había una vez, te cuento esto, dicen que esto sucedió aunque no me lo creas, esto pasa cuando tú no estás o cuando te has quedado dormida… 

 

No me reconozco en mi ser, me induzco a reconocerme para poder portar y soportar al extranjero o afuereña que se rebelan a ser revelados.

 

¿Cómo eran esas voces que me hablaron en aquella infancia  donde estuve y advine? Allí soy y no soy.  Si yo fuese aquella, ¿y si no fuese ella? ¿Quién soy?  Habla alguien a través de mí. ¿Quién o quiénes?  ¿Quién no soy?

 

Interviene el sonido con su gesto, va impregnado de sí.  Surge el vórtice de los intérpretes cual  dibujo grabado en la alegoría de las cavernas, donde los diálogos silabean entre pasiones y razones, entre fonemas y grafemas. Pasiones sabias en duelos de amor y saber de hechos a contarse o eternizarlos en metáforas que intentan investir el caos y el orden del combate entre esas dos heroínas del cuerpo: vida y muerte copulando su puesto en cavernas carnales.

 

La angustia y la palabra asisten ese Soy que se busca, que se encuentra en un deseo insurgente de esa contradicción,  que no acepta relevos, que no cesa ni cede, que no se sitúa ni estanca, que no reside ni en lo mortal ni eterno, que es un pasajero y extranjero de la palabra, que homologa su advenir  entre lo narrable y lo poético.  El todo en el uno configurándose prescindible en la parábola dicha, transcurriendo entre gorjeos, gritos, y hablas que figuran anhelos y desciframientos humanos existiendo en el laberinto del cuerpo. Es como la respuesta de un niño cuando está con el candor del misterio ante sus propias preguntas y se responde,  ya sé, donde está el corazón de la tierra, está en el centro, rodeado de fuego para que nadie lo coja ni le hagan daño.


La libertad creativa se pudre si no tiene espacios de elección, aunque tenga que reconocer que no se es libre del deseo, eso ya es otra cosa, hay que darle cabida a ese lugar que debe estar siempre despejado para el suceso del movimiento y de la aparición de la ficción.  ¿Acaso la insignia de la libertad es un sello de sangre?  ¿Un garabato?  ¿Una pisada? ¿Una voz? ¿La culminación de una acción? ¿Empezar a creer, a hacer, a hablar?

   

¿Una nueva vida y una nueva muerte sin terrorismos ni globalizaciones ni deudas colonizadoras?

 

Retomo las voces que esperan que hable de ellas, que las dejé suspendidas en los interludios de la pleamar de los pensamientos siempre inconformes de la balanza de justicia que no cabe en la boca  trastornada de corrupción y de poderes de monopolios, que deciden dominios y reparticiones mezquinas en nombre de dios y de los derechos humanos y no sé que otras justificaciones letales para los que no está en el festín de los poderosos del mundo.

 

Aquí están ellas: de voz en voz…

 

La voz masculina era fantástica, una hipérbole tocando mi psique, gajos simbólicos haciendo una red de imágenes, mi imaginación era un río de metáforas desembocando en mis sentidos.  La realidad y la imaginación no tenían límites, era la plenitud de un gozo lindando con el paraíso y el infierno.  Encendí fogatas en el paraíso, y comí manzanas con lucifer.   Habité una zona netamente franca.  Ni siquiera había fisura en el relato del hablante ni en el cuento de su contador. El espacio era un escenario en eterno movimiento donde se podía  entrar y salir. La muerte en el “mundo de las evidencias” era inevitable; pero en el campo de las visiones, -allá, allí, aquí-, el ave fénix no tenía que convertirse en cenizas para volver a nacer. Era suficiente una palabra para…

 

Los sonidos eran vocablos indivisibles, no tenían líneas  imaginarias, peor fronteras. Entre la imagen y la realidad palpable las palabras formaban parte del argumento pero no del nuevo aprendizaje, la apropiación del lector(a) hacía otro escrito simultáneo en la vida inventada, que importa sí con acierto o desacierto..  No había división entre el contador/inventor de todo “eso” y la escuchadora  atrapada en la fascinación de la fantasmagoría  que la hacía zambullirse en eso que veía en su imaginación y a la vez quería comprobarlo en la llamada realidad del común denominador.

 

A veces perseguía  el encuentro con insomnios,  ese mundo mágico trajo la vigilia, nunca podía confirmar la historia, tenía muchas versiones orales, siempre  con los mismos protagonistas, sus personajes cambiaban de roles.  En el camino esa voz de hombre conforme avanzaba, construía su mito y  hechos.  Descontaba la vida como desgranar una mazorca contra el tiempo y el viento. No había guerras ni pleitos teñidos de sangre; ya la realidad tenía demasiada corrupción, demasiada cloaca y basura.  Estaba de más echarle pólvora a la fantasía. Había un anhelo de purismo y contacto con deseos creadores.  El creador no tenía placer en culpas, ni creía en recetas del bien, ni nadie se quedaba en el limbo, ni purgatorio.  Nadie tenía que confesarse. 


El simplemente empapelaba de sonoridad la escucha que se convertía en grandes pinturas y voces que se apropiaban de cuerpos y objetos. Era una invitación  sin escapatoria para encontrarse.

 

Alguna vez, tenemos que darle la bienvenida al deseo, que es un asunto de humanos solamente.  Trata mundana y divina.  Aventurado sea quien lo logra y desdichado sea quien su verdad no sea dicha.

 

Alguien me llama para que sea otra.  Vez primera de algo sin semejanza.

 

En cambio la voz femenina era un sonido fragmentado.  Era un todo en diferentes partes, contenía una voracidad y fuerza inexplicable, un deseo de ir a ninguna parte,  pero quería estar en todas partes.  Quería ser el todo.  Rivalizó con dios. Al demonio se lo metía en el delantal, con el fuego que rescató de las tinieblas y los alimentos del edén hizo banquetes para sus oyentes que eran sus invitados escogidos.  Solo por puro placer convidaba los secretos, el suspenso y la sorpresa.  De su boca salía el mundo con su tragedia, ambiciones, desdén, otros hallazgos y desamores. Todo era posible, nada le estaba negado.  El castigo y el temor era una diversión insaciable en el toque y remate de sus historias.  Siempre  aparecían diferentes personajes.  A veces parecía una bruja insoportable y envidiosa; otras una reina egoísta, queriendo reinar sola con el hombre de sus sueños,  por siempre de los siempre, y no sólo eso, sino que quería de esclavo al resto del universo. 

 

Había también madres que se comían a los hijos, mujeres que sufrían toda la vida por no saber quiénes eran.  También, hubo la que desobedeció a un dios y se convirtió en rana, otra que por mentir se le cayó el cabello.  Otra de tantas,  la quemaron completa por descubrir el amor en el jardín vecino.  Y de aquella que murió asesinada por su marido porque la encontró con no sé quién dentro del taller de costura cosiéndole el botón mientras él susodicho rival fumaba con el dorso desnudo.

 

También contó en una de esas tantas veces miles lo de los cuatro niños que murieron juntos porque el fuego los atrapó en su casa de caña en alto, ninguno pudo salir ni saltar por la ventana.  La foto del diario, dejó ver cuatro cuerpecillos abrazados totalmente carbonizados. 

 

Los recuerdos de los conocidos no se quedaban atrás, la retahíla de hechos a veces parecía interminable, e historias sin fin ni que ocho y medio de Fellini ni tintas medias.

 

¿Qué será de Amada? La que se enamoró de Macaco, un estibador que trabajaba en un puerto y se resbaló con caja y todo y cayó rompiéndose la crisma y la vida entera. Desde ese entonces sus ojos que eran dos canicas verdes perdieron su color para tornarse apesadumbrados debajo de unas pestañas que ya no sostenían la mirada. ¿Dónde estará Lucía?. La que se enamoró del albañil que le enlució los sueños, que compró dos circulitos de oro como alianzas camino a la iglesia, y que en un santiamén ella se las aventó en la cara, y no dio explicación.  No hubo más, cada uno por su lado, ni boda ni nada, sino un silencio.


Y la del jovencito que compró un bebé de felpa para su primera enamorada, y los ojos de su madre celando como una Medea…

 

O la memoria de la niña que no le gustaba jugar con las muñecas y les sacaba los ojos, la misma niña que no le gustaba mirarse en el espejo porque cada vez que se asomaba no aparecía su imagen, y esta misma pequeña que no podía ni esconderse en la realidad ni en la fantasía porque la voz femenina se le aparecía congelada y disfrazada como medusa para quererla paralizar y así sólo la escuche y obedezca a ella.

 

En fin, al cruzarse esas dos voces, la masculina y la femenina, se hizo una; ya fusionadas, encontró su puesto en el diario, que anotaba en el cuaderno imaginario hecho de desechos y restos útiles todavía…

 

Así aprendí a leer y abrir los misterios ocultos guardados, robé las llaves de la biblioteca para apropiarme a toda costa de lo que contenían esos libros resguardados para que no se deterioren, yacían amenazados por la humedad  y la soledad, por el abandono y un sello de agonía. Los deshojé en más de mil y una noche.

 

Han quedado muchas vueltas atrás, no hay retorno posible, hay un punto de razón que circula, hay un círculo que se desprendió de la perfección.  Hay un relato pendiente…

 

¿Qué rostros y rastros tenían los libros de mi infancia? ¿El secreto de los libros y las preguntas de mis deseos ocultos dónde están? Tanto lío entre letras, oraciones, párrafos, signos de puntuaciones,  parecía que nunca iba a prender a leer eso que despertaba curiosidad, cuando lo contaban sin tanto papel e indicaciones de lee bien, repite, comienza de nuevo, así no, rebeldía, cansancio, aburrimiento y por dónde iba.. . 

 

Una cosa era escuchar el cuento y otra leerlo, eran como dos mundos, dos momentos, dos encuentros. Tuve que aprender a escucharme. Es así como al ir creciendo envuelta  en la magia de la palabra tanto oral como escrita, me dejé llevar hacia ese otro mundo: el de la imaginación y creación.  Es así, como en mis manos tuve la vida y la muerte, el tiempo y el espacio, el nacimiento y la vejez.

 

Ahí jugué y confabulé con la verdad, vi al yo y al otro: YOTRO Y YOTRA  enfrentado con la mirada inevitable. Escuché y devolví la visión a la palabra que desmitifica a la eternidad y el sufrimiento.  Sentí el infinito tocando el cuerpo que envejece y muere.

 

De ahí, para mí, las fábulas, las leyendas, y la vida misma como literatura, es mi salvoconducto para amortiguar lo insoportable: esto es, enfrentarme con lo mortal y así poder sostener la alegría de vivir como un regalo humano insobornable e incorruptible.

 

¿Qué puedo decir de este presente inmediato? Tal vez, que, aún me siento, y aún el caudal de eslabones aparece disfrazado de incógnitas. 

 

Parece que en una de mis otras vidas fui la esfinge, fui el oráculo, fui la arena del desierto. Quizás parte de la sombra de lo sospechoso. 


El mismo misterio mismo develado: el llanto y el dolor de la esfinge cuando se despeña entre las rocas al ya no poder sostener los enigmas porque se agotaron las preguntas y los secretos…  ¿Se podrán inventar otros?

 

Carmen Váscones

2001

 

 

 

 

 

      

 

 

 

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