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OTRA LECTURA A “LA PASIÓN DE LOS POETAS” DEL LIBRO DE JORGE BOCCANERA, por carmen váscones noviembre 30, 2008

Posted by carmenmvascones in Ensayos, Lectura y Reseña.
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PABLO NERUDA

¿Quién puede explicar el misterio? Acaso, se podría decir que el amor lo es, quien sabe.  La textura de una pasión no se encuentra en la historia, esta es su pretexto, es un prólogo que hace su epílogo en los cuerpos, donde se recrea la compañía taciturna de una lectura devorando los delirios del tiempo en respiraciones orales aturdidas por el relato que aprisiona la memoria difuminada en placeres atolondrados entre sentidos y amasijos de realidad disponiendo del abrazo. De la “reyerta del deseo”.  De la continuidad que separa, del saber que duele, de lo que no se nombra y habla, de lo que se cuenta pero no se dice, de lo que subyace en los diálogos y la brevedad esperada e inspirada, provocada.

¿Quién tiene el amor? ¿Dónde está ahora? ¿Lo sigo? ¿Quién es el amor?

Quizás para Neruda es un naufragio en los riscos de los sentidos, desde la infancia un territorio sin nombre propio, de “alguien que anda por la vida con un nombre y apellido prestado”.  El poeta escoge su imagen y su identidad a pesar de e él. El amor lo escoge pero no se deja.  Va tras la palabra echando tierra.

Busca un encuentro de amor y halla la plena desnudez cayendo exhausta  en el verso investido de nostalgia y esperas.  Embestida está la vida de cantos desesperados en “pena que me aprieta la garganta y el corazón”.

El eros se frustra en “la angustia de ver lo vivo, muriéndose incesantemente.  Los humanos y sus apremios.  Se afana, “el poeta se angustia por el sentido de su vivir”.

“Las muchas palabras de amor no pueden  cimentar un puente”.

El poeta huye de la posible muerte. Toma espacio  del amor que lo asfixia lo deja debajo del mosquitero y de los celos.  El poeta se encuentra consigo.

“Ese extranjero atormentado ya es alguien, un viudo de sí mismo que ha perdido las cosas de la infancia y que ha extraviado la infancia de las cosas”.

Colecciona restos,  a lo mejor de cosas que no llegaron a ser palabras pero que están ahí para sujetarse a algún momento.  Lo que no quiere detenerse irrumpe, lo que no puede nombrar lo nombra, lo que no puede recobrar converge hacia palabras filiales que evocan hacia algo que no de igual.

Más lo que no puede coleccionar son los amores pasajeros de su vida.  Se objetan por sí mismo.  Se hacen poemas del amor irrefutable.

“Y respiro en el aire la ceniza y lo destruido,

el largo, solitario espacio que me rodea para siempre”

DELMIRA AGUSTÍN

La mujer: niña y poeta en la letra del deseo, personaje y amante en la trama de la sombra y la silueta.  Erotismo dividido en la otredad del cuerpo y la palabra. Destino que no salió del silabario ni del juego.

Escritura envés de la habitación femenina dejando ver a la joven ensayando el personaje que sueña, sufre y actúa.  Es la una y la otra.

“Alma femenina en cálices vacíos”  Ama lo que no existe, la realidad limita como una página en blanco donde titubea la razón frente al testigo de su acto.

La pasión sin antifaz doblega su soledad y el absurdo abismo ahogándola en la sentencia de un destino ocultándose en lo anticipado que deja en sus versos:

“Yo muero extrañamente…no me mata la vida/ no me mata la muerte, no me mata el amor./ Muero de un pensamiento mudo como una herida”

Boccanera dice como nada profunda haciéndola sentir, “ella vivió todos los amores y ninguno;  siéndole fiel a su amante espectral”.

Para su padre era la nena, para su madre la niña, habla por ella, “los versos son su mayor placer, pero también su tormento”.

Ella, Delmira, quiere ser, no sabe cómo la palabra la delata, la acerca al tú excluido del relato de su vida: su fantasía la doblega a las quimeras y está en peligro cuando el amante  toque la jaula de su cuerpo.

Ella y la otra, la hija y la amante, la poeta y la muerte arrinconando la vida en el espejo de los opuestos.  Rivalizó con el espectro y le entregó su último acto: ni hija, ni esposa, ni amante.

La poeta y la mujer sin antifaz y como siempre, “dócil y transgresora”, “configura un enigma en” su deseo y placer.  Su forma “coloca la felicidad en el espacio del azar”.

Dejó solo su escritura, su sola poesía donde deliberó su femenino deshaciendo a la que le impedía ser.

RAÚL GONZÁLES TUÑÓN

Un amor que abarcó la travesía más allá de los cuerpos entregados al juego del verso y del goce.  Indeleble amor que germinó con la lluvia, Jorge, lo deja así, “el amor es itinerario del deseo y remite a mudanza” que trajo y llevó cartas, donde el hombre enamorado, Raúl, compacta en sus palabras lo imposible de lo amado, “ conozco una aventura con nombre de mujer/ que mejor aventura que su voz y su alma/ ella es la partida y el retorno”.  Y Boccanera identificado en esto enlaza,  “el amor junta los fragmentos, lo disperso, da un sentir pleno, de tiempo colmado”, o esto otro del cronista, periodista y poeta, “sólo en una mujer se puede seguir viajando, sólo en  una mujer es posible abandonar la condición de extranjero”.

Lo amado muere pero no el amor, ni la vida que se ampara en ese tú y yo.

Amparo Mom, son todas las mujeres, es una, la única en el encuentro del inicio y del final del argumento de Tuñón en el diálogo constante de eso posible quede allí.

Sombrío lecho de letras y siluetas resurgiendo en el alba de otros amantes.

GABRIELA  MISTRAL

“Todas íbamos a ser  reinas”.  A lo mejor si lo fue, si lo es.  La infancia y la fantasía reina como naturaleza materna en los orificios de la existencia, y garabatea la memoria para que no escape esta investidura.

Ella una criatura que amamantó sus versos y acunó vocales y consonantes en jardínes, huertos y parques mentales.  Ella cuál flor única asomó sus pistilos en la tierra de su “voz mutable”.  También, ella es la mujer que amó y acoderó en su soledad, anhelos, peticiones, quejas  de amor.

“Lo da todo –pero- no puede dar más”.

Desea encuentros, diálogos, intimidad.  ¿Qué escucha del otro lado?.  El silencio del otro. Quiere, duda, pero, “por qué tu no podrás quererme”.

Jorge cree que la “inseguridad goza una plenitud escrita, dicha, verbalizada hasta el delirio”.

Quizás ser  mujer es quitarse esa culpa femenina que duele en el cuerpo cuando no puede arribar a la entrega, el mismo Borges decía, “me duele una mujer en todo el cuerpo”.  Gabriela dice, “soy dura y soy cortante”.  Ella se esconde de sí. La poeta está tras el telón de sus imágenes, camina como otra siendo la misma.  Quiere y no quiere.  Teme al mismo amor.  Se escabulle en la añoranza.  Quiere  estar en el espacio del otro como un amor anónimo en los brazos correspondidos.

Está Gabriela la que quiere y está Lucila la que teme, la que se impone y la que fue y sigue aun siendo.  La mujer que se hizo otra, va llevando siempre a la que no puede abandonar, a la que “desconfía de todo el mundo”, que es “una reina entre siluetas opacas, pero pasa de la alegría al derrumbe”.

Vulnerable en los afectos, paso firme en la conquista poética, ella, la que “pretende el amor pleno”.  Quizás un amor sin dolor y sin abusos, quizás un amor que la proteja de la memoria herida desde su mundo de párbula, que  la aleje de la humillación y de su “infancia atormentada”.

Entre la tribulación y la pasión transita la mujer escudada en su propio cuerpo, recogida en su temor de no haber sido amada.  Una mujer que siente que lo amado no le pertenecía, tal vez por eso “el amor le quedó lejos” y las historias de su vida, de sus amores y del hijo posible quedan en un secreto enterrado en su orillada piel.  Nunca pudo hablar Lucila Godoy.  Quizás Gabriela la protegió de los “intrusos”, de la agresión y de los abusos.

“Escóndeme que el mundo no me adivine./…Y estaré en este juego toda la vida” .

CÉSAR VALLEJO

Tal vez escribir poesía es asentar los amores que no se viven, dejar un grafo, hacerle un guiño al otro.  Es relatar y fugarse en metáforas hacia la comisura del tedio y del cansancio de la pasión.  Es morir menos.  Es salvar la palabra que aprisiona el tiempo del intervalo, es revolcarse en la contradicción que no tumba el deseo.

La poesía  no tiene imperios, ni siquiera el de los cuerpos.  No se reduce a la putrefacción, ni se presta a guerras.

Vallejo se busca, una mujer lo sueña, lo hace su personaje, su príncipe.  Él quiere encontrar en la vida la poesía, habitarla, hacerla suya.  Hombre taciturno melancólico.  El amor le duele tanto que no se halla conforme con los aguijones femeninos.  Evoca, se acerca, palpa, escribe,  se regodea en la nostalgia.  Las palabras no se editan en el cuerpo amado.

Tiene que tomar su tiempo para precisarla entre café, cigarros y otros elixires.  Su encuentro es solitario en ese plano.

Profanó la soledad. Acarició el vientre femenino, más engendra “el dolor de las cinco vocales”.

Uno de sus amores Otilia tuvo un hijo que fue apenas un brotecillo fugaz.  El poeta sufre, luego vendrán separaciones sucesivas, seres cercanos que dejan el muñón del recuerdo.  La memoria agujereada llora.  Duelo, encierro y escrituras que no cesan.

Vallejo emigra, pasa hambre,  se alcoholiza, tiene otras experiencias, se deteriora su salud.  Su cuerpo endeble busca reposo, aún quiere un abrazo intenso, un fuego que lo abrace.

Otros amores cruzan, al final de su vida llega Georgette, se dan miradas, un acercamiento tácito.  El duelo, ambos han perdido a sus seres queridos,  el dolor los une definitivamente.  La orfandad los enfrenta a esa otra soledad, los dos sin otros.  A nadie a quien rendirle cuentas, posesión, cada uno aferrado a lo que cree suyo.  Ella a él, él a su poesía.  Y los dos juntos experimentando un amor que no comprendían, pero que les pedía estar juntos.

El relator de este amor hace la escena final- Vallejo  en el hospital, agonizando y su mujer acompañándole, tal vez pensando que se comprendieron poco, que  “hablaron mucho del mundo y poco de ellos mismos”.

Su mujer, la viuda, le escribirá lo que no leerá nunca, “nosotros no veremos jamás/ nuestros dulces esqueletos”.

Lo amó, la amó, es asunto de ellos.  Hablar que si que no, es especular.  Mejor leer esto: “Sé que hay una persona compuesta de mis partes/…Pero me busca y busca. ¡es una historia!”

ROBERTO DE CARRERAS

“Yo vivo en las súplicas de la agonía”.  Jorge en la entrevista imaginaria que hace al poeta anarquista conversa con el delirio, la razón y la poesía que afronta la palabra del hombre y ¿del amor?.¿de la pasión?.  En todo caso es hijo de la protesta, de la rebeldía, y del erotismo maldito cuando sucede fuera de toda norma entallando ropajes de conveniencia.

¿Qué busca el poeta?. “Busca su sí mismo en la poesía y encarna su expresión”.

Poeta pirata de las adolescentes, príncipe de amores profanos, juega al objeto del deseo sin reducirse a la muerte.  Goza de lo que reniega, aunque a veces él “ha sentido la vida caerse de mis manos”, solo por sentir eso, el amor.

El hijo natural no hizo poses ante el espejo, no aparentó mirarse.  Su mirada insistía encontrarse con algo, alguien.  Un padre oculto lleva en su sangre, un cuerpo señalado se desnuda en amores libres.  Un bastardo rompe la conveniencia.

Un hombre dialoga con su destino.  Abre un camino, hace su vida.  “Nadie es dueño de nadie”.

Es un libertario errante que precisa y pretende la razón.  Delira el amor en episodios incontables, no quiso ignorar nada, ni siquiera el espectro de toda pasión.

En el homenaje que le hace a su musa del amor libre hablan los deseo, el suyo y el de ¿quién?.  “Al defender el sexo de mi madre, sentí que la defendía a ella.  Siempre quiso mi  espíritu libertario, compensar sus dolores”.

ROSARIO CASTELLANO

No se puede decir nunca  debimos habernos conocido, quién lo dice.  El mundo de Rosario fueron cuentas de estacionamientos entre rosas y ríos donde las espinas ensartaban las gotas de agua que caían lentamente sobre “el amor que es también polvo y cenizas”.

Una mirada encaja en otra, un sentimiento suelda el vacío incolmable: una muerte sin reemplazos, sin sustitutos, sin alternativa, sin canje. Ya en su infancia ella dice, “me dieron a entender que era una injusticia que el varón de la casa hubiera muerto y que en cambio yo continuaba vivita y coleando”.   Sigamos.

El espejo y un acta de defunción se reflejan en una lámpara a punto de encenderse…

La literatura media entre la luz y lo opaco.  La sombra infantil pisa los talones desgajados del recuerdo.  Huelga la vida en sus desencuentros.

El cariño apunta a alguien cercano, único, totalizante.  El azar y el día, la poeta lo fijó y ensartó en Ricardo Guerra.  “Un hombre cercano y también traspapelado”.

El amor está desvalido cuando no hay hipótesis para su antítesis, ni prótesis para el espacio donde cree se estuvo. El ser del otro envía a una práctica vivible, sin teoría, sin mediación, sin uno por otro.

Ella amó y se obsesionó por  “el nombre del único ser que  va a amar  toda su vida”.

Casi como una deuda y una sentencia se cruza entre el tiempo que fue y el que ella habita y lo que el amor le depara.  Las cartas están echándose, los jugadores del corazón rojo se interceptan, la espera, el retrovisor de los apasionados conjugan el deseo.  Los sueños habitan la pendiente que se acerca a la depresión que fluctúa lo perplejo, lo inanimado de esa voz poética que destroza, que quiere cariño, que no sabe como, que se dice, “tiendo cada vez más a un aniquilamiento irrevocable”.  Tan difícil es ese, “alguito de felicidad”, ella cree que ese pedido viene del otro, y este que no llega o se aproxima  y nos duele el gozo, nos quema una parte del verbo en la piel.

“Cuando falta uno, el otro es nada”.  La acompaña esa falta que no pudo sustituir, que no pudo reponer. La muerte es irremplazable como la vida.  Cubre de investiduras de papel el fantasma real, la ronda un espacio que le cierra el porvenir.

“Sobre el cadáver de una mujer estoy creciendo”.

Sale a la certeza de ser ella, en ese atar monólogos de un yo que se desata, que amenaza y avanza.  El amor no regresa, quiere otra cosa, el perfil del deseo se desprende del rosario, una boca castellano busca un amor justo.  No existe  esta medida.  Una incógnita es la correspondencia de los destinatarios.

Aún la realización del sueño resulta insuficiente, aún consumado el codiciado deseo, aún puesto el mismo amor en la presencia del elegido, no sacia el hambre, ni calma el sufrimiento.  El banquete del amor tiene invitados y escogidos, pero, de ahí a que eso sea todo.  Algo más falta, no es algo que falta siempre, es algo que se tiene y no se puede dar.  Quién dice pídeme lo que quieras, que eso te lo doy?.  ¿Qué es lo que no podemos entregar?.

Una dicha desdicha.  Se desdobla el cuerpo y la voz, su portadora escribe, “yo siempre quería otra cosa, comerte, devorarte, no sé qué”.

Ciega de amor se escapó por sus propios sentidos, ciega del  terror que la invade sufre en su soledad incompatible, ciega por no poder verse en sus propios ojos, su mirada le hace un destino que la mantiene en el hilo que no logra desarticular.

“Y  el dolor no se puede compartir”.

“Matamos lo que amamos.  Lo demás/ no ha estado vivo nunca/… damos la vida sólo a lo que odiamos”

Se conjuga la travesía del amor y saber del cuerpo que no acepta término. para decir qué, lo que no podía expresarlo de otra manera.  Ese cuerpo inconcluso clama un continuar, un no cese, el ser de la bella mujer se agarra a un nombre, lo hace suyo.

Sufrir es morir, separarse es desfigurarse en la oquedad de un cariño que no llena ni se queda, ni puede abastecer la raíz de la angustia.  En su letra consta, “era sólo amor y saber que el único modo de expresarlo que teníamos entonces era ése, que el cuerpo era la única palabra para decirlo.  Te amo”.

VICENTE HUIDROVO

¿Qué es un amor absoluto en la finitud de los cuerpos que se agotan en el péndulo del placer? ¿Qué poeta  se escapa del  gesto de la vida viviendo el porvenir de la hermosura decantada por el tiempo.  No hay disimulo que dure, no hay eternidad para la gloria del cuerpo  amado.

Saborear la llama conlleva un sabor quemante.  Agridulce naturaleza deslumbrante, poema con  “belleza cruda”.

Explorar la creación como adolescente dejándose confabular por la pasión.  Ignorar la muerte para burlarse del pasado que no quiere saber que no cabe en la boca.  Adorador y adoradora hasta saciarse y aburrirse y querer ser otro fuera del uno  para no ser absorbido por la saciedad y la vacuidad.

Quizás ya no ser la gula de la memoria, ya no ser la obra del otro. Ser otra por ella misma, por ello mismo.

¿El poeta habrá comprendido esto de su amada  Ximena?  El poema se hacía a pesar de ella.

Huidrovo ama la belleza, lo hermoso lo subyuga, pero no el amor.  Así nos hace saber el poeta Boccanera.  En un verso el  desmesurado amante  tiene, “lo único que yo quería era poderte adorar con toda mi alma hasta la muerte”

Cada cual quiso su todo, su parte tuvo, ¿cuál cada uno?, la que podían acaparar de acuerdo a su mundo añorado.  Nadie les podrá quitar de la cabeza lo vivido.

“Una mujer que me ha adorado a mí no adora a nadie más que a mí hasta su muerte”

¿Quién puede decir esto del otro? La otra parte tiene su otro final o principio.

Otras historias hay.

“¿Qué combate se libra en el espacio?”.

LEOPOLDO LUGONES

“Lo que duda en la dicha, lo que en la duda implora”. O “si en una noche te llamara con un grito incontenible”.

El poeta nacional se alejó de la estatua que le pesaba en toda la perfección, se trizó en la idea, empezó a  ampollarle la razón.  La medida de lo intachable gotea dolor entre espejos y realidades.   El idilio de un amor asoma como aura alrededor del tiempo, Aglaura se llama el cuerpo corresponsal de lo que hacía falta para el reposo de la ausencia. El enamorado se desliza a besar unos pies mortales.  Está dueño y reo de la trama de la pasión indecible.  Sufre lo velado, no puede callar.

“Te adoro a morir”.

El otro Lugones, el vástago repudia los pasos del progenitor, -que vuelva a la disciplina y al orden- pareciera buscarlo sin descanso. Lo persigue silenciosamente, sin hacerse notar, junta las evidencias.  Ató los cabos a su favor.  Advierte, amenaza. Quiere declarar “perturbado mental al padre y encerrarlo si esto continúa”. A la dama la saca del tablero.

Entre los dos: el escritor y la joven todo queda en lo que el espejo pudo escuchar.  La ruptura se dio y escándalo no vino. Fue otro suceso. Se dio otra situación.  Las cartas, llamadas, encuentros dejaron de ser.

Lo inmóvil y el cambio se ignoran, la perspectiva se acorta, la renuncia pesa, estorba el amor si no es.

Rodea la nada y la sombra se alarga.

Una dosis de cianuro y el curso de la vida sigue.  En definitiva eran dos, ¿ahora?.  Leopoldo Lugones agoniza en el deseo imposible:

“Uno contigo hasta la muerte”.

CARILDA LABRA

El amor es una guerrilla permanente que se apaga cuando cesa el fuego.  ¿Con quién habla el cuerpo de Carilda?

Una vida erótica desde el inicio debe ser toda vida.

Una mirada que no tiene que preguntarse si es bella. Que no tiene que abandonarse al tocador para saberse.  Una leyenda que es fábula de su propia escritura.

Mito y memoria.  Sombra encarnada en su propia luz.  Preludio de amor aquietando al enigma.  El otro se deja tocar porque quiere.  Ambos amantes del amor.

“Dentro del amor hay diferentes matices”. Lo absurdo, lo irreparable.  Amar conlleva muchas escenas.

¿A quién le importa?  Uno resta a los otros.

“¿En cuál silencio no hablaré tu nombre?”.

Afirma y se pregunta el contador oral, “su poesía habla por ella, pero ¿dice todo?”.  El  todo es una ilusión con forma humana y a veces llamados Dios.  A veces alguien se ofrece como todo, hay que atenerse a sus consecuencias.

“Toda una vida te estaría amando”.  A veces esta frase puede producir un imparable aburrimiento y hasta cansancio, pero la pasión es un destino placenteramente doloroso.  Esto permite contar, hacer relatos, hasta renovar el camino con versos excomulgados y lecturas prohibidas.

Boccanera hace eco de Carilda y yo lo retomo, “Carilda dice que nació ebria y que vive ebria, pero de amor”.

La escritura no tiene tiempo.  Ella, una leyenda irreverente en su vida antológica.  Carilda se deja amar, se deja dar besos, Carilda destapa el tabú, quita el corcho al deseo, traga vida, baila su letra hecha canto, mismo verso y distinto episodio.

“Y acaso sin estar enamorada me desordeno, amor, me desordeno”.

GONZALO ROJAS

Desnudez leve, “¿qué se ama cuando se ama?”.  La existencia tras las rejas del pensamiento apuesta “contra la muerte”. En el burdel se desbanda lo oculto, la bestia descubre una sensación reclutada sobre el cuerpo de la principiante atendiendo al cliente principiante también.  Pausa.  Una mirada tropieza con el “gozador” donde ve la “miseria del hombre”, la chiquilina, abre la puerta, sale el desconocido, entra el que espera. La “putidoncella”  entra al poema del poeta.  ¿Cómo se llamaría?

¿A quién pertenece lo que ama?,¿A quién le rinde homenaje?. ¿Quién transforma a quién?

“Amada en el amado transformada?

O como deja constancia el autor de la pasión de los poetas cuando entinta y repasa  la letra con los versos de Rojas, esto, “hay que vivir muerto de amor”.

Lo que se me ocurre, con tal que no huela a putrefacción, con tal que se celebre la vida.  Cada quién se inventa su artificio para prolongar o agotar su aliento.

La muerte copula el enigma consagrado al misterio de todo ser: el poderoso Eros haciendo de las suyas si se lo deja.

“Y te perdí, y no pude/ nacer de ti otra vez, y ya no pude/ sino bajar terriblemente solo/ a buscar mi cabeza por el mundo”. Tal vez cuando “perdió su juventud en los burdeles”.

“La mujer me es, del verbo ser”.

Es como que Rojas lleva el registro de una mujer imperecedera, el estigma de lo descubierto y encubierto.  El velo de lo prohibido y censurado.  Además, ese cuerpo inerte no le devolverá ninguna otra caricia, otras vendrán, pero esa huella es imborrable. Parece  como que se le petrificó el alma entre lecho y ataúd aquel instante de confrontar y confirmar que no era perder un juego de barajas, que era perder algo de sí, como un poema desecho por el dolor, como un sueño que no llegó a contar a la prostituta  para que sonría.  Como que su cuerpo aturdido por el hecho vuelve una y otra vez al baile de la eterna soledad con lo irreparable.  Como que quisiera tocar en cada verso la juventud que dice perdió.

“No he podido saciarme en nadie/ porque yo iba subiendo, devorado,/ por el deseo oscuro de tu cuerpo”

Los apuntes  grabados dejan leer experiencias revueltas, dejan ver espejos perturbados, dejan anudada la impaciencia a la caligrafía corpórea dentro del recuerdo.  Pacientemente “el eros consulta lo amoroso”. El silencio acompaña a lo que se amó pero no se gozó, a lo que se gozó pero no se amó, a lo que no se dijo pero fue: una amor sin promesa ni compromisos, sin porvenir.  A lo que pasó.

HOMERO MANZI

Como ninguna, nadie, igual ninguna, irremplazable.  El amor crea su personaje, la duda es un desliz.  Tal vez lo amado es un encuentro que no se repite, y sin embargo se lo busca.

¿Acaso e l amor es incurable?

No hay dosis exacta para lo que precisa el cuerpo.  La calma y la pasión no se soportan, desesperan, se abastecen, chocan, y sin embargo se necesitan.

¿Quién está allí entre mis brazos y los tuyos? ¿Quién no está  entre nosotros?  ¿Estás y qué?

“Hoy, en medio de lo que todavía no he podido amar”.

La intérprete y el letrista, la voz y la escritura, se hacen como ninguno.  La leyenda nace y el destino supone un final sin titubear.

La canción hace su efecto, “Malena está hecha de nombres prestados, pero de un solo naipe: “la carta negada de tu corazón”.

Contrapuntos de vida, citas encubiertas, encuentros disimulados.  La letra no se junta con la promesa.

El amor por un instante desecha al fantasma de lo vacuo. Aprisa, a ratos.  “Mi afán de volver otra vez/ y mi amor que se fue de tu amor”.

Asoma la vida en presentimientos: sé que voy a conocer a alguien.  Se esconce la vida en supuestos: no era como lo pensé.

El momento: un insomnio hecho garabato en el espejo que cuenta una historia que no es la tuya ni la mía, y sin embargo…

“El recorrido de una pasión” lecho de  vida en el diálogo donde falta uno aunque está.

“Sólo cuando toma unas copas, le da por confesar un gran amor”

“Tal vez allá en la infancia su voz de alondra/ tomó ese tono oscuro de callejón”

“Sueña que la madre es la memoria del barrio”

¿Y de qué más? Hum.  Solo sé, que yo no sé,

Pero lo que sí sabe Manzi es que: “Malena canta el tango como ninguna”

NAHUI  OLIN

“Todo esto lo daría yo/… para regalarte/ señor la síntesis de ese amor que es mi carne”.

¿Qué es una mujer en su cuerpo? ¿Qué es una mujer en los brazos de un hombre? ¿Qué es el amor entre los amantes?

¿Qué quiere una mujer y un hombre en ese deseo de darlo casi todo?

¿Quién sabe para  qué el amor? ¿Acaso para ser recordado, sentido, sabido diferente?  ¿Acaso para encontrarse con un deseo que no se subyuga, ni hace pactos, ni acepta coimas?

¿Acaso para aprender a ser mortal?

¿Acaso para acercarnos a la vida y a la muerte sin miedo?

Acaso, como lo dice esta doble mujer Carmen/ Nahui, hecha de imágenes, de letras y de pura pasión.

“Mi espíritu y mi cuerpo tienen siempre loca sed/ de esos mundos nuevos/ que voy creando sin cesar”.

No hay tregua para los apasionados dentro de la vehemencia amorosa.  La frase nada se posterga resulta un imperativo que desespera en la letanía del silencio y de un tiempo que no se consume.

No hay historia para el amado y la amada, hay relatos.

Contar de una manera lo que  el otro vive de otra forma.  Como propio.  El mismo inicio tiene más de dos recuerdos.

“Ya estaban impresos en el primer cruce de miradas /… Siente que su tranquilidad ha terminado”.

Responsable aparentemente unos “ojos verdes” los de una mujer, aquella Naui pone en jaque al deseo de “un artista insatisfecho”, Gerardo Murillo, pintor muralista sobre todo.  El hombre “siente que su tranquilidad ha terminado”.

La mortalidad se olvida de sí, se endiosa para desafiar lo mundano, para desvestirlo.  Para atosigarlo de placeres supuestamente eternos.  El también escritor viajero y otros oficios se pregunta “cómo es posible que en un hombre como yo pueda encenderse una pasión con tal violencia”.

Un amor sin pasión es aburrido.  Una pasión sin amor es un delirio o una agonía o peor aún, es como besarle los labios a  la muerte.

¿Quién se espanta de la belleza?  Poco se sabe o nada del otro y de su vacío.

Un péndulo interviene la mayoría de las veces para poner distancia, porque o sino estaríamos hablando de duelos pasionales sin ni una pizca de poesía.

¿Qué dice el narrador de esta historia?  Que el fascinado “sabe poco de esa mujer”. Que es “la misma y es otra”, que ya en sus diarios había escrito”la vida no ha sido hecha para mí”.  Dejémosla con su reclamo, con su sentirse incomprendida, con su turbulencia de un amor insaciable, con su nostalgia pegada en su cuerpo desnudo y semblante de toda amenaza, de toda mirada, de toda ella.

Nahui era “como una belleza recordada o como la costumbre de ser bella sin saber para qué ni exactamente cómo”.

En todo caso el amor delata, y la pasión parece un delito compartiendo el botín como recompensa por la complicidad.  A veces los motines eróticos son impostergables.  Además es lo único que no tiene relevo.

La soledad es un cuento de fantasmas, la soledad es un personaje intranquilo, la soledad es una  aspirante de la quietud.  La soledad no eres tú ni yo.  La soledad es un cuerpo vaciado de metáforas que inventa toques de existencia en un mundo habitable de deseos.

O si no, estamos en la decepción, y recluidos en el propio olvido.

Por eso no hay que darlo todo, que bueno que no se pueda, el que lo intente aténgase a las consecuencias.

En Nahui, la síntesis de su vida estaría atrapada en esta frase que como en un círculo de amor deja anotado Jorge al final de este relato, qué dice, esto:

La historia de una mujer que vivió sin tregua y no pactó con nada ni con nadie”.

FLORIDOR PEREZ

“Siempre estás en otra parte”.  En ese lugar donde no hay dictadura, ni tortura,  ni temor a saber de ti, ni tú de mí: el  amor se escabulle de la sentencia,  de la persecución, del campo de los prisioneros.

¿Qué poeta no pretende la vida, y hay  más, traspasa la represión, no calla, sigue el itinerario de la vigilia.  El amor no se queda atrás, es uno más y uno menos para la realidad.  Es un contacto no permitido por sospechoso.

El poeta chileno escribe sin dejarse allanar sus ideas.

Allende ha muerto. Pinochet se declara dictador.  La muerte apesta y duele, ¿dónde están los desaparecidos?

“Ahora escribe poesías de amor como una de las tantas maneras de resistir la sin razón y la brutalidad”.

El prisionero es un militante, es un camarada, es un poeta que ama, piensa, dice, no acalla.  Ya nos cuenta el relator de estas crónicas pasionales y algo más, que está enamorado y que “camina como si la llevase pegada  al cuerpo”.  Ella es Natacha.

Floridor no se deja morir, el silencio es su refugio, ella la memoria, la fuerza.  “La guerrilla del amor”, que permanece encendida en el cuerpo del recluso, la trinchera que protege, la pasión que no detona al deseo, la guarida de la promesa, la espera sin armas y sin cuartel.

Ella lo visita, lo acompaña a distancia.  Le dice que lo ama.  Ambos son una conversación impostergable que imaginan, que están, que tienen, que nadie les quitará.  Son la memoria que no dejarán claudicar.

Él desde la cárcel la tiene toda.  Ella desde afuera todo, para ellos.

“Ese  amor clandestino”, presencias que no dan paso a la tristeza.  Ambos están confinados en el espacio de sus elecciones.  Él hace su “obra completamente incompleta”.  El amor con forma de una única mujer se repite.

El escrito se deja leer.  Ella presente en el papel, ella ausente en la lectura, ella compañía eterna del escritor, ella lo espera como siempre.

Ahora con un hijo de ambos y otro poema nace.  Un verso se desprende de la página, Boccanera lo pega en “la historia detrás de los poemas”, veamos algo más, “tu desnudez está dispersa por  mis manos”.  Está “hechizado”, la cazadora arquetipo del sueño del poeta entra al cuento que no jugó, lo lleva de a poco a las páginas de su piel, de sus sentidos, de su tiempo, de otra jugada.

“Porque las palabras  no son lo que son/ sino lo que nos dicen/ y tu dices…/sin pensar que tu boca despierta mi apetito.”

ELISEO DIEGO

La infancia y la literatura es un intervalo donde se aprende y se hace la vida. “Escribir es señal de que a uno le falta algo”.  Donde se desprende la represión, donde se rehace el mundo, donde se cuenta otra vez con uno, donde el otro nos acaricia con el límite de jugarretas inmortales, donde se cuenta algo para no matar el tiempo.  Donde se da la retirada de la pasión para renovarla.

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Hay personas, cosas, hechos que tocan como retornos, vínculos que nos ajustan como textos dentro del guión que desconocemos y editamos en el escenario de lo cotidiano.  Vida en todo caso aferrada a otra para no dejarse olvidar.

Hay objetos que nos acompañan toda la vida.  Hay recuerdos que no se van, hay rostros que nunca envejecen.  El rostro de la infancia no existe en la memoria, a menos que haya una foto por ahí, y dice este eres tú.  Igual en algún rincón del inconsciente está esa cara del ayer.  También hay otro que me recuerda, ve en mí presente a la niña que no veo.

Y sin embargo hay un momento en que la infancia pierde su omnipotencia.  Quizás desde que entramos a lógica de un orden establecido y armado por razones adultas y mundos exterminando las parábolas, los mitos y la magia.  Pero aún así, la metáfora de la infancia sostiene su secreto, no se deja encontrar y hace sus apariciones constantes.

La mirada se encarga de ponernos sobre aviso, nos indica ese otro sentido que no es el destino, sino que descubre la sombra, la imagen y el cuerpo como diferentes.  Donde se descifra el miedo, donde se abraza el silencio, donde estamos todos y no sabemos. Donde empieza a saberse y a deletrearse en el pensamiento el juego oral del fonema.  Allí se fusionan la idea y la imagen con el verbo.  Allí el principio es un paraíso sin culpas.

Vínculo fundamental para eso llamado del amor, que está atento y pendiente del bosque apretujado en sombras  y abrazos conjugando los desciframientos de los sentimientos para el renacer de nuevas caricias, para los acercamientos de horizontes, para más tarde continuamos.

Para no sentirse solo.

La infancia es un disfraz de alegorías y recuerdos. Un circo que sorprende con sus funciones y sorpresas. Un parque, un patio, una vereda, una calle, lo que sea. Es un permanente cambio y aproximaciones.

La infancia es aventura y juego, es creación incomprensible para el adulto.

Y para Diego es cohabitar con héroes y heroínas, es hablar con la fantasía, los sueños, con los personajes de las lecturas.  Es un tiempo sin reloj.

Como espectadora veo “a  la niña de todos los cuentos” en un juego sin constancia donde su autor en el “jardín  de su infancia” juega  al escondrijo, vale y quemada, mientras la pequeña se transforma y: La escoba/ garabatea la memoria/ Está triste la bruja/ porque no encuentra/ la ruta del búho/ los caciques del cielo/ se desahogan en aventuras/.

El amor indescifrable/ quedó como una idea/ de un tú indeterminado/ entre espacios de vértigos/ la piel danza la forma de la infancia/  El corazón está vacío/ de ese otro/  Da otra vuelta por si acaso/ La necedad oprime/ la sorpresa ya no está.

-Cuidado dicen-

Cruza un recuerdo, el tiempo está frágil.  Se deja ver.  El deseo hizo historia alguna vez.

-¿Quién dijo?-

“La infancia termina cuando las ambiciones empiezan a turbarnos la mirada.  Se acaba cuando comienza uno a sentir el terror de  estar vivo”.

-¿Será cierto?-

Voy a ver a la niña de mi infancia para ver con quién  está.

-moraleja-

Siempre alguien o algo queremos encontrar, y es lo que nos lanza a confirmar, “ que el ser humano vale la pena”.

IDEA VILARIÑO

“El amor es una respuesta a la muerte”.  ¿Quién replica esta afirmación?, ¿Qué dice la interrogación?.  Ya- No- Ser de lo que –no- se llega a saber,  de “lo que ya no soy más que yo”.

En ese cierre está la pupila desprendida de la vida, está la piel inerte de toda sensación, está el sentido –no- está donde ya no se está.  La voz escrita retumba en la memoria.

“No volveré a tocarte.  No te veré morir”.

¿Quién mira a quién? Onettí le ha dicho a Idea “ayúdame a entender el modo cómo nos queremos”.  La pasión del contador  no descansa, hurga, escarba “sobre los amores imperfectos”.

Los instantes están marcados, hincan como astillas en el alma. Cohabita siempre un no en la emoción que tritura el sentimiento que se entrega, que no fue y a pesar es.

Predecir un final es matar la pasión.

¿Acaso, eso se busca? Sinceramente el vacío no convence aunque tenga la forma del cráneo más bello.  Siempre  el torno y el tornero hacen otro.  La matriz humana sobrevive en el cuenco de una unión que fue posible.

Idea es  una mujer que no se deja devorar por los  dioses ni por mortal erigido en su vana pista de triunfalista.  Idea camina con pasos propios, no se desconoce, no se aplasta, no se deja cegar.  No responde a la muerte del otro, lo deja con lo suyo.

Ella, ¿de qué sería dueña?.  Acaso,  que no se entregó como objeto.  Acaso que su infancia no tuvo que boicotearle su presente.  No necesitó de la chiquilla deseosa de príncipes.  No se ligó ni fijó al enamoramiento.

Vuelve las veces que quiera.  Las veces breves como el paso de una idea. Sin obsesiones.

El amor no se lo aprende, no se lo escribe.  Un poco se lo vive, luego.

Quizás el amor hace hablar, hace corresponder, improvisar, desafiar, acordar, hasta olvidar en ese reunirse con la epístola del “caminar que es una forma de dialogar”.

La letra boca del sonido. Lecho de pases. Baile inicial interceptando silencios. Amores púberes.  Amores que no fueron.  Ojos prendados en la edad del misterio hecho piel y pensamiento.

Nudo femenino y masculino soportando la soledad de la sabiduría en la caverna del deseo.

¿Y qué hay ahí?.  Un cuerpo anarquista, un cuerpo logos del placer, un cuerpo ideal del amor.  Un cuerpo imagen  de ti, un cuerpo territorio de palabras, un cuerpo de narraciones propias.  Un cuerpo solo conmigo.

Un cuerpo inédito de toda escritura.  Cuerpo que piensa y no se siente lo mismo. Cuerpo historia de otra y de otro momento: cuerpo sueño tu deseo. –No- cuerpo deseo tuyo  -Si-

-Ya no-  Estoy despierto. – ¿Qué?-

Cuerpo memoria imperfecta.

Cuerpo ¿qué sé de ti?

Acaso, Onetti quería que la poeta lo deshaga en la metáfora donde el sueño deja su ser y la realidad se deduce a un adiós infernal y definitivo.  Casi como confirmar la cremación de ese amor.

El  testimonio se escribe con un polvillo de ceniza que se adhiere a la humedad del tiempo.

JOSÉ CORONEL URTECHO

El poeta vivió la vida que quiso, y en eso está la mujer que quiso y lo quiso.  Ella quiso lo que quiso.  Le devolvió un hombre a la historia. Él,  “se unió a una mujer que no inventó, que no se dejó llamar inspiración, que fue vida para dos.”

Ella vivió lo suyo y el marido escritor también.  Él escribía por los dos.

Mujer  escudo de su carne y papel.  Ellos hicieron “paseos n el delirio”.    Ella territorio fecundo de la libertad, del amor, ahí los amantes maridos se hundieron en la naturaleza plena.

El poeta le bajó la luna, qué importa si esta es una imagen repetitiva y cursi, pero bella.  Ella encendió la hoguera de su cuerpo.  Los dos convivieron el misterio del día ocultándose en sus deseos.  Pan y vino de incompletud sus cuerpos.

Conversaron con la vida.

Transfiguraron.  Cuentapasos.  Biografía de una mujer múltiple, que no sólo fue piel de la pasión reducida al eros aniquilándose en la contrición de una forma con otra.  Si no que Maruca, así la llamaba Urtrecho, fue un “proyecto de vida y una realidad que e s mi vida”.

Pareciera que el oficio del poeta se llamaba amor: biografía femenina  de las particularidades de lo que está hecho el diario convivir del otro, en este caso la otra en una. Prédica oral de la palabra protagonista, provocadora de inventos, para que “ella sea más conocida que yo, como he querido.”

“Solo yo la miraba exactamente como era ella”

Mujer: central  de su imaginación. Tierra propia.  Charla agraria de la raíz de la muerte germinado en el mito. Casa aposento de epigramas y epílogos para que no se note el vacío de la semilla.  La sombra de una vida abraza a la que se le acerca y aleja aunque aún no se den por enterado  de lo que sucederá, a fin de cuenta lo que importa es lo vivido, ¿quién lo puede quitar”

El árbol cruje  en el planeta devastándose como hecho constatado en el peritaje del dolor.   El error humano en la materia de la vida. Y el fin de todo de uno en uno ¿a su debido tiempo?.

En la constancia de una “pequeña biografía” el rebelde de toda opresión quedó desarmado frente a la enamorada.  La que lo hizo su hombre, sólo para ella.  Todo lo que hizo la Maruca fue “un acto de amor”.  Vivieron distante de la ciudad, pero no del desinterés de lo que sucede.  Está la lucha armada siempre en cualquier parte siempre.  El poeta tomó posiciones, reconoció equivocaciones, “yo había caído en una ideología engañosa”.  Fue “partidario del cambio”.  Fue Sandinista.  Los frutos del vientre de su amada también enfilaron la oposición a la dictadura.

Fusiona patria y mujer, según su escritura “la mujer es parte misma de la situación de la patria”.  Es la materia, es el amor, es la independencia, es la libertad, es triunfo, es lo que se festeja y no se nombra porque que no hay cabida en el alumbramiento de la luz:  El nacimiento y algún día…

Y ella, su Krauz se le adelantó, “comete el error de irse”, se salió de su vida, de la de los dos.   Lo dejó con un vacío que no se parece a eso,   porque él escribió para la vida y no para hacer libros.

Él tiene que seguir avanzando hacia un adelante, ¿qué es eso?

“Ese seguir en el que me encuentro y que no sé que quiere decir”.

La mujer lo dejó con “la mujer que adora” para que el vacío que no se parece a sí mismo no tome su puesto.  Para que aquella se sitúe en alguna posición frente a eso”.

Y, “los años pasan sin decir adiós”.

ENRIQUE  MOLINA

“Cuando un hombre y una mujer se han amado se separan”.  El poeta pasajero arriba en el sueño, su respiración vacilante  lo delata, una mujer  se le acerca en el recuerdo, no está aún, la tribu del amor quiere nacer siempre, quiere estar intacta, quiere vivir aquí, allá, con uno y descansar en soledad también volver.  Entonces, tiene que salir al encuentro, ya que estar “enamorado, es salir a buscar al otro , darse cabida sin ser prisionero del otro, solo darse espacios en ese deseo de encontrar esa otra versión de lo que no se es.  Ilusión de mitad, malestar del amor en el cuerpo como un tatuaje: doloroso y mudo.  Huella y signo del deseo y del silencio acompañante.  Inscripción del tú en el yo.  El poeta advierte lo peligroso “de confundir la emoción con el sentimiento y vivir apenas cosas pasajeras.

La pasión es una tatuadora de la memoria que se pierde en la piel, no se ve, quizás algún resto a tinta confundido con la sangra que ya no está, resto, pero de ahí.

El amor es “transitorio”, sin residencia.  La punción del porvenir no tiene piedad.  El desenlace saborea  la desazón.  No hay atrás, ni otro ni otra que suplante a los protagonistas.

La aventura sigue, cada cual sigue su ruta “en el mundo sin reemplazo”.

“Donde la furia y la pasión se mezclan en el polen del paraíso.”

PABLO DE KOKHA

“El único exceso de amor que no abruma es el del amor”.  ¿Quién lo dice? ¿Quién lo quiere?.  El dolor es una forma de poner distancia al absoluto humano, que yace en el círculo de la soledad.

Quién no puede verse se ve en el otro, al menos eso cree.  Y cuando el otro lo deja solo con el espacio y con el muñón de la melancolía, se agota en el fragmento que no puede reponer ni con las palabras más hermosas.

Los expulsaron de lo filial por amarse, acomodaron otros nombres para sus cuerpos, para que sigan juntos.  El poeta y su mujer se llaman otros,  dentro de ellos los de siempre.  Se protegen ellos, no les importa los demás.

Ella en él es “la eternidad en la gota del espanto”.

La pasión hace síntoma en la metáfora de una historia de amor que tiene su propia consumación.  El poeta no soportó la exclusión en ese lugar donde no cabía, no soportó ser expulsado de la muerte  de la otra, esta otra, su amada.

No soportó ser desterrado del cuerpo  compañero de sus “aventuras y desventuras”.

En ese amor se jugó todas las partidas, fue su partido, fue su aliado, fue la amarra de sus pisadas.  Cuando la falta de esa amada lo toca con la ausencia siente que se detiene en sus talones la existencia.  Se siente mortalmente cruzado por su nombre de infancia, por los sueños, por las piedras de los juegos que empiezan a rodar, a caer dispersas,  y otras cerca de su vacío.

La mujer, su centro, la inexistente, la real y la idealizada camina en el imaginario del poeta errante que va entre la vigilia y la melancolía, que lentamente se van apoderando de su libertad.

“El hombre y la mujer tienen olor a tumba”.

Inicio y final  son recomienzos.

Los gemidos “soledad confusa”, “acople idealizado”.  La que aparece y ya no está se arma

y se desarma.  Coincidían casi en todo, solo que ella se le anticipó.  Fue a encontrarse con los hijos que no resistieron la palidez del mundo, ni el desvelo de la madre naturaleza marchitándose por su jardín.

El poeta, el padre, el esposo y el hombre se esconden entre sus propios hombros.  Conspira contra lo único que tiene su vida, se echa de ella.  El nombre prestado: el seudónimo se desprende.

La poeta, la palabra y la memoria se pierden en un silencio sin llantos, sin otras palabras posibles.

Los libros se abren, las letras se dejan leer, no se escucha ninguna  voz.  Se desprende el resto de un verso “la tristeza del sexo te muerde la palabra”.

La lucha está detenida , el recuerdo no calma. La agonía del placercamaradería.   en el principio del paraíso.  Y no fueron uno.

El amor exacto: dos ausencias acompañándose.  El uno absorbe al otro.

La fisura en la fidelidad: una vida no común.  La lealtad: Compañera.  La prudencia: cautela.

El poeta pone fin a esta pasión y yo también me separo, no sin antes dejar este verso olor a pólvora, “voy a golpear la eternidad con la cacha de mi revólver”.

ELÍAS NANDINO

Angustia quebranto “juguete del amor”, “usted es la culpable” de una letra original enmascarando lo amatorio.

El objeto del deseo en el silencio de la piel del poeta revolcándose en la lujuria y nostalgia poética guareciendo el vacío de una infancia despojada de secretos.  Incluye eso de palpar la infelicidad de la inocencia, también de sentir el látigo del desamor instaurándose como un verdugo gozador y su víctima complaciente aunque ese no fuera su deseo.

En el garabato de su tiempo Nandino estaba indefenso y fuera de lugar para enfrentar al monstruo que apaleaba la memoria del cuerpo y de la mirada.  Hasta la misma alegría desprendiéndose del tacto.

Boccanera precisa con sapiencia, esta identidad desencontrada en la palabra.  Los datos de la biografía del escritor precisan, deja a la luz lo dicho por Elías: “creo que mi heterodoxia sexual  se debe en gran parte a ese gran dolor de saber que no contaba con mi padre y que tampoco podía defender a mi madre, sobre todo en mi época infantil”.

Acaso, habría que decir usted es el culpable…usted me desespera/ me mata, me enloquece/ y hasta la vida diera/ por vencer el miedo/ de besarlo a usted.

Él como niño estaba distante, a la defensiva y pendiente de ser tocado, amado, abrazado, besado por el ogro, pero el temor era más grande que la pasión infantil.    El miedo puede más. Pide sin nombrar lo calmen.  Pide ser lastimado para no pensar, pide parar pero ya no puede detener  gozar el odio, amar con odio, con furia, con desprecio, con impertenencia.  Amar con odio y desprecio aún deseando la muerte del progenitor.

Dentro de su casa estaba la sensación  de la muerte, “ese temor inexplicable para entender la vida”.

Afuera está la muerte, más la vida experimenta desafíos, sensaciones de lucha, hasta de salvarla del tirano, del opresor.

Afuera y dentro del mundo los ataques a la dignidad, a la honra.

¿A quién le importa con quién soñaba el poeta?

Parece que su padre lo instaló en la pesadilla filial.  Huyó de esa imagen y desemejanza, no quiso ser su semejante, y sin embargo su reflejo: un yugo en la aorta de su ansiedad.  Huyó del apaleador.

Se contuvo y reprimió todo lo que no pudo dar.

Su madre a pesar de ser pisoteada, lastimada, vejada por ese hombre, igual era de él cuando quería, estaba allí sometida, subordinada.  ¿Y esa ternura de esta mujer tierna era compartida con los dos? Para ellos: marido e hijo.

Hay un coraje oculto, una desaprobación, ve sin comprender a esos dos: sus progenitores.  Su mirada lo lleva a “un sexo intermedio con preponderancia al masculino”.

Quizás la frase “usted es la culpable” también podría estar dirigida  a esa madre, aquella que conoció en la infancia y se dejó mancillar y permitió el golpe que caiga en los dos, que siguió junto al verdugo,  como si no tuviera ningún lado a donde partir, sin fuerza para escapar, sin saberse qué hacer. Como que el ir no existía.

Si su madre fue tierna, él la buscó en otros.

Y lo que su padre no le dio va a darlo a esos que se van definiendo en la cercanía, en la atracción y contactos, donde su cuerpo se afloja atravesado no de golpes, ni de insultos, ni de gritos, ni de balas, ni tiro de gracia, sino de un amor trepado en la revuelta del ser y extraviado en las digresiones de tal vez “será mi poema humano” excavando en la lengua del fuego, eco del padre y del hijo: “solo se goza cuando dos infiernos confunden sus llamas”.

Deseo hasta la muerte a ese hombre, su padre, que le decía “no sirve para nada”. No lo mató, pero combate en algún lugar de su pensamiento, se, perfecciona como “francotirador”  para continuar “porque he de matarte, muerte, aunque me cueste la vida.

Quizás la letra del escritor  contiene a los dos. Nombrar a ella para nombrarlo a él y decirles: “no juegue con mis penas ni con mis sentimientos que es lo único que tengo”.

De alguna manera hay que sostener y sustentar la única vida que se tiene para poder acercarse a algo parecido a lo amoroso.

La voz acampa y envuelve la existencia de la letra que se aleja.

Lo que se llevó  la memoria no entra  en el canto.  Cada cual evoca el murmullo de un pasado en la melodía ocasional. .

¿Y qué de la ternura?

Quedó moldeada en una mujer llamada madre y en la pequeña que fugó hacia la muerte.  El amor llora en la palabra deshonrada y en la pena por la Beatriz ida, hermana lazo de amor destrozado en trazos inconclusos borroneados por la agonía angelical y la ausencia diminuta.  Tal vez esta preciosa presencia agujereando los sentimientos y recuerdos con rimas y rondas, tal vez habita los círculos de Dante junto a aquella inmortal otra Beatriz.

Las dos juntas amadas por la idea pura de los creadores.

HÉCTOR BLOMBERG

El tejido de la escritura esta atravesada de personajes femeninos y “entramados de historias de payadores rivalizando en el diálogo rimado”.

Ha escrito “cuento de la vida errante”.  La vida del ser y sus personajes en la jugada de los actos.

Todo amor es ordinario escrito en folletines, servilletas, libros empastados.  La vida tiene un escote que provoca seguir su definición más allá del cuerpo.

Según Boccanera “el desafío del escritor es construir un rostro diferente”

“Arte de improvisar”, de conversar, de contar historias, de poner diálogos a los actores de papel de toda una vida.

La función de una huella preludia la payada, los giros de la voz recaba, “ensayan el contrapunto que no tiene pausa”.

“En asuntos de prendas/ se pierde el más entendido”.  “La historia más allá de los datos”.

Problemática popular  cual épica cruzada de romanticismos.

Una crónica sustentada por remates entre pluma y los que cuentan los remaches.

El intérprete y el narrador no se apartan del “contrapunto sin sentido”, del payador que no se da tregua en la cruzada popular de los dueños  de los sueños coqueteando con la placidez de la voz, y de el que escucha.

Y de la letra haciendo una mujer inmortal.

carmen váscones/ 12/5/2004

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