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BITACORA DEL ILUSO DE OSVALDO SAUMA, por carmen vascones noviembre 30, 2008

Posted by carmenmvascones in Ensayos, Lectura y Reseña, POESÍA.
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Cual guerrero o iluso de la vida persigue la victoria sobre el tedio.  Tedio indolente.

Tedio doloroso. Tedio amoroso.  Tedio desamorado. Tedio ciego.  Tedio vidente.

Tedio carnal,  Tedio descarnado. Tedio existencial.  Tedio de sí y del otro. Tedio del tedio.

 

Quiere   quitar   del  mercado a   los vendedores  de almas y monedas.  Se asume un elegido

conmovido  del planeta sopesado en balanzas de humillaciones y exterminios.

Se unge de sueños y parábolas.  No se siente profeta, ni es su elección.

 

Sólo, camina sobre la bitácora

del tiempo y lejos del espejo.

 

 

Ese otro lado del autor deja salir los silencios apretujados  en ásperas derrotas, espejismos,

desencantos.  Y eso no quita que la siempre “terquedad de la vida” se pregunte “¿qué estoy haciendo aquí?” .

 


Inútil tristeza del placer sin nada que la ampare.

Rabia acechando la magia para desaparecer “en los armarios de la infancia/ en la cueva del autista”.

 


La poesía de Osvaldo se oye como un monólogo abierto a una escucha, donde el ojo de la soledad ausculta la otra vida.

 

Contiene un nudo de constricciones que lo devuelve a las embestidas y a las zozobras del silencio donde  la huella femenina decanta su oleaje e improvisaciones.

 

 

Aunque “ninguna mujer es mejor que el mar”, aún así, el amante se busca en ese cuerpo de todas.

 

Mujer ninguna ¿cómo quién? Incomparable.

“Que tanto busco en ella/ una réplica de mí mismo”

Contempla en ella la  mitad del andrógino, deposita en ella revelaciones, inventos, recrudecimientos, adversidades.

 

 

Colmos y calmas sensuales.  No se ve sin ella.

 

Sin embargo es un cuerpo de paso y de afirmación fugaz.

Se pregunta y desecha, interpola su yo  entre el será  y yo qué sé.

“Será que amo más a la mujer que a una mujer”.

 


Y que nos quiere  decir con esto, tal vez, como si una mujer no existiese en la geografía descubierta ruta a una inscripción diferente.

 

 

Escritura  sin “arrepentimiento en falso”.

En la metáfora poética la única una parece un lucero de alta mar desapareciendo en el

Paraíso de Eva.  Jardín y  continente de amores desdiosados y desdiosadas.

“Todos mis amores significaron la vida compartiendo esa soledad de solos entre los solos”.

 

 


La amada es maga, lluvia, danza, distancia, ausencia.  Inaccesible, pero sobre todo es el referente, el escudo.

La intimidad del soñador.

 


“Ella en mí es la distancia/ que debo recorrer para alcanzarme”.

 


Es el diálogo con la vida que invade el monólogo, que amortigua el camino de la misión de los solitarios

que están heridos de mundo por no traicionarse a sí mismo aunque a veces/  me hubiera gustado ser otro.

 


Pero no, su pasión es “ese revivir/ repasar/ reemplazar la vida/ con la inútil pretensión/  de perpetuarnos en nuestro propio olvido”…

 


Aunque la verdad  de siempre lo pone en desmantelamiento solo “la palabra me redime del mundo”.

En ella busca hasta agotarse “el secreto de lo indecible”.


Descubre que la redención no es posible ya que “no basta protegerse de la  armadura de la mente”.

El poeta nos deja saber que desde niño abdicó de toda salvación posible.

 

Se ve tal

cual en su buhardilla donde apacigua su “odisea interior y se acoge sin temor ni aspiraciones.  Se queda vacío de todo”.

 

 

 

 

Y puede animarse en la alegría de saberse vivo, aún en “esta lúcida conciencia de la muerte”. Allí no tiene que apostar ni su suerte ni su aliento.

 


Se abandona a la aventura de la desventura en el dejo de su ironía, “en medio de tanta tristeza/ nunca se está solo/

coquetea con la muerte”, su amada atemporal, que por ratos lo saca de la abulia y del cansancio deno ser yo”,

de la prórroga del amor en el encuentro con nirvana, del regodeo con el fantasma y el dolor.

 

 

Lo invita a desalojar recuerdos para habitar otros.

Centinela del ser, tu esbozo de pertenencias y desarraigos son teoremas indeterminados entre la lucidez y la ebriedad de inéditos caos y epílogos.

 


Pero ella, la muerte,  no se le ofrece, lo devuelve a la infancia que perdió, al hombre que lleva, al encuentro con la utopía  en su soledad incompleta.

 


Entra  el mar al paraíso que no tiene génesis.

 


Un árbol hermoso flota, y sobre su follaje un hombre y una mujer  con la vida que no declina ante nada.

carmen váscones

19/2/2003

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