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“BREVE POLIFONÍA HISPANOAMERICANA” DE ALFONSO LARRAHONA KASTEN, por carmen váscones noviembre 30, 2008

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Lo esencial deja ver un alma Haikú, “breve polifonía” de poetas recorriendo el artificio de la creación. 

 

La imagen inmediata captada en la prisa del párpado.

 

–Entreacto- se asienta en la palabra como propietaria del escenario de una sola escena:

 

La metáfora, una imagen de plenos y planos de  sentidos.

 

 Allí la luz es oscuridad, la sombra es fuente.

 

Vernos desde la palabra sin barrote, sin realismos solitarios. 

 

La vida misma se inscribe a pesar de uno. 

 

Ella nos delata. 

 

Nos envía al singular que se vuelve la otra vereda de la sociedad: “defendiendo las causas justas”  puntualiza Julio Adriazola Palma, por qué no, para ubicar,

 

El amor acampa en las dendritas del tiempo.

 

No está preso, a lo mejor es un refugiado clandestino dándose oportunidades.

 

Se evapora como energía confusa entre nimbos y estratos. 

 

El verso transfigura el nacimiento, asemeja y desasemeja.

 

No se puede ni se debe querer domesticar la muerte, porque esta estalla. 

Si le pone bozal, o la acorralan en el cuerpo, ella se desploma y revienta en la esperanza, y aquella última no se deja tocar, se refugia en el embrión.

 

 

Este trote cansa, este no poder ser en el espacio del mundo. 

 

La palabra me recuerda que aún existo, que no me olvide de mí.

 

“Nuestro sea entonces el espíritu primitivo de la alegría”, shamana Soledad Alvarez.

 

 El cantar de lo femenino una ausencia irreducible en lo masculino. Despertar.

 

Habitante deshabitada del género que clama una caricia original sin pretexto de pecado concebido.

 

Orilla la palabra al cuerpo para que no pierda su causa y cauce. 

 

Entre tornados, ozonos, bombardeos,  balaceras al universo, cuentos ocultos, y cuentas de sangre.

 

 – La palabra se quita el peso del luto-

 

La poesía se escribe: se inscribe: el nacimiento.

 

La tierra está caliente, brama coraje.

 

No aguanta al pensamiento desierto de ética y sentido común. 

 

El sol quema a la piel, a la madera, al papel. 

 

La letra se extingue. 

 

La voz se reinventa, hace una camino de kipus.

 

El sonido sonoro persiste igual a un poema inclaudicable e insubordinado. 

 

No se deja quitar el deseo.

 

La ternura acampa en la caricia de la pregunta.

 

¿Todavía estamos a tiempo para continuar o empezar?

 

El sentimiento se deshiela en la rabia del tiempo. 

 

La palabra restaura la imagen del verbo. 

 

El acto creador no deja pasar por alto la historia humana. 

 

Lo inhumano es un accidente del desencuentro del habla y del diálogo. 

 

No hay comunicación posible.

 

Solo crearnos y empezar en el tú: te creo- me creo.

 

Celebremos la vida sin gravedad mortífera. 

 

La relatividad y la vulnerabilidad del paso por la civilización y su progreso devastador con su falta y negación de todo principio.

 

El deseo y el placer un bostezo sin codicia. 

 

La muerte no tiene máscara para la poesía. 

 

El mundo se le acerca sin temerla.

 

En el tablero del lenguaje: la vida sin ningún espejo, ni ahogos en reflejos.

 

La poesía y su arte de ser: una lectura de vida y no de enseñanzas. 

 

Se escribe y pronuncia la palabra por ella misma en su propia lengua: “dulce y amadamente”…”desde que el primer hijo –en noche de tortura- se desprendió de ti como un brazo viviente” de Jorge DeBrabo estos versos significantes.

 

Tiempo de una fábula sin moraleja en la realidad de la imaginación del creador. 

 

Sin arma ni asesino, el verso apunta al centro del alma.

 

 

La escritura del cuerpo una voz íntima y desnuda de crueldad. 

 

Voces juntas: las letras, sonido imagen sin sentencia, sin crimen, sin lista negra, sin desaparecidos. 

 

Insepulta y sin omisiones saca a los desaparecidos, levanta la huella de la ternura, graba la historia en la raíz mutilada. 

 

Asienta, compacta, no pacta con la destrucción aberrante de la gloria azotada y reventada en los campos y cuerpos…

 

Indefensa morada del mundo, la naturaleza llora y rabia su dolor, sus hijos también. 

 

El oriente parece un ocaso del alma en manos de los inquisidores y exterminadores del destino.

 

¿Qué de América?.

 

Ella resiste del choque del poder.  Sus caciques ensayan su festín: más deudas y saqueos, a la memoria le quitan el mapa. 

 

Los límites son las venas y las hoyas de una raza fragmentada.

 

El placer incondicional de la libertad es un combate de células: 

 

La humanidad yace mutilada de amor.

 

Anota el poeta Escobar Galindo “para mí el fin del mundo/ sería el mundo sin ti”.

 

Tú singular que convoca a un yo con voz propia”.

 

Que no tengas temor de ser atravesado por el suspenso de una respuesta que no quiere compartir la ausencia.

 

Una vez recorrido el tiempo consentido “solo el rumor sin sentido de la muerte” Eugenio García.

 

La vida nos pertenece, es nuestra, y quien la quita hay que denunciarlo, porque se tiene una sola.

 

Ella es: “poesía: llena eres de gracia”, eso debe ser.

 

 

Para que todo andar no sea silencio amordazado ni cómplice encubridor, ni una palabra imposible

 

Para que se fundamente toda historia. 

 

Para que nadie se vuelva un extranjero ajeno, Francisco Matos Paoli lo eternizó así, “y te has vuelto un extranjero/ porque tu yo/  no resiste el recuerdo con dolor”.

 

La memoria es territorio, realidad habitada, biografía, un “romance de luna y miel…si te faltara el encanto…”

 

Según José Guillermo Vargas.  Es un “aquí estoy”, como lo dice Pablo Neruda.

 

Si la existencia tiene sentido, no tiene “sentido” llorarla una vez partida. 

 

La muerte tiene una misión que cumplir: que viva en el cuerpo la palabra que redime,  que acerca y transmite, que interpreta la compañía sin miedo ni estafa.

 

“Sola entre millones,/ divagando”…”ninguna rosa me gustó tanto/ como esa que jamás me diste”, -sin nada que agregar a esta mirada- de la  sabia Eliana Godoy.

 

La poesía junto con su ida va distraída y despreocupada de la inmortalidad en medio de la desnudez.

 

Motín de rubor y pudor en el jeroglífico de un par de ojos ciegos y desbocados por el umbral de una voz naciente:

 

 

“La causa amatoria de la vida”, Juan A. Massone.

 

La poesía es la vida que no choca con la muerte.

 

Es la imagen de la palabra que conquista su relatividad sin aniquilar.

 

Tejido dulce, salobre, hiel y sangre el enigma de la tierra. 

 

Que se invente de nuevo la humanidad. 

 

Bienaventurada sea  la palabra porque de ella será el reino de las voces.

 

La poesía, una estrella fugaz, quién no la ve no la merece, ya que no tiene ningún deseo que cumplir ni pedir.

 

Nos da la oportunidad de no dejar sin sonido el alma dentro y fuera del cuerpo.

 

Breve Polifonía es un libro hermoso, tierno, diáfano y de profunda sencillez. 

 

Esencia de  semilla germinando sin temor a la tala ni al genocidio de la globalización.

 

(525 poemas breves de 175 poetas de 18 países: Chile, Uruguay,  Argentina, República Dominicana, Costa Rica, Bolivia, México, Venezuela, Perú, Paraguay, España, Panamá, El Salvador, Cuba, Puerto Rico, Colombia, Honduras, Ecuador.) Edición del FRENTE DE AFIRMACIÓN HISPANISTA A.C. MÉXICO, 2005

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EL ANATOMISTA DE FEDERICO ANDAHAZI (ESCRITOR ARGENTINO), por carmen váscones noviembre 30, 2008

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EL ANATOMISTA DE  FEDERICO ANDAHAZI (ESCRITOR ARGENTINO)

 

Historia de un descubrimiento y la crónica de una tragedia en el hallazgo del Amor Veneris o Placer de Venus pareciera dejarnos como legado Mateo Colón, en el libro El  Anatomista,  uno de los cautivantes personaje de la obra y autor de uno de los “descubrimientos escondidos en los misterios femeninos” ,él de cuarenta y dos años, que  había estudiado farmacia y cirugía, que usaba el pincel como un bisturí para hacer sus “mapas anatómicos” había emprendido una investigación de Re Anatómica en l558, él que experimentaba con cadáveres de animales y cuerpos femeninos vivos y muertos para precisar sus conocimientos, estaba cerca de la condena y la horca. Los cargos que se le imputaban: herejía, perjurio, blasfemia, brujería y satanismo, además su hallazgo estaba destinado al silencio y a no ser público por considerárselo un atentado y peligro para el conocimiento mundano, cosa que no ocurrió como se verá en el desarrollo de la trama…

 

Tenemos a Inés de Torremolinos con su papel de hija mayor no bienvenida para su padre, con su femenina primogenitud, beneficiada con el abolengo y linaje pero con la desgracia de ser mujer, su padre “maldecía el vientre de su esposa que había sido incapaz de dar un varón de su sangre que al menos pudiera traer un dote”. Ella, fue entregada al matrimonio a los trece años al pariente de su progenitor. No hubo gala, ni seducción, ni amorosas cartas, ella “llevaba una cristiana castidad marital”, despojada de pasión y usaba el marido como si no tuviera, no sentía la menor atracción hacia el marido y en rigor hacia ningún hombre, al morir su marido se volcó a dios y a la crianza de sus hijas y encerrada en el monasterio que hizo construir.  Viuda y beata todo su “espíritu se volcó a la compasión, a la misericordia, a la caridad y sobre todas las cosas y a Dios… no necesitaba de otro amor que el de ÉL, no se veía privada de consuelo de un hombre, no añoraba placeres” hasta que un día el sufrimiento, la enfermedad, la cercanía con la muerte, y la  falta de consuelo en el Todopoderoso aumentó su tormento…  “Un hombre se interpuso entre su diáfana vida y la gloria eterna”, sus días de camino a la santidad acabaron, Mateo Colón que no tenía idea de lo que iba a ocurrir, acude a la cura de la agónica mujer, y ella va a ser el eslabón, precisando, el cuerpo donde hizo su hallazgo, su descubrimiento: su dulce América, “la sede del amor y el supremo placer de las mujeres, a ella le deberá gratitud por el haber podido revelar la obra divina en lo que al amor femenino se refiere”…

 

Y Mona Sofía hija del infortunio robada a los dos meses de nacida a su madre, vendida y comprada por las matronas y patrones de prostíbulos, esos fueron sus padres putativos, dormía y crecía en “la escuela de los burdeles”. Lloraba y comía como devorando la vida que le quitaban a cambio de otra. Con sus grito mostraba su inconformidad, que “era su primer e inocente signo de peligrosa rebeldía…su espíritu se tornó ingobernable, áspero y peligroso”, en su formación que recibía, el objeto inmediato era la “interdicción del amor y el placer para evitar el enamoramiento”, ella, se declaró exenta de  toda culpa y complicidad en los pecados de Eva”, a los 13 años  fue su iniciación como funcionaria pública, a los catorce años anunció su libertad, no la pidió, la dijo como una sentencia , “exijo que me otorgueís lo que me corresponde: mí cuerpo.

 

Ellas dos, Inés de Torremolino y Mona Sofía van a ser los extremos del campo de la anatomía donde el investigador gozará y sufrirá su suerte de destinatario de  amor veneris correspondido y no correspondido, serán término y fin de  la teoría inconsistente, refutable,”de lo que no deja huella ni testimonio”, dos mujeres iNnombradas en los folios del anatomista, que hicieron de vector en una ruta imaginaria del hacedor del placer efímero en la curva donde se deshace el verbo del placer y del dolor hasta el último día de la muerte. La primera, fuente de la revelación “más increíble”: el Amor Veneris  y la segunda, era la tierra que él se había jurado, como un destino ineluctable, ella era la causa de su vida y nada en el mundo podía impedir que le entregara definitivamente su corazón”, este era  un amor fracasado en el que anhelaba un lugar en su corazón, el que se sentía que tenía la llave que abría las puertas de la voluntad  de la mujer que quisiera para sí, y aquella mujer era Mona Sofía, solamente ella, a la que veía en su imaginación perdidamente enamorada de  él y convertida en la más leal de las mujeres y en la más fiel esposa.

 

Es así, que en el trayecto de la casualidad esta dos mujeres sin enterarse de sus existencias van a jugar un “rol” en las manos y en la utopía de la conquista de la meta que se había trazado este hombre, el renacentista  anatomista, que era “la meta nada original: conseguir un preparado que pudiera apropiarse de la volátil voluntad de las mujeres”….  Pero, lo que buscaba, lo halló sin la más mínima idea, empezó a sospechar, que “tenía ante sí el más increíble descubrimiento de la misteriosa anatomía humana femenina”, la poción de amor quedó desechada y pasó a primer plano la pequeña protuberancia cerca de la abertura de la boca la matriz, la sede de esa colonia pertenecía a Inés de Torremolinos…

 

Él creyendo que para gobernar el corazón de una mujer, su mona Sofía, habría de conquistar primero el de otra mujer, doña Inés; Ahora sí, los tres, cada uno en su vía crucis van a hacerse el destino que les confiere la voz hablante del narrador y los hechos que les  conciernen y acontecen.

 

La novela  transcurre en el renacimiento donde la “historia estaba contada por la grave voz masculina” y el descubrir marcaba la era de los reconocimientos y desconocimientos que fluctuaban entre lo pagano y los sagrado, encaminados a la guillotina si las investigaciones se excedían a las verdades de las sagradas escrituras.

 

Contextuada en el aposteriori del tiempo del navegante y conquistador Colón, su ida a las indias y los pasos del colonizaje, el inicio de la novela se inaugura con esta frase lapidaria ¡oh, mi América, mi dulce tierra hallada!, Y esto ¿qué quiere decir para Mateo Colón?, El mismo que fue “un colonizador brutal que reclamaba para sí el derecho sobre las tierras descubiertas: el cuerpo de la mujer”.  He aquí el nudo y centro  que dramatiza y desencadena la construcción de una cartografía de la anatomía humana para seguir los cursos de las nuevas cartas y mapas de navegación que había emprendido este otro Colón, igual descubridor y explorador anatómico de su hallazgo, que lo bautizó con el nombre de Amor Veneris, que estaba centrado en el cuerpo de la mujer, que lo precisa como un centro oculto, como una causa, como una anomalía, como un órgano con forma masculina, que es algo parecido al alma y está situado dentro del cuerpo tal como se encarna un demonio, de ahí se entendería el oscuro proceder femenino, que en este órgano está el origen y el destino del deseo sexual en ellas. Que posee vida, voluntad e inteligencia propias que guían el proceder del ser, que es la llave del amor y del placer y otras designaciones más.   El anatomista: amo y majestad, dueño y patrón, soberano e investigador, así se sentía al creer que había encontrado la razón anatómica del amor en las mujeres, además,  se ubicaba como el propietario del secreto de la llave que abre el corazón de las mujeres, del silencio que gobierna la misteriosa voluntad de lo femenino.

 

Como una sentencia suena encontrar en el  escrito que, para la mujer existen dos caminos virtuosos: la virginidad y la maternidad y dos caminos corruptos: el pecado o la enfermedad… Que el hombre debe proceder con la mujer del mismo modo que su alma procede con su cuerpo puesto que el cuerpo del hombre es femenino como su alma masculina, la metafísica de Aristóteles y la Biblia es soporte para las definiciones y soberanías de la patria potestad en el cuerpo de la mujer.

 

Queda la huella de lo femenino como estigma en el cuerpo de las dos protagonistas en la novela, Inés quiere ser dueña de su corazón y se castra el amor veneris, para prescindir del amor y dejar de sufrir; y Mona Sofía quería lo único que le correspondía: su cuerpo, los hombres tenían un tiempo acabado en su vida, ella  estaba agarrada por el hilo de la sífilis.

 

Entre la crónica y la historia del descubrimiento hay muchas aguas por recorrer en cada capítulo, hasta llegar al mismo fin de la vida y muerte de los personajes.

 

Sólo queda al lector  adentrarse en este libro donde la inquisición, la mujer y los dioses están en manos de las escrituras masculinas, tanto del autor, como personaje y de todos los otros invitados del “sexo fuerte de la obra”.

 

Fascinarse, horrorizarse, asquearse o hacer un ¡hum!, qué interesante! Es su tarea, y lo que descifre de la obra.  Total, si no hubiera creación ¿cómo podríamos traducir lo innombrable, prohibido, condenable, repudiable?  El placer de lo oculto es un saber a saberse quiéralo o no.  Desde una epistemología del síntoma del hablante  encontramos la estructura de una sexualidad escamoteada en los artificios del arte y la enfermedad: la obra póstuma de cada vida incinerada entre escuchas, lecturas, en nombre de la palabra, no se hace tu voluntad ni aman como tu no les has amado.  Amén.

 

Libro:    “El Anatomista”, autor Frederico Andahazi, Editorial El Planeta, 1997, 277 páginas.

 

carmen váscones

/playas

 

GÉNESIS DEL AGUA DE ROSAMARINA GARCIA, por carmen váscones noviembre 30, 2008

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GÉNESIS DEL AGUA DE ROSAMARINA GARCIA

 


Desviste el lenguaje hasta dar con el grito primigenio.  Cava en la vida hasta dar con la palabra.  En el principio era el verso.  Traduce la insurgencia del génesis, participa de la irreverencia y echa agua al árbol prohibido del paraíso de sangre.

 

 

 

 

A la serpiente la deja picar en el centro del verbo “mientras los  labios del poeta besan la luz”.

 

 

 


“El eco rumiante del instinto está de pie/ deshaciendo su mamífero deseo”.  Pareciera que Dios no tiene necesidad de existir en “la desnudez  intacta del principio”.  La voz poética hace tajos al silencio que no se deja embaucar “en la emboscada humana” ni en la “absurda esencia humana”.

 

 

 


Ella, la poesía se encarna así misma, deletrea al ser que sufre y place dentro del cuerpo y de la mente que se siente en el jardín femenino, ahí, inmola, “al uno de la muerte”.

 

 

 


El poema se inscribe sobre la arcilla.  El agua hace de tinta como mar dejando su forma en lo que toca.

 

 

 


Gotas consonánticas salpican sobre las pupilas dejando una estela  fugaz  que dice “encuéntrame”.

 

 

 

 

Eclipsa la huella derramándose por el viento, la mirada atrapa  el acertijo, con la boca “calco mi sombra/ en el respiro que no estaba”.

 

 

 


Monosílaba labiante sentencias “todo deviene de los mismo”.  Te miras en el desamparo del espejo igual “metáfora desnuda” de la imagen y semejanza.  ¿A quién habitas?

 

 


“Contra mí misma”

“Soy un grito de arcilla

transgrediéndome”

 

 

 


Musitas la existencia en oleajes de versos implacables vaciados de vicios y estratagemas.  Te dices a ti mismo “vida para la vida misma”  para alcanzarte en transfiguraciones y sueños permutados.  Acampas en la sombra del neonato ser…”acaricia/ una mujer dentro de mí.”

 

 

 


Ovillas el amor, lo guareces entre sombras y nadas y también en “mi mente/ incansable  de sentirme”

 

 

 


Pregunto ¿quién se cansa?…

 

 

 


Deguellas la nada encarcelada en la cópula.  Liturgias de serpientes rodean  vacíos y fuegos.

 

 

 


La poeta descifra el cautiverio “ en cualquier espacio de lo humano”.

 

 

 


Carmen Váscones

11/2002

BITACORA DEL ILUSO DE OSVALDO SAUMA, por carmen vascones noviembre 30, 2008

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Cual guerrero o iluso de la vida persigue la victoria sobre el tedio.  Tedio indolente.

Tedio doloroso. Tedio amoroso.  Tedio desamorado. Tedio ciego.  Tedio vidente.

Tedio carnal,  Tedio descarnado. Tedio existencial.  Tedio de sí y del otro. Tedio del tedio.

 

Quiere   quitar   del  mercado a   los vendedores  de almas y monedas.  Se asume un elegido

conmovido  del planeta sopesado en balanzas de humillaciones y exterminios.

Se unge de sueños y parábolas.  No se siente profeta, ni es su elección.

 

Sólo, camina sobre la bitácora

del tiempo y lejos del espejo.

 

 

Ese otro lado del autor deja salir los silencios apretujados  en ásperas derrotas, espejismos,

desencantos.  Y eso no quita que la siempre “terquedad de la vida” se pregunte “¿qué estoy haciendo aquí?” .

 


Inútil tristeza del placer sin nada que la ampare.

Rabia acechando la magia para desaparecer “en los armarios de la infancia/ en la cueva del autista”.

 


La poesía de Osvaldo se oye como un monólogo abierto a una escucha, donde el ojo de la soledad ausculta la otra vida.

 

Contiene un nudo de constricciones que lo devuelve a las embestidas y a las zozobras del silencio donde  la huella femenina decanta su oleaje e improvisaciones.

 

 

Aunque “ninguna mujer es mejor que el mar”, aún así, el amante se busca en ese cuerpo de todas.

 

Mujer ninguna ¿cómo quién? Incomparable.

“Que tanto busco en ella/ una réplica de mí mismo”

Contempla en ella la  mitad del andrógino, deposita en ella revelaciones, inventos, recrudecimientos, adversidades.

 

 

Colmos y calmas sensuales.  No se ve sin ella.

 

Sin embargo es un cuerpo de paso y de afirmación fugaz.

Se pregunta y desecha, interpola su yo  entre el será  y yo qué sé.

“Será que amo más a la mujer que a una mujer”.

 


Y que nos quiere  decir con esto, tal vez, como si una mujer no existiese en la geografía descubierta ruta a una inscripción diferente.

 

 

Escritura  sin “arrepentimiento en falso”.

En la metáfora poética la única una parece un lucero de alta mar desapareciendo en el

Paraíso de Eva.  Jardín y  continente de amores desdiosados y desdiosadas.

“Todos mis amores significaron la vida compartiendo esa soledad de solos entre los solos”.

 

 


La amada es maga, lluvia, danza, distancia, ausencia.  Inaccesible, pero sobre todo es el referente, el escudo.

La intimidad del soñador.

 


“Ella en mí es la distancia/ que debo recorrer para alcanzarme”.

 


Es el diálogo con la vida que invade el monólogo, que amortigua el camino de la misión de los solitarios

que están heridos de mundo por no traicionarse a sí mismo aunque a veces/  me hubiera gustado ser otro.

 


Pero no, su pasión es “ese revivir/ repasar/ reemplazar la vida/ con la inútil pretensión/  de perpetuarnos en nuestro propio olvido”…

 


Aunque la verdad  de siempre lo pone en desmantelamiento solo “la palabra me redime del mundo”.

En ella busca hasta agotarse “el secreto de lo indecible”.


Descubre que la redención no es posible ya que “no basta protegerse de la  armadura de la mente”.

El poeta nos deja saber que desde niño abdicó de toda salvación posible.

 

Se ve tal

cual en su buhardilla donde apacigua su “odisea interior y se acoge sin temor ni aspiraciones.  Se queda vacío de todo”.

 

 

 

 

Y puede animarse en la alegría de saberse vivo, aún en “esta lúcida conciencia de la muerte”. Allí no tiene que apostar ni su suerte ni su aliento.

 


Se abandona a la aventura de la desventura en el dejo de su ironía, “en medio de tanta tristeza/ nunca se está solo/

coquetea con la muerte”, su amada atemporal, que por ratos lo saca de la abulia y del cansancio deno ser yo”,

de la prórroga del amor en el encuentro con nirvana, del regodeo con el fantasma y el dolor.

 

 

Lo invita a desalojar recuerdos para habitar otros.

Centinela del ser, tu esbozo de pertenencias y desarraigos son teoremas indeterminados entre la lucidez y la ebriedad de inéditos caos y epílogos.

 


Pero ella, la muerte,  no se le ofrece, lo devuelve a la infancia que perdió, al hombre que lleva, al encuentro con la utopía  en su soledad incompleta.

 


Entra  el mar al paraíso que no tiene génesis.

 


Un árbol hermoso flota, y sobre su follaje un hombre y una mujer  con la vida que no declina ante nada.

carmen váscones

19/2/2003

JOSÉ DE LA CUADRA POR CARMEN VÁSCONES noviembre 30, 2008

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por carmen váscones

 

De la Cuadra identificado como del grupo de Guayaquil, hace su aparición en 1919 en el terreno de la literatura.  También forma parte de los “cinco como un puño”, estos eran Pareja Diezcanseco, Aguilera Malta, Gallegos Lara, Gil Gilbert.  En ese tiempo había otros que simultáneamente estaban abordando la experiencia creadora como A.F. Rojas, P. Palacios, A. Ortiz.

 

 


Los desafiantes del mundo imaginario, fantaseado y de la realidad misma para mí son de La Cuadra., Aguilera Malta, Palacios, tríada que se impone desde la escritura por la escritura.  Esto es, no tienen reverencia a ningún dogma, no se colocan en modas, ni ponen color de partidos a las obras, aún siendo miembros del partido socialista.  Y si tienen algún compromiso, es con lo humano.  Desnudan al ser, lo sacan del estar, del deber, del saber supuesto.  A cada uno lo suyo, a cada uno lo aborda  emancipar la palabra, la lucha de  ser frente a ese otro.  La lucha  del no soy frente al que quiere ser.  La lucha  del insumiso y del sometedor deliberando espacio y  tiempo, hasta su propia muerte.  Es como querer sacar de la deuda filial a la  vida.

 

 

 


Es como querer pedir que se imponga un deseo ajustado a la no servidumbre.  La vida  de cada quien se hace más allá del Estado y de la ley, aún a pesar de unas supuesta división de clase, de los que tienen y no tienen.  A la hora de morir nadie se lleva nada.  Más queda qué.  ¿Quién le puede quitar lo vivido a alguien?

 

 

 


Ese patrimonio insobornable le corresponde a la literatura oral y escrita.

 

 

 


Entonces, José de la cuadra,  palabra fluyendo como canoa en el río de la costa,  letra cueruda y curtida de montubio orillando los sueños mientras hamaquea el amor.  Pensamiento abierto como machete haciendo un tajo preciso, como  culebra picando en el tobillo. Como ironía de invierno desbordando sobre la tierra para la cosecha posible.  Razón cabalgando sobre el lomo de Ley  sin dejarse seducir por la constitución.  Jinete de la verdad agarrando al sol  para entrar a la oscuridad y dejar ver la explotación que se esconde en tinterillos, frac, sotanas y otras apariencias.

 

 

 

 


De la  Cuadra siempre crítico, agudo, describiendo escenas de las realidades corruptas y contaminadas de dominios y de telares confusos en alucinaciones y pozas estancadas en el recuerdo.  Las intervenciones de sus personajes siempre opuestos, sin opción, los unos con tintas de camaleón y maldad y los otros  casi puros  en su naturaleza y hábitat, casi ingenuos y desconocedores de las tablas de la ley, sometidos al juego del ajedrez o del monopolio citadino rompiendo los rituales del campo y de la caída de la sombra.

 

 

 

 


Tema, personaje, argumento afluyen  como un todo  en escenario de la costa.  El narrador es un instrumento de los hechos.  Sus héroes son los montubios y las montubias.  La denuncia social: motivo, causa de ese otro escenario a veces quedado en el común denominador como lo típico, lo folklórico o peor, deteriorado en programas que ridiculizan al costeño oriundo nativo del campo.

 

 

 


Para el montubio su único orgullo es sentirse propietario de la tierra que lo vio nacer y lo verá morir.  Ya lo dice así Benjamín Carrión a propósito refiriéndose sobre nuestro autor. “La narrativa de José de la Cuadra es capaz de llegar más lejos y más hondo en su papel de influenciadora en lo esencial: no descubre el juego propagandístico –si es que lo hay- solamente cuenta, con tanto verismo, con tanta “documentación humana”, que las escenas narradas van apareciendo con facilidad extraordinaria ante el lector”.

 

 

 

 

Es directo con su pluma, no decora, no melodramatiza los sucesos.  Los describe sin piedad, con la maestría del que escucha para contar sin cobardía, procesa desde cada uno de sus sentidos la construcción de los hechos que se entrecruzan simultáneamente, la precisión del abogado sustentando el caso, las piezas del rompecabezas componen y descomponen la coartada, la evidencia sobra, está explícita e implícita.  Denuncia con precisión, la eterna “explotación legal”, no se deja coimar por la fama Institucional  del abogado o del escritor, es prudente y cauteloso con el oficio de la escritura, no es uno por fuera y otro por dentro, es único.  Distintivo de los “cinco como un puño”, y de todo aquel que no se deja envolver por la soberbia de las falsas soberanías.

 

 

 


Cada personaje en sus obras es toda una vida novelada y contada.

 

 

 


Sabe contar sin hacer cuentas de los cuentos.  Cuenta sin doble discurso sin doble moral.  Cuenta como viviendo el cuento que nunca dejará de contarse.  Su cuento habla por sí mismo.  Él es el relator de su propia creación, hasta permite que sus personajes se cuestionen y lo cuestionen, y se burlen e ironicen de sí o del otro.  Su rrealismo traspasa la fantasía, hace ver los dos lados, esto es, lo que se dice que se anda diciendo, y lo que no se dicen pero que fue un hecho y punto de partida para crear la corriente mágica o trágica, del dicho al trecho hay un hecho de fantasmas y alegorías y datos escondidos que embisten la imaginación y las creencias y abordajes  míticos.

 

 

 

 


Además se coloca como un testigo, y una escucha atenta al deletreo oral del contador, testimonia un compromiso con su propio ver y peguntarse, y como un armador y reparador de los hechos recapitula y arma otra vez.  Es un incansable seguidor compulsivo de la variante humana confrontada al deseo y a la memoria, donde la libertad no se fija ni en el papel, ni en la experiencia corporal, ni en la tierra transitada.  El contenido de la historia es la forma de su estilo, o tal vez, su estilo contenía la forma que daba  para no contenerse en silencios: la verdad era fundamento y núcleo para el poder de la palabra  que explota sobre otra que delibera en el prójimo lector.

 

 

 


Él no es un contar como que cuenta.  Cuenta, y contó sin calcular los réditos de la inmortalidad o del triunfo sobre las cenizas.  Fue un militante del lenguaje, lo deja inédito en cada uno de sus personajes, dejó ver la opresión superpuesta en los ambientes de la llamada realidad.

 

 

 


Era un oyente activo, un restaurador, un retratista y un representador de los hechos.  Volvía a contar, su escrito literario deja ver los escamoteos del “escrito judicial”.  La fantasía se escabulle entre imágenes, frases y oyentes.  Cada cual capitula, habla.  El escrito está ahí, se lo lee, y la historia sigue su propio ritmo.  El campo aún existe y la naturaleza clama su propia escucha.

 

 

 


De la Cuadra cuenta como hablando en voz alta, mente lúcida y sin contratiempos para el  relato, suelta las palabras como dictándole a otros las sucesivas escenas.  Describe los hechos, las secuencias, interpola la voz narrante, descansa para recordar, para volver  al lugar de los hechos, para continuar.  Hasta se da el lujo de dejar insatisfecho al lector y al personaje, la consumación de los hechos entreve.  No se cuida ni preocupa de la perfección de la escritura, parece un escritor que interrumpe su propia escucha para calibrar y ajustar los hechos que cuenta.

 

 

 


¿Cómo contarlo sin hacer notar que cuento?

 

 

 


No creo que esta sea la pregunta de José de la Cuadra, increíble todo lo que hizo, apenas tenía 36 años cuando muere.  Parece que todo lo vivió aprisa, su escritura “precoz” y abundante lo sitúa entre los hijos de las letras que  experimentó un todo inconcluso: la vida montubia que no debe ocultarse ni callarse.  Ese otro mundo con sus propios barros, paraísos,  demonios y pasiones.  Voces de costa, de matapalo,  de mujeres oliendo a palo santo y frutos tumbados en la tierra.  De leguleyos queriendo acabar con trazos, líneas y reformas agrarias la tierra no dividida ni diferenciada con la vida.  De campesinos con carpetas de propiedad extraviadas en despachos y consignas.

 

 

 

 

 

La hoja semi escrita en la máquina de escribir, apenas se lee: “ en cuanto en la deseada era deseable”;  libros dispersos, tazas, colillas, ventana semicerrada, la constitución abierta  entre principios, artículos que confieren deberes y derechos, nota y apuntes de personajes haciéndose; la hamaca  amortiguando reposos y voces ancestrales.  De la Cuadra caminado sobre sus ideas.  Su audición oral descifrando y cifrando una voz en la Smith que perfilaba en el papel la soledad de la obra concluyéndose.

 

 

 

 


Se anticipó a la muerte, escribió como un perseguido y acosado por la memoria que no se deja fijar ni preguntar por la transfiguración de la mente que empieza a saber y salir del delirio y de la lucidez, que se da cabida y ágora en la visión  pasajera y peregrina de la naturaleza humana de una América bordeada de mares, ríos y de una línea ecuatorial rozando la patria del Escritor sobre la cuadra de su nombre propio…


 

 

 


carmen váscones

9/2/2004

OTRA LECTURA A “LA PASIÓN DE LOS POETAS” DEL LIBRO DE JORGE BOCCANERA, por carmen váscones noviembre 30, 2008

Posted by carmenmvascones in Ensayos, Lectura y Reseña.
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PABLO NERUDA

¿Quién puede explicar el misterio? Acaso, se podría decir que el amor lo es, quien sabe.  La textura de una pasión no se encuentra en la historia, esta es su pretexto, es un prólogo que hace su epílogo en los cuerpos, donde se recrea la compañía taciturna de una lectura devorando los delirios del tiempo en respiraciones orales aturdidas por el relato que aprisiona la memoria difuminada en placeres atolondrados entre sentidos y amasijos de realidad disponiendo del abrazo. De la “reyerta del deseo”.  De la continuidad que separa, del saber que duele, de lo que no se nombra y habla, de lo que se cuenta pero no se dice, de lo que subyace en los diálogos y la brevedad esperada e inspirada, provocada.

¿Quién tiene el amor? ¿Dónde está ahora? ¿Lo sigo? ¿Quién es el amor?

Quizás para Neruda es un naufragio en los riscos de los sentidos, desde la infancia un territorio sin nombre propio, de “alguien que anda por la vida con un nombre y apellido prestado”.  El poeta escoge su imagen y su identidad a pesar de e él. El amor lo escoge pero no se deja.  Va tras la palabra echando tierra.

Busca un encuentro de amor y halla la plena desnudez cayendo exhausta  en el verso investido de nostalgia y esperas.  Embestida está la vida de cantos desesperados en “pena que me aprieta la garganta y el corazón”.

El eros se frustra en “la angustia de ver lo vivo, muriéndose incesantemente.  Los humanos y sus apremios.  Se afana, “el poeta se angustia por el sentido de su vivir”.

“Las muchas palabras de amor no pueden  cimentar un puente”.

El poeta huye de la posible muerte. Toma espacio  del amor que lo asfixia lo deja debajo del mosquitero y de los celos.  El poeta se encuentra consigo.

“Ese extranjero atormentado ya es alguien, un viudo de sí mismo que ha perdido las cosas de la infancia y que ha extraviado la infancia de las cosas”.

Colecciona restos,  a lo mejor de cosas que no llegaron a ser palabras pero que están ahí para sujetarse a algún momento.  Lo que no quiere detenerse irrumpe, lo que no puede nombrar lo nombra, lo que no puede recobrar converge hacia palabras filiales que evocan hacia algo que no de igual.

Más lo que no puede coleccionar son los amores pasajeros de su vida.  Se objetan por sí mismo.  Se hacen poemas del amor irrefutable.

“Y respiro en el aire la ceniza y lo destruido,

el largo, solitario espacio que me rodea para siempre”

DELMIRA AGUSTÍN

La mujer: niña y poeta en la letra del deseo, personaje y amante en la trama de la sombra y la silueta.  Erotismo dividido en la otredad del cuerpo y la palabra. Destino que no salió del silabario ni del juego.

Escritura envés de la habitación femenina dejando ver a la joven ensayando el personaje que sueña, sufre y actúa.  Es la una y la otra.

“Alma femenina en cálices vacíos”  Ama lo que no existe, la realidad limita como una página en blanco donde titubea la razón frente al testigo de su acto.

La pasión sin antifaz doblega su soledad y el absurdo abismo ahogándola en la sentencia de un destino ocultándose en lo anticipado que deja en sus versos:

“Yo muero extrañamente…no me mata la vida/ no me mata la muerte, no me mata el amor./ Muero de un pensamiento mudo como una herida”

Boccanera dice como nada profunda haciéndola sentir, “ella vivió todos los amores y ninguno;  siéndole fiel a su amante espectral”.

Para su padre era la nena, para su madre la niña, habla por ella, “los versos son su mayor placer, pero también su tormento”.

Ella, Delmira, quiere ser, no sabe cómo la palabra la delata, la acerca al tú excluido del relato de su vida: su fantasía la doblega a las quimeras y está en peligro cuando el amante  toque la jaula de su cuerpo.

Ella y la otra, la hija y la amante, la poeta y la muerte arrinconando la vida en el espejo de los opuestos.  Rivalizó con el espectro y le entregó su último acto: ni hija, ni esposa, ni amante.

La poeta y la mujer sin antifaz y como siempre, “dócil y transgresora”, “configura un enigma en” su deseo y placer.  Su forma “coloca la felicidad en el espacio del azar”.

Dejó solo su escritura, su sola poesía donde deliberó su femenino deshaciendo a la que le impedía ser.

RAÚL GONZÁLES TUÑÓN

Un amor que abarcó la travesía más allá de los cuerpos entregados al juego del verso y del goce.  Indeleble amor que germinó con la lluvia, Jorge, lo deja así, “el amor es itinerario del deseo y remite a mudanza” que trajo y llevó cartas, donde el hombre enamorado, Raúl, compacta en sus palabras lo imposible de lo amado, “ conozco una aventura con nombre de mujer/ que mejor aventura que su voz y su alma/ ella es la partida y el retorno”.  Y Boccanera identificado en esto enlaza,  “el amor junta los fragmentos, lo disperso, da un sentir pleno, de tiempo colmado”, o esto otro del cronista, periodista y poeta, “sólo en una mujer se puede seguir viajando, sólo en  una mujer es posible abandonar la condición de extranjero”.

Lo amado muere pero no el amor, ni la vida que se ampara en ese tú y yo.

Amparo Mom, son todas las mujeres, es una, la única en el encuentro del inicio y del final del argumento de Tuñón en el diálogo constante de eso posible quede allí.

Sombrío lecho de letras y siluetas resurgiendo en el alba de otros amantes.

GABRIELA  MISTRAL

“Todas íbamos a ser  reinas”.  A lo mejor si lo fue, si lo es.  La infancia y la fantasía reina como naturaleza materna en los orificios de la existencia, y garabatea la memoria para que no escape esta investidura.

Ella una criatura que amamantó sus versos y acunó vocales y consonantes en jardínes, huertos y parques mentales.  Ella cuál flor única asomó sus pistilos en la tierra de su “voz mutable”.  También, ella es la mujer que amó y acoderó en su soledad, anhelos, peticiones, quejas  de amor.

“Lo da todo –pero- no puede dar más”.

Desea encuentros, diálogos, intimidad.  ¿Qué escucha del otro lado?.  El silencio del otro. Quiere, duda, pero, “por qué tu no podrás quererme”.

Jorge cree que la “inseguridad goza una plenitud escrita, dicha, verbalizada hasta el delirio”.

Quizás ser  mujer es quitarse esa culpa femenina que duele en el cuerpo cuando no puede arribar a la entrega, el mismo Borges decía, “me duele una mujer en todo el cuerpo”.  Gabriela dice, “soy dura y soy cortante”.  Ella se esconde de sí. La poeta está tras el telón de sus imágenes, camina como otra siendo la misma.  Quiere y no quiere.  Teme al mismo amor.  Se escabulle en la añoranza.  Quiere  estar en el espacio del otro como un amor anónimo en los brazos correspondidos.

Está Gabriela la que quiere y está Lucila la que teme, la que se impone y la que fue y sigue aun siendo.  La mujer que se hizo otra, va llevando siempre a la que no puede abandonar, a la que “desconfía de todo el mundo”, que es “una reina entre siluetas opacas, pero pasa de la alegría al derrumbe”.

Vulnerable en los afectos, paso firme en la conquista poética, ella, la que “pretende el amor pleno”.  Quizás un amor sin dolor y sin abusos, quizás un amor que la proteja de la memoria herida desde su mundo de párbula, que  la aleje de la humillación y de su “infancia atormentada”.

Entre la tribulación y la pasión transita la mujer escudada en su propio cuerpo, recogida en su temor de no haber sido amada.  Una mujer que siente que lo amado no le pertenecía, tal vez por eso “el amor le quedó lejos” y las historias de su vida, de sus amores y del hijo posible quedan en un secreto enterrado en su orillada piel.  Nunca pudo hablar Lucila Godoy.  Quizás Gabriela la protegió de los “intrusos”, de la agresión y de los abusos.

“Escóndeme que el mundo no me adivine./…Y estaré en este juego toda la vida” .

CÉSAR VALLEJO

Tal vez escribir poesía es asentar los amores que no se viven, dejar un grafo, hacerle un guiño al otro.  Es relatar y fugarse en metáforas hacia la comisura del tedio y del cansancio de la pasión.  Es morir menos.  Es salvar la palabra que aprisiona el tiempo del intervalo, es revolcarse en la contradicción que no tumba el deseo.

La poesía  no tiene imperios, ni siquiera el de los cuerpos.  No se reduce a la putrefacción, ni se presta a guerras.

Vallejo se busca, una mujer lo sueña, lo hace su personaje, su príncipe.  Él quiere encontrar en la vida la poesía, habitarla, hacerla suya.  Hombre taciturno melancólico.  El amor le duele tanto que no se halla conforme con los aguijones femeninos.  Evoca, se acerca, palpa, escribe,  se regodea en la nostalgia.  Las palabras no se editan en el cuerpo amado.

Tiene que tomar su tiempo para precisarla entre café, cigarros y otros elixires.  Su encuentro es solitario en ese plano.

Profanó la soledad. Acarició el vientre femenino, más engendra “el dolor de las cinco vocales”.

Uno de sus amores Otilia tuvo un hijo que fue apenas un brotecillo fugaz.  El poeta sufre, luego vendrán separaciones sucesivas, seres cercanos que dejan el muñón del recuerdo.  La memoria agujereada llora.  Duelo, encierro y escrituras que no cesan.

Vallejo emigra, pasa hambre,  se alcoholiza, tiene otras experiencias, se deteriora su salud.  Su cuerpo endeble busca reposo, aún quiere un abrazo intenso, un fuego que lo abrace.

Otros amores cruzan, al final de su vida llega Georgette, se dan miradas, un acercamiento tácito.  El duelo, ambos han perdido a sus seres queridos,  el dolor los une definitivamente.  La orfandad los enfrenta a esa otra soledad, los dos sin otros.  A nadie a quien rendirle cuentas, posesión, cada uno aferrado a lo que cree suyo.  Ella a él, él a su poesía.  Y los dos juntos experimentando un amor que no comprendían, pero que les pedía estar juntos.

El relator de este amor hace la escena final- Vallejo  en el hospital, agonizando y su mujer acompañándole, tal vez pensando que se comprendieron poco, que  “hablaron mucho del mundo y poco de ellos mismos”.

Su mujer, la viuda, le escribirá lo que no leerá nunca, “nosotros no veremos jamás/ nuestros dulces esqueletos”.

Lo amó, la amó, es asunto de ellos.  Hablar que si que no, es especular.  Mejor leer esto: “Sé que hay una persona compuesta de mis partes/…Pero me busca y busca. ¡es una historia!”

ROBERTO DE CARRERAS

“Yo vivo en las súplicas de la agonía”.  Jorge en la entrevista imaginaria que hace al poeta anarquista conversa con el delirio, la razón y la poesía que afronta la palabra del hombre y ¿del amor?.¿de la pasión?.  En todo caso es hijo de la protesta, de la rebeldía, y del erotismo maldito cuando sucede fuera de toda norma entallando ropajes de conveniencia.

¿Qué busca el poeta?. “Busca su sí mismo en la poesía y encarna su expresión”.

Poeta pirata de las adolescentes, príncipe de amores profanos, juega al objeto del deseo sin reducirse a la muerte.  Goza de lo que reniega, aunque a veces él “ha sentido la vida caerse de mis manos”, solo por sentir eso, el amor.

El hijo natural no hizo poses ante el espejo, no aparentó mirarse.  Su mirada insistía encontrarse con algo, alguien.  Un padre oculto lleva en su sangre, un cuerpo señalado se desnuda en amores libres.  Un bastardo rompe la conveniencia.

Un hombre dialoga con su destino.  Abre un camino, hace su vida.  “Nadie es dueño de nadie”.

Es un libertario errante que precisa y pretende la razón.  Delira el amor en episodios incontables, no quiso ignorar nada, ni siquiera el espectro de toda pasión.

En el homenaje que le hace a su musa del amor libre hablan los deseo, el suyo y el de ¿quién?.  “Al defender el sexo de mi madre, sentí que la defendía a ella.  Siempre quiso mi  espíritu libertario, compensar sus dolores”.

ROSARIO CASTELLANO

No se puede decir nunca  debimos habernos conocido, quién lo dice.  El mundo de Rosario fueron cuentas de estacionamientos entre rosas y ríos donde las espinas ensartaban las gotas de agua que caían lentamente sobre “el amor que es también polvo y cenizas”.

Una mirada encaja en otra, un sentimiento suelda el vacío incolmable: una muerte sin reemplazos, sin sustitutos, sin alternativa, sin canje. Ya en su infancia ella dice, “me dieron a entender que era una injusticia que el varón de la casa hubiera muerto y que en cambio yo continuaba vivita y coleando”.   Sigamos.

El espejo y un acta de defunción se reflejan en una lámpara a punto de encenderse…

La literatura media entre la luz y lo opaco.  La sombra infantil pisa los talones desgajados del recuerdo.  Huelga la vida en sus desencuentros.

El cariño apunta a alguien cercano, único, totalizante.  El azar y el día, la poeta lo fijó y ensartó en Ricardo Guerra.  “Un hombre cercano y también traspapelado”.

El amor está desvalido cuando no hay hipótesis para su antítesis, ni prótesis para el espacio donde cree se estuvo. El ser del otro envía a una práctica vivible, sin teoría, sin mediación, sin uno por otro.

Ella amó y se obsesionó por  “el nombre del único ser que  va a amar  toda su vida”.

Casi como una deuda y una sentencia se cruza entre el tiempo que fue y el que ella habita y lo que el amor le depara.  Las cartas están echándose, los jugadores del corazón rojo se interceptan, la espera, el retrovisor de los apasionados conjugan el deseo.  Los sueños habitan la pendiente que se acerca a la depresión que fluctúa lo perplejo, lo inanimado de esa voz poética que destroza, que quiere cariño, que no sabe como, que se dice, “tiendo cada vez más a un aniquilamiento irrevocable”.  Tan difícil es ese, “alguito de felicidad”, ella cree que ese pedido viene del otro, y este que no llega o se aproxima  y nos duele el gozo, nos quema una parte del verbo en la piel.

“Cuando falta uno, el otro es nada”.  La acompaña esa falta que no pudo sustituir, que no pudo reponer. La muerte es irremplazable como la vida.  Cubre de investiduras de papel el fantasma real, la ronda un espacio que le cierra el porvenir.

“Sobre el cadáver de una mujer estoy creciendo”.

Sale a la certeza de ser ella, en ese atar monólogos de un yo que se desata, que amenaza y avanza.  El amor no regresa, quiere otra cosa, el perfil del deseo se desprende del rosario, una boca castellano busca un amor justo.  No existe  esta medida.  Una incógnita es la correspondencia de los destinatarios.

Aún la realización del sueño resulta insuficiente, aún consumado el codiciado deseo, aún puesto el mismo amor en la presencia del elegido, no sacia el hambre, ni calma el sufrimiento.  El banquete del amor tiene invitados y escogidos, pero, de ahí a que eso sea todo.  Algo más falta, no es algo que falta siempre, es algo que se tiene y no se puede dar.  Quién dice pídeme lo que quieras, que eso te lo doy?.  ¿Qué es lo que no podemos entregar?.

Una dicha desdicha.  Se desdobla el cuerpo y la voz, su portadora escribe, “yo siempre quería otra cosa, comerte, devorarte, no sé qué”.

Ciega de amor se escapó por sus propios sentidos, ciega del  terror que la invade sufre en su soledad incompatible, ciega por no poder verse en sus propios ojos, su mirada le hace un destino que la mantiene en el hilo que no logra desarticular.

“Y  el dolor no se puede compartir”.

“Matamos lo que amamos.  Lo demás/ no ha estado vivo nunca/… damos la vida sólo a lo que odiamos”

Se conjuga la travesía del amor y saber del cuerpo que no acepta término. para decir qué, lo que no podía expresarlo de otra manera.  Ese cuerpo inconcluso clama un continuar, un no cese, el ser de la bella mujer se agarra a un nombre, lo hace suyo.

Sufrir es morir, separarse es desfigurarse en la oquedad de un cariño que no llena ni se queda, ni puede abastecer la raíz de la angustia.  En su letra consta, “era sólo amor y saber que el único modo de expresarlo que teníamos entonces era ése, que el cuerpo era la única palabra para decirlo.  Te amo”.

VICENTE HUIDROVO

¿Qué es un amor absoluto en la finitud de los cuerpos que se agotan en el péndulo del placer? ¿Qué poeta  se escapa del  gesto de la vida viviendo el porvenir de la hermosura decantada por el tiempo.  No hay disimulo que dure, no hay eternidad para la gloria del cuerpo  amado.

Saborear la llama conlleva un sabor quemante.  Agridulce naturaleza deslumbrante, poema con  “belleza cruda”.

Explorar la creación como adolescente dejándose confabular por la pasión.  Ignorar la muerte para burlarse del pasado que no quiere saber que no cabe en la boca.  Adorador y adoradora hasta saciarse y aburrirse y querer ser otro fuera del uno  para no ser absorbido por la saciedad y la vacuidad.

Quizás ya no ser la gula de la memoria, ya no ser la obra del otro. Ser otra por ella misma, por ello mismo.

¿El poeta habrá comprendido esto de su amada  Ximena?  El poema se hacía a pesar de ella.

Huidrovo ama la belleza, lo hermoso lo subyuga, pero no el amor.  Así nos hace saber el poeta Boccanera.  En un verso el  desmesurado amante  tiene, “lo único que yo quería era poderte adorar con toda mi alma hasta la muerte”

Cada cual quiso su todo, su parte tuvo, ¿cuál cada uno?, la que podían acaparar de acuerdo a su mundo añorado.  Nadie les podrá quitar de la cabeza lo vivido.

“Una mujer que me ha adorado a mí no adora a nadie más que a mí hasta su muerte”

¿Quién puede decir esto del otro? La otra parte tiene su otro final o principio.

Otras historias hay.

“¿Qué combate se libra en el espacio?”.

LEOPOLDO LUGONES

“Lo que duda en la dicha, lo que en la duda implora”. O “si en una noche te llamara con un grito incontenible”.

El poeta nacional se alejó de la estatua que le pesaba en toda la perfección, se trizó en la idea, empezó a  ampollarle la razón.  La medida de lo intachable gotea dolor entre espejos y realidades.   El idilio de un amor asoma como aura alrededor del tiempo, Aglaura se llama el cuerpo corresponsal de lo que hacía falta para el reposo de la ausencia. El enamorado se desliza a besar unos pies mortales.  Está dueño y reo de la trama de la pasión indecible.  Sufre lo velado, no puede callar.

“Te adoro a morir”.

El otro Lugones, el vástago repudia los pasos del progenitor, -que vuelva a la disciplina y al orden- pareciera buscarlo sin descanso. Lo persigue silenciosamente, sin hacerse notar, junta las evidencias.  Ató los cabos a su favor.  Advierte, amenaza. Quiere declarar “perturbado mental al padre y encerrarlo si esto continúa”. A la dama la saca del tablero.

Entre los dos: el escritor y la joven todo queda en lo que el espejo pudo escuchar.  La ruptura se dio y escándalo no vino. Fue otro suceso. Se dio otra situación.  Las cartas, llamadas, encuentros dejaron de ser.

Lo inmóvil y el cambio se ignoran, la perspectiva se acorta, la renuncia pesa, estorba el amor si no es.

Rodea la nada y la sombra se alarga.

Una dosis de cianuro y el curso de la vida sigue.  En definitiva eran dos, ¿ahora?.  Leopoldo Lugones agoniza en el deseo imposible:

“Uno contigo hasta la muerte”.

CARILDA LABRA

El amor es una guerrilla permanente que se apaga cuando cesa el fuego.  ¿Con quién habla el cuerpo de Carilda?

Una vida erótica desde el inicio debe ser toda vida.

Una mirada que no tiene que preguntarse si es bella. Que no tiene que abandonarse al tocador para saberse.  Una leyenda que es fábula de su propia escritura.

Mito y memoria.  Sombra encarnada en su propia luz.  Preludio de amor aquietando al enigma.  El otro se deja tocar porque quiere.  Ambos amantes del amor.

“Dentro del amor hay diferentes matices”. Lo absurdo, lo irreparable.  Amar conlleva muchas escenas.

¿A quién le importa?  Uno resta a los otros.

“¿En cuál silencio no hablaré tu nombre?”.

Afirma y se pregunta el contador oral, “su poesía habla por ella, pero ¿dice todo?”.  El  todo es una ilusión con forma humana y a veces llamados Dios.  A veces alguien se ofrece como todo, hay que atenerse a sus consecuencias.

“Toda una vida te estaría amando”.  A veces esta frase puede producir un imparable aburrimiento y hasta cansancio, pero la pasión es un destino placenteramente doloroso.  Esto permite contar, hacer relatos, hasta renovar el camino con versos excomulgados y lecturas prohibidas.

Boccanera hace eco de Carilda y yo lo retomo, “Carilda dice que nació ebria y que vive ebria, pero de amor”.

La escritura no tiene tiempo.  Ella, una leyenda irreverente en su vida antológica.  Carilda se deja amar, se deja dar besos, Carilda destapa el tabú, quita el corcho al deseo, traga vida, baila su letra hecha canto, mismo verso y distinto episodio.

“Y acaso sin estar enamorada me desordeno, amor, me desordeno”.

GONZALO ROJAS

Desnudez leve, “¿qué se ama cuando se ama?”.  La existencia tras las rejas del pensamiento apuesta “contra la muerte”. En el burdel se desbanda lo oculto, la bestia descubre una sensación reclutada sobre el cuerpo de la principiante atendiendo al cliente principiante también.  Pausa.  Una mirada tropieza con el “gozador” donde ve la “miseria del hombre”, la chiquilina, abre la puerta, sale el desconocido, entra el que espera. La “putidoncella”  entra al poema del poeta.  ¿Cómo se llamaría?

¿A quién pertenece lo que ama?,¿A quién le rinde homenaje?. ¿Quién transforma a quién?

“Amada en el amado transformada?

O como deja constancia el autor de la pasión de los poetas cuando entinta y repasa  la letra con los versos de Rojas, esto, “hay que vivir muerto de amor”.

Lo que se me ocurre, con tal que no huela a putrefacción, con tal que se celebre la vida.  Cada quién se inventa su artificio para prolongar o agotar su aliento.

La muerte copula el enigma consagrado al misterio de todo ser: el poderoso Eros haciendo de las suyas si se lo deja.

“Y te perdí, y no pude/ nacer de ti otra vez, y ya no pude/ sino bajar terriblemente solo/ a buscar mi cabeza por el mundo”. Tal vez cuando “perdió su juventud en los burdeles”.

“La mujer me es, del verbo ser”.

Es como que Rojas lleva el registro de una mujer imperecedera, el estigma de lo descubierto y encubierto.  El velo de lo prohibido y censurado.  Además, ese cuerpo inerte no le devolverá ninguna otra caricia, otras vendrán, pero esa huella es imborrable. Parece  como que se le petrificó el alma entre lecho y ataúd aquel instante de confrontar y confirmar que no era perder un juego de barajas, que era perder algo de sí, como un poema desecho por el dolor, como un sueño que no llegó a contar a la prostituta  para que sonría.  Como que su cuerpo aturdido por el hecho vuelve una y otra vez al baile de la eterna soledad con lo irreparable.  Como que quisiera tocar en cada verso la juventud que dice perdió.

“No he podido saciarme en nadie/ porque yo iba subiendo, devorado,/ por el deseo oscuro de tu cuerpo”

Los apuntes  grabados dejan leer experiencias revueltas, dejan ver espejos perturbados, dejan anudada la impaciencia a la caligrafía corpórea dentro del recuerdo.  Pacientemente “el eros consulta lo amoroso”. El silencio acompaña a lo que se amó pero no se gozó, a lo que se gozó pero no se amó, a lo que no se dijo pero fue: una amor sin promesa ni compromisos, sin porvenir.  A lo que pasó.

HOMERO MANZI

Como ninguna, nadie, igual ninguna, irremplazable.  El amor crea su personaje, la duda es un desliz.  Tal vez lo amado es un encuentro que no se repite, y sin embargo se lo busca.

¿Acaso e l amor es incurable?

No hay dosis exacta para lo que precisa el cuerpo.  La calma y la pasión no se soportan, desesperan, se abastecen, chocan, y sin embargo se necesitan.

¿Quién está allí entre mis brazos y los tuyos? ¿Quién no está  entre nosotros?  ¿Estás y qué?

“Hoy, en medio de lo que todavía no he podido amar”.

La intérprete y el letrista, la voz y la escritura, se hacen como ninguno.  La leyenda nace y el destino supone un final sin titubear.

La canción hace su efecto, “Malena está hecha de nombres prestados, pero de un solo naipe: “la carta negada de tu corazón”.

Contrapuntos de vida, citas encubiertas, encuentros disimulados.  La letra no se junta con la promesa.

El amor por un instante desecha al fantasma de lo vacuo. Aprisa, a ratos.  “Mi afán de volver otra vez/ y mi amor que se fue de tu amor”.

Asoma la vida en presentimientos: sé que voy a conocer a alguien.  Se esconce la vida en supuestos: no era como lo pensé.

El momento: un insomnio hecho garabato en el espejo que cuenta una historia que no es la tuya ni la mía, y sin embargo…

“El recorrido de una pasión” lecho de  vida en el diálogo donde falta uno aunque está.

“Sólo cuando toma unas copas, le da por confesar un gran amor”

“Tal vez allá en la infancia su voz de alondra/ tomó ese tono oscuro de callejón”

“Sueña que la madre es la memoria del barrio”

¿Y de qué más? Hum.  Solo sé, que yo no sé,

Pero lo que sí sabe Manzi es que: “Malena canta el tango como ninguna”

NAHUI  OLIN

“Todo esto lo daría yo/… para regalarte/ señor la síntesis de ese amor que es mi carne”.

¿Qué es una mujer en su cuerpo? ¿Qué es una mujer en los brazos de un hombre? ¿Qué es el amor entre los amantes?

¿Qué quiere una mujer y un hombre en ese deseo de darlo casi todo?

¿Quién sabe para  qué el amor? ¿Acaso para ser recordado, sentido, sabido diferente?  ¿Acaso para encontrarse con un deseo que no se subyuga, ni hace pactos, ni acepta coimas?

¿Acaso para aprender a ser mortal?

¿Acaso para acercarnos a la vida y a la muerte sin miedo?

Acaso, como lo dice esta doble mujer Carmen/ Nahui, hecha de imágenes, de letras y de pura pasión.

“Mi espíritu y mi cuerpo tienen siempre loca sed/ de esos mundos nuevos/ que voy creando sin cesar”.

No hay tregua para los apasionados dentro de la vehemencia amorosa.  La frase nada se posterga resulta un imperativo que desespera en la letanía del silencio y de un tiempo que no se consume.

No hay historia para el amado y la amada, hay relatos.

Contar de una manera lo que  el otro vive de otra forma.  Como propio.  El mismo inicio tiene más de dos recuerdos.

“Ya estaban impresos en el primer cruce de miradas /… Siente que su tranquilidad ha terminado”.

Responsable aparentemente unos “ojos verdes” los de una mujer, aquella Naui pone en jaque al deseo de “un artista insatisfecho”, Gerardo Murillo, pintor muralista sobre todo.  El hombre “siente que su tranquilidad ha terminado”.

La mortalidad se olvida de sí, se endiosa para desafiar lo mundano, para desvestirlo.  Para atosigarlo de placeres supuestamente eternos.  El también escritor viajero y otros oficios se pregunta “cómo es posible que en un hombre como yo pueda encenderse una pasión con tal violencia”.

Un amor sin pasión es aburrido.  Una pasión sin amor es un delirio o una agonía o peor aún, es como besarle los labios a  la muerte.

¿Quién se espanta de la belleza?  Poco se sabe o nada del otro y de su vacío.

Un péndulo interviene la mayoría de las veces para poner distancia, porque o sino estaríamos hablando de duelos pasionales sin ni una pizca de poesía.

¿Qué dice el narrador de esta historia?  Que el fascinado “sabe poco de esa mujer”. Que es “la misma y es otra”, que ya en sus diarios había escrito”la vida no ha sido hecha para mí”.  Dejémosla con su reclamo, con su sentirse incomprendida, con su turbulencia de un amor insaciable, con su nostalgia pegada en su cuerpo desnudo y semblante de toda amenaza, de toda mirada, de toda ella.

Nahui era “como una belleza recordada o como la costumbre de ser bella sin saber para qué ni exactamente cómo”.

En todo caso el amor delata, y la pasión parece un delito compartiendo el botín como recompensa por la complicidad.  A veces los motines eróticos son impostergables.  Además es lo único que no tiene relevo.

La soledad es un cuento de fantasmas, la soledad es un personaje intranquilo, la soledad es una  aspirante de la quietud.  La soledad no eres tú ni yo.  La soledad es un cuerpo vaciado de metáforas que inventa toques de existencia en un mundo habitable de deseos.

O si no, estamos en la decepción, y recluidos en el propio olvido.

Por eso no hay que darlo todo, que bueno que no se pueda, el que lo intente aténgase a las consecuencias.

En Nahui, la síntesis de su vida estaría atrapada en esta frase que como en un círculo de amor deja anotado Jorge al final de este relato, qué dice, esto:

La historia de una mujer que vivió sin tregua y no pactó con nada ni con nadie”.

FLORIDOR PEREZ

“Siempre estás en otra parte”.  En ese lugar donde no hay dictadura, ni tortura,  ni temor a saber de ti, ni tú de mí: el  amor se escabulle de la sentencia,  de la persecución, del campo de los prisioneros.

¿Qué poeta no pretende la vida, y hay  más, traspasa la represión, no calla, sigue el itinerario de la vigilia.  El amor no se queda atrás, es uno más y uno menos para la realidad.  Es un contacto no permitido por sospechoso.

El poeta chileno escribe sin dejarse allanar sus ideas.

Allende ha muerto. Pinochet se declara dictador.  La muerte apesta y duele, ¿dónde están los desaparecidos?

“Ahora escribe poesías de amor como una de las tantas maneras de resistir la sin razón y la brutalidad”.

El prisionero es un militante, es un camarada, es un poeta que ama, piensa, dice, no acalla.  Ya nos cuenta el relator de estas crónicas pasionales y algo más, que está enamorado y que “camina como si la llevase pegada  al cuerpo”.  Ella es Natacha.

Floridor no se deja morir, el silencio es su refugio, ella la memoria, la fuerza.  “La guerrilla del amor”, que permanece encendida en el cuerpo del recluso, la trinchera que protege, la pasión que no detona al deseo, la guarida de la promesa, la espera sin armas y sin cuartel.

Ella lo visita, lo acompaña a distancia.  Le dice que lo ama.  Ambos son una conversación impostergable que imaginan, que están, que tienen, que nadie les quitará.  Son la memoria que no dejarán claudicar.

Él desde la cárcel la tiene toda.  Ella desde afuera todo, para ellos.

“Ese  amor clandestino”, presencias que no dan paso a la tristeza.  Ambos están confinados en el espacio de sus elecciones.  Él hace su “obra completamente incompleta”.  El amor con forma de una única mujer se repite.

El escrito se deja leer.  Ella presente en el papel, ella ausente en la lectura, ella compañía eterna del escritor, ella lo espera como siempre.

Ahora con un hijo de ambos y otro poema nace.  Un verso se desprende de la página, Boccanera lo pega en “la historia detrás de los poemas”, veamos algo más, “tu desnudez está dispersa por  mis manos”.  Está “hechizado”, la cazadora arquetipo del sueño del poeta entra al cuento que no jugó, lo lleva de a poco a las páginas de su piel, de sus sentidos, de su tiempo, de otra jugada.

“Porque las palabras  no son lo que son/ sino lo que nos dicen/ y tu dices…/sin pensar que tu boca despierta mi apetito.”

ELISEO DIEGO

La infancia y la literatura es un intervalo donde se aprende y se hace la vida. “Escribir es señal de que a uno le falta algo”.  Donde se desprende la represión, donde se rehace el mundo, donde se cuenta otra vez con uno, donde el otro nos acaricia con el límite de jugarretas inmortales, donde se cuenta algo para no matar el tiempo.  Donde se da la retirada de la pasión para renovarla.

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Hay personas, cosas, hechos que tocan como retornos, vínculos que nos ajustan como textos dentro del guión que desconocemos y editamos en el escenario de lo cotidiano.  Vida en todo caso aferrada a otra para no dejarse olvidar.

Hay objetos que nos acompañan toda la vida.  Hay recuerdos que no se van, hay rostros que nunca envejecen.  El rostro de la infancia no existe en la memoria, a menos que haya una foto por ahí, y dice este eres tú.  Igual en algún rincón del inconsciente está esa cara del ayer.  También hay otro que me recuerda, ve en mí presente a la niña que no veo.

Y sin embargo hay un momento en que la infancia pierde su omnipotencia.  Quizás desde que entramos a lógica de un orden establecido y armado por razones adultas y mundos exterminando las parábolas, los mitos y la magia.  Pero aún así, la metáfora de la infancia sostiene su secreto, no se deja encontrar y hace sus apariciones constantes.

La mirada se encarga de ponernos sobre aviso, nos indica ese otro sentido que no es el destino, sino que descubre la sombra, la imagen y el cuerpo como diferentes.  Donde se descifra el miedo, donde se abraza el silencio, donde estamos todos y no sabemos. Donde empieza a saberse y a deletrearse en el pensamiento el juego oral del fonema.  Allí se fusionan la idea y la imagen con el verbo.  Allí el principio es un paraíso sin culpas.

Vínculo fundamental para eso llamado del amor, que está atento y pendiente del bosque apretujado en sombras  y abrazos conjugando los desciframientos de los sentimientos para el renacer de nuevas caricias, para los acercamientos de horizontes, para más tarde continuamos.

Para no sentirse solo.

La infancia es un disfraz de alegorías y recuerdos. Un circo que sorprende con sus funciones y sorpresas. Un parque, un patio, una vereda, una calle, lo que sea. Es un permanente cambio y aproximaciones.

La infancia es aventura y juego, es creación incomprensible para el adulto.

Y para Diego es cohabitar con héroes y heroínas, es hablar con la fantasía, los sueños, con los personajes de las lecturas.  Es un tiempo sin reloj.

Como espectadora veo “a  la niña de todos los cuentos” en un juego sin constancia donde su autor en el “jardín  de su infancia” juega  al escondrijo, vale y quemada, mientras la pequeña se transforma y: La escoba/ garabatea la memoria/ Está triste la bruja/ porque no encuentra/ la ruta del búho/ los caciques del cielo/ se desahogan en aventuras/.

El amor indescifrable/ quedó como una idea/ de un tú indeterminado/ entre espacios de vértigos/ la piel danza la forma de la infancia/  El corazón está vacío/ de ese otro/  Da otra vuelta por si acaso/ La necedad oprime/ la sorpresa ya no está.

-Cuidado dicen-

Cruza un recuerdo, el tiempo está frágil.  Se deja ver.  El deseo hizo historia alguna vez.

-¿Quién dijo?-

“La infancia termina cuando las ambiciones empiezan a turbarnos la mirada.  Se acaba cuando comienza uno a sentir el terror de  estar vivo”.

-¿Será cierto?-

Voy a ver a la niña de mi infancia para ver con quién  está.

-moraleja-

Siempre alguien o algo queremos encontrar, y es lo que nos lanza a confirmar, “ que el ser humano vale la pena”.

IDEA VILARIÑO

“El amor es una respuesta a la muerte”.  ¿Quién replica esta afirmación?, ¿Qué dice la interrogación?.  Ya- No- Ser de lo que –no- se llega a saber,  de “lo que ya no soy más que yo”.

En ese cierre está la pupila desprendida de la vida, está la piel inerte de toda sensación, está el sentido –no- está donde ya no se está.  La voz escrita retumba en la memoria.

“No volveré a tocarte.  No te veré morir”.

¿Quién mira a quién? Onettí le ha dicho a Idea “ayúdame a entender el modo cómo nos queremos”.  La pasión del contador  no descansa, hurga, escarba “sobre los amores imperfectos”.

Los instantes están marcados, hincan como astillas en el alma. Cohabita siempre un no en la emoción que tritura el sentimiento que se entrega, que no fue y a pesar es.

Predecir un final es matar la pasión.

¿Acaso, eso se busca? Sinceramente el vacío no convence aunque tenga la forma del cráneo más bello.  Siempre  el torno y el tornero hacen otro.  La matriz humana sobrevive en el cuenco de una unión que fue posible.

Idea es  una mujer que no se deja devorar por los  dioses ni por mortal erigido en su vana pista de triunfalista.  Idea camina con pasos propios, no se desconoce, no se aplasta, no se deja cegar.  No responde a la muerte del otro, lo deja con lo suyo.

Ella, ¿de qué sería dueña?.  Acaso,  que no se entregó como objeto.  Acaso que su infancia no tuvo que boicotearle su presente.  No necesitó de la chiquilla deseosa de príncipes.  No se ligó ni fijó al enamoramiento.

Vuelve las veces que quiera.  Las veces breves como el paso de una idea. Sin obsesiones.

El amor no se lo aprende, no se lo escribe.  Un poco se lo vive, luego.

Quizás el amor hace hablar, hace corresponder, improvisar, desafiar, acordar, hasta olvidar en ese reunirse con la epístola del “caminar que es una forma de dialogar”.

La letra boca del sonido. Lecho de pases. Baile inicial interceptando silencios. Amores púberes.  Amores que no fueron.  Ojos prendados en la edad del misterio hecho piel y pensamiento.

Nudo femenino y masculino soportando la soledad de la sabiduría en la caverna del deseo.

¿Y qué hay ahí?.  Un cuerpo anarquista, un cuerpo logos del placer, un cuerpo ideal del amor.  Un cuerpo imagen  de ti, un cuerpo territorio de palabras, un cuerpo de narraciones propias.  Un cuerpo solo conmigo.

Un cuerpo inédito de toda escritura.  Cuerpo que piensa y no se siente lo mismo. Cuerpo historia de otra y de otro momento: cuerpo sueño tu deseo. –No- cuerpo deseo tuyo  -Si-

-Ya no-  Estoy despierto. – ¿Qué?-

Cuerpo memoria imperfecta.

Cuerpo ¿qué sé de ti?

Acaso, Onetti quería que la poeta lo deshaga en la metáfora donde el sueño deja su ser y la realidad se deduce a un adiós infernal y definitivo.  Casi como confirmar la cremación de ese amor.

El  testimonio se escribe con un polvillo de ceniza que se adhiere a la humedad del tiempo.

JOSÉ CORONEL URTECHO

El poeta vivió la vida que quiso, y en eso está la mujer que quiso y lo quiso.  Ella quiso lo que quiso.  Le devolvió un hombre a la historia. Él,  “se unió a una mujer que no inventó, que no se dejó llamar inspiración, que fue vida para dos.”

Ella vivió lo suyo y el marido escritor también.  Él escribía por los dos.

Mujer  escudo de su carne y papel.  Ellos hicieron “paseos n el delirio”.    Ella territorio fecundo de la libertad, del amor, ahí los amantes maridos se hundieron en la naturaleza plena.

El poeta le bajó la luna, qué importa si esta es una imagen repetitiva y cursi, pero bella.  Ella encendió la hoguera de su cuerpo.  Los dos convivieron el misterio del día ocultándose en sus deseos.  Pan y vino de incompletud sus cuerpos.

Conversaron con la vida.

Transfiguraron.  Cuentapasos.  Biografía de una mujer múltiple, que no sólo fue piel de la pasión reducida al eros aniquilándose en la contrición de una forma con otra.  Si no que Maruca, así la llamaba Urtrecho, fue un “proyecto de vida y una realidad que e s mi vida”.

Pareciera que el oficio del poeta se llamaba amor: biografía femenina  de las particularidades de lo que está hecho el diario convivir del otro, en este caso la otra en una. Prédica oral de la palabra protagonista, provocadora de inventos, para que “ella sea más conocida que yo, como he querido.”

“Solo yo la miraba exactamente como era ella”

Mujer: central  de su imaginación. Tierra propia.  Charla agraria de la raíz de la muerte germinado en el mito. Casa aposento de epigramas y epílogos para que no se note el vacío de la semilla.  La sombra de una vida abraza a la que se le acerca y aleja aunque aún no se den por enterado  de lo que sucederá, a fin de cuenta lo que importa es lo vivido, ¿quién lo puede quitar”

El árbol cruje  en el planeta devastándose como hecho constatado en el peritaje del dolor.   El error humano en la materia de la vida. Y el fin de todo de uno en uno ¿a su debido tiempo?.

En la constancia de una “pequeña biografía” el rebelde de toda opresión quedó desarmado frente a la enamorada.  La que lo hizo su hombre, sólo para ella.  Todo lo que hizo la Maruca fue “un acto de amor”.  Vivieron distante de la ciudad, pero no del desinterés de lo que sucede.  Está la lucha armada siempre en cualquier parte siempre.  El poeta tomó posiciones, reconoció equivocaciones, “yo había caído en una ideología engañosa”.  Fue “partidario del cambio”.  Fue Sandinista.  Los frutos del vientre de su amada también enfilaron la oposición a la dictadura.

Fusiona patria y mujer, según su escritura “la mujer es parte misma de la situación de la patria”.  Es la materia, es el amor, es la independencia, es la libertad, es triunfo, es lo que se festeja y no se nombra porque que no hay cabida en el alumbramiento de la luz:  El nacimiento y algún día…

Y ella, su Krauz se le adelantó, “comete el error de irse”, se salió de su vida, de la de los dos.   Lo dejó con un vacío que no se parece a eso,   porque él escribió para la vida y no para hacer libros.

Él tiene que seguir avanzando hacia un adelante, ¿qué es eso?

“Ese seguir en el que me encuentro y que no sé que quiere decir”.

La mujer lo dejó con “la mujer que adora” para que el vacío que no se parece a sí mismo no tome su puesto.  Para que aquella se sitúe en alguna posición frente a eso”.

Y, “los años pasan sin decir adiós”.

ENRIQUE  MOLINA

“Cuando un hombre y una mujer se han amado se separan”.  El poeta pasajero arriba en el sueño, su respiración vacilante  lo delata, una mujer  se le acerca en el recuerdo, no está aún, la tribu del amor quiere nacer siempre, quiere estar intacta, quiere vivir aquí, allá, con uno y descansar en soledad también volver.  Entonces, tiene que salir al encuentro, ya que estar “enamorado, es salir a buscar al otro , darse cabida sin ser prisionero del otro, solo darse espacios en ese deseo de encontrar esa otra versión de lo que no se es.  Ilusión de mitad, malestar del amor en el cuerpo como un tatuaje: doloroso y mudo.  Huella y signo del deseo y del silencio acompañante.  Inscripción del tú en el yo.  El poeta advierte lo peligroso “de confundir la emoción con el sentimiento y vivir apenas cosas pasajeras.

La pasión es una tatuadora de la memoria que se pierde en la piel, no se ve, quizás algún resto a tinta confundido con la sangra que ya no está, resto, pero de ahí.

El amor es “transitorio”, sin residencia.  La punción del porvenir no tiene piedad.  El desenlace saborea  la desazón.  No hay atrás, ni otro ni otra que suplante a los protagonistas.

La aventura sigue, cada cual sigue su ruta “en el mundo sin reemplazo”.

“Donde la furia y la pasión se mezclan en el polen del paraíso.”

PABLO DE KOKHA

“El único exceso de amor que no abruma es el del amor”.  ¿Quién lo dice? ¿Quién lo quiere?.  El dolor es una forma de poner distancia al absoluto humano, que yace en el círculo de la soledad.

Quién no puede verse se ve en el otro, al menos eso cree.  Y cuando el otro lo deja solo con el espacio y con el muñón de la melancolía, se agota en el fragmento que no puede reponer ni con las palabras más hermosas.

Los expulsaron de lo filial por amarse, acomodaron otros nombres para sus cuerpos, para que sigan juntos.  El poeta y su mujer se llaman otros,  dentro de ellos los de siempre.  Se protegen ellos, no les importa los demás.

Ella en él es “la eternidad en la gota del espanto”.

La pasión hace síntoma en la metáfora de una historia de amor que tiene su propia consumación.  El poeta no soportó la exclusión en ese lugar donde no cabía, no soportó ser expulsado de la muerte  de la otra, esta otra, su amada.

No soportó ser desterrado del cuerpo  compañero de sus “aventuras y desventuras”.

En ese amor se jugó todas las partidas, fue su partido, fue su aliado, fue la amarra de sus pisadas.  Cuando la falta de esa amada lo toca con la ausencia siente que se detiene en sus talones la existencia.  Se siente mortalmente cruzado por su nombre de infancia, por los sueños, por las piedras de los juegos que empiezan a rodar, a caer dispersas,  y otras cerca de su vacío.

La mujer, su centro, la inexistente, la real y la idealizada camina en el imaginario del poeta errante que va entre la vigilia y la melancolía, que lentamente se van apoderando de su libertad.

“El hombre y la mujer tienen olor a tumba”.

Inicio y final  son recomienzos.

Los gemidos “soledad confusa”, “acople idealizado”.  La que aparece y ya no está se arma

y se desarma.  Coincidían casi en todo, solo que ella se le anticipó.  Fue a encontrarse con los hijos que no resistieron la palidez del mundo, ni el desvelo de la madre naturaleza marchitándose por su jardín.

El poeta, el padre, el esposo y el hombre se esconden entre sus propios hombros.  Conspira contra lo único que tiene su vida, se echa de ella.  El nombre prestado: el seudónimo se desprende.

La poeta, la palabra y la memoria se pierden en un silencio sin llantos, sin otras palabras posibles.

Los libros se abren, las letras se dejan leer, no se escucha ninguna  voz.  Se desprende el resto de un verso “la tristeza del sexo te muerde la palabra”.

La lucha está detenida , el recuerdo no calma. La agonía del placercamaradería.   en el principio del paraíso.  Y no fueron uno.

El amor exacto: dos ausencias acompañándose.  El uno absorbe al otro.

La fisura en la fidelidad: una vida no común.  La lealtad: Compañera.  La prudencia: cautela.

El poeta pone fin a esta pasión y yo también me separo, no sin antes dejar este verso olor a pólvora, “voy a golpear la eternidad con la cacha de mi revólver”.

ELÍAS NANDINO

Angustia quebranto “juguete del amor”, “usted es la culpable” de una letra original enmascarando lo amatorio.

El objeto del deseo en el silencio de la piel del poeta revolcándose en la lujuria y nostalgia poética guareciendo el vacío de una infancia despojada de secretos.  Incluye eso de palpar la infelicidad de la inocencia, también de sentir el látigo del desamor instaurándose como un verdugo gozador y su víctima complaciente aunque ese no fuera su deseo.

En el garabato de su tiempo Nandino estaba indefenso y fuera de lugar para enfrentar al monstruo que apaleaba la memoria del cuerpo y de la mirada.  Hasta la misma alegría desprendiéndose del tacto.

Boccanera precisa con sapiencia, esta identidad desencontrada en la palabra.  Los datos de la biografía del escritor precisan, deja a la luz lo dicho por Elías: “creo que mi heterodoxia sexual  se debe en gran parte a ese gran dolor de saber que no contaba con mi padre y que tampoco podía defender a mi madre, sobre todo en mi época infantil”.

Acaso, habría que decir usted es el culpable…usted me desespera/ me mata, me enloquece/ y hasta la vida diera/ por vencer el miedo/ de besarlo a usted.

Él como niño estaba distante, a la defensiva y pendiente de ser tocado, amado, abrazado, besado por el ogro, pero el temor era más grande que la pasión infantil.    El miedo puede más. Pide sin nombrar lo calmen.  Pide ser lastimado para no pensar, pide parar pero ya no puede detener  gozar el odio, amar con odio, con furia, con desprecio, con impertenencia.  Amar con odio y desprecio aún deseando la muerte del progenitor.

Dentro de su casa estaba la sensación  de la muerte, “ese temor inexplicable para entender la vida”.

Afuera está la muerte, más la vida experimenta desafíos, sensaciones de lucha, hasta de salvarla del tirano, del opresor.

Afuera y dentro del mundo los ataques a la dignidad, a la honra.

¿A quién le importa con quién soñaba el poeta?

Parece que su padre lo instaló en la pesadilla filial.  Huyó de esa imagen y desemejanza, no quiso ser su semejante, y sin embargo su reflejo: un yugo en la aorta de su ansiedad.  Huyó del apaleador.

Se contuvo y reprimió todo lo que no pudo dar.

Su madre a pesar de ser pisoteada, lastimada, vejada por ese hombre, igual era de él cuando quería, estaba allí sometida, subordinada.  ¿Y esa ternura de esta mujer tierna era compartida con los dos? Para ellos: marido e hijo.

Hay un coraje oculto, una desaprobación, ve sin comprender a esos dos: sus progenitores.  Su mirada lo lleva a “un sexo intermedio con preponderancia al masculino”.

Quizás la frase “usted es la culpable” también podría estar dirigida  a esa madre, aquella que conoció en la infancia y se dejó mancillar y permitió el golpe que caiga en los dos, que siguió junto al verdugo,  como si no tuviera ningún lado a donde partir, sin fuerza para escapar, sin saberse qué hacer. Como que el ir no existía.

Si su madre fue tierna, él la buscó en otros.

Y lo que su padre no le dio va a darlo a esos que se van definiendo en la cercanía, en la atracción y contactos, donde su cuerpo se afloja atravesado no de golpes, ni de insultos, ni de gritos, ni de balas, ni tiro de gracia, sino de un amor trepado en la revuelta del ser y extraviado en las digresiones de tal vez “será mi poema humano” excavando en la lengua del fuego, eco del padre y del hijo: “solo se goza cuando dos infiernos confunden sus llamas”.

Deseo hasta la muerte a ese hombre, su padre, que le decía “no sirve para nada”. No lo mató, pero combate en algún lugar de su pensamiento, se, perfecciona como “francotirador”  para continuar “porque he de matarte, muerte, aunque me cueste la vida.

Quizás la letra del escritor  contiene a los dos. Nombrar a ella para nombrarlo a él y decirles: “no juegue con mis penas ni con mis sentimientos que es lo único que tengo”.

De alguna manera hay que sostener y sustentar la única vida que se tiene para poder acercarse a algo parecido a lo amoroso.

La voz acampa y envuelve la existencia de la letra que se aleja.

Lo que se llevó  la memoria no entra  en el canto.  Cada cual evoca el murmullo de un pasado en la melodía ocasional. .

¿Y qué de la ternura?

Quedó moldeada en una mujer llamada madre y en la pequeña que fugó hacia la muerte.  El amor llora en la palabra deshonrada y en la pena por la Beatriz ida, hermana lazo de amor destrozado en trazos inconclusos borroneados por la agonía angelical y la ausencia diminuta.  Tal vez esta preciosa presencia agujereando los sentimientos y recuerdos con rimas y rondas, tal vez habita los círculos de Dante junto a aquella inmortal otra Beatriz.

Las dos juntas amadas por la idea pura de los creadores.

HÉCTOR BLOMBERG

El tejido de la escritura esta atravesada de personajes femeninos y “entramados de historias de payadores rivalizando en el diálogo rimado”.

Ha escrito “cuento de la vida errante”.  La vida del ser y sus personajes en la jugada de los actos.

Todo amor es ordinario escrito en folletines, servilletas, libros empastados.  La vida tiene un escote que provoca seguir su definición más allá del cuerpo.

Según Boccanera “el desafío del escritor es construir un rostro diferente”

“Arte de improvisar”, de conversar, de contar historias, de poner diálogos a los actores de papel de toda una vida.

La función de una huella preludia la payada, los giros de la voz recaba, “ensayan el contrapunto que no tiene pausa”.

“En asuntos de prendas/ se pierde el más entendido”.  “La historia más allá de los datos”.

Problemática popular  cual épica cruzada de romanticismos.

Una crónica sustentada por remates entre pluma y los que cuentan los remaches.

El intérprete y el narrador no se apartan del “contrapunto sin sentido”, del payador que no se da tregua en la cruzada popular de los dueños  de los sueños coqueteando con la placidez de la voz, y de el que escucha.

Y de la letra haciendo una mujer inmortal.

carmen váscones/ 12/5/2004