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PATRIARCADO, por carmen váscones y opiniones de eugenio gogol, roger hollander octubre 29, 2008

Posted by carmenmvascones in EL PATRIARCADO POR CARMEN V'ASCONES, Ensayos, filosofía, Lectura y Reseña.
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PATRIARCADO

Adentrarme en la palabra patriarcado es darle cabida al cuerpo que la sostiene, tierra, naturaleza y antes matriacardo, ley oral indivisa donde el hombre estaba incluido como una sola parte de un todo. Luego, fue precisar soporte, lugar y función, y agregaría disfunción dado los efectos y resultados tanto en el contexto social, ecológico y filial.  Al crearse el estado como que hay un desembarazo, como que el señor varón recupera aparentemente un poder  que le habían quitado o le hacía falta.  Las consecuencias de esta división impone vástagos  disputándose un control sospechoso…Por qué digo esto, miro a mis alrededores y veo los géneros devorados por guerras perversas, economías globalizadas, caos, incertidumbres, delincuencia, estafas, leyes corruptibles, y amores desatando la vida y conviviéndola aún en promesas y momentos posibles de alegrías.  Pero, continuemos con el enunciado que convoca una reflexión extraterritorial y limítrofe. Para detentar esta “dignidad” implica dominio, jefatura, respetabilidad en un espacio que conlleva comodidad y tranquilidad.  El territorio esta en manos del “jefe” el tiempo que dure la vida y la preponderancia del padre sobre los otros miembros de la tribu o tronco familiar.

 

Trasladándome en la historia se nota que el papel de la mujer en este sostenimiento de la figura dominante de la autoridad patriarcal vemos que es protagónico quiéralo o no, con su consentimiento o no, ahí está ella dando cara y mano, hasta poder.  En nuestro mundo aborigen Toa fue ofrecida en alianza matrimonial como pacto político a Duchicela, tenemos a Pacha que crea su estrategia nupcial conquistado a Huaynacapac, y en esto está de por medio no solo proteger, asegurar y defender lo propio, esto es la tierra aborigen de siempre con identidad de luna y sol, barro fecundante de confederados unidos para fines defensivos, si no darle lugar al vientre que engendrará a protagonistas que moldearán sus propias convicciones, dando lugar a hechos, nexos y lazos que la historia no puede borrar ni negar ni suprimir.  La memoria de toda patria está hecha de lechos y acciones de traiciones, alianzas, tradiciones, pensamientos liberales, poderes conservadores, litigios de verdades, también del amor de dos sea con gustos y disgustos inevitables.  Como lo fue la misma conquista con sus aportes y desmantelamientos a nuestras riquezas, mujeres y hombres. La mujer siempre ha sido un punto en cuestión, se la ha querido quitar del andamio de sus logros, hasta ha bastado con mover una letra o artículo en la constitución y la sacan de sus derechos legitimados por voto masivo, qué cuenta, dejemos ahí el interrogante.  Retrocedamos en las páginas de la memoria, allí enfila la misma Libertadora del libertador, desterrada, vejada, calumniada, pero silenciada imposible, jamás. Manuéla Saénz acolitó, acompañó y vistió como soldado lado a lado con el patriarca de la libertad de América. De la independencia sabemos que América quedó dividida como “republiquetas” por los conspiradores y oportunistas, impidiendo el sueño Bolivariano, de una sola nación con una sola bandera, moneda y dirección política o lo que él sostenía el confederado de una sola patria.

 

Otra cosa es la dinámica de las épocas y del ejercicio del poder en la constitución, organización y creación del estado, el cumplimiento de la Ley y la tergiversación en el manejo de la regla y la justicia.  A veces la ley la vuelven estrecha y ajena para el pueblo, convertida en anchas consideraciones y criterios propios para libres negociaciones, para los ciudadanos cumplir y cancelar iva, acogerse a la inflación, cancelar impuestos, demandar y necesitar y someterse a la oferta o tratado de comercio libre para unos pocos perjudicando la bienaventuranza de las gentes sin posesión ni propiedades o sueldos que no alcanzan y no llegan por el desempleo.

 

La educación, la cultura, y el progreso comunitario mismo son reducidos a problemas y no a campos de soluciones prácticos y de atención inmediata.  No hay justa medida de la vara, del uniforme y del pan para cada uno de los que no están en la potestad  de la administración y legislación de lo que producen y laboran en el jornal del diario vivir.   

 

La inversión atiende la venta de imagen del país, pero la de fondo que compete al hambre, educación, vivienda, trabajo son tires y jales entre promesas, votos y turnos de candidatos y achiques de presupuestos.

 

Y qué tiene que ver esta reflexión con el patriarcado, pues, que el hombre de nuestra patria, de América y del mundo vive la contradicción de un triunfo que está envuelto en deudas, identidades endebles, agotamientos físicos en trabajos de vendedores ambulantes, estibadores, obreros, albañiles, gasfiteros, destajeros, chatarreros, campesinos, empacadores, fruteros quién más y no que va a sol tostando los recuerdos, ánimos pesimistas por las escasas fuentes de esperanzas para salir de la pobreza, sueños sin realizaciones, hombres humillados y cansados en el propio cuerpo de tanto trajín sin mejoras de sueldos ni de vida cómoda. Esta situación es de la mayoría, de todo aquel que la risa no les ha sido quitada todavía.

 

Luego hay la “clase” desclasada intermedia sin definición de su centro con título bajo el sobaco, disputándose  la carrera de llegar primero, corriendo a los puestos vacantes, trabajar sin regresar a casa a ver a los hijos, soñar y endeudarse para competir con la imagen del éxito, de salir adelante, darse una oportunidad.  Y la otra minoría que hace y deshace del poder y de las políticas sociales, de las ilusiones.  Y también hay esa otra población de todos los estratos sin verse dividida como clase, que se siente sobre todo un humano que mira así a todos y renueva, que va surgiendo y va diciendo un basta, no más, que avista y apuntala otra opción.

 

De qué patriarca hablamos en estos tiempos, si la corrupción se impone, la palabra flaquea, y nuestros hombres gritan, lloran, sufren, toman trago caro o barato, oyen el fútbol en palco o galería, salen a las marchas a protestar por motivaciones propias, prestadas y manipuladas, van al cine, transitan por las calles, se cogestionan de emociones, se violentan con su mujer e hijos, se reconcilia algunas veces, otros van a prisión o se pasan huyendo toda la vida, algunos de la mayoría no todos se encuentra en el escondite con la sombra de la amante, otros quedan en casa hamaqueando los pensamientos, cierran las calles y juegan pelota, leen el periódico o un libro, escuchan a Julio Jaramillo, bailan salsa sensualmente con su compañera en la cita puntual del gozo sin dolor,  brindis y salud.  Y muchos aman aún a su mujer, a su familia y la defienden a capa y espada de todo supuesto y real peligro.

 

¿Y qué hace que algo sea parecido a la felicidad? Es una respuesta que no tiene precio, que no tiene cálculo, que no tiene condición, que no tiene qué? Qué nos tiene con el ánimo en el hilo del anhelo, de la sorpresa, del detalle, del tú.

 

 

“Hacer un hijo es fácil, lo difícil es hacer un hombre”, ¿y una mujer?  Lo que queda claro es que ni madre ni padre pueden ocupar el lugar del otro, ni uno completa la ausencia o lo que falta, ni resuelve ni ata, ni reemplaza la muerte o desaparición.    Los hijos ni el marido ni la mujer es todo para el otro.  Un hijo necesita un padre como todos los demás infantes.  Así que ninguno de los dos progenitores puede hacer lo que le viene en gana con el vástago o con yo mando y te callas y aguantas o que te has creído a  su “pareja”, estamos en otros tiempos pero la violencia doméstica se parece a las guerras imparable de los siglos.  La rebelión, el defenderse, responder, resistir es protegerse. Lo “usual” es el divorcio o hacerle la batalla al enemigo ante la impotencia de la resistencia “armada” de un pueblo, del patriarca o de la matriarca que no quieren doblegarse, que no quieren ceder el don de mando o compartir el manejo del control y toma de decisiones que encauzan las riendas del hogar y de la civilización  que permitirían contar una historia diferente.

 

La influencia en el hijo o la hija no tiene que ser aplastante ni mortífera.  No se trata que gane el padre o la madre sobre el  hijo que no quiere ser obediente ni sumiso.  Ningún ser humano debe ser sometido a la voluntad del otro.  De lo que se trata es que triunfe la vida sobre la función del poder, esto es, servir a la realización del ser de cada quien en el encuentro con su destino.  Para que cada uno pueda convivir con la identidad de ser uno mismo y facilitarse la identificación de ser como sin dejar de ser o perderse en la envoltura de la imagen del semejante.

 

Los hijos a pesar de las “vicisitudes del amor” de sus progenitores continúan teniendo en sus deseos e ideales a aquellos, otra cosa es la distorsión, amputación, enredos, malentendidos que dejan llegar desde sus espejos y palabras los procreadores a la infancia, donde ellos  intervienen y son causas de sus formaciones y deformaciones mentales y afectivas.

 

Cuando será el día en que hombre y mujer se sienten a conversar y aprovechar la posición de fuerza y pensamientos sin masacrarse, sin estar a la defensiva, sin culpabilizarse, sin anularse ni dejarse anular; que puedan convivir en cuerpo y palabra en el espíritu del amor sea juntos o separados por el bien de la humanidad criándose.

 

¿Y en definitiva, en qué nos descubrimos que la vida nos iguala y nos deja sin reflejos, sin desprecios, sin investiduras, sin atributos, sin actuación, sin ostentación, sin poses.  Quizás la intención de saborear alguna vez algo de esa verdad sin trancas, sin trampas sin sombras, sin ley del embudo, sin deslealtad.

 

¿Qué falta, qué queda, qué se puede, qué no, qué mismo?  Quién está dispuesto a  replantear, rectificar, redistribuir, reparar a reponer a deparar las riquezas materiales, sociales, psíquicas, filiales, para ser los afortunados en la aventura y el riesgo de ser alguien y no un don nadie en el conglomerado.  Esto implica conjugar y habitar la ética  en su franca oposición a la corrupción, en la intervención de los detalles mínimos y máximos de lo que hacemos o dejamos de hacer, en ser el testigo y el testimonio del otro y mío.  Corregirnos, ayudarnos  y apoyarnos en la marcha.

 

Vivir un presente que invite a festejar el día del padre por puro placer de sentir esa presencia fundante del inicio de la vida en el cuerpo de la humanidad: una mujer.  La vida entera  donde el amor de dos trae un tercero, de afirmación, de alianza, de pacto, de filiación, de confianza.  Ese recién nacido que comienza su propia historia.

 

La  soledad del patriarca se mueve entre las imperfecciones de la vida y la artificialidad que se debate entre asuntos propios, del vecino, y de la sociedad entera. Y allí como soldado o guardiana la posición femenina en el espacio y tiempo que confronta en el asunto de su hombre y del hijo que forma en la vida conyugal  filial reconocida o no, pero que determina desde su lengua materna, deliberación de su rol, posición y diálogos de saberes no de hembras ni de mises disputándose coronas o concursos, sino de mujeres cultivando el campo compartido con el mundo masculino.

 

Dice Joyce, “la tarea de un artista es transmutar la experiencia cotidiana en el cuerpo radiante de la vida eterna”.  Será que nos falta encontrarnos en nuestro propio génesis para poder crearnos y creernos iluminación propia con creaciones más allá del plus económico sin la retención de acciones o contabilidades doble, ni intereses que devoren la cuenta de los giros de cada habitante que da para su porvenir con vida propia, para que se produzca el cambio y no entre en quiebra el destino de los ciudadanos y de la patria.

carmen váscones

psicóloga clínica, escritora

Ha publicado: La muerte un ensayo de amores, Con/fabulaciones, Memorial aun acantilado, Aguaje.

 

Al consultarles a dos amigos  profesionales activistas políticos sobre su visión del patriarcado comentaron lo siguiente:

 

Eugene Gogol: No es posible pensar críticamente del patriarcado sin considerar su opuesto.  No quiero decir el matriarcado sino lo de la liberación de la mujer.  Cierto que tenemos que reconocer las estructuras patriarcados que se encuentra en cada esfera de nuestras vidas: desde los instituciones del gobierno hasta la sociedad civil hasta la


familia.  Estas estructuras refleja la dominación masculina que ha llenado nuestro mundo, América latina  incluso, desde que se llevo a cabo sociedades de clase.

 

No obstante, para superar estas estructuras, transformando una estructura social patriarcado a una sociedad completamente humano no es tanta una cuestión de examinar o reconocer la dominación social tal como es una cuestión de enfocar en la voz emancipadora y actos de mujeres que nos ayuda a ver el camino de dos vías entre la liberación de mujeres y la libertad para toda la humanidad.

 

En contexto de América Latina me toca pensar en tal actividades como las Madres de la Plaza de Mayo (Argentina), las mujeres indígenas de Chiapas en México, las mujeres del Movimiento Sin Tierra en Brasil.  A través de sus actividades de liberación, a menudo no solo directamente involucrado con la liberación de la mujer, estas mujeres descubren sus propios talentos y creatividad, confeccionan nuevas ideas de lo que significa ser liberado, y por lo tanto desafían a la sociedad del patriarcado basado en clases.  Se vuelven Sujetos de transformación social.

 

¿Pero no hay papel para el hombre a parte de ser observador?  Cierto que sí.  Pueden elegir luchar en contra de la dominación de la sociedad patriarcal, aliarse con las actividades liberatorias de mujeres, y, de ese modo logra una dimensión más humana adentro de ellos mismos.  Para que pueden encontrarse con una relación más profunda, más gratificante con sus esposas, hijas, madres, y compañeras.  El hombre también puede entrar en el camino de liberación social y humana.

 

Eugene Gogol, EE. UU

Autor del libro “El concepto del otro en la liberación latinoamericano”, Juan Pablo Editor, México, 2002.

 

Roger Hollander. Canadá.Ciencias políticas/ artista.  El Patriarcado: en Teoría y en Práctica. Nuestra sociedad está saturada con una enfermedad de destrucción masiva que se llama “autoritarismo”.  Esta enfermedad se aparece en diferentes formas.  Una de las más ubicuas es el patriarcado.  Esta forma se expresa paralelamente con el autoritarismo que es el dominio de capital sobre la labor viva, junto con otras expresiones de desprecio e incluso de racismo.

 

En todas sus formas el autoritarismo trata de jerarquismo, o sea, el dominio de una persona o clase de personas sobre otra(s).  Digo “saturado” porque se encuentra por todos partes.  En el caso del  patriarcado, comencemos con la familia, donde reina como dictador el padre, y donde los hijos varones tienen montones de ventajas sobre las mujeres.  Desde la familia hasta la escuela, hasta la fábrica, hasta los militares, hasta el campo político, hasta lo jurídico, hasta el idioma mismo, o sea, en toda la cultura, se encuentra con este fenómeno, donde el macho hombre casi siempre domina sobre la femenina.  Esto es el patriarcado.

 

¿Cuál seria el antídoto o la contra para el patriarcado?  Lo opuesto de jerarquía es la democracia.  Hace falta en nuestra sociedad una igualdad de poder y de derechos.  Como en lo político, donde solo hay apariencia de democracia en la superficie, pero en el fondo


reinan las oligarquías, así con los géneros: aunque la mujer últimamente ha logrado algunos derechos en las leyes, en realidad queda mucho para luchar para llegar a una igualdad verdadera.

 

La palabra clave aquí es “luchar”.  Los poderes no se ceden voluntariamente.  No queda más para la mujer sino luchar para sus derechos.  ¿Pero es lucha solitaria de mujeres?  No creo.  Cada hombre vino de una madre.  Tenemos hijas, hermanas, abuelas, tías, primas, sobrinas.  Ningún hombre es una isla.  Extirpar este cáncer feo que se llama patriarcado es tarea y obligación de todos nosotros: hombres tal como mujeres.

 

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