NIJINSKY, LA SOLEDAD DE LA CREACIÓN, por carmen váscones Diciembre 11, 2008
Posted by carmenmvascones in Lectura y Reseña.Tags: ballet monólogo con la mirada, carmen vascones, creación del movimiento, cuerpo y danza del sonido, danza y creación, la danza del cuerpo y su interpretación, Nijinsky, Nijinsky el fauno de la danza
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“El una fugaz imagen de Dios, Nijisnsky,
el Dios de la danza”
Meter Ostwald
“Me sentía libre pero la libertad me aterraba…
no conocía la vida”
Nijinsky
Su danza era su espíritu indomable, un logro mágico y fascinante embestido de personajes y coreografías desnudas de sueños y realidades, donde la obra y el artista eran uno. “El fauno soy yo” decía al referirse a una de sus creaciones.
Nijinsky, intérprete de su monólogo, unas veces el “bailarín”, otras el “lunático”, otras el “paciente” de su ficción. Su habla era el movimiento, los gestos; era un giro de sensaciones desde una escala inconforme, deseaba mostrar “las punzadas de ka creación, la agonía que debe padecer un artista cuando compone”.
Su ballet se inventaba casi sobre la marcha, sostenía la tragedia y la locura en el escenario de la genialidad. Su danza intolerante e irreverente rebasó los límites del salto. Agotaba su vida interior en pasos de lucidez, caos, guerra y muerte.
Exponía el éxtasis y la perplejidad de lo que linda entre lo bello y el horror.
Su intimidad se multiplicaba, El saltaba dentro y fuera de la locura”, tenía espacio pero no lugar. Él único entre personajes, espectadores y su propio yo:
El espectador silencioso de su aislamiento.
La perplejidad se impuso entre el artista y los que lo rodeaban.
“El ballet nunca se idea. El ballet debe crearse” soltó como eco al otro lado del destierro psíquico. Su existencia era un reflejo, su palabra un hilo roto de la marioneta que dejó sin función al solista, pie de pájaro.
Parecía un bufón perdido entre escenarios, aplausos y sumas de soledad. El traductor del gesto y los ritmos no cabía en su lengua. Sus movimientos no tenían residencia temporal.
Su abandono corporal era una plegaria de ánimo sometida a la música y al preludio de su sueño sin poder escapar a ningún lado. El espacio le permitía la velada de Dios que sufría en su cuerpo sediento de palabras, ternura y sosiego.
“Mientras estuvo en el teatro y simuló ser esclavo, payaso amante, espectro, marioneta, semianimal o cualquier otro papel que bailara, las perturbaciones interiores de su animo pudieron mantenerse bajo control. No obstante fuera del escenario siguió siendo infantil, indefenso e inseguro con un único interés, -el arte del ballet- que le diera sentido a su vida” (Meter Ostwald)
Su presencia fue contestataria para una época de dolor y terror. En una de sus presentaciones ejecutó un acto onanista, liberó al “Fauno” del juego con una de las sietes ninfas que le mostró interés. Ante la imagen ausente y soñada posee su fantasía delante de los ojos de la censura, mientras la guerra seguía su frenética batalla y poseía la vida a mirada de todos.
Su fuerza no decayó, bailó en la imaginación su propia agonía, se acompañó con el “espectro de la rosa” en su último intento de sostener contacto con la danza imprevista que no olvida a nadie.
Su salto mortal lo elevó al sitio donde no hay héroe, sino un hombre llamado Vaslav Nijinsky.
“Quiero luz, la luz de las estrellas titilantes. Una estrella titilante es vida, y una estrella que no titila es la muerte. (Nijinsky)
carmen váscones

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